Sobrecogedor, hermosamente terrible es este relato de Evgueni Zamiátin. Escrito en 1929, La inundación puede ser considerarado heredero directo de Crimen y castigo, pues como en la novela de Dostoievski se radiografía la mente y la evolución psicológica de alguien que comete un asesinato. La duda, el remordimiento, el temor, el alivio, se desarrollan ante los ojos de un lector ávido, que lee con el alma en un puño y que llega a sentir una brutal conmiseración por la atribulada protagonista.

La protagonista de La inundación es una mujer casada que no ha tenido hijos. Zamiátin logra expresar en pocas pinceladas la desazón de una mujer que siente que no ha logrado llevar a cabo la que debería ser su principal misión en la vida: la maternidad. Ese sentimiento de culpa es sutilmente alimentado por Trofim Ivánich, su marido, quien concibe la vida sin hijos como una existencia vacía. En estas circunstancias la pareja acogerá a una adolescente huérfana con quien Trofim Ivánich entablará una relación sentimental, prácticamente ante los ojos de su esposa.

Con una narración escueta y mediante breves incursiones a los pensamientos de Sofia, Zamiátin logra representar de manera vívida el calvario de una mujer que se vuelve invisible en su propia casa, para su esposo. Porque no son los celos lo que atormenta a Sofia, sino la inmensa soledad a la que se ve condenada; y la seguridad de haber perdido la posibilidad de engendrar un hijo, puesto que su marido ya no duerme con ella.

La muda desesperación, la incertidumbre y el dolor, que atenazan a Sofia son contados de una manera tan sencilla, de hecho tan parca, que sorprende la fuerza con que logran conmover al lector. La sucinta descripción de los gestos de Sofia, que reprimiéndose, enfrenta cada día desde una presunta normalidad, sirven para presentar en toda su amplitud la tensión que atenaza el alma de la mujer.

Esa tensión se resuelva de forma fatal y la empuja al crimen: matará a Ganka, la joven adoptada. Disimulando el asesinato con una ausencia, Sofia reanuda su vida tal como era antes del cataclismo que la asoló. Pero en el fondo de sus pensamientos, de sus sueños, late la certeza del acto terrible que ha cometido. Su mente parece derivar hacia la locura, que no hacia el arrepentimiento. El crimen, que cometió como desligada de sí misma, ha quedado grabado en su memoria como cualquier acto cotidiano que se hace para procurarse comodidad. Y gracias a haberlo cometido, ha recuperado el afecto de su esposo y quedado en estado.

Sin embargo, la certeza de lo terrible de su acto irá creciendo en ella a la vez que la criatura que gesta. El temor a ser descubierta deja paso a un intermitente sentimiento de horror ante la truculenta realidad del crimen, que vuelva a ella una y otra vez y cada vez con más fuerza. Y a la presciencia de que, de alguna manera, su tiempo se agota y una fatídica hora de la verdad está a punto de sonar para ella.

Muchos son los puntos fuertes de esta historia magistralmente contada: el ritmo continuado de la narración; las descripciones, sucintas pero certeras; el uso del lenguaje y las imágenes que nos traslada. Pero sobre todo llama la atención la robusta construcción del personaje de Sofia y la forma en que Zamiátin consigue que empaticemos con ella. Con cada frase, el autor nos encierra, de forma casi claustrofóbica, en su mente y nos hace padecer su angustia, su soledad, su miedo. La hace tan perfecta en su infortunio que logra atenazar nuestro corazón.

Una lectura inolvidable.

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| Alfabia | 2010