Nikolái Gógol inició su carrera literaria con la publicación de los relatos que se reúnen en este libro; unos relatos de corte folclórico, basados en la tradición oral y que ponen en escena a personajes muy característicos de la sociedad rusa.

En general, todos los textos se pueden englobar dentro de una temática fantástico-humorística. Gógol presenta unos protagonistas humildes, casi siempre campesinos, que tienen una vida normal y que en una determinada circunstancia hacen frente a algún acontecimiento fuera de lo común: un encuentro con el diablo (“La Nochebuena”), con una bruja (“La noche de San Juan”) o con un espíritu maligno (“Terrible venganza”); un par de cuentos tratan hechos más normales: un pequeño engaño para conseguir seducir a una mujer (“La feria de Soróchinets”) o la historia de un hombre maduro apocado e inocentón (“Iván Fiódorovich Shponka y su tía”).

Los relatos de corte fantástico apenas hacen concesiones al terror o se regodean en la maldad de los personajes; Gógol trata de poner de relieve la picardía de los protagonistas, que de un modo u otro se sobreponen a los trucos y hechizos para lograr su objetivo. Así, el carácter sobrenatural de los textos queda en un segundo plano, ya que el eje sobre el que se plantean las tramas es el de la capacidad humana para hacer frente a situaciones complejas. Todo ello teñido con un humor bonachón, de carácter marcadamente ruso y que aligera el trasfondo de algunas historias que, de otra manera, serían auténticas narraciones de horror.

Como se puede extraer de todo esto, lo cierto es que la altura literaria de los relatos que componen Veladas en un caserío de Dikanka es limitada: Gógol crea un fresco que refleja una cierta idiosincrasia nacional, pero cuyos méritos narrativos están lejos de lo conseguido en otras obras posteriores. En estos cuentos hay ternura, socarronería y aventuras, pero los personajes quedan como meros arquetipos en favor de una folclorización de la trama y las historias apenas tienen profundidad, ya que el objetivo del autor es mostrar rasgos muy marcados, sin entrar en detalles. De ahí que la lectura sea divertida, pero nos deje un pequeño amargor al constatar que los relatos se quedan en lo más superficial, en el aspecto más inocente de las tramas sin profundizar más allá.

Por otro lado, ése es también el lado positivo de los relatos de este libro. Gógol no bucea en los entresijos emocionales porque prefiere describir a unos personajes que actúan movidos por sentimientos muy básicos. Siguiendo la tradición de los cuentos clásicos, lo que se nos ofrece no es un retrato profundo de la naturaleza humana, sino un muestrario de situaciones y personas que ilustran algunos comportamientos extremos que se pueden encontrar en casi cualquier persona. Así, el herrero Vakula de “La Nochebuena” somete al mismísimo diablo y logra que le lleve volando a presencia de la zarina para conseguir unos chapines que le granjearán el amor de Oxana; no hay mucha penetración psicológica, pero es indudable que las peripecias del rudo protagonista escenifican un esquema muy característico de las narraciones folclóricas (la consecución de un objetivo —por amor— por medios fantásticos) y que sus acciones son comprensiblemente “humanas”.

En pocas palabras: Veladas en un caserío de Dikanka es una obrita menor, pero que rezuma el encanto de los cuentos al amor de la lumbre y en la que ocasionalmente brilla el genio de Gógol con descripciones bellísimas y caracterizaciones magistrales. Entretenido e hilarante.

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| Alianza | 2009