Nueva poesía ¿y nueva crítica?
14 de marzo de 2010 por solodelibros
Categoría: Artículos
En esto de la poesía, se puede llegar siempre tarde, como los Belinchón de Reig, o llegar antes que nadie. Y luego esperar a que la historia, “esa gran puta”, como la llamó Munárriz, haga su trabajo. Lo cierto es que ya hay, quien lo diría, nieve en las cumbres novísimas y que a lo postnovísimo le hacen la competencia otros muchos post (aunque la mayoría están en la blogosfera).
Vivimos en una época de cambios y de crisis. Como en un ERE constante, se deslocalizan los centros de producción, distribución, promoción y uso del poema: la red es ya el presente. El papel del papel (el sagrado libro nos llevaba en sus lomos, la pulpa ficcional, la tinta visible) se ve amenazado por el nuevo amanecer de la era digital o pangeica. Los lugares de decisión, los centros de poder creativo y crítico se han desplazado, en deriva imparable como la de los continentes, al tiempo que se adelgazan las estéticas dominantes, perseguidas por prácticas poéticas, críticas y sociales manidas o irritantes, según los casos (con el previsible descrédito de los grandes premios ganados con maña, la previsible desafección hacia las editoriales con más presencia, el previsible abandono del estilo low cost —bajo coste en todo, coste cero a veces—, la previsible descentralización de formas y fórmulas con fecha de caducidad).
Intermedio (DFW)
Él dijo que dentro de poco la verdadera poesía ya no serán palabras. Dijo que la belleza glacial de la significación perfecta mediante símbolos artificiales y no verbales y su relación mediante reglas convencionales vendrá a reemplazar gradualmente primero la forma y después la materia de la poesía. Dijo que una época se está muriendo y que él puede oír su estertor. Todo eso lo tengo guardado en las cartas que me envió. Guardo todas mis cartas en una caja. Dijo que las unidades poéticas que aluden, evoca, traen recuerdos y son limitadas de modo variable por la experiencia particular y la sensibilidad de cada poeta en concreto y de cada lector, dejarán paso a símbolos que serán y a la vez remitirán a lo que designan, y que tanto el límite como la infinitud de lo que es real puede ser expresado mucho mejor mediante el axioma, el signo y la función.
(David Foster Wallace, “Aquí y allí”, en La niña del pelo raro, p. 182)
La poesía es un extraño género literario abonado a la duda metódica y a la constante necesidad de explicar(se). La crítica, garante de un discurso que tiene en su médula el gen de la transformación (también la transformación social), está obligada a renovarse para ser capaz de inscribir en el campo literario un discurso que se mueve siempre en el riesgo de no ser, en la posibilidad de no decir. La poesía española de ahora avanza entre la cultura de la queja y el deseo de institucionalización, entre la autogestión y la globalización, entre gestión de recursos naturales y el overbooking, entre la desazón postpoética y la mirada presocrática, sin orden, sin jerarquías (casi).
El presente es un caos que genera un universo (un pluriverso mejor dicho): festivales de poesía, colectivos permanentemente conectados y con vínculos constantes, experiencias multimedia (como las muy apreciadas de Mercedes Díaz Villarías o Miriam Reyes), perfopoesía y sus variantes, ediciones independientes, blogs de críticos y crítica (blogs de poetas, blogs de impostores), antologías (llenas de pandoras, de cangrejos pistoleros, de islas varias, de rusas), una nueva crítica de poesía con un lenguaje nuevo, más acorde a lo que piden los tiempos y los modos (las singularidades de Mora y su ya referente “Diario de lecturas”, el manifiesto postpoético de Mallo, las miradas oblicuas del afterpop de Fernández Porta, el poema envenenado de Santamaría, la poesía sin mundo de Méndez Rubio). Realidad hojaldrada, dicen algunos. Sí, pero la cosa está en saber quién se come la crema.
Dónde poner el listón
22 de enero de 2009 por solodelibros
Categoría: Artículos
Acaban de aparecer publicadas las listas de libros ordenadas según las preferencias de los críticos para el año 2008. Al consultarlas apenas cuestiono su legitimidad para asignar un puesto a las novelas, poemarios o ensayos, porque reconocemos la precariedad de semejantes valoraciones. Sería asimismo un ejercicio inútil, porque nunca he leído ni la mitad de cuanto aparece en tales selecciones, y, por encima, desconozco los criterios seguidos por quienes las elaboran. Lo mismo me sucede con los premios literarios. Al leer el nombre del ganador me formo enseguida una opinión respecto a la calidad de la entrega. Si es un nombre conocido, de quien ya leí algún título de calidad, pienso, bien fallado, o por lo contrario, si los libros me desagradaron, suelo expresar un desganado ‘más de lo mismo’. Reacciones parecidas tienen los lectores no profesionales. Cuando el ganador resulta un autor o autora que les gusta, exclaman ¡por fin se hace justicia!, mientras otros lectores dicen ¡qué mal!, ¡vaya jurado!, ¡pobre premio! El ritual de las reacciones a favor o en contra es perenne, mientras que la distancia a la que ponemos el listón permanece indeterminada y suele derivar rápidamente a la expresión de opiniones cargadas de preferencias emocionales, que convierten el listón en un palo de gallinero.
