Jonathan Strange y el señor Norrell - Susanna ClarkeHabía ‘encargado’ este libro a los Reyes Magos porque había leído buenas críticas y escuchado recomendaciones que me llamaban la atención; además, los libros de ‘hadas y magos’ (como dice la otra mitad de solodelibros) me seducen con facilidad.

Sin embargo, como con cualquier otro tipo de literatura, existen libros buenos y malos. En este caso me temo que las expectativas que me había creado eran vanas: “Jonathan Strange y el señor Norrell” es una novela facilona, planísima en cuanto al tratamiento de los personajes y de una escritura insulsa.

La historia planteada es, en principio, interesante: en una Inglaterra imaginaria, a comienzos del siglo XIX, un mago llamado Gilbert Norrell se da a conocer después de que hayan transcurrido más de trescientos años sin que nadie practique magia. Impresionados por los prodigios que parece capaz de realizar, los ministros del gobierno le encargan la protección del país, enzarzado en la lucha contra Napoleón. Al poco tiempo, un joven llamado Jonathan Strange se presentará ante Norrell con el objetivo de convertirse en su discípulo. Ambos se encargarán de restaurar la magia en Inglaterra y devolverle su antiguo esplendor; pero una antigua profecía convertirá su gesta en un camino sembrado de obstáculos y peligros.

Aunque así resumido podría sonar pueril, los primeros capítulos de la novela consiguen crear una atmósfera interesante: ese trasunto de Inglaterra donde la magia parece un elemento connatural, aunque olvidado; los magos que se entierran entre libros para tratar de extraer un antiguo saber antaño perdido; los sucesos históricos reales que se entretejen con el devenir de la aventura de Norrell y Strange… Clarke urde un principio sugerente que introduce al lector en su novela, aunando cierta imaginación y unas maneras muy inglesas de narrar (aunque sea un poco exagerado emparentarla con Jane Austen, como el texto de contraportada sugiere). Sin embargo, bastan unas docenas de páginas para que la novela pierda ese soplo inicial y se quede en un folletín absurdo: los dos protagonistas, que en otras manos (y no puede uno sino recordar a Neil Gaiman) podrían haberse convertido en unos magníficos personajes, son desarrollados con una simplicidad infantil, obviando rasgos imprescindibles y dejando de lado una caracterización más rica y enjundiosa. La historia en la que se ven envueltos gira en torno a sí misma hasta quedar en un ridículo conjunto de profecías sin sentido, personajes misteriosos que aparecen y desaparecen sin aportar nada a la trama, viajes y aventuras que, en lugar de imbricarse en la historia, desorientan al lector y no arrojan luz sobre lo que ocurre.

Quizá la novela ha pecado de prosopopéyica, tratando su autora de crear un universo a la manera de Tolkien, pero cayendo en el despropósito total al no tener entre manos unos personajes y una historia sólidos y atractivos. Es posible que no baste con una buena idea para poner en marcha un proyecto de estas características, aunque el libro haya sido aclamado en varios países y seguramente se convierta en un best-seller. No hemos de olvidar que, por encima de cualquier otro principio, si un autor es bueno puede levantar cualquier historia, pero la ecuación no se invierte con facilidad. El tejer un universo imaginario como el que Susanna Clarke idea en su novela no es suficiente para enmarcar dentro de él una trama que, en otro contexto, no se sustentaría por sí misma; el libro adolece de credibilidad, no por falta de esmero en la recreación de esa Inglaterra mágica, sino porque la autora carece de recursos literarios para acometer la tarea de inventar una historia creíble.
Me viene a la memoria como ejemplo de lo contrario alguno de los libros de John Crowley, en especial “Pequeño, grande”, en el que la historia también se desarrolla entre ‘hadas’ y ‘duendes’, pero dentro del cual uno se sumerge con impaciencia y con placer indescriptibles: en primer lugar, porque Crowley es un magnífico narrador y, en segundo, porque su trama es interesante por sus cualidades intrínsecas, no por el marco en el que se inscribe. (Otro día me extenderé más sobre esta obra maestra.)

En suma, el único adjetivo amable que puedo otorgar a este libro es el de ser imaginativo, aunque incluso el recurso de asimilar territorios reales a otros mágicos y/o imaginarios ya haya sido usado con anterioridad. Como ocurre tantas otras veces (y uno ya debería haber aprendido la lección de que el noventa y nueve por ciento de lo que aparece en la prensa no merece la pena), el libro promete mucho más de lo que en realidad acaba ofreciendo. Lástima que una idea inspiradora quede en un pastiche literario como éste.