Nocilla Experience - Agustín Fernández MalloHablar de “Nocilla Experience”, o en general del Proyecto Nocilla de Agustín Fernández Mallo, es complicado por la repercusión que estas novelas están generando. Pongo en cursiva la palabra «novela» porque, como ya dije al hablar de “Nocilla Dream“, no creo que ese libro pueda ser considerado una novela: por varios motivos, aunque el principal sea que carece de una cohesión interna que permita hablar de un todo narrativo.
Sea como fuere, en “Nocilla Experience” tenemos más de lo mismo: una serie de fragmentos deslavazados que aúnan referencias musicales, extractos de películas, teoremas matemáticos y personajes extraños y solitarios que deambulan por parajes desolados (desde la azotea del edificio Windsor de Madrid hasta una ciudad de las estepas rusas llamada Ulan Erge). No parece que en esta segunda obra haya una evolución temática o narrativa, ni un desarrollo de cualesquiera que fuesen las tesis esbozadas en “Nocilla Dream”, ni una apuesta por alcanzar cierta unidad en ese proyecto que afirma tener Fernández Mallo. A la espera de lo que pueda aportar “Nocilla Lab”, la última parte de la trilogía, el hecho casi incuestionable es que “Nocilla Experience” se limita a repetir los esquemas del primero de los libros y no ofrece novedad alguna.
Lo cierto es que la opinión que uno se ha formado a este respecto es muy personal y, además, contraria a lo que se ha venido diciendo acerca de la obra de Agustín Fernández Mallo. Hablando de “Nocilla Dream” decía Vicente Luis Mora que «pertenece más bien a esa órbita de libros imprescindibles que construyen sus cimientos en el terreno pantanoso de la cuestión sobre la propia identidad», y reconocía que no podía calificarla como novela, sino como conjunto de «textos exentos». El propio autor confesaba que la estructura del libro era similar a la de un collage, como un DJ cuando se apropia de extractos de temas ajenos (samples) para formar una composición única y nueva. El porqué de que “Nocilla Dream” sea un libro imprescindible (tanto en palabras de Mora como en las de otros muchísimos críticos de prestigio) es algo muy difuso: los términos «futuro», «poesía» y «modernidad» asoman a menudo en las reseñas, sin aclarar demasiado las virtudes de la obra. Como siempre que se descubre un nuevo icono, se valora mucho más lo que no es frente a lo que es: aquello que no tiene frente a lo que realmente ofrece.
Muchos de ustedes habrán oído, casi con seguridad, esa anécdota de una limpiadora del museo que tiró una bolsa de basura que pertenecía a la «obra» de un artista alemán. La interpretación, comprensión y aceptación de una obra pasan por que ésta sea inteligible; si la inteligibilidad es autorreferencial, el significado se pierde. En otras palabras: si la forma no contiene un mensaje, no hay obra. Todo esto, claro está, es una opinión personal, que imagino muchos podrán rebatir, pero me atrevo a exponerla porque considero que lo que Agustín Fernández Mallo ofrece en su Proyecto Nocilla no es otra cosa más que humo. Aunque algunos de los fragmentos de sus libros sean poéticos —y algunos lo son—, aunque en algunos se puedan rastrear motivos universales —la soledad, la identidad, el vértigo existencial—, el todo que suman esos fragmentos no supera a las partes, al igual que un tema construido a base de samples no siempre es mejor (creo que casi nunca) que los cortes originales que lo componen.
Creo que el propósito último de toda obra es la comunicación; de ahí que la inteligibilidad sea un punto indispensable para su consideración como obra de arte auténtica o genuina. (Con inteligibilidad no me refiero a «saber de qué va», sino a comprender de forma empática el mensaje que el autor ha creado. Uno puede no entender lo que se le cuenta, pero sí percibir o sentir que algo se le cuenta, aunque no sea capaz de identificarlo de forma racional; algo que con frecuencia ocurre en otras artes, como la música o la pintura.) Y también creo que la comunicación que Fernández Mallo propone —si la propone— es fallida, ya que no introduce elementos que puedan servir de referentes para situar la narración en un contexto que facilite su interpretación y posterior comprensión. Los fragmentos de “Nocilla Experience” pueden funcionar como piezas individuales, algunas por su carácter poético y otras por sus cualidades autorreferenciales (y eminentemente temporales, ya que las menciones a películas, series o productos quedarán desfasadas en pocos años), pero no pueden hacerlo como conjunto: no ya como novela, sino como simple entramado de textos. Las conexiones entre ellos son inexistentes, no remiten a ninguna construcción temática o teórica, y dejan al lector a merced de lo que quiera considerar. Y la responsabilidad del lector es terminar la obra, dotándola de un sentido propio, pero no es la de hacer la obra, construyendo su red de significados.
El que buena parte de la crítica, sea del signo que sea, se haya volcado con estos libros es una clara señal de que se busca de forma desesperada la novedad, la diferencia, sin reparar en la posibilidad de que esa obra (LA obra) tenga algo que ofrecer, aparte de sus elementos formales distintivos. Como decía, buscamos lo que algo no tiene, pero olvidamos (a propósito, supongo) buscar su contribución única, su aporte al todo que es la literatura. Está claro que “Nocilla Experience” no es una novela al uso, como nos tienen acostumbrados los escritores contemporáneos españoles, sí; pero…, ¿qué es “Nocilla Experience” en realidad?

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