La hermandad de la uva - John Fante“La hermandad de la uva” es la única novela que uno ha leído de John Fante, aunque posiblemente sea también la última. Y es que Fante tiene una gran virtud, la de retratar tipos humanos con cierta maña, reflejando así un color local (en este caso el de los inmigrantes italoamericanos) muy característico y repleto de personajes curiosos y de marcada personalidad. Pero también hace gala de un estilo inocente, que envuelve la historia en una atmósfera de candidez que contrasta con la entereza de los protagonistas.

En “La hermandad de la uva” se narra la historia de Henry Molise, un escritor de cierto éxito que vuelve a su hogar natal, en San Elmo, para mediar en una discusión entre sus padres a petición de sus hermanos. Nick Molise, su progenitor, es un albañil retirado que sólo se dedica a flirtear con mujeres, perder dinero jugando a las cartas y trasegar vino en los viñedos de un compatriota, junto a su pandilla de amigos. Henry, en un intento de acercarse a su padre después de viajar hasta allí, accede de mala gana a servirle de ayudante para una última obra que ha decidido acometer: un secadero de pieles en un pueblo montañoso a kilómetros de su casa.

Visto el punto de partida, lo que cabe esperar —y así es, en efecto— es una suerte de viaje sentimental y de autodescubrimiento; un periplo en el que padre e hijo, alejados durante años (Nick, siguiendo el cliché, no entiende la vocación de su hijo, que tuvo que escaparse de casa y buscarse la vida —de nuevo el tópico— para conseguir dar rienda suelta a su pasión por la escritura. Avivada, por cierto, ni más ni menos que por… Dostoievski), acerquen sus puntos de vista y hallen al fin esos lazos de sangre que inevitablemente les unen. Como digo, la historia avanza más o menos en esos términos; bien es cierto que la habilidad de Fante para la creación de personajes puntea la narración con episodios dignos de la mejor sit-com, y hay diálogos que arrancan la sonrisa no sólo por su hilaridad, sino por las evidencias que surgen en las conversaciones. Sin embargo, la acumulación de lugares comunes (padre borrachín, pero gracioso; madre abnegada, pero tierna; hermano afable, pero resentido) y un desarrollo convencional de la trama hace de “La hermandad de la uva” un libro aburrido.

Lo que deberían ser los sucesivos clímax (que no desvelaré, pero que a la vista de lo comentado cualquiera puede inferir) se quedan en meras escenas sentimentales, cuando no tediosas. Los personajes, verosímiles en su construcción, vagabundean por la narración echando por tierra su trasfondo coherente y conformando una historia manida. Además, el estilo de Fante (al que algunos señalan como precursor del realismo sucio) es anodino, plano; no aporta elementos característicos a la acción y se limita a presentar hechos y personajes sin un ápice de belleza formal, sin imprimir un tempo mesurado y razonable al texto. Entre el despojamiento elegante de un Richard Ford y esta narración, por ejemplo, hay un abismo literario insondable.

En resumen: un libro entretenido sin más, con una falta de ambición artística total y que pretende maquillar su inanidad amparándose en su forma sencilla y descarnada. Quizá recomendable para viajes en tren, pero poco más.

La hermandad de la uva | Anagrama | 2008