Bambilandia - Elfriede JelinekSeguro que estabais todos mordiéndoos las uñas de impaciencia a la espera de leer mi opinión sobre el último libro de Elfriede Jelinek, “Bambilandia”.

No me parece que esta autora tenga un excesivo éxito en España, lo que es un claro indicio de la triste situación del gusto literario en nuestro país. Somos unos lectores amariconados, si se me permite la crudeza y lo socialmente incorrecto del término, y preferimos a otros escritores más melindrosos. Bueno, realmente no sé, a lo mejor habría que hacer una encuesta a ver cuántos lectores tiene la ilustre austríaca. Del tipo, ¿ha leído usted algún libro de Elfriede Jelinek?, ¿cuál?, ¿le gustó?, ¿leería otro?. Hala, podéis contestar en los comentarios. Dadme una alegría.

En fin, como siempre digo, yo me arrodillaría ante Jelinek si la encontrara en la calle, cosa harto improbable, porque parece ser que padece de fobia social. Apreciemos ese rasgo de inteligencia: si yo pudiera permitírmelo, también sufriría de fobia social. Porque nuestra sociedad es algo que necesariamente tiene que producir miedo.

Como digo, me arrodillaría ante ella. Y probablemente ante nadie más en este mundo. Cuando abro uno de los libros de Elfriede Jelinek y leo un par de líneas, me basta para reconciliarme con la literatura, porque veo que hay maneras nuevas de escribir, inteligentes, llenas de humor, de acidez y de crítica.

Sobre todo de crítica. Jelinek ataca nuestra sociedad, nuestra manera enferma de vivir, de entender las cosas. Restriega el lodo inmundo de las convenciones sociales, de lo preestablecido, de todo aquello que nos hacen creer y creemos sin cuestionarnos nada jamás, porque es más fácil agachar la cabeza y mirar hacia otro lado que luchar por cambiar, que atreverse a exigir un cambio.

Como digo, restriega ese fango maloliente por nuestra cara. La obra de Jelinek es un grito, el grito que nosotros no nos atrevemos a dar. O peor, el grito que ni siquiera somos conscientes de que es necesario dar. Un grito que en nuestra cobardía nos resulta ajeno.

Serían necesarios muchos más escritores como Jelinek, gritando en nuestra cara, para ver si despertamos del beatífico y pesado sueño en que vivimos. Por desgracia, en nuestro país triunfa Javier Marías.

“Bambilandia” toca el tema de la guerra. De ese horror que se ha vuelto cotidiano y que gracias a la televisión y, ahora también, a internet, se ha banalizado. El espanto nos llega fresco cada día a nuestra casa, estamos bien servidos de él, estamos ahítos hasta el punto de que nos invade ya el sopor del empacho. La anestesia que produce el que cada día nos golpeen con las mismas imágenes que buscan impresionar, hasta que ya nada nos conmueve.

Así el libro da voz a los presos ultrajados de Abu Grahib, o a aquellos mercenarios norteamericanos cuyos cuerpos mutilados se exhibieron en un puente en Faluja. Imágenes que durante un día dieron de que hablar a una sociedad anhelante de sensaciones fuertes, pero que al día siguiente ya había olvidado a las víctimas y lo que es peor, a los culpables.

De los culpables también habla Jelinek: de los intereses de las compañías encargadas de la “reconstrucción” de Iraq, de la expoliación del petróleo, de las tropas mercenarias… La autora señala lo que todos conocemos pero a nadie parece importar, nos habla de las miles de víctimas sacrificadas a los intereses de unos pocos.

En resumen, un libro lúcido y valiente, como todos los de Jelinek, que una vez más, mete el dedo en la llaga. Y en el estilo de Jelinek, esa aguda cuchilla que va cortando la piel del lector, produciendo un placer inefable.

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