Los editores, críticos, lectores, jurados de premios literarios, cada uno tiene su propio criterio y vara de medir. Hoy en día es imposible coincidir en las apreciaciones críticas, porque el campo literario se ha ampliado; de hecho, la literatura aparece contaminada con toda suerte de apéndices, comentarios sociales, políticos, tomas de posiciones religiosas, nacionales, etcétera. Hasta hace pocos años, diría que en torno a 1989, cuando la llegada del empleo universal de internet puso fin a la edad de la literatura, inaugurada hacia 1800, y se inició el nuevo período en el que nos hallamos, el de la literatura comercial, de los superventas, cambiaron radicalmente los criterios. Y no podía ser menos. Existe hoy una masa de lectores de superventas que defienden su derecho a considerar la literatura de entretenimiento, los libros de Dan Brown o Carlos Ruiz Zafón, como literatura de verdad. Innumerables críticos negaron durante demasiado tiempo el derecho a la vida de la literatura comercial. Son como los defensores del Antiguo Régimen, que siguieron exhibiendo la excelencia de las galas cortesanas de la gran literatura, hasta que los excedentes de los libros no vendidos acabaron pasados por la guillotina. A algunos se les olvidó diferenciar entre libros de entretenimiento y los literarios. Los primeros son los que nos iniciaron de niños a la lectura; sobre este tema he escrito en mi libro “Una Venus mutilada” (2008).
O dicho de otra manera: no podemos usar siempre el mismo listón. Para los volúmenes de entretenimiento importa que la historia resulte entretenida y enganche a su audiencia. Tampoco podemos pretender que los libros juveniles contengan verdades profundas, como las guardadas en La vida es sueño. Basta con que trasmitan argumentos entretenidos. A gustar los dramas de Calderón de la Barca les enseñarán a los muchachos en el instituto, aficionándoles a leer más allá de la superficie. Naturalmente, de esos libros de entretenimiento pedimos que contengan una buena historia y que vengan redactados en un castellano (catalán, gallego) eficiente y correcto.
Existe una enorme cantidad de potenciales libros de poesía y de novelas que tienen dificultades para pasar del manuscrito a la imprenta. De la negación del permiso para vadear este paso honroso suele culparse a los editores. Hace poco, José Ángel Cilleruelo escribía con elegancia y agudeza en su blog, El Visir de Abisinia, que examinando los catálogos de las pequeñas editoriales españolas se podía constatar una presencia mayoritaria de títulos extranjeros. En efecto, la recuperación de títulos poco conocidos, debido en parte al bajo costo de publicar libros exentos de derechos de autor, sirve de apoyo a las nacientes empresas. Además, hay pocos editores valientes, que se atrevan a sacar obras de desconocidos, y menos publicarles varios libros. No siempre el primer libro de un novelista sale redondo; en cambio, la experiencia y un editor apto pueden ayudar a terminarlo mejor. Pero las empresas editoriales deben ganar dinero, sin las ganancias no hay futuro. Las editoriales grandes deben asimismo rendir cuentas a los accionistas, y por ello han elegido el camino comercial, para que el balance sea positivo. Tenemos que conformarnos con que de vez en cuando ofrezcan, como hacen, buenos libros.
Volviendo al listón, cabe decir que el libro literario, es decir, aquel al que identificamos como capaz de trasmitir una verdad que sólo la literatura —esa escritura cargada de profundidad expresiva, cuyas palabras cuentan un argumento o historia, y que el diseño autorial convierte en forma artística— es capaz de expresar. La dificultad presente emana, en parte, de que la literatura misma, la alta literatura, los autores que firman los libros, contaminaron sus textos, utilizando materiales de varia extracción. Baroja decía que la novela era un saco roto, donde cabía todo, y, en efecto, la novela por razones obvias ha ido llenándose de realidades que en verdad, en la puridad del arte, le serían ajenas. Y la obra del propio Baroja, de Hemingway, de Capote y otros, muestra que la impureza puede sanear el género narrativo. Pienso en la impresionante novela, Las benévolas, de Jonathan Little, ganadora de numerosos galardones literarios, aunque a mí personalmente ni siquiera su escritura, el francés, me parece tan estupenda; sin embargo, nadie querrá perderse la lectura de tan impresionante relato. Un texto mixto donde los haya, mitad historia, mitad psicología, parte literatura de veras, parte de entretenimiento… Dicho lo cual concluyo que el listón no podemos ponerlo hoy a una altura fija, sino que a cada obra debemos buscarle su nivel.
