Roma – Nikolái Gógol
17 de Mayo de 2006 por Sr. Molina
Hay libros que, más que por la historia que cuentan, más que por el lenguaje que usan, enamoran por su tema, por un encanto inconsútil y bello, que se respira entre sus hojas y nos embriaga de placer; “Roma” es uno de esos libros.
Gógol lo escribió casi al final de su estancia de cuatro años en esa ciudad, por lo que no es de extrañar la manera en la que habla de ella, la intimidad que los une. En este cuentito, un joven príncipe romano, heredero de una noble casa venida a menos y criado en el extranjero, descubre por las calles de la ciudad eterna, durante el carnaval, a una joven de extraordinario belleza: Annunziata. De sus ojos nos dice Gógol que son como «mirar un relámpago en el instante mismo en que irrumpe como un torrente de resplandor por entre las nubes negras como el carbón». Sin embargo, lo que a priori podría considerarse como una simple historia de amor resulta ser una oda a Roma, un canto imperioso y pujante a la lozanía de la civilización italiana. La auténtica protagonista del relato es, pues, la ciudad.
Cabe resaltar, como dato de interés, que el cuento se publicó con el epígrafe “Fragmento”, por lo que es posible que el escritor ruso pretendiese profundizar algo más en esa relación entre el príncipe y la beldad. Pero también es digno señalar que la historia que nos legó es una muestra, en extremo elegante y vivaz, de cómo el amor hacia un lugar puede generar una narración literaria de altísima calidad.
Las descripciones que se nos ofrecen de la ciudad, de sus monumentos, sus calles, sus gentes, de los paisajes (hoy desaparecidos) que la circundan, son todas de tal belleza que pueden resultar conmovedoras. El príncipe, a su regreso del extranjero, pasea por Roma con la avidez de un turista, pero con la mirada de un italiano; observa y valora con inteligencia, con sabiduría, apreciando por igual el legado histórico que atesora la ciudad y su ’sabor’ autóctono y peculiar: sus habitantes, sus costumbres.
No en vano, el final del relato (no creo desvelar nada si lo adelanto; sirva esto, empero, como aviso para los que no quieran saber más) es un canto a la ciudad, a su encanto arrebatador, a su magia imperecedera. Desde el Gianicolo, el príncipe, que había tratado de descubrir la identidad de la bella desconocida con la que se había cruzado, se detiene a contemplar el panorama que se despliega ante él, olvidándose «de sí mismo, de la belleza de Annunziata, del misterioso destino de su pueblo y de todo lo que hay en el mundo».
Cualquiera que haya estado en Roma comprenderá a la perfección estos sentimientos. Para aquellos que no tengan la fortuna, este librito es una ocasión idónea para disfrutar tanto de la hermosura de la ciudad como del magnífico escritor que es Gógol.
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Espero que os guste el enlace que os he hecho en mis nuevas alas, y que el nuevo cariz os haga llegar más veces a mi puerta a partir de ahora. Y aunque no sea así (cosa que me temo), creo que merece la pena que otros lectores lleguen a la vuestra desde allí, así les animo (nunca mejor dicho) a hacerlo desde “Recomendación de la semana”.
De nada.
Muchísimas gracias, Sergi.
no van directo al gran
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