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	<title>Comentarios en: Esch o la anarquía &#8211; Hermann Broch</title>
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	<description>la laboriosa felicidad de la lectura</description>
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		<title>Por: Miguel</title>
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		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
		<pubDate>Tue, 24 Aug 2010 22:30:34 +0000</pubDate>
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		<description>Acabo de iniciar mi aproximación a Hermann Broch por “Esch o la anarquía”, segundo libro de su trilogía “Los sonámbulos”. No sé si es el orden más correcto, pero la decisión no deja de ser  consecuencia del temor que despierta la obra de Broch; un amigo me la definió como la más “asimilable” de las tres y, como estos calores no aconsejan empachos intelectuales de mucho calado, me puse de lleno a la tarea.

La digestión ha sido fácil, de lo más agradable y placentera, aunque el viaje del protagonista a Müllheim y el posterior encuentro con su anticristo particular, Eduard von Bertrand, resultaran casi irreales por su onirismo y complejidad; es justo ahí y en algunos párrafos de la parte final del libro, donde se nos permite adivinar la otra cara de Hermann Broch: su tan temida vertiente de escritor arduo y hermético.

Con todo, “Esch o la anarquía”, me ha parecido una excelente novela, que anima a seguir profundizando, aunque con alguna precaución, en la obra de este escritor austríaco tan desconocido en general.

Su protagonista, August Esch, me ha recordado al Franz Biberkopf de “Berlín Alexanderplatz”, ambos son personajes vencidos de antemano, insatisfechos, vacilantes, rígidos en una ansia de orden desmedida; carne de cañón, en definitiva, para la sociedad y el mundo que los rodea. Esch, convierte la idea de orden en una de las piedras angulares de su vida: “Yo quiero llegar; si uno quiere llegar, tiene que haber orden”, “Primero hay que imponer a toda la banda un orden muy severo y una rígida disciplina, es lo más importante”, “Un hombre cabal se sacrifica, porque de lo contrario no existe el orden”. Es lo mismo que, el débil Biberkopf, proclama a los cuatro vientos: “Soy partidario de la ley y el orden. Porque en el Paraíso deben imperar la Ley y el Orden, eso lo entiende cualquiera”.

Este mismo hábito por el orden extremado aparece también en algunas obras, “La rebelión” por ejemplo, de otro autor especialista igualmente en personajes perdedores, me refiero a Joseph Roth, que formó parte del círculo de intelectuales frecuentado por Broch en la Viena de los años 1920. No deja de ser una curiosa coincidencia.

A pesar de las similitudes, el prontuario de Esch es, no obstante, más variado y variopinto que el del bonachón Biberkopf, éste se ve arrastrado inerme por el río de maldad de Reinhold, pero aquél se rebela y reniega en su interior al tener la sensación de vivir en un mundo anárquico, “en el que nadie sabe si está a la derecha o a la izquierda, si está arriba o está abajo”, donde la injusticia se enseñorea de todo. Lástima que esa rebeldía quede constreñida generalmente a su mente, conformándose con urdir fieras venganzas que sirvan de escarmiento a los culpables y de redención al universo que lo rodea.
 
Su sacrificio debe bastar para la salvación de todos, pero la abulia y las circunstancias limitarán estas aspiraciones. El compromiso con la viuda Hentjen será su única ofrenda a la expiación de los pecados del mundo, y aunque conseguirá salvar a Ilona del lanzamiento de cuchillos, ese  pírrico logro le representará un engaño más, porque “el amor perfecto dentro del cual él había querido encontrar una salvación no era más que un fraude, una estafa descarada para encubrir que él aquí se movía como sucesor de X, un sucesor cualquiera del sastre, yendo de un lado para otro dentro de la jaula, como aquel que piensa en una libertad total y en la huida y solo consigue agarrarse a los barrotes”.

Esch, se conformará con seguir contemplando las figurillas que adornan la repisa de la taberna de mamá Hentjen. Allí, la estatua de la libertad, con la luz de su antorcha, no podrá guiarlo ya  a través de la niebla que borra el camino de su liberación.

Cordiales saludos para solodelibros</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Acabo de iniciar mi aproximación a Hermann Broch por “Esch o la anarquía”, segundo libro de su trilogía “Los sonámbulos”. No sé si es el orden más correcto, pero la decisión no deja de ser  consecuencia del temor que despierta la obra de Broch; un amigo me la definió como la más “asimilable” de las tres y, como estos calores no aconsejan empachos intelectuales de mucho calado, me puse de lleno a la tarea.</p>
<p>La digestión ha sido fácil, de lo más agradable y placentera, aunque el viaje del protagonista a Müllheim y el posterior encuentro con su anticristo particular, Eduard von Bertrand, resultaran casi irreales por su onirismo y complejidad; es justo ahí y en algunos párrafos de la parte final del libro, donde se nos permite adivinar la otra cara de Hermann Broch: su tan temida vertiente de escritor arduo y hermético.</p>
<p>Con todo, “Esch o la anarquía”, me ha parecido una excelente novela, que anima a seguir profundizando, aunque con alguna precaución, en la obra de este escritor austríaco tan desconocido en general.</p>
<p>Su protagonista, August Esch, me ha recordado al Franz Biberkopf de “Berlín Alexanderplatz”, ambos son personajes vencidos de antemano, insatisfechos, vacilantes, rígidos en una ansia de orden desmedida; carne de cañón, en definitiva, para la sociedad y el mundo que los rodea. Esch, convierte la idea de orden en una de las piedras angulares de su vida: “Yo quiero llegar; si uno quiere llegar, tiene que haber orden”, “Primero hay que imponer a toda la banda un orden muy severo y una rígida disciplina, es lo más importante”, “Un hombre cabal se sacrifica, porque de lo contrario no existe el orden”. Es lo mismo que, el débil Biberkopf, proclama a los cuatro vientos: “Soy partidario de la ley y el orden. Porque en el Paraíso deben imperar la Ley y el Orden, eso lo entiende cualquiera”.</p>
<p>Este mismo hábito por el orden extremado aparece también en algunas obras, “La rebelión” por ejemplo, de otro autor especialista igualmente en personajes perdedores, me refiero a Joseph Roth, que formó parte del círculo de intelectuales frecuentado por Broch en la Viena de los años 1920. No deja de ser una curiosa coincidencia.</p>
<p>A pesar de las similitudes, el prontuario de Esch es, no obstante, más variado y variopinto que el del bonachón Biberkopf, éste se ve arrastrado inerme por el río de maldad de Reinhold, pero aquél se rebela y reniega en su interior al tener la sensación de vivir en un mundo anárquico, “en el que nadie sabe si está a la derecha o a la izquierda, si está arriba o está abajo”, donde la injusticia se enseñorea de todo. Lástima que esa rebeldía quede constreñida generalmente a su mente, conformándose con urdir fieras venganzas que sirvan de escarmiento a los culpables y de redención al universo que lo rodea.</p>
<p>Su sacrificio debe bastar para la salvación de todos, pero la abulia y las circunstancias limitarán estas aspiraciones. El compromiso con la viuda Hentjen será su única ofrenda a la expiación de los pecados del mundo, y aunque conseguirá salvar a Ilona del lanzamiento de cuchillos, ese  pírrico logro le representará un engaño más, porque “el amor perfecto dentro del cual él había querido encontrar una salvación no era más que un fraude, una estafa descarada para encubrir que él aquí se movía como sucesor de X, un sucesor cualquiera del sastre, yendo de un lado para otro dentro de la jaula, como aquel que piensa en una libertad total y en la huida y solo consigue agarrarse a los barrotes”.</p>
<p>Esch, se conformará con seguir contemplando las figurillas que adornan la repisa de la taberna de mamá Hentjen. Allí, la estatua de la libertad, con la luz de su antorcha, no podrá guiarlo ya  a través de la niebla que borra el camino de su liberación.</p>
<p>Cordiales saludos para solodelibros</p>
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