Tengo una pistola – Enrique Rubio

Tengo una pistola – Enrique Rubio

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Tengo una pistola - Enrique RubioTengo una pistola no es una novedad: se editó ya hace tres años en un sello conocido, aunque su repercusión no haya sido tan grande como otros lanzamientos con mucho menos interés. Y el caso es que esta novela no pasará a los anales de la historia de la literatura, pero creo que ofrece más frescura, honestidad e inteligencia que muchas de las novedades que a menudo se presentan como la renovación de la narrativa en castellano (algo que ocurre cada mes, aproximadamente).

Enrique Rubio presenta una trama que, a priori, puede parece repleta de tópicos y situaciones extremas: Cascaradenuez, un administrador de webs porno que vive encerrado en su casa por una fobia hacia la gente, entabla conversaciones por chat con alguien llamado Ænima que le empuja hacia una senda de autodestrucción como camino hacia la iluminación. En medio de una vida que se mueve entre páginas web, descargas, videojuegos y soledad, Cascaradenuez tendrá que hacer frente, gracias a esa decisión, a la verdadera sociedad y a la peligrosa debilidad de su mente cuando por fin se decida a pisar la calle.

Lo que se pone de manifiesto en Tengo una pistola es la confrontación entre lo virtual y lo real: la tensión que existe entre un universo construido artificialmente y la inevitable influencia que ejerce sobre las relaciones en nuestra vida cotidiana. Algo que se ha tratado ya en otros libros, qué duda cabe, pero que Rubio explora con mucha perspicacia y sensibilidad: lejos de quedarse en la superficialidad de un personaje como Cascaradenuez (que, pese a ello, cae en algunas poses un tanto manidas), el autor hurga en sus debilidades para mostrar lo vulnerables que somos en verdad; no sólo ante la exposición permanente a la que nos somete (con nuestra aquiescencia) la tecnología, sino ante la dificultad intrínseca de relacionarse con los demás.

Además, la novela también nos ofrece el retrato de un personaje desnortado, pero con algunas ideas muy claras: un personaje que se erige en anti-héroe al cuestionar un modelo de sociedad que frivoliza nuestros comportamientos para que encajemos en esquemas preestablecidos. «En un mundo de ganadores frustrados, yo soy un perdedor convencido, lo cual es menos estresante», confiesa el protagonista en un momento del libro; la lucha contra unos modelos que nos encorsetan está presente en todo momento en estas páginas, sobre todo encarnadas en las charlas que Cascaradenuez mantiene con su psicólogo: estas conversaciones nos muestran la perspicacia con la que el escritor ha captado las dicotomías entre el hacer y el decir, entre nuestro comportamiento a solas y ante el resto del mundo; en suma, la pose que ostentamos en nuestras interrelaciones en sociedad.

La novela tiene su mejor baza en el tratamiento que su autor hace de ese tipo de tesis. Rubio se arriesga con una trama que en principio parece manida, pero que consigue mantener una tensión constante; ni las situaciones ni los personajes llegan a resultar inverosímiles, a pesar de que se juega con elementos un tanto efectistas (léase: las conversaciones sobre porno, los interludios de ensoñación del protagonista). Quizá el punto más flojo de la novela sea el estilo, anclado en un tono que juguetea con los ritmos rápidos, con los diálogos fulgurantes y que en cierta medida aporta muy poco narrativamente; un estilo influenciado por la narrativa norteamericana más descarnada (Eggers, Palahniuk), pero que el autor consigue llevar a su terreno sin que el resultado se convierta en un mero pastiche sin personalidad.

Tengo una pistola es un libro interesante, arriesgado, lúcido, tierno y, sobre todo, muy humano. En lugar de dejarse dominar por una trama efectista, Rubio nos regala una historia de autoconocimiento y reflexión que profundiza en los entresijos de nuestra alma con una mirada aguda. Todo un descubrimiento que, seguro, tendrá mucho más que ofrecer.

1 comentario

  1. La novela, como bien dices, no pasará a los anales para la historia de la literatura, pero permanecerá en la mente y en la retina de personas que hayan tenido, como yo, la oportunidad de entenderla y disfrutarla.
    Ésta no es una novela que mueva a las masas, no es un best seller; es una de esas joyas que, por casualidad, un día encuentras en una estantería de segundo orden y por alguna razón y sin saber por qué, captan tu atención.
    Podría haber acabado decepcionada, pero ocurrió todo lo contrario: me conquistó con cada párrafo y me conmovió con su ternura ácida.
    Aún sigo teniendo mis frases favoritas apuntadas en un cuaderno y me recreo de vez en cuando en recordarlas.

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