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	<title>Comentarios en: Petersburgo &#8211; Andréi Biely</title>
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	<description>la laboriosa felicidad de la lectura</description>
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		<title>Por: Miguel</title>
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		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
		<pubDate>Sat, 17 Jul 2010 16:14:25 +0000</pubDate>
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		<description>La primera reacción ante esta obra es la de un asombro y una admiración increíble. Ninguna lectura que yo recuerde, a excepción de Berlín Alexanderplatz de Alfred Döblin, me ha dejado tan perplejo como la novela de Andréi Biely.

¿Cómo catalogar esta obra?: es tan distinta e innovadora que se me antoja pura y llanamente  inclasificable.
 
Su prosa, extraña y distinta sorprende a cada página con continuos experimentos lingüísticos; ora se hace oscura y opresiva como las calles por donde transitan sus personajes: &quot;Las calles de Petersburgo tienen una propiedad indiscutible: transforman en sombras a los transeúntes&quot;, ora viva y ocurrente como en la conversación tabernaria de &quot;Una copita de vodka&quot;, más allá aparece con destellos proféticos y ocultos: &quot;Hordas amarillas de asiáticos, arrancadas de sus lugares habituales, bañarán los campos europeos con océanos de sangre&quot;. Pero dentro de este variado caleidoscopio, donde todo tiene cabida, prevalece siempre la belleza total, casi enfermiza, de su perfecto estilo narrativo.

Dentro del  perfil renovador y subversivo que mantiene la novela, llama la atención, no obstante, el continuo  empleo  de &quot;cómplices guiños&quot;  al lector: &quot;También el senil senador te perseguirá a ti, lector, en su coche negro: y desde ahora no le olvidarás jamás&quot;, &quot;Pronto demostraremos al lector, sin dejarle lugar a dudas,…&quot;, &quot;Digno lector: describimos el aspecto del portador de la cruz de diamantes sin pizca de humor,…&quot;. Este recurso, muy utilizado unos años antes por Turguénev, fue ampliamente denostado por las vanguardias literarias rusas, de ahí que extrañe su presencia en Biély; a no ser que estemos ante un velado homenaje al estilo y la obra del gran clásico ruso.
  
La Sra. Castro alude, muy acertadamente, a la figura elíptica para mostrar los dos focos sobre los que gravita la acción de la novela: Petersburgo y el parricidio con bomba. Pero, aunque todo gira a su alrededor, es la ciudad la que juega un papel preponderante y se convierte, por así decirlo, en una especie de marco gris y hostil, donde unos insustanciales personajes malgastan su vida: el senador Ableújov, un cadáver viviente que simboliza al poder agonizante; su hijo Nikolai, débil e inconsecuente, capaz de estudiar a Kant y de pasearse al mismo tiempo por las calles con su disfraz de &quot;payaso rojo&quot;; Sofía, prototipo de heroína veleidosa y trivial; Serguei, el marido engañado y fracasado, aferrado a su caduco sentido del honor y, por último, un enjambre abigarrado de chuscos terroristas revolucionarios, que pasean por toda la ciudad una lata de sardinas y un ideario vacío: &quot;Sí; soy un provocador; pero es una provocación en aras de un gran ideal; más que de un ideal, de una moda. Puedo definirla como un ansia general de muerte; me emborracho con ella&quot;.

Y por encima de ellos, más allá del &quot;agua verdosa infestada de bacilos&quot;, entre &quot;la niebla verdiamarilla&quot; de las islas sobre el Neva, un enorme monstruo incuba el fuego purificador que los arrasará a todos. Como apunta Biély : &quot;¡Ay, hombres rusos, hombres rusos! ¡No consintáis que la muchedumbre de sombras abandone las islas! Haríais bien en destruirlos…. Ya es tarde….”

Sí, sin saberlo, Petersburgo gesta en sus entrañas la agonía de una época, preludio de violentos cambios, que expira a diario con la vida vacía y muerta de todos sus protagonistas.

La reseña no engaña: &quot;Una obra maestra&quot;, &quot;Una de las novelas cumbre del siglo XX&quot;.

