El mundo sin nosotros - Alan WeismanAl terminar la lectura de “Lluvia negra” me dediqué a curiosear por Internet buscando información sobre la radiactividad y acabé viendo varias páginas sobre cómo la naturaleza había retomado el área de treinta kilómetros en torno a la central nuclear de Chernóbil que, tras el accidente, se declaró zona de exclusión. Los árboles creciendo en el interior de los edificios y rompiendo el asfalto de las calles de Pripiat fue lo que se me vino a la mente cuando tuve en mis manos “El mundo sin nosotros”.

Un libro que obliga a forzar la imaginación para imaginar un planeta en el que el ser humano ha desaparecido de la noche a la mañana puede parecer un auténtico ejercicio de frivolidad. Pero no le es en absoluto. Por el contrario, “El mundo sin nosotros” consigue plantear una contundente visión de conjunto de los cambios que el ser humano ha producido en la biosfera desde que el hombre dejó atrás su pasado como mono y comenzó a evolucionar hasta autoproclamarse “rey de la creación”.

Alan Weisman atrae primero nuestra atención hablándonos de qué sucedería, si los humanos se fueran, a aquello que mejor conocemos: nuestras casas y nuestras ciudades. Aunque a menudo las juzgamos inexpugnables, sin el adecuado mantenimiento a que ahora están sometidas a diario comenzarían rápidamente a deteriorarse y sería sólo cuestión de tiempo que la naturaleza irrumpiera en ellas, conquistándolas de nuevo.

Sin embargo, después de milenios de presencia humana en el planeta, y sobre todo después de los brutales cambios que le hemos infringido en los dos últimos siglos, numerosos elementos atestiguarían nuestro paso: por un lado, todo lo que hemos destruido y ya jamás volverá a existir; por otro, todo lo que hemos creado de manera artificial y que permanecerá para siempre, o casi, amenazando la vida de las especies que nos sobrevivan.

Para que podamos valorar justamente todo lo que el hombre ha destruido desde que se alzó sobre sus extremidades posteriores, Weisman nos ilustra acerca de la espectacular megafauna que habitaba el norte del continente americano antes de la llegada del ser humano; una megafauna de una riqueza equivalente a la que todavía hoy nos maravilla en África que, sin embargo, sucumbió ante la aparición de un nuevo y pequeño ser: el hombre. Mientras que en África los animales nos vieron evolucionar y aprendieron a temernos, los del norte americano no supieron ver el peligro que representaba un ser tan insignificante.

Pero, evidentemente, ése fue sólo el comienzo y desde entonces es mucho lo que el hombre ha transformado, trastornado o aniquilado. A veces ha bastado tan sólo con cambiar algo de lugar: como cuando introducimos especies foráneas que logran colonizar nichos que no son suyos, expulsando a las especies autóctonas; o como cuando introducimos genes nuevos en determinadas especies para mejorarlas o rectificarlas. Si nos fuéramos, la naturaleza que recuperara el territorio que le hemos arrebatado sería sin duda muy distinta a la que existió en un principio.

Lamentablemente, aquello que creemos más perdurable, muchos logros de los que nos envanecemos, durarían apenas un suspiro. Sucumbirían nuestras ciudades, los rascacielos, los enormes puentes, las presas e incluso, en el canal de Panamá, el río Chagres no tardaría en retomar su antiguo curso, enterrando en lodo esa maravilla de la ingeniería.

Y precisamente aquello de lo que no deberíamos sentirnos orgullosos quedaría como recordatorio de nuestro paso por el planeta: residuos nucleares y cabezas de armas atómicas, polímeros indestructibles y contaminación. Una fantástica herencia que seguiría dando problemas a los seres vivos que quedaran tras nosotros.

Y sin embargo, la vida continuaría adelante. Animales y plantas trabajarían, inconsciente pero firmemente, para cicatrizar las heridas que nosotros abrimos. Como apunta Weisman, puede que la Tierra diera un enorme suspiro de alivio al sentirse libre de ese ser arrogante que durante siglos la ha pateado. Y sin embargo, con toda seguridad, nos echaría de menos.