El mar de todos los muertos - Javier ArgüelloEs difícil hablar sobre “El mar de todos los muertos”: difícil porque es una novela etérea, evanescente, que se difumina en el horizonte de la memoria como el oleaje en el horizonte.
Esta frase, que podría ser (salvando las distancias) propia de un texto de contraportada, no sirve aquí como acicate para la lectura del libro ni como encomio para exaltar sus virtudes. “El mar de todos los muertos” es una obra vacía, insustancial, que se pierde en lagunas estilísticas y en vericuetos narrativos absurdos, sin trama reconocible y sin personajes que sustenten la historia. Javier Argüello es un buen narrador y tiene solvencia para estirar una situación tan extraña como la que da origen al libro: un escritor aquejado de un tedio irremediable se marcha a una casa solitaria en Mallorca; allí empieza a relacionarse con una serie de personajes extraños, algunos reales y otro producto de su mente, su memoria y su imaginación. Este argumento tan endeble, aunque con un encanto insoslayable, es lo que da pie al autor para poner en pie una historia que se desmorona por la falta de enjundia; y es que tal vez Proust pueda convertir acontecimientos nimios en pasajes cargados de emoción, pero Argüello no es Proust.
La novela se lastra debido al esfuerzo del escritor por convertir detalles sin importancia en acontecimientos trascendentes y cargados de emoción: uno termina la lectura sin tener claro si había algo que Argüello desease contar, o desease mostrar. Hay momentos bellos, es cierto, y pasajes que consiguen reflejar la soledad del escritor y su lucha con la fuerza de la creación artística. No obstante, un libro de más de doscientas páginas se resiente si no existe un planteamiento que lo sustente, alguna idea (o ideas) que pueda entreverse en su lectura. “El mar de todos los muertos” no deja de ser una frivolidad, a ratos exquisita, pero en su mayor parte tremendamente monótona. La historia de Joaquín, el escritor que se retira hastiado de todo para encontrarse a sí mismo (o quizá perderse), no parece mala base para construir un relato de autodescubrimiento, o plantearse dudas razonables sobre el impulso creativo y su perduración en el tiempo. Por ahí parecen ir los tiros al comienzo de la novela, de hecho, pero Argüello se desnorta pronto y comienza a relatar, con un alarde ingente de pormenores, episodios accesorios que, lejos de contribuir a la formación de la imagen del personaje, no hacen sino confundir, enturbiar y, lo que es peor, aburrir.
Así, el libro se construye mediante una sucesión de instantes, o escenas, sin demasiada ilación y que apenas aportan nada al conjunto narrativo. En algunas de ellas Argüello da lo mejor de sí, como por ejemplo en la particular “bajada a los infiernos” de Joaquín, que descubre a una tía suya viviendo en un espacio subterráneo bajo la casa que él habita. Las metáforas se acumulan con la intención de crear una historia que oscile entre la especulación onírica y la ensoñación estética, pero el resultado, insisto, es un abigarrado conjunto de momentos poco dramáticos y sin sentido.
Más allá de algunos destellos ocasionales, “El mar de todos los muertos” es una novela árida y banal, que se pierde en insustancialidades y que desbarra en su planteamiento original. La prosa de Javier Argüello hace de esta prestidigitación literaria un entretenimiento ocasional, pero no consigue que el libro embelese y que la trama progrese hasta un punto interesante. El consejo de uno, como podrán figurarse, es que dediquen su tiempo de lectura a cualquier otra cosa.

El mar de todos los muertos | Lumen | 2008