¿Y cómo podemos determinar la justicia de tan aparente arbitrariedad? Aceptando un hecho muy importante, que afecta tanto a la ética como a la estética: hoy en día los puntos de vista fijos no nos sirven. El buen lector, el buen juez, pienso yo, será quien sepa conformar un punto de vista en consonancia con las circunstancias cambiantes en que vivimos.
En última instancia, el listón siempre estará colocado a una altura arbitraria, porque quienes lo utilizan para medir en España jamás explican dónde está situado. Lo que deja al autor totalmente desprotegido, tiene que acogerse a la bondad de los críticos, y jamás puede actuar de manera independiente, si quiere ser tomado en consideración. Esta dependencia de la arbitrariedad de la crítica, la dependencia del juicio y de la benevolencia de una persona o un colectivo (los lobos caminan siempre en manada), hace que nuestro listón sea más bien, como dije, un palo de gallinero.
Hay una idea absolutamente falsa, que los jóvenes deben de entender: la calidad literaria no va unida al papel. Una enorme mayoría de escritores pierde el entusiasmo buscando el apoyo, el reconocimiento, de los nombres conocidos. Pasan el tiempo buscando un editor de renombre y se desesperan cuando no les aceptan los libros, y siguen pendientes de las migajas que caen del banquete de las letras. Quizás ha llegado el momento de que entiendan que la calidad también puede aparecer en forma digital. Eso es si queremos publicar y no solamente ver nuestro nombre en letras de molde.
La ironía, el gato, la liebre y el perro
15 de diciembre de 2008 por solodelibros
Categoría: Artículos
La ironía es forma de decir lo que no se puede decir. Dice lo que no se dice. Dice otra cosa de lo que dice. Y este carácter paradójico hace de la ironía una figura especialmente atractiva para estos tiempos en los que el derecho a decir se ha vuelto sospechoso. Ese decir y no decir permite estar en dos sitios y en ninguno, cazar dos pájaros de un tiro, ser luz y sombra en el mismo espejo, boca y eco, repicar las campanas y estar en misa al mismo tiempo, contemplar con satisfacción tu propio entierro. Para entendernos: su atracción reside en que es un lujo y como tal reviste de prestigio a quien lo usa. Lujo intelectual: finura de espíritu, sabiduría escéptica, comprensión tolerante, humilde cinismo, modesta soberbia. La lúcida actitud de quien ya sabe que todas las batallas son la misma y que la derrota o la victoria son las dos caras (irónicas) de un mismo absurdo. Lo dicho: casi un tropo perfecto para una literatura que ha hecho de la seducción su estrategia predilecta.
No es extraño por tanto que el escritor se sienta atraído por esta dulce Circe que le permite instalarse en el poder de aquel que puede decir y dice, y en la cómoda irresponsabilidad del que nada dice. Musa irresistible para el escritor de nuestro tiempo: el que no quiere equivocarse. Quiere participar en el decir pero sin decir nada exactamente y ve en la ironía la elegante evasiva que resuelve el problema que plantea tal cuadratura del círculo.
Su miedo a decir (algo) se asienta en su presunta lucidez histórica: decir produce catástrofes. Su necesidad de decir, de estar entre los que dicen, tiene orígenes más inmediatos: sabe que el que no dice no existe, no “cuenta”. Al decir participa del poder. Al decir lo que no se puede decir (la ironía) participa del no poder: de lo oprimido. Vive y disfruta de esas dos legitimidades. Y en cada ocasión oportuna acudirá a cada una de ellas. Según su conveniencia. Sirve a dos amos y por eso se siente como quien no padece a ninguno. Libre en lugar de doblemente esclavo. Libre y al servicio de la única verdad posible: la irónica y de ella, la que dice y no dice, sí se quiere deudo. Servidor de ella se reclama. Sólo a su voz —que se oye y no se oye al mismo tiempo— obedece.
Nada hay por tanto de raro en que con tantas ventajas la ironía se haya constituido en el recurso más prestigioso de nuestro tiempo literario. Tiempo en que el hablar claro parece estar condenado a volverse palabra autoritaria, dogmática, totalitaria: anatema. Tiempo en el que escritor rehúsa ser árbitro, juez o testigo y teme que el decir le comprometa. La ironía goza social, cultural y literariamente de máximo aprecio y ha devenido condición y mandamiento intelectual insoslayable: toda existencia inteligente debe ser irónica, llegándose por este camino a una afirmación implícita que la sacraliza: ironía e inteligencia serían una misma cosa.
