El síndrome Chéjov - Miguel Ángel MuñozA estas alturas casi todos los que nos visitáis conoceréis también a Miguel Ángel Muñoz, autor de la bitácora ‘El síndrome Chéjov‘, título de su primera recopilación de relatos. Entusiasta del relato breve, desde su espacio en la Web se dedica a comentar todo lo referente al cuento en todas sus vertientes, desde reseñas hasta entrevistas a escritores, todo ello desde una óptica personal y privilegiada, en tanto él mismo es escritor y un magnífico crítico. Valga todo esto como introducción y no como halago, porque Miguel Ángel se lo merece; además, tenemos que agradecerle que nos haya regalado un ejemplar de su libro: todo un detalle.

“El síndrome Chéjov” está formado por once cuentos de muy diferente temática, aunque el estilo del autor queda patente desde las primeras páginas: Muñoz es claro, contundente y eficaz; su capacidad para narrar e involucrar el lector es alta. Lejos de retóricas y experimentos literarios, el autor es directo, se preocupa por contar historias y que su construcción sea real y verdadera, un artefacto creíble y claro.
A Miguel Ángel se le nota que es un escritor leído, que ha mamado de otros cuentistas clásicos (y se me vienen a la cabeza Cortázar, Carver y, por supuesto, Chéjov). Esto lo digo con doble intención: por una parte, su estilo se beneficia de ello y es interesante observar los diferentes registros que maneja (la primera persona de ‘Ambulancias’, el toque onírico de ‘Los sueños deshabitados’, el clasicismo de ‘Antón Chéjov, médico’); por otra, es evidente que soltar el lastre que representan esas influencias es duro, y el resultado desigual.

En el libro hay relatos espléndidos, como por ejemplo ‘El rapto de Woody Allen’, una historia divertida y cruel, narrada con un punto de desapasionamiento que la convierte en un espejo en el que mirarse y descubrir un reflejo muy poco halagador. O ‘Zona de peaje’, una metáfora sobre la contradicción e imposibilidad del amor narrada con un deje de amargura, pero hermosa en su desnuda verdad. Y mi preferido, ‘Unidos’, un estupendo cuento que, tirando de sinécdoque, nos desvela la relación de una pareja que no parece comprenderse tan bien como parece. En estos tres relatos se combinan a la perfección el pulso del buen escritor que es Muñoz con las tramas sabiamente urdidas, sin flecos que estorben o despisten.

Sin embargo, otros relatos me parecen fallidos, o menos trabajados, pues esa combinación no resulta tan estable. Así, ‘Hija única’ peca de obviedad y de falta de tensión, tanto por sus personajes, pintados con trazos generales e imperfectos, como por la historia, previsible desde el comienzo y sin ningún punto de inflexión emocional que la sustente. Con ‘Un guerrero muerto’ pasa tres cuartos de lo mismo: el estilo es contundente, pero la aventura del fotógrafo protagonista oscila entre lo fantástico y lo pintoresco, con un punto cortazariano que lastra la narración.

Otros, como ‘Antón Chéjov, médico’, no llegan a acercarse al costumbrismo ruso más genial (inolvidable el momento del espejo en la playa), sino que se quedan a medio camino, quizá porque Miguel Ángel no ha tejido la idea del relato con la exactitud y potencia que imprime a otros.
En resumen, se ve en Muñoz a un narrador interesante, preocupado por las historias, por los personajes, por la creación de situaciones (y de tensiones), que apuesta por la historia más que por el estilo. Estoy seguro de que sus próximas creaciones van a ser mejores que este primer libro que, como ya digo, es muy prometedor, pese a sus altibajos.

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