Madama Crisantemo - Pierre LotiSiempre me han fascinado los libros que narran historias de países exóticos: sus culturas, sus paisajes, sus gentes… bien sean relatadas por nativos, bien por occidentales que cuentan sus vivencias en esos lejanos lugares. Así, ha sido todo un descubrimiento la colección Viento Simún, de Ediciones del Viento, que recoge obras de grandes autores que transcurren en escenarios exóticos.

A esta colección pertenece “Madama Crisantemo”, del francés Pierre Loti —oficial de Marina y novelista—, que bajo la forma de un diario, narra su estancia en Nagasaki durante el verano de 1885, mientras la goleta en que prestaba sus servicios era reparada.

Pierre Loti llega a Japón con el sueño de contraer matrimonio con una joven japonesa que le sirva de distracción durante su estancia en tierra. Este tipo de matrimonios semilegales eran corrientes en la época y tolerados por las autoridades japonesas. Los jóvenes oficiales tomaban como esposas de alquiler a muchachas japonesas, a las que pagaban por su tiempo y a las que dejaban sin mayor remordimiento a su partida.

Loti pasa por los trámites del casamiento con cierto desagrado, le repugnan las complicas negociaciones con la que se camufla lo que no es sino la venta de una adolescente, lo que, por otra parte, no le impide participar en ese comercio.

Por desgracia, la musmé (voz japonesa para designar a una jovencita) que elige, de nombre Crisantemo, no le satisface demasiado. A pesar de conocer su idioma, no consigue llegar a conocer a la joven, que se le representa como un ser incomprensible y, a menudo, cómico, con sus reverencias y sus complicados vestidos y peinados.

Y al igual que con su musmé, Loti no logrará penetrar en nada de lo japonés. Aunque las páginas se llenan de descripciones de las casas, las gentes, los festivales, los comercios o las comidas, esas descripciones están llenas de desprecio por una cultura que el marino se niega a comprender, comparándola de continuo con la francesa, sin parar mientes en lo lejanas y opuestas que son.

Los hombres y las mujeres le parecen cómicamente feos; sus muestras de respeto o dignidad, fantochadas pueriles; las muestras de su religión, oscuras e incomprensibles. Cada descripción contiene una leve burla o un deje de fino rechazo. Para Loti, el tamaño moral del pueblo japonés es comparable al de sus pequeños hombres y mujeres, al de las pequeñas chucherías de las que les gusta rodearse y servirse.

Para el marino, todas las escenas que se representan ante sus ojos tienen cierto aire de irrealidad. Comparándolas continuamente con las escenas representadas en biombos y abanicos que vio en Francia, no alcanza a comprende la realidad viva que ahora poseen.

Insatisfecho y melancólico, Pierre Loti desgrana los días de su estancia en Nagasaki con su pequeña Crisantemo y las ‘esposas’ de otros oficiales con las que pasea y frecuenta las casas de té, él mismo asombrado de su incapacidad para emocionarse, para admirarse, para acercarse a nada de lo que le rodea.
Cuando llega la hora de la partida, un leve sentimiento sacude su alma abotargada, pero es sólo por la nostalgia que produce siempre la idea de marcharse de un sitio al que no se ha de volver. ¿Qué siente su pequeña Crisantemo ante la idea de su marcha? Él espera que se muestre triste, pero la sorprende contando feliz las monedas que le ha entregado como pago por su breve matrimonio.

Desde la borda de su navío ve alejarse Japón sin tristeza. A pesar de haber compartido sus días con una nativa, a pesar de haber recorrido las populosas calles y los silenciosos templos, no ha logrado acercarse a una cultura de la que se lleva una impresión de cosa pequeña e insignificante.