La fortuna de los Rougon – Émile Zola
9 de mayo de 2007 por Sra. Castro
Inspirándose en “Comedia humana” de Balzac, tramó Zola el ciclo de los Rougon-Macquart, que había de ser una ‘historia natural y social de una familia bajo el Segundo Imperio”. La idea era describir cómo los miembros de esta familia, a lo largo de las generaciones, se diseminaba por el entramado social de la Francia de Carlos Luis Napoleón Bonaparte, ascendiendo unos y cayendo otros.
Por otra parte, Zola, entusiasta seguidor de la fisiología, pretendía referir cómo los rasgos predominantes de la familia reaparecían una y otra vez, levemente modificados, en cada nueva generación. Y esos rasgos predominantes de los Rougon-Macquart son los relacionados con el desbordamiento de los apetitos. Los Rougon-Macquart se caracterizan por su voracidad, por la necesidad acuciante de satisfacer sus anhelos, si bien estos son de muy diferente índole en unos y otros.
En palabras del propio autor:
Quiero explicar cómo una familia, un pequeño grupo de seres, se comporta en una sociedad, desarrollándose para engendrar diez, veinte individuos que parecen, en un primer vistazo, profundamente disímiles, pero que el análisis muestra íntimamente ligados unos con otros. La herencia tiene sus leyes, como la gravedad.
“La fortuna de los Rougon” abre el ciclo describiéndonos en primer lugar los orígenes de las dos ramas de la familia: Adélaïde Fouque casó con un Rougon del que tuvo un único hijo, Pierre. Pero al quedar pronto viuda, entabló relaciones con un cazador furtivo de apellido Macquart con el que, sin casarse, engendró a otras dos criaturas, Ursule y Antoine Macquart.
El padre de Adélaïde había muerto loco y con los años la propia Adélaïde corrió la misma suerte, ocasión que aprovechó el joven Pierre para desposeer de todos los bienes a sus dos hermanos bastardos y casarse con Félicité, la hija de un comerciante. Pierre Rougon soñaba con enriquecerse, convertirse en un mercader acaudalado y, sobre todo, respetado. Pero a pesar de sus esfuerzos, la vejez le alcanza sin haber visto realizarse sus sueños. Tampoco sus hijos varones, Aristide, Eugène y Pascal logran labrarse una posición respetable en el pequeño pueblo de Plassans, donde la familia reside, ni en París, donde Eugène ha probado fortuna.
En este clima de frustración por una vida perdida, corroídos por la envidia de saber que hay quien vive de manera espléndida, mientras ellos no han podido convertir en realidad sus esperanzas de triunfo, el matrimonio formado por Pierre y Félicité reciben en su casa a los más rancios representantes de la reacción: viejos comerciantes y algún título arruinado que esperan ver caer la República, encarnación de todos los males: el libertinaje, la amenaza a la propiedad privada, el fin de los privilegios de ciertos estamentos… Con sorpresa, el viejo matrimonio recibe indicaciones de su hijo Eugène, que resulta ser un agente de Luis Napoleón Bonaparte para que, durante el golpe de estado por el que éste se proclama emperador, se hagan con las riendas de Plassans.
Con las indicaciones de su hijo y un poco de ingenio, Pierre Rougon logra pasar por un héroe al aparecer como el hombre que evitó que la ciudad cayera en manos de las hordas republicanas. Ese es el comienzo de una nueva vida para el ambicioso matrimonio, que ve realizados sus sueños de grandeza. Han conquistado su fortuna y Plassans se rinde a sus pies. Aunque sus zapatos estén manchados con la sangre de los republicanos muertos.
Más de Émile zola:
