Arco del Paraíso - José Luis García MartínLos libros sobre ciudades siempre tienen un encanto peculiar; si la ciudad es Venecia, ese encanto se multiplica. Quizá es de esos pocos lugares que en sí mismos rebosan magia y seducción, da igual de donde se venga y hacia donde se marche, da igual la visión del mundo o el idioma que se hable: Venecia atrapa al viajero como una amante celosa de su amor.
José Luis García Martín
debe saberlo muy bien, a tenor de lo que cuenta en las páginas de “Arco del Paraíso”, título que hace referencia a un pequeño pasaje de la ciudad de los canales (por excelencia). Como el resto de la colección ‘Cosmópolis’ de la editorial Pre-Textos, el libro mezcla la realidad de la visión de una ciudad con la imaginación del escritor que la contempla. Aquí ya hablamos del París de Julien Green, por ejemplo, aunque la travesía que García Martín realiza por Venecia sea bastante diferente de la de aquél.

Y es que el escritor español realiza un ejercicio de metaficción (o «autoficción», como se denomina en el libro) que se aleja de la mera novela de viajes. Aunque en los primeros capítulos se nos ofrecen impresiones de los paseos del autor por Venecia, las aventuras y desventuras de García Martín (o del trasunto de García Martín que hace las veces de protagonista y guía de este periplo) copan las páginas posteriores y realidad y ficción se unen para dar una idea de la magia que subyace en cada una de las piedras de la perla del Adriático.

En realidad, y como en otras obras del escritor, la literatura cobra un protagonismo especial y se enseñorea del libro ante los ojos de un lector que salta del presente del español hasta el siglo XVIII de Jean-Jacques Rousseau, o hasta el XIX de Pedro Antonio de Alarcón, o hasta el XX de Eugénio de Andrade. Los fragmentos de otros visitantes ilustres asoman en “Arco del Paraíso”: Goldoni, Morand o Goethe iluminan un poco más esa Venecia que García Martín contempla desde el presente. Las correrías de Casanova por los palacios y canales otorgan un encanto particular a los lances imaginarios (¿imaginarios?) del narrador, que a veces poco tienen que envidiar a los del inmortal seductor.

Quizá lo que desluce un poco el resultado final de “Arco del Paraíso” es que la Venecia real, la que uno podría contemplar si tomara el tren y llegase a Santa Lucia y se dejase arropar en sus paseos, apenas asoma en estas páginas. El narrador nos habla de una ciudad que se amolda a su estado de ánimo, con muchos detalles que, desde luego, jamás hallaríamos en guía de viajes alguna y que sólo conoceríamos de boca de alguien que conozca muy bien el lugar, pero que muestran más sentimiento que piedra. Mientras que Predrag Matvejevic (en otro título de la colección dedicado también a Venecia) iluminaba los detalles secretos de la ciudad, sacaba a la luz la historia desconocida y revelaba al lector los entresijos de los muelles, los puentes y los jardines, García Martín se queda en la ciudad de los campi y los templos, la de las aventuras de tantos y tantos personajes ilustres que han pasado por allí. Y, sobre todo, hace mucho más hincapié en la literatura que provoca Venecia, en los lances y aventuras que se han vivido allí, en los sucesos de los personajes que la han visitado o habitado; la ficción acaba por suplantar a la realidad, lo cual en absoluto es negativo (de hecho, el libro es bellísimo en ese aspecto), pero no parece que case con el espíritu de la colección, que propone unas miradas personales sobre ciudades concretas.

En este sentido, el ya mencionado libro de Matvejevic es más fiel a ese espíritu, en tanto mostraba la ciudad a través de su visión personal ateniéndose a la realidad veneciana; García Martín se dedica a hacer literatura, y Venecia queda desdibujada en favor de los personajes que hablan de ella. Con todo y con eso, no deja de ser un placer asistir entre las páginas de “Arco del Paraíso” a las seducciones de Casanova, o a los amoríos escabrosos de D’Annunzio o a la formación teatral de Goldoni. A veces, el que la literatura tome al asalto la realidad es un placer inapreciable, incluso si eso supone que el supuesto eje de la obra pierda entidad.

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