Sanshiro - Natsume SōsekiNuevamente nos acerca Natsume Sōseki a los ambientes estudiantiles del Japón de principios del siglo XX; esta vez de la mano de Sanshiro, un joven recién llegado a Tokio para cursar estudios de literatura desde la provinciana isla de Kyushu. Las nuevas amistades, las clases y la sensación de que el futuro se está haciendo presente con rapidez, son las experiencias que aguardan al joven protagonista.

Podría definirse entonces “Sanshiro” como una novela de aprendizaje pero, de alguna manera, el protagonista no parece aprender nada de sus nuevas experiencias. Aunque Sōseki nos lo presenta como un joven reflexivo, ni sus pensamientos ni la narración logran profundizar en los hechos para extraer alguna consecuencia de ellos.

Las vivencias fundamentales del joven provinciano giran en torno del bello sexo. Sanshiro conoce a dos muchachas tokiotas por las que prontamente se siente atraído. Esta atracción se basa principalmente en que ambas jóvenes están muy lejos de ser, con sus actitudes emancipadas, parecidas a las mujeres que conoció en su provincia natal. Sōseki esboza así un apunte de la nueva sociedad que la Era Meiji estaba alumbrando.

La atracción dará paso al amor hacia Mineko, una muchacha que se considera a sí misma una oveja descarriada. Sin embargo, la relación entre ambos jóvenes no aparece claramente perfilada: reflexiones titubeantes y diálogos extraños  no logran imprimir a ese sentimiento la fuerza necesaria para conmover al lector. Tal vez es la intención del autor no ser demasiado explícito a la hora de reflejar ese amor, habida cuenta de esa típica circunspección japonesa, pero para el lector occidental la experiencia del primer amor queda así pobremente reflejada.

Por otra parte, es completamente acertada la manera en que Sōseki plasma las elucubraciones que sobre el futuro se plantea Sanshiro. Éste ve abrirse tres mundos ante él: el mundo tranquilo y seguro, pero soporífero, que representa su pueblo natal; el mundo laborioso del estudio y la vida académica, donde el galardón del conocimiento podría estar aguardándole; y, por último, el mundo luminoso y frívolo donde habitan las mujeres y sus galanteadores.

Sanshiro quisiera amalgamar el segundo y tercer mundo, pero poco a poco empieza a comprender que, tras la feliz y despreocupada vida de estudiante, parece aguardar una existencia de sacrificios y responsabilidades. Conquistar a una mujer bella y refinada se le antoja difícil, pero llegar a ocupar una posición preeminente en el mundo académico no lo es menos.

En resumen, las intrigas parecen dominar ambos mundos, y ninguno está hecho para seres vacilantes. Pero esa reflexión debe secretarla el lector, porque Sōseki se limita a narrar hechos, meros acontecimientos, como si fuera un espectador de los mismos sin potestad para penetrar en la mente de sus protagonistas. Y esto, sin duda, resta vivacidad y fuerza a “Sanshiro”.

Más de Natsume Sōseki: