El salario del miedo - Georges ArnaudEn El salario del miedo Georges Arnaud quiso exponer esos trabajos extremadamente peligrosos (y eventualmente bien pagados) que la necesidad y la desesperación empujan a aceptar.

Un planteamiento del todo interesante cuya tesis defiende  Arnaud en la “Advertencia” que antecede al texto: «Nadie empieza a ejercer estos oficios por casualidad», «Frente a ellos se han cerrado las puertas», «Hay un lugar para la sensibilidad al volante de un camión. También hay un lirismo del pico y la pala», «Así es la poética del riesgo asalariado». Sin embargo, El salario del miedo se convierte en la mera descripción detallada del viaje que unos camioneros emprenden, cargados de la nitroglicerina necesaria para apagar el incendio desatado en un pozo petrolífero.

La novela empieza de manera prometedora, incluso brillante, con la descripción del accidente que desata el incendio. Pero cuando la narración da paso a lo que debe ser el núcleo de la acción, pierde fuelle. La descripción de la depauperada ciudad sede de una filial de la Crude and Oil Limited y, a continuación, la presentación de los personajes que la pueblan y que acabarán por ser los héroes de esta historia resulta correcta, pero un tanto manida.

Gérard Sturmer el protagonista de El salario del miedo cae de lleno en el tópico del aventurero occidental, de pasado turbio, que trata de escapar del agujero tropical al que la suerte le ha arrojado. Dado que la novela fue publicada en 1950 es posible que, por aquel entonces, este personaje resultará más original que sesenta años después, cuando a fuerza de encontrarlo en libros y películas resulta ya un tanto desgastado.

Igualmente, Arnaud inyecta testosterona a sus camioneros y les hace ser rudos, bebedores y malhablados para ofrecer una idea de su virilidad —que hoy en día resulta un poco rancia—, y dar a entender qué clase de persona hay que ser para soportar la presión de conducir por una accidentada carretera cargados con toneladas de explosivo.

Aunque bien narrado, el difícil recorrido y sus avatares resultan bastante previsibles, incluido el final. Sturmer vive un infierno, pero la tensión y el miedo no logran traspasar el papel para sobrecoger a quien lee, comunicándole algo de la emoción de tan sobrecogedora situación. Eso a pesar de las continuas referencias al miedo que atenaza a los conductores, contado mediante una reiteración que, pese a todo, no resulta efectiva:

El miedo. Está ahí, sólido, presente y estúpido, no hay manera de escapar. Fuego en el culo, y no poder correr. Solo que el miedo se puede rechazar; una carta de recomendación del Diablo, y se rechaza. Pero sigue esperando en el umbral. Se acomoda detrás, en el tanque de nitroglicerina, y acecha desde allí.

A pesar de que el planteamiento expuesto en el prólogo es prometedor, es difícil conciliar la conmiseración de quienes se ven obligados a aceptar el salario del miedo con el sentimiento que suscitan los facinerosos que protagonizan esta historia. Igualmente es interesante la crítica que la novela plantea a las corporaciones norteamericanas, pero por desgracia no está lo suficientemente desarrollada como para resultar reseñable.

El salario del miedo es una novela correcta, sencilla, y seguro que hace las delicias de miles de lectores, pero es una novela común.