¿Pero es la ironía realmente lo que los escritores irónicos afirman que es: un mero decir que dice otra cosa que no puede ser dicha?
No, o mejor, digamos (para no ser etiquetados y silenciados bajo el rótulo de dogmáticos) no exactamente. Caben, al menos, otras lecturas del concepto más justas y adecuadas. Lo que define el ser de la ironía no es tanto su función retórica, su efecto, sino la situación que la provoca. La ironía es, en origen, el hablar del débil delante del fuerte. Y no es un hablar para ese fuerte que aparentemente es el destinatario de lo que se enuncia sino un hablar para los otros débiles que están también presentes y han de estarlo necesariamente pues sólo ellos pueden entender lo que la ironía permite. En la situación de ironía el fuerte oye pero no entiende y ese debilitamiento es lo que la ironía pretende. No es ni siquiera un recurso que el débil use para hablar al fuerte sino un código encriptado utilizado por los débiles en una situación marcada por la presencia siempre vigilante del poder. Ese es el terreno constituyente de la ironía: la situación de desigualdad. La ironía en ese contexto jerárquico es el medio que tiene cualquier hablante de ir en contra de la ley o la norma sin tener que asumir las represalias que conllevaría una incitación al combate. Sin embargo en la mayoría de los textos actuales el recurso a la ironía nada tiene que ver con la desigualdad ni con la voluntad de debilitar la posición del poder y sus discursos. Su función hoy responde más a una estrategia exhibicionista —de ahí el auge de la autoironía— que a la construcción de una obligada clandestinidad semántica. La ironía entre iguales no es ironía sino complicidad, guiño de identidades, muestra de pertenencia, ornato gratuito que a nadie pone en peligro, que nada oculta porque gusta precisamente de mostrarse como inteligencia compartida y que, encantada de haberse conocido, no hace otra cosa que mirarse en el confortable espejo de un escepticismo inmóvil. Con nombre de la ironía lo que hoy nos venden es gato por liebre.
A veces en lugar de gato nos dan perro: sarcasmo. Cuando la ironía ladra la llaman sarcasmo que es procedimiento retórico que parte también de una situación de desigualdad. El sarcasmo es el recurso de un fuerte contra el débil y está encaminado a provocar el aplauso y el reconocimiento de los otros fuertes que participan en la escena. Fuertes contra débil. Un punto de partida propicio para la producción de burla y crueldad, y las produce. Burla y crueldad dirigidas hacia alguien que ostenta una posición más débil son formas de dominio. Dominio en crudo en el caso de la crueldad. Asistir a un acto lingüístico o real de este tipo tiene más entusiastas de lo que el buen humanismo presupone. Para confirmarlo baste con recurrir al gozo que despertaban los gladiadores en el circo romano o al gesto desquiciado de los espectadores que rodean el ring durante un combate. La crueldad es una forma de catarsis aristocrática, funciona de arriba abajo, conlleva el recurso al prestigio de la fuerza bruta que acaso se asienta en nuestro cerebro de reptiles. Como versión retórica de la crueldad gratuita el sarcasmo es también un recurso que crea reconocimiento y recuento entre los que detentan poder y por eso es uso que gustan extremar los que se sienten inseguros de tal pertinencia. El sarcasmo deviene entonces más que muestra de dominio, gesto servil y disfraz del miedo, atemorizada impotencia, jactancia vana.
Se viene considerando, y creo que con razón, al escritor David Foster Wallace como un referente de primer orden a la hora de construir una literatura capaz de dar cuenta de las transformaciones sociales y culturales que sacuden el imaginario colectivo e individual de la posmodernidad global en que vivimos. En sus obras, la ironía, la autoironía y el sarcasmo se cruzan y entrecruzan con suma habilidad y eficacia narrativa si bien él mismo es consciente de las limitaciones que tal actitud estética acarrea y señala que si la ironía en un primer momento contribuye a denunciar, una vez que ya se conoce lo denunciado, deja de ser liberadora y pasa a ser esclavizadora: «la canción del prisionero que ha aprendido a amar su cueva». Para la crítica dominante sin embargo la presencia de lo irónico sigue siendo muestra suficiente de alta solvencia literaria. ¿Será que los críticos temen ser desalojados del reino de los fuertes?
Artículo publicado originalmente en la revista Pensamiento y Cultura (Universidad Diego Portales de Chile)
