El fumador pasivo - Daniel GascónHubo un momento en que la literatura española sufrió (literalmente) la llegada de unos cuantos jovenzuelos, de los que José Ángel Mañas fue el mayor promocionado, que cantaban en sus libros himnos pseudo-rompedores en pro de las drogas, el sexo y el rock ‘n’ roll; como si nada de todo ello hubiera sido inventado hace unas cuantas décadas.

Daniel Gascón riza un poco ese rizo en “El fumador pasivo”, presunto libro ‘generacional’, que juega con esa curiosidad que siempre supone leer historias acerca de jóvenes que ingresan a duras penas en la madurez, que sufren sus primeras decepciones y que asumen los eternos desasosiegos de la existencia. En las cinco historias que componen el libro asistimos a las desventuras de un único protagonista, imagino que trasunto del propio autor, en sus viajes Erasmus, en sus amoríos y aventurillas con unas cuantas chicas, en sus relaciones familiares y, en suma, en todos los pequeños aspectos de una vida cualquiera.

Lamentablemente, el libro es, por aplicarle un adjetivo suave, deplorable. Y lo es por un motivo claro: porque Gascón no es un buen escritor. Sus relatos son banales, carentes de capacidad de sugerencia y con unos personajes sosos y pueriles. Las historias pecan de superficiales, con unas tramas adolescentes que no ahondan ni en las situaciones ni en los caracteres, con un estilo que parece querer llegar a los matices de Cheever, pero que se queda en mal reflejo de ello.

María era una chica muy lista. Hablaba poco, veía los telediarios de La 2 y escuchaba música étnica. En el instituto no teníamos mucha relación: mis amigos eran bastante raros, jugaban en el equipo de fútbol, y andábamos detrás de otro tipo de chicas -y María y sus amigas, si no se producía algún malentendido, se interesaban por otra clase de gente.

Me gustaba estar con María, porque no intentaba ligar con ella y me sentía muy maduro. No paraba de hablar. Muchas veces tenía la sensación de estar metiendo la pata, pero ella se reía. Nos lo pasábamos bien. Le contaba alguna de mis aventuras con chicas. María no contaba nada.

Y hablaba al comienzo de Mañas porque este libro me ha recordado aquella insufrible inanidad: los personajes anodinos, planos, que actúan con ese ímpetu juvenil que tan artificioso resulta en literatura; las historias facilonas, sin ningún tipo de matiz, de doblez, de misterio, para que el lector pueda intentar adivinar por su cuenta. Hubo un tiempo en el que hablar de hacerse pajas en un libro era motivo suficiente para que saltase a la palestra, pero a uno le parece que ese momento ya ha sido más que superado. De un protagonista adolescente o post-adolescente se espera algo más: quizás que provoque desaliento ante las incógnitas que le depara su vida, que despierte en el lector las ilusiones de toda juventud… Pero no que se limite a hacer recuento de polvos y novias, que hable de literatura con esa altanería propia de los pelagatos ególatras y que desde la primera página esté tan de vuelta de todo que den ganas de cerrar el libro para no atragantarse con conversaciones del tipo:

—En parte me alegro de cortar con Alice —dijo Miguel [...] —. Era un poco superficial, tío. Fíjate que el otro día le puse a Bob Dylan y la única canción que le gustaba era “Rainy Day Women”, porque dice que todo el mundo debería estar colocado. Le podría gustar mús “I Want You”.
—Sí, ésa está bien.
—Aunque nunca la he entendido del todo.
—Creo que dice “Te deseo”.
—Me alegro de que hayamos cortado. En serio.
—Menos mal.
—Y cuando salía con Stefanie era mejor, Jorge. Por la noche íbamos a dar una vuelta y mirábamos las estrellas. Salíamos a recoger moras y hojas de los árboles. En cambio, fíjate, con Alice, nada de eso. Llegaba a su casa y a follar, tío. Era lo único que hacíamos. Todo el día follando.
—…
—Y ahora va y dice que, como cuando acabe el curso se irá a Guatemala, no quiere “get involved in a relationship”, o algo así. No sé qué cojones me dijo. Y que, claro, yo me vuelvo a España en junio.
—Eso también es verdad.
—Guatemala, tío —Miguel hizo una pausa—. ¿Cómo te puede gustar más “Rainy Day Women” que “I Want You”? Eso es que algo no funciona.
—Desde luego.
—Mucho salvar el mundo y a mí que me den por culo. Todo el puto día leyendo el periódico por lo de Guantánamo y Palestina y la madre que nos parió.

En fin, un cúmulo de rasgos que sólo restan, dejando los cuentos como simples escenas en la vida de un joven que, francamente, resultan aburridas y chabacanas. Supongo que el autor considerará interesante representar a sus personajes con maneras supuestamente naturales (follando, fumando porros y citando canciones de Bob Dylan o Van Morrison), pero para lograr involucrar al lector en la historia y —sobre todo— crear una atmósfera creíble y atractiva hace falta mucho más que un poco de verborrea supuestamente moderna y transgresora.

En resumen: si esto es lo que le espera a la nueva literatura española, aviados vamos.