En la calle del alquimista - Franz KafkaHace mucho ya, leí un libro de relatos de Franz Kafka, que incluía ‘La metamorfosis’ y me sentí ampliamente decepcionada. No me pareció en absoluto que ninguna de las narraciones, ni siquiera ‘La metamorfosis’, mereciera la imponderada notoriedad que con el tiempo han adquirido.

Ha llegado ahora a mis manos una nueva selección de relatos del célebre Kafka, reunida bajo el título “En la calle del Alquimista” y editada por Thule. Por aquello de que continuamente maduramos como lectores, he decidido darle una nueva oportunidad, pensando que tal vez entonces no supe comprender a un autor que figura entre los más prestigiosos del siglo XX. Por desgracia, este nuevo acercamiento no ha logrado modificar un ápice la que fuera mi primera impresión.

No dudo que la literatura de Kafka pudo resultar revolucionaria en las primeras décadas del pasado siglo cuando, no obstante, muchos conceptos estaban cambiando en lo tocante a literatura. Pero, ¿se puede decir que todo lo innovador sea bueno? No creo. Lo innovador es eso, nuevo, pero no necesariamente bueno. Hace falta más que innovar para perdurar. Sé que la objeción es harto sencilla: Kafka ha perdurado. Pero yo digo, ¿por qué? Porque un buen día alguien le incluyó en los manuales; fue introducido en el sanctasanctórum de los grandes escritores, y ahí se ha quedado. Hora es ya de una revisión de ese sanctasanctórum, de realizar un expurgo de los elegidos. Mientras tanto, yo quiero decir en voz alta que Kafka me parece infumable, insoportable y abstruso. Salgámonos de los manuales, derribemos los mitos. Pues muchas veces damos por bueno aquello que la mayoría nos indica, dejando nuestra opinión y nuestra experiencia de lado.

A parte de un modo de escribir desconcertante, ¿qué nos aporta Kafka? Sus historias son confusas, oscuras, trozos inconexos de relatos que flotan en la nada, inasibles. La gente ha leído en ellos una imagen de la soledad, una vocación metafísica, un pesimismo que rezuma ironía. Lástima que detrás de todo ello no haya, excepto en raras ocasiones, alguna historia que pueda interesar, algo que aluda al lector, una línea de empatía a la que podamos asirnos.

Así pues, qué interés pueden tener unos relatos que únicamente dejan ver el mundo interior y onírico, francamente desordenado, de su escritor; pero que nada reflejan de esos sentimientos universales, en los que cualquier lector de cualquier época se puede reconocer para, con emoción, sentir suyas las palabras del escritor.

Kafka, para mi, no pasa de ser un escritor para leer en el Metro. Siempre que no tengamos nada mejor.

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