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	<title>Comentarios en: La isla de Sajalín &#8211; Antón P. Chéjov</title>
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	<description>la laboriosa felicidad de la lectura</description>
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		<title>Por: Risas en el paraíso: vuelve Bill Bryson &#171; Brigada Cultural</title>
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		<dc:creator>Risas en el paraíso: vuelve Bill Bryson &#171; Brigada Cultural</dc:creator>
		<pubDate>Thu, 12 Jan 2012 16:38:55 +0000</pubDate>
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		<description>[...] en Australia o en Estados Unidos, demuestra que Bryson, como hiciera Chéjov al viajar a Sajalín, se informa, antes de nada, sobre lo que va a ver para comprobar si es cierto lo que se cuenta y [...]</description>
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		<title>Por: Risas en el paraíso: vuelve Bill Bryson :</title>
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		<dc:creator>Risas en el paraíso: vuelve Bill Bryson :</dc:creator>
		<pubDate>Tue, 17 May 2011 09:55:26 +0000</pubDate>
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		<description>[...] viajes, en Australia o en Estados Unidos, demuestra que Bryson, como hiciera Chéjov al viajar a Sajalín, se informa, antes de nada, sobre lo que va a ver para comprobar si es cierto lo que se cuenta y [...]</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>[...] viajes, en Australia o en Estados Unidos, demuestra que Bryson, como hiciera Chéjov al viajar a Sajalín, se informa, antes de nada, sobre lo que va a ver para comprobar si es cierto lo que se cuenta y [...]</p>
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		<title>Por: Miguel</title>
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		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
		<pubDate>Fri, 30 Jul 2010 23:41:12 +0000</pubDate>
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		<description>“¡Qué bello es este mundo! Sólo hay una cosa en él que no funciona: el ser humano”.

Mala experiencia debió extraer Chéjov de su viaje a Sajalín para dirigirse, de esta manera, a su editor, pocos días después de su regreso a Moscú. Y sí, es cierto, tras la lectura de esta heterodoxa obra, no cabe inferir nada más que conclusiones negativas sobre el ser humano.

El Chéjov al que nos enfrentamos en “La isla de Sajalín” no es el Chéjov clásico, maestro de los maestros en el relato corto, capaz de desgranarnos la psicología de sus personajes suavemente a lo largo de historias, en las que no hay ni buenos ni malos y  aparenta no ocurrir nunca nada. Este Chéjov es distinto, es una mezcla de libro de viajes y de  riguroso tratado científico que, como siempre acontece en su obra, se empeña en comprender algo incomprensible en sí mismo: el ser humano.

El libro es una dura denuncia al concepto de colonia penitenciaria fundada en Sajalín, pero peca de excesivo tanto en el manejo como en el aporte de datos, lo que lo convierte, en ocasiones, en algo farragoso. Impecable, eso sí, (como siempre), su atinada y bella prosa, da lo mismo que nos hable de meteorología, de horticultura o  de las terribles vivencias de los penados. La lectura de esta obra deja a la luz un sistema político incapaz, injusto y corrupto que trata  a sus gobernados, en este caso convictos, como auténticos esclavos, unas  bestias de carga destinadas al servicio de guardias y funcionarios. Semejante colonia penal sólo podía tener cabida en un régimen como el zarista, una entelequia agonizante que se hallaba presta a iniciar su particular calvario; Japón le propino su primer golpe serio al invadir la isla durante la guerra ruso-japonesa de 1904, en el caos consiguiente, unos treinta mil presos rusos consiguieron escapar.

He aquí algunos párrafos significativos sobre las condiciones de vida en el penal:

“Su zamarra huele a oveja, su calzado hiede a cuero y a alquitrán. La ropa interior, impregnada de secreciones cutáneas y compuesta de restos de sacos viejos y andrajos podridos, está húmeda y hace tiempo que no se lava; los harapos con que cubre sus pies despiden un asfixiante olor a sudor; y él mismo, que hace mucho tiempo que no se baña, está lleno de piojos, fuma tabaco barato y sufre constantemente de flatulencia”

“El verdugo se sitúa de costado y golpea de forma que el látigo recorra el cuerpo de través. Cada cinco latigazos se desplaza al otro lado y hace una pausa de medio minuto. A Prójorov los cabellos se le han pegado a la frente, el cuello se le ha hinchado. Al cabo de cinco o diez latigazos el cuerpo, ya lleno de cicatrices por latigazos anteriores, se vuelve morado y azul. La piel se resquebraja a cada golpe.
-¡Excelencia!- implora entre llantos y gemidos-. ¡Excelencia! ¡Apiádese, excelencia!
Al cabo de veinte o treinta latigazos, Prójorov, como borracho o sumido en el delirio, se lamenta:
-Soy un desdichado, soy un hombre muerto… ¿Por qué me castigáis así?” 

El prólogo, traducción y notas son de Vicente Gallego Ballestero, uno de nuestros mejores traductores del ruso, juntamente con Ricardo San Vicente, y la edición contiene más errores tipográficos de los deseables, lo que es menos disculpable aún si tenemos en cuenta el elevado precio del libro. 

Al respecto de lo sugerido en su introducción, sobre las posibles causas que motivaron el viaje de Chéjov a Sajalín (un desengaño amoroso, la pena por la muerte de su hermano Nikolái o el deseo de rendir tributo a la ciencia), quisiera apuntar otro motivo, en mi opinión, más fundado y plausible.

Rosamund Bartlett, en su libro “Chéjov. Escenas de una vida”, hace referencia a la extrema admiración, devoción casi, que el escritor profesaba a Nikolai Przhevalski, explorador y militar zarista que abanderó la ansia expansionista del imperio ruso en Asia (realizó expediciones a Siberia, Mongolia y China en 1870 y 1880, llegando hasta Lhasa y el desierto de Gobi). A su muerte el propio Chéjov le dedicó un obituario repleto de reconocimiento: “Un solo Przhevalski o un solo Stanley valen más que una docena de instituciones docentes y cien libros buenos”.

Pero el espíritu curioso y emprendedor del escritor, (en su infancia había leído y releído el libro de viajes “La fragata Palladia” de Iván Gonchárov), que albergaba una auténtica veneración hacia los personajes intrépidos (Przhevalski, era sólo un ejemplo), se veía encarcelado por un cuerpo débil y enfermo, por lo que su periplo a Sajalín representó un acto extremo de rebelión contra su frágil salud y sus obligaciones familiares: “vivir alguna aventura y hacer algo extraordinario en la vida antes de que fuera demasiado tarde”, expone, como justificación al viaje, la autora inglesa.

El libro, a parte de su valor literario (es Chéjov, palabras mayores), interesa como documento de una época, que aunque superada, el ser humano repite una y otra vez con desgraciada facilidad.

Un cordial saludo para los seguidores de solodelibro</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>“¡Qué bello es este mundo! Sólo hay una cosa en él que no funciona: el ser humano”.</p>
<p>Mala experiencia debió extraer Chéjov de su viaje a Sajalín para dirigirse, de esta manera, a su editor, pocos días después de su regreso a Moscú. Y sí, es cierto, tras la lectura de esta heterodoxa obra, no cabe inferir nada más que conclusiones negativas sobre el ser humano.</p>
<p>El Chéjov al que nos enfrentamos en “La isla de Sajalín” no es el Chéjov clásico, maestro de los maestros en el relato corto, capaz de desgranarnos la psicología de sus personajes suavemente a lo largo de historias, en las que no hay ni buenos ni malos y  aparenta no ocurrir nunca nada. Este Chéjov es distinto, es una mezcla de libro de viajes y de  riguroso tratado científico que, como siempre acontece en su obra, se empeña en comprender algo incomprensible en sí mismo: el ser humano.</p>
<p>El libro es una dura denuncia al concepto de colonia penitenciaria fundada en Sajalín, pero peca de excesivo tanto en el manejo como en el aporte de datos, lo que lo convierte, en ocasiones, en algo farragoso. Impecable, eso sí, (como siempre), su atinada y bella prosa, da lo mismo que nos hable de meteorología, de horticultura o  de las terribles vivencias de los penados. La lectura de esta obra deja a la luz un sistema político incapaz, injusto y corrupto que trata  a sus gobernados, en este caso convictos, como auténticos esclavos, unas  bestias de carga destinadas al servicio de guardias y funcionarios. Semejante colonia penal sólo podía tener cabida en un régimen como el zarista, una entelequia agonizante que se hallaba presta a iniciar su particular calvario; Japón le propino su primer golpe serio al invadir la isla durante la guerra ruso-japonesa de 1904, en el caos consiguiente, unos treinta mil presos rusos consiguieron escapar.</p>
<p>He aquí algunos párrafos significativos sobre las condiciones de vida en el penal:</p>
<p>“Su zamarra huele a oveja, su calzado hiede a cuero y a alquitrán. La ropa interior, impregnada de secreciones cutáneas y compuesta de restos de sacos viejos y andrajos podridos, está húmeda y hace tiempo que no se lava; los harapos con que cubre sus pies despiden un asfixiante olor a sudor; y él mismo, que hace mucho tiempo que no se baña, está lleno de piojos, fuma tabaco barato y sufre constantemente de flatulencia”</p>
<p>“El verdugo se sitúa de costado y golpea de forma que el látigo recorra el cuerpo de través. Cada cinco latigazos se desplaza al otro lado y hace una pausa de medio minuto. A Prójorov los cabellos se le han pegado a la frente, el cuello se le ha hinchado. Al cabo de cinco o diez latigazos el cuerpo, ya lleno de cicatrices por latigazos anteriores, se vuelve morado y azul. La piel se resquebraja a cada golpe.<br />
-¡Excelencia!- implora entre llantos y gemidos-. ¡Excelencia! ¡Apiádese, excelencia!<br />
Al cabo de veinte o treinta latigazos, Prójorov, como borracho o sumido en el delirio, se lamenta:<br />
-Soy un desdichado, soy un hombre muerto… ¿Por qué me castigáis así?” </p>
<p>El prólogo, traducción y notas son de Vicente Gallego Ballestero, uno de nuestros mejores traductores del ruso, juntamente con Ricardo San Vicente, y la edición contiene más errores tipográficos de los deseables, lo que es menos disculpable aún si tenemos en cuenta el elevado precio del libro. </p>
<p>Al respecto de lo sugerido en su introducción, sobre las posibles causas que motivaron el viaje de Chéjov a Sajalín (un desengaño amoroso, la pena por la muerte de su hermano Nikolái o el deseo de rendir tributo a la ciencia), quisiera apuntar otro motivo, en mi opinión, más fundado y plausible.</p>
<p>Rosamund Bartlett, en su libro “Chéjov. Escenas de una vida”, hace referencia a la extrema admiración, devoción casi, que el escritor profesaba a Nikolai Przhevalski, explorador y militar zarista que abanderó la ansia expansionista del imperio ruso en Asia (realizó expediciones a Siberia, Mongolia y China en 1870 y 1880, llegando hasta Lhasa y el desierto de Gobi). A su muerte el propio Chéjov le dedicó un obituario repleto de reconocimiento: “Un solo Przhevalski o un solo Stanley valen más que una docena de instituciones docentes y cien libros buenos”.</p>
<p>Pero el espíritu curioso y emprendedor del escritor, (en su infancia había leído y releído el libro de viajes “La fragata Palladia” de Iván Gonchárov), que albergaba una auténtica veneración hacia los personajes intrépidos (Przhevalski, era sólo un ejemplo), se veía encarcelado por un cuerpo débil y enfermo, por lo que su periplo a Sajalín representó un acto extremo de rebelión contra su frágil salud y sus obligaciones familiares: “vivir alguna aventura y hacer algo extraordinario en la vida antes de que fuera demasiado tarde”, expone, como justificación al viaje, la autora inglesa.</p>
<p>El libro, a parte de su valor literario (es Chéjov, palabras mayores), interesa como documento de una época, que aunque superada, el ser humano repite una y otra vez con desgraciada facilidad.</p>
<p>Un cordial saludo para los seguidores de solodelibro</p>
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		<title>Por: Mariana la de los libros</title>
		<link>http://www.solodelibros.es/08/08/2008/la-isla-de-sajalin-anton-p-chejov/comment-page-1/#comment-23190</link>
		<dc:creator>Mariana la de los libros</dc:creator>
		<pubDate>Fri, 08 Aug 2008 16:16:47 +0000</pubDate>
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		<description>¡Qué texto atípico de este autor! Por mi parte, he leído cosas más conocidas de Chejov, como &quot;La dama del perrito&quot; o &quot;El tío Vania&quot;.</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>¡Qué texto atípico de este autor! Por mi parte, he leído cosas más conocidas de Chejov, como &#8220;La dama del perrito&#8221; o &#8220;El tío Vania&#8221;.</p>
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