Las aventuras de Wesley Jackson - William SaroyanLas novelas de guerra —o sobre la guerra, que puede haber diferencia— suelen tener una baza a favor desde el mismísimo comienzo: conmueven. Hablar sobre los conflictos bélicos siempre parece generar una corriente de empatía entre autor y lector (o, mejor: entre narrador y lector) que facilita su interacción y pone al segundo en una situación emocional más receptiva.

“Las aventuras de Wesley Jackson” no es una novela ambientada en el conflicto; en puridad, el soldado Jackson relata sus vivencias durante su formación castrense y sus días en Londres justo antes de la fase final de la Segunda Guerra Mundial. Sólo las últimas páginas del libro sitúan a Wesley en Francia, ya durante el repliegue de las tropas alemanas, momento en el que es capturado para, finalmente, escapar y regresar a Inglaterra.

“Las aventuras de Wesley Jackson” es una novela desleída, floja, que pretende conmover a base de apelar, de manera martilleante y edulcorada, a sus sentimientos de amor y piedad. En el más puro estilo de los sermones eclesiásticos, William Saroyan bombardea al lector con las reflexiones de ese Wesley protagonista, un personaje increíble de puro inocente, incapaz de mentir, de engañar o hacer daño, que contempla la vida como una inagotable fuente de amor hacia los demás. Como digo, increíble de puro inocente, puesto que podrían introducirse matices en su personalidad, ciertas dobleces que convirtiesen su paso por el ejército en algo plausible, y no en un viaje que de principio a fin parece un paseo por un parque de atracciones, más que la preparación para sumirse en un conflicto que puede acabar con la cordura de un hombre. Los ataques aéreos sobre Londres se convierten en fascinantes espectáculos de fuegos artificiales: mientras Wesley pasea por las calles, inocente, observando los fogonazos del fuego antiaéreo, la gente corre a los refugios para evitar morir bajo las bombas. Detalles como éste (que en otro contexto, con otras palabras, con más sentimiento o humanidad, serían muy literarios) desmerecen la historia, convirtiéndola en una sucesión de momentos idílicos, como si la existencia del protagonista se desarrollase en un universo paralelo, al margen por completo de la cruda realidad.

Y enseguida los cohetes púrpuras, rosas, rojos y negros subían al cielo, como fuegos artificiales, y llenaban la bóveda celeste con su maravillosa y terrible luz. Aquello parecía una fiesta en vez de una guerra. Los amigos del escritor a los que habíamos ido a ver habían bajado al refugio de aquel edificio porque aquello no les gustaba, pero el escritor les preguntó si podía quedarse allí a contemplar el espectáculo, y ellos le dijeron que sí y que si estaba loco, y yo les pregunté si también podía quedarme a mirar.

La narración, como el mismo Wesley, carece de credibilidad por el tono que se utiliza a lo largo de la novela: como decía más arriba, un estilo como de sermón, que incide una y otra y otra vez sobre los mismos conceptos —la necesidad de amar para ‘salvarse’, la importancia de la fraternidad humana, el valor de la verdad—, que trata de introducir una visión de la guerra (y, por extensión, del mundo) en la cabeza del lector a la fuerza, a base de la repetición de ciertos elementos siempre presentes en el discurso del protagonista. Y, ojo, no es que esa visión que se impone al lector sea falaz: uno cree que es acertada y válida, pero lo que no resulta justo, o aceptable, es que haya de imponerse a la fuerza.

Es posible que, en determinado momento histórico, con los ecos de la Segunda Guerra Mundial aún resonantes, y con la Guerra de Corea recién abandonada, esta fábula bienintencionada fuese aceptada con mayor entusiasmo. Incluso es loable la intención de Saroyan, tratando de despojar al tema de todo rasgo cruel, horrífico o deshumanizado, pero el resultado es desolador. El lector contempla asombrado como Wesley deambula de acá para allá, rodeado por la indecencia y la maldad, sin llegar a mezclarse en ningún momento con ellas, como si su pureza interior le eximiese de hollar la tierra que pisamos los mortales. Como alegoría moral, puede que tenga un pase; como novela, resulta aburrida y carente de credibilidad. Dos puntos que convierten, casi automáticamente, a cualquier libro en un tostón.

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