¿Qué se puede decir de una novela en la que su autora señala con asteriscos los pasajes «más elegantes y literarios» para que podamos saber el tipo de literatura que tenemos entre manos? Pues mucho, aunque lo principal es que La hija de Robert Poste es un despropósito delicioso de principio a fin, dicho esto como una gran alabanza. Uno no es lector habitual de libros de tradición cómica, del estilo de Wodehouse, Sharpe o Waugh, de ahí que esta novela de Stella Gibbons cayese en mis manos casi por casualidad; pero a posteriori he de confesar que me he divertido enormemente y que la calidad de la obra es superior a lo que podría esperarse.

La hija de Robert Poste cuenta la historia de Flora, una joven huérfana a la que sus padres apenas dejan dinero como para mantenerse, por lo que debe ingeniárselas para tratar de sobrevivir. Así pues, decide vivir a costa de sus familiares, porque, como ella misma expone: «he observado que mientras aún persiste el absurdo prejuicio contra el hecho de vivir de los amigos, no se establecen límites, ni por parte de la sociedad ni por parte de la conciencia personal, a la carga que una puede suponer a la hora de vivir con sus parientes.» Las circunstancias la llevan a convivir con los Starkadder, primos suyos y dueños de una granja en el condado de Sussex; la confrontación entre la urbanita Flora y los rudos habitantes de Cold Comfort, como es lógico, hará saltar chispas entre todos los moradores del lugar.

La trama de la novela es endeble, desde luego, pero en realidad su solidez estriba en la caracterización de los personajes y el constante sentido del humor que aflora en cada página. Gibbons no concede importancia a la construcción de una historia consistente (de hecho, el título del libro hace referencia a un oscuro secreto que queda sin desvelar), sino que apuesta por focalizar la atención sobre unos protagonistas irónicos, alocados e histriónicos. El apuesto Seth, primo de Flora y galán del condado, cuya hombría hace caer rendidas a las mujeres, por ejemplo. O la sirvienta Meriam, que cada primavera queda embarazada por obra y gracias de la floración de la parravirgen, una extraña planta que crece en los alrededores. O Adam, el viejo vaquero de Cold Comfort, que prefiere colgarse del cuello el estropajo que la protagonista le regala para fregar antes que mancharlo con la suciedad de los cacharros. O su tía Ada Doom, una anciana retraída y hosca que ejerce de matriarca sobre todos los habitantes de la granja y que esconde en su memoria un suceso acaecido en la leñera que la marcó para siempre…

El modo de expresarse (mucho más colorido en el original inglés, claro está, aunque la traducción está a la altura) y la manera de actuar de todos estos personajes son la verdadera savia de la novela, el auténtico motor de la acción. Las peripecias de Flora y compañía son tan cómicas, y están cargadas de una ironía tan feroz —y a veces tan sutil—, que por sí mismas constituyen todo un núcleo narrativo autónomo y completo. El desopilante comportamiento de todos ellos hace que la trama (entendida como un conjunto de acciones homogéneas) sea lo último en lo que se piensa, ya que uno sólo quiere seguir disfrutando de sus absurdas peripecias.

Aparte de ello, el estilo de Gibbons es florido y sarcástico, de un humor que en ocasiones resulta feroz; las alusiones y burlas a otros escritores (no tienen desperdicio las alusiones a D.H. Lawrence y su sensual tratamiento de la mujer) son constantes, así como la mofa de géneros, costumbres y corrientes literarias: «La hija de Robert Poste tenía un vívido conocimiento de los embarazos y los partos rurales gracias a la lectura de las obras de algunas novelistas, especialmente de aquéllas que nunca se habían casado.»

En pocas palabras: lean esta novela. Puede que no tenga una enjundia literaria mayúscula, pero les aseguro que encontrarán mucho más que un buen rato de lectura.

| Impedimenta | 2010