Ninguna necesidad - Julián RodríguezAtípica: este es un adjetivo idóneo para esta novela. Atípica por su prosa, ecléctica, y por su historia, alejada de convencionalismos y ternuras. Uno había escuchado buenas críticas acerca de obras anteriores de Julián Rodríguez, y la lectura de “Ninguna necesidad”, aun cuando no ha resultado como esperaba, no ha defraudado las expectativas.

El libro narra el postrer viaje de un desconocido narrador en pos del legado del Muerto, un amigo heredado de la infancia y que agoniza en el hospital mientras el protagonista recupera sus fotografías en Portugal. Ese trayecto, que en otras manos hubiera decaído en un maremoto de sensiblería y emociones profundísimas, es contado por el escritor con un estilo impecable: sobrio, austero, rico en detalles, pero no en superficialidades; incisivo, duro en ocasiones, descarnado, pero real y vívido como la existencia de cualquiera de nosotros.

El estilo de Rodríguez es un portento, no hay duda: no es muy del agrado de uno, que es (para bien o para mal) más proclive a la narrativa más ‘floreada’, pero es innegable la capacidad del autor para contar una historia de esa manera tan bella sin flaquear y caer en una vulgaridad sensiblera. Creo que el libro se mantiene gracias a esa forma narrativa, pues la historia del innominado protagonista es, en realidad, poca cosa comparada con el tejido en el que está envuelta.

Quizá por ese motivo la novela, breve y concisa, deja una sensación agridulce. Uno se da cuenta de que el autor le está llevando de la mano en un viaje hacia la asunción de una cierta degradación vital, hacia el reconocimiento de la nulidad de algunas normas que se asumen como normales; sin embargo, ese viaje tan intenso queda en nada cuando, pasadas unas páginas, nos damos cuenta de que la trama es una simple añagaza para el desarrollo (quiero pensar que no para el lucimiento) de la prosa de Rodríguez.

No es que el libro tenga un final abrupto, o no se desarrolle de forma conveniente la trama; es, simplemente, que el escritor ha supeditado la forma al fondo, y ese equilibrio no puede perderse de vista en ningún momento. Uno se sumerge con facilidad en el trayecto del narrador por su ruta vital, pero no acaba de participar de su peripecia: la empatía necesaria con el personaje se diluye en esa prosa cargada de asepsia. Podría ser, no obstante, que el objetivo del autor fuera ése, en cuyo caso la novela funcionaría con precisión absoluta: el extrañamiento que se provoca en el lector serviría de leit motif para la obra y la justificaría por sí solo.

En cualquier caso, lo evidente es que Julián Rodríguez tiene un estilo muy interesante y que merece la pena acercarse a su obra; uno, personalmente, probará suerte de nuevo.

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