En elogio de la verdad – Torgny Lindgren

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En elogio de la verdad - Torgny LindgrenYa comentamos hace un tiempo la primera novela de Torgny Lindgren que se había publicado en castellano, “Betsabé“, una elegante variación de un tema bíblico dotada de un lenguaje muy bello y un estilo noble y elegante. “En elogio de la verdad” tiene algunas reminiscencias de esa prosa tan trabajada, aunque está ambientado en la actualidad y la trama se inscribe en la Suecia de nuestros días.

Si en “Betsabé” el estilo jugaba a favor del autor y convertía la historia en una fábula de proporciones artísticas colosales, en “El elogio de la verdad” deviene un peso muerto en el cual Lindgren se enfanga y acaba por naufragar. La historia es sencilla: Theodor, un enmarcador de una pequeña localidad sueca, compra en una subasta un cuadro que resulta ser toda una obra única y reputada; su adoración por el cuadro le depara múltiples trastornos, llegando a perderlo como consecuencia de una inspección de Hacienda. Un extraño falsificador le hará entrega de una copia perfecta, provocando que la visión de la verdad que tiene Theodor se tambalee y comience a percibir su relación con el arte —y, por ende, con la vida— con una perspectiva muy distinta. Esto causará un cambio en su relación con Paula, la vecina con la que creció y que se ha convertido en una estrella de la canción de fama mundial; ella está inmersa en un mundo de falsedad y apariencia que Theodor no comprende y del que trata de sacarla. El resultado de sus esfuerzos es doloroso y sorprendente, aunque feliz.

A uno le llamó la atención el tema sobre el que gira la novela: la distinción entre verdad y mentira, entre realidad y falsedad. No obstante, y pese a que tiene algunos momentos muy interesantes (la conversación con el falsificador, por ejemplo), el libro se lastra por el punto de vista narrativo de Theodor: carente de credibilidad como narrador y forzado, en exceso elegante. La intención del autor parece ser la de pintar a Theodor como un inocentón, una persona confiada y crédula, pero tanto el tono que utiliza para expresarse como las acciones que lleva a cabo lo convierten en una parodia, una ridícula creación que más se asemeja a un discapacitado mental que a un puro ejemplar de hombre.

La historia, como es natural, se viene abajo ante la utilización como narrador de un personaje que no resulta creíble ni digno de confianza. Mientras que Faulkner, por ejemplo, conseguía con el Benjy de “El ruido y la furia” transmitir una percepción —cargada, sí, de matices, y fragmentada— realista de la trama, Lindgren se hunde en el fárrago pretencioso de Theodor, que se asemeja más a un profeta o un iluminado en su pretendida inocencia al relatar sus vivencias. La trama puede equipararse a una fábula moral, casi una parábola religiosa, pero el estilo del narrador la desacredita y la torna irrisoria.

Por otro lado, el eje sobre el que gira el libro, y que viene a resumirse en la relativa importancia de la falsedad en la cultura moderna, no acaba resultando muy interesante para el lector. La peripecia de Theodor con el cuadro que adquiere tiene algunos vislumbres de profundidad, sobre todo, como ya he citado, en sus tratos con el falsificador; sin embargo, el tema de la verdad frente a la falsedad podría haber dado algo más de sí, en tanto reflexión, en lugar de quedarse en una superficie algo facilona, como es la de la contraposición de la copia de la obra de arte frente al cuadro original.

En resumidas cuentas, “En elogio de la verdad” se queda en la superficie de un tema interesante por la falta de tacto del narrador (consecuencia, como es natural, del poco acierto del escritor al elegirlo) y la subsecuente llaneza de la obra. Una prueba evidente de que el estilo, por brillante que sea (y la novela tiene algunas páginas notorias), no salva a un libro.

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