Rascacielos - J. G. BallardJ. G. Ballard es considerado uno de los mejores escritores de ciencia-ficción de los últimos tiempos, marcando una línea muy personal, caracterizada por sus temas (la problemática relación del hombre con la tecnología y el progreso, las obsesiones sexuales —y sensuales—) y por su estilo, muy cuidado y elegante.
En “Rascacielos” se observan esas características, enmarcadas en una historia muy propia del autor. Cerca de un Londres futuro se erigen varios complejos residenciales ideados como mini-ciudades, unos rascacielos que contendrán todo lo necesario para el desarrollo de una comunidad interna sin apenas necesidad de salir de los edificios para nada. En el primero que se termina se instalan rápidamente muchos inquilinos, entre ellos el doctor Robert Laing, a través de cuya mirada conoceremos buena parte de la trama. En ese edificio autosuficiente pronto comenzarán a surgir disputas: al principio por motivos vanos, pero poco a poco los habitantes del rascacielos empezarán a formar una sociedad en miniatura que reproducirá, de una manera exagerada y malsana, los vicios y virtudes de cualquiera de las conocidas. Pronto se dividirá el edificio en facciones que defenderán los intereses de ‘los de arriba’ (habitantes de los pisos superiores, más adinerados y con mejor posición social) y ‘los de abajo’ (los inquilinos menos pudientes). Ballard tensará la trama hasta desembocar en una alocada y violentísima lucha por la supremacía en el edificio, que no es otra cosa que un combate por la vida misma.
Releyendo estas líneas me doy cuenta de que suenan mucho mejor de lo que el libro ofrece en realidad. El planteamiento (que fue lo que me atrajo del libro cuando lo encontré) es interesante; manido, pero interesante. Ballard es un autor preciosista y esperaba encontrar una historia inteligente y apocalíptica, pero el resultado ha sido totalmente frustrante.
A las pocas páginas, los habitantes del edificio, presentados como maduros profesionales de más o menos éxito, comienzan a comportarse como niños, como animales salvajes, sin que el cambio se vea introducido de una forma creíble y —sobre todo— gradual. En un momento dado se intercambian cumplidos y, al volver la hoja, nos encontramos con que tratan de matarse entre sí sin motivo aparente. Quiero decir con esto que Ballard maneja la evolución de los personajes con una desgana y una falta de pericia totales, construyendo sus personalidades a golpes, sin una idea clara que pueda transmitir al lector. El único de los protagonistas que posee algo de coherencia es Richard Wilder, un productor de televisión bruto y pendenciero, que no hace más que seguir su desarrollo natural hasta convertirse en un depredador furioso e implacable. Los demás personajes no hacen sino aparecer aquí y allá, sin propósito aparente y sin aportar mucho a la trama.
Una lástima, porque, como ya he dicho, la historia podría haber dado mucho más de sí. Sin embargo, al poco de iniciar la lectura queda claro que, o bien Ballard se ha visto superado por su ambición, o bien no es el escritor indicado para tratar un tema semejante. Queda claro que es una novela que sólo gustará a sus incondicionales.

Más de J. G. Ballard: