El testamento de un bromista - Jules VallésA pesar de haber sido escrito en la segunda mitad del siglo XIX, sorprende de este libro su modernidad narrativa, el sentido del tempo literario que poseía Vallés. Lejos del naturalismo incipiente en aquellos tiempos, “El testamento de un bromista” posee un estilo rápido, directo, certero; su protagonista cuenta al lector lo que ve, oye y siente con una inmediatez irreal, pero irónica y despiadada.

Jules Vallés tuvo una infancia bastante dura, hecho que marca esta novelita y su ideario vital, siempre simpatizante de los más desfavorecidos y muy involucrado en las revueltas sociales que se dieron en Francia en torno a 1870. Ernest Pitou, el niño (trasunto de Vallés) que narra en primera persona la novela, y que se desarrolla como persona a lo largo de sus páginas, es un ser cínico desde su más tierna infancia; su primera anotación es vivo ejemplo de lo que será el resto de la obra:

Tengo seis años y el trasero escaldado. Mi madre dice que a los niños no hay que consentirlos, y me azota cada mañana; cuando no tiene tiempo por la mañana, es a mediodía, muy raramente después de las cuatro.

Así pues, el crecimiento de Ernest Pitou no será nada sencillo. Despreciado por sus progenitores, inmerso en un sistema educativo del que desconfía, atrapado en una sociedad que ni comprende ni se resigna a aceptar, se revestirá de una capa de acidez que le proporcionará cobijo frente a las inclemencias que observa a su alrededor. Irreverente y lúcido, Ernest se convierte así en un espejo deformador de lo que acontece, una figura tomada a chacota por los demás, cuando en realidad su espíritu inconformista es de lo más serio que uno pueda imaginar. A través de su peculiar mirada, asistimos a las incongruencias de sus maestros, a los abusos de sus padres, a las diferencias entre clases sociales. Especialmente cáustico se muestra cuando se trata de la enseñanza: las tintas de Vallés se cargan en contra de los sistemas absurdos, los premios, los concursos y los temarios. No es de extrañar que Ernest acabe deseando convertirse en molinero, en alguien cercano a la naturaleza, alejado de los desvaríos de una sociedad tan incomprensible como depredadora.

Por este motivo (como otros bien explican) y otros cuantos, “El testamento de un bromista” es una extravagancia literaria interesante; imprescindible, tal vez no, pero sí curiosa: por su anticipación a lo que vendría mucho después, por ese narrador protagonista que regala mazazos filosóficos a diestro y siniestro, por esa historia cruel, pero vívida. A la naciente editorial Periférica debemos el pequeño regalo.

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