Kokoro - Natsume SosekiUn lento caminar hacia el centro de una espiral, una madeja que pausadamente se va deshaciendo; de esa manera cabría describir la forma en que se desgrana la historia de “Kokoro” y, desde luego, la palabra clave es lentitud. Lentitud en el ritmo, lentitud en los diálogos, lentitud para llegar al desenlace. Y de ahí esa sensación de estar dando vueltas sobre lo mismo, de que la misma historia se podría haber contado de manera más directa y la impresión de que muchas veces el autor se pierde en consideraciones no tanto innecesarias como fútiles: aunque relacionadas con la historia, resultan accesorias y hasta impostadas, precisamente como si se quisiera alargar innecesariamente el relato.

Natsume Sōseki escribe en “Kokoro” una peculiar historia de aprendizaje, de tránsito hacia la madurez. Su protagonista, un joven universitario, entabla amistad con un hombre mayor al que, desde el principio, denomina sensei, termino japonés que podría traducirse como maestro. La relación no deja de ser chocante porque este sensei no sólo es un hombre que vive retirado del mundo, sino que además no parece tener nada que enseñar a su discípulo. Sin embargo, éste presiente algún oscuro secreto en el pasado de sensei y de conocer ese secreto pretende sacar una enseñanza que pueda serle útil en la vida.

De esta manera, la primera y segunda parte de la novela se limitan a narrar los encuentros entre nuestro joven y sensei, en los que cada palabra pronunciada por el maestro es tomada, sopesada y analizada como indicio de ese misterio que se oculta en su pasado y que el protagonista pretende desvelar. Sólo en la tercera parte de la novela, y transcurridos dos tercios de la misma, sensei contará los hechos que, siendo él mismo un joven universitario, marcaron su vida y cambiaron su carácter, convirtiéndole en el ser taciturno y desengañado del presente. Esta narración pone punto final a la novela, por lo que resulta imposible estimar si los hechos que en ella se recogen satisficieron el ansia de saber de nuestro joven, como tampoco es posible saber qué enseñanza pudo sacar de ellos. Lo que sí es claro es que lo acontecido tuvo fuerza para conmocionar a un hombre y alterar para siempre su existencia.

En definitiva, las dos primeras partes de la novela sirven como preparación para los hechos decisivos que se recogen en la última. Sin embargo, el ritmo lento que caracteriza a todo el libro lastra lo que debería ser un crescendo de la tensión que apuntara hacia la gran revelación final. La falta de resolución del protagonista para interpelar a sensei cuando éste alude a esos misteriosos acontecimientos de su pasado, y las mil conjeturas en que el muchacho se pierde por tanto, lejos de ser un acicate para el lector (que debería también entrar en el juego de la especulación) acaban por resultar cansados.

Otro tanto ocurre con la narración de la última parte de la novela, cuando sensei cuenta en primera persona cuáles fueron los hechos que enturbiaron su vida. Falto de resolución, da vueltas en torno a las acciones que debería emprender, sin decidirse a hacerlo y sufriendo por ello. Ahora bien, puede que el carácter irresoluto de ambos jóvenes se deba contemplar realmente como una seña de la identidad y la cultura japonesas anteriores a la época Meiji, en la que un carácter avasallador o resuelto son más bien síntoma de una educación deficiente.

En cualquier caso, “Kokoro” es una novela aceptable, que, dejando de lado la lentitud de su ritmo,  se puede interpretar como una parábola sobre la capacidad para obrar mal latente siempre en  el ser humano y lista para desarrollarse en cuanto se presenta la ocasión.

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