Nathaniel Hawthorne será siempre recordado por la que es sin duda su obra cumbre, La letra escarlata; con todo, escribió otros muchos textos de interés diverso que no siempre han estado disponibles en castellano. El fauno de mármol fue escrito después de un periodo muy prolongado, de casi diez años, en el que su autor estuvo viajando como diplomático por Europa; puede que esto no tenga una importancia capital en el desarrollo del texto, pero lo cierto es que la novela empieza con un planteamiento muy sugerente que, poco a poco, queda en nada.

La historia se inicia con la presentación de cuatro personajes que pululan por una Roma magníficamente construida: Miriam, Hilda y Kenyon son artistas extranjeros, mientras que el cuarto, Donatello, es un noble italiano que se enamora de la primera y se convierte en habitual del grupo. La intriga se pone en marcha cuando Miriam, durante una visita a unas catacumbas, tropieza con un misterioso personaje que parece conocerla muy bien y frente al cual pierde toda su compostura; el terror que le causa no pasa desapercibido para sus amigos, en especial para Donatello, que adoptará una decisión extrema para tratar de aliviar el conflicto de su amada.

Los problemas que enseguida se presentan al lector de El fauno de mármol son dos: por una parte, Hawthorne se demora en exceso en sus descripciones y excursos (más de lo que habitualmente nos tiene acostumbrados cualquier obra decimonónica); por otra, el desenlace que se va dando a esa trama tan prometedora es, dicho sin ambages, chapucero. El primero de estos elementos no empaña la lectura de forma importante, pero sí provoca que la historia adolezca de una carencia de ritmo perceptible; la narración se va conformando a base de escenas casi teatrales que se extienden durante varios capítulos y en las cuales, por lo general, sólo intervienen algunos de los personajes. Esto afecta a la fluidez del relato, ya que la inconexa estructura no facilita la cohesión. Además, las continuas disertaciones del narrador ponen aún más difícil la tarea de seguir la progresión de la trama y de los protagonistas, que quedan muy desdibujados bajo tanta información accesoria y tanto tropiezo narrativo.

Por su parte, el desarrollo y desenlace de la desventura de Miriam es completamente caótico… por no decir otra cosa. Lo que se presenta como una historia de venganza y redención termina con un secuestro inverosímil, un secreto apenas insinuado y unos personajes carentes de atractivo y, sobre todo, de pasado. Porque Hawthorne juega de continuo con la antigua vida de Miriam, de la que se desconoce casi todo y cuya existencia suscita muchos interrogantes (al lector, por supuesto, pero también a los otros personajes), pero cuando la trama debería alcanzar su clímax y resolver los conflictos planteados, la realidad es que el autor no tiene ni idea de cómo hacerlo y termina por contar (en forma de excurso, una vez más) una serie de hechos inconexos que casi suscitan más dudas de las que resuelven. Es lícito escribir obras con finales abiertos, por supuesto, pero la manera en que termina El fauno de mármol tiene más de precipitación e incoherencia que de decisión meditada.

Lo mejor, sin duda, de esta novela es la ambientación majestuosa que ofrece Roma para el grueso de la historia. Las descripciones de Hawthorne, si bien en ocasiones algo extensas, tienen unas resonancias sutiles y muy trabajadas, trasladando al lector hasta la capital italiana tal y como era a mediados del siglo XIX. Un elemento no poco importante, ya que el hecho de que los personajes sean artistas hace de las disertaciones sobre el tema un complemento exquisito para degustar en semejante escenario. A pesar de ello, está claro que El fauno de mármol es una novela morosa y deslucida, que trastabilla demasiado y que no tiene claro su desarrollo narrativo; un libro cuyas virtudes quedan sepultadas bajo el inconmensurable peso de sus fallos.

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