Un cordial saludo a los seguidores de solodelibros</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>La primera reacción ante esta obra es la de un asombro y una admiración increíble. Ninguna lectura que yo recuerde, a excepción de Berlín Alexanderplatz de Alfred Döblin, me ha dejado tan perplejo como la novela de Andréi Biely.</p>
<p>¿Cómo catalogar esta obra?: es tan distinta e innovadora que se me antoja pura y llanamente  inclasificable.</p>
<p>Su prosa, extraña y distinta sorprende a cada página con continuos experimentos lingüísticos; ora se hace oscura y opresiva como las calles por donde transitan sus personajes: &#8220;Las calles de Petersburgo tienen una propiedad indiscutible: transforman en sombras a los transeúntes&#8221;, ora viva y ocurrente como en la conversación tabernaria de &#8220;Una copita de vodka&#8221;, más allá aparece con destellos proféticos y ocultos: &#8220;Hordas amarillas de asiáticos, arrancadas de sus lugares habituales, bañarán los campos europeos con océanos de sangre&#8221;. Pero dentro de este variado caleidoscopio, donde todo tiene cabida, prevalece siempre la belleza total, casi enfermiza, de su perfecto estilo narrativo.</p>
<p>Dentro del  perfil renovador y subversivo que mantiene la novela, llama la atención, no obstante, el continuo  empleo  de &#8220;cómplices guiños&#8221;  al lector: &#8220;También el senil senador te perseguirá a ti, lector, en su coche negro: y desde ahora no le olvidarás jamás&#8221;, &#8220;Pronto demostraremos al lector, sin dejarle lugar a dudas,…&#8221;, &#8220;Digno lector: describimos el aspecto del portador de la cruz de diamantes sin pizca de humor,…&#8221;. Este recurso, muy utilizado unos años antes por Turguénev, fue ampliamente denostado por las vanguardias literarias rusas, de ahí que extrañe su presencia en Biély; a no ser que estemos ante un velado homenaje al estilo y la obra del gran clásico ruso.</p>
<p>La Sra. Castro alude, muy acertadamente, a la figura elíptica para mostrar los dos focos sobre los que gravita la acción de la novela: Petersburgo y el parricidio con bomba. Pero, aunque todo gira a su alrededor, es la ciudad la que juega un papel preponderante y se convierte, por así decirlo, en una especie de marco gris y hostil, donde unos insustanciales personajes malgastan su vida: el senador Ableújov, un cadáver viviente que simboliza al poder agonizante; su hijo Nikolai, débil e inconsecuente, capaz de estudiar a Kant y de pasearse al mismo tiempo por las calles con su disfraz de &#8220;payaso rojo&#8221;; Sofía, prototipo de heroína veleidosa y trivial; Serguei, el marido engañado y fracasado, aferrado a su caduco sentido del honor y, por último, un enjambre abigarrado de chuscos terroristas revolucionarios, que pasean por toda la ciudad una lata de sardinas y un ideario vacío: &#8220;Sí; soy un provocador; pero es una provocación en aras de un gran ideal; más que de un ideal, de una moda. Puedo definirla como un ansia general de muerte; me emborracho con ella&#8221;.</p>
<p>Y por encima de ellos, más allá del &#8220;agua verdosa infestada de bacilos&#8221;, entre &#8220;la niebla verdiamarilla&#8221; de las islas sobre el Neva, un enorme monstruo incuba el fuego purificador que los arrasará a todos. Como apunta Biély : &#8220;¡Ay, hombres rusos, hombres rusos! ¡No consintáis que la muchedumbre de sombras abandone las islas! Haríais bien en destruirlos…. Ya es tarde….”</p>
<p>Sí, sin saberlo, Petersburgo gesta en sus entrañas la agonía de una época, preludio de violentos cambios, que expira a diario con la vida vacía y muerta de todos sus protagonistas.</p>
<p>La reseña no engaña: &#8220;Una obra maestra&#8221;, &#8220;Una de las novelas cumbre del siglo XX&#8221;.</p>
<p>Un cordial saludo a los seguidores de solodelibros</p>
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