“No siempre la calidad se encuentra dentro de los sellos independientes”
18 de abril de 2010 por solodelibros
Categoría: Entrevistas
Una pregunta obligada: ¿por qué os habéis metido a editores? ¿Cómo nació la idea de crear Ediciones Baladí?
Se podría decir que esta es una profesión vocacional, siempre nos ha interesado la literatura. En primer lugar como lectores y, en segundo, profesionalmente. Debido a esta pasión común, nos conocimos en un canal de televisión temático sobre literatura que emitía en internet. Estuvimos trabajando en este proyecto un año hasta que decidimos que era un buen momento para lanzarnos a cumplir lo que parecía sólo un sueño.
Así nace Ediciones Baladí, una tarde en torno a unas cervezas, fruto de la amistad y los intereses comunes.
¿Qué ofrecéis como novedad? ¿Hay algún tipo de literatura o género que queráis explotar —o potenciar—?
Por un lado tenemos la colección Cruzando el Charco, en la que publicamos obras inéditas en nuestro país de autores iberoamericanos con una consagrada trayectoria en sus países de origen, como por ejemplo el argentino Juan Terranova o la chilena Andrea Jeftanovic. La otra colección que tenemos es Caleidoscopias, en la que ya hemos publicado a Eugenia Rico y a Cristina Cerrada. La idea es hacer de cada libro una pequeña joya. Para ello, prestamos especial cuidado a la edición: libros en tapa dura, diseño cuidado y un formato que hace fácil su lectura. Además las novelas van acompañadas de ilustraciones de reputados profesionales. En este sentido creemos que vamos a contracorriente en un momento en que algunas editoriales prefieren abaratar los costes de edición en detrimento del propio libro.
Aún así, y aunque suene a tópico, nuestra apuesta principal es la de la de la calidad. No creemos en la fórmula comercial de explotar un género literario concreto. No nos interesa encasillarnos como una editorial que publica novela erótica, negra, histórica, de aventuras…, sino simplemente como una editorial que publica buenos textos.
¿Consideráis que Baladí es un sello independiente “al uso”? Es decir, ¿cubrís un hueco que existía en el mercado, o más bien os guiáis por un instinto lector?
Baladí es un sello con escasos o limitados recursos económicos, que no independiente. No creemos en la palabra independencia asociada a la cultura. Sobre todo cuando se trata de identificar independencia con calidad y contraponerlo a la comercialidad. Pensar que lo comercial es algo ausente de calidad sería como insultar a la mayoría de los lectores. En este sentido la palabra independencia nos suena a una etiqueta de marketing tan válida como cualquier otra, pero con la que no acabamos de identificarnos del todo. No siempre la calidad se encuentra dentro de los sellos independientes, ni los grandes grupos están ausentes de ella.
Respecto a si cubrimos o no un hueco. Creemos que no se trata tanto de cubrir huecos concretos de un modo forzado, como de que nuestros libros tengan su propio hueco en la biblioteca de los lectores. A veces uno acaba inventándose los huecos y su necesidad. Ese, desde luego, no es nuestro objetivo.
¿Qué dificultades encontráis en la andadura de una editorial “pequeña”? ¿Qué tipo de estrategias de marketing os planteáis?
Como todas las empresas de este país creo que el primer problema que nos hemos encontrado es el hecho de constituirse como tal con la cantidad de trabas administrativas y el tiempo que conlleva.
Centrándonos en el tema editorial, creemos que las dificultades iniciales también son comunes a todas las editoriales. Nos referimos a tener buenos textos que publicar. Y este problema, por llamarlo de alguna manera, es constante. Más del 50% del trabajo del editor es leer de una manera voraz en busca de obras interesantes.
Otro buen porcentaje de las energías, como tú apuntabas en la pregunta, podríamos decir que se canalizan hacia el tema del marketing. Todas las editoriales sabemos lo importante que es la dimensión publicitaria de este negocio, como lo demuestran las campañas que hacen las grandes (aunque al final es el lector el que decide). Nosotros en la medida de nuestras posibilidades también luchamos por encontrar nuestro lugar en los medios de comunicación. La técnica que usamos en Ediciones Baladí es la de llamar a los periodistas a las 4:00 de la madrugada y secuestrar a sus mascotas hasta que ceden a nuestras exigencias. Es broma, supongo que hacemos lo que todos: tirar de base de datos y lanzar botellas al mar, en forma de libros y dossieres de prensa, esperando que alguna llegue a su destino.
¿Cómo veis el futuro de la editorial? ¿Y el de la edición independiente en general?
Acabamos de empezar nuestra andadura, así que es muy pronto para ser optimistas o pesimistas. Las fichas están sobre el tablero y ahora hay que jugar la partida.
Y en respuesta al futuro de la edición independiente en general, no lo sabemos. Las cosas están difíciles pero no paran de surgir nuevas editoriales, hay quien dice que el futuro es de las independientes, pero creemos que también de las grandes, está el tema del ebook, etc. Hay editoriales que a los cinco años cierran o se consolidan, otras que cierran a los 10 años, otras que se mantienen, es decir hay ejemplos para todo. Supongo que al final el mercado acaba por regularse a sí mismo. Nadie tiene la clave del éxito al 100%, pero todos sabemos que desde luego pasa por publicar calidad, el lector no es tonto. Qué es calidad y dónde la encontramos, esa es la clave.
Ahora que tanto se habla sobre los ebooks y el futuro digital del libro, ¿cuál es vuestra opinión sobre los próximos años? ¿Corre el libro en papel algún riesgo? ¿De qué manera se afronta la edición con la inminente llegada del libro electrónico?
Empezaremos diciéndote que no creemos en los apocalipsis ni en las predicciones futuristas. Tampoco en los conservadurismos, por supuesto. El ebook es algo en lo que estaremos. De hecho nuestros títulos saldrán en breve en formato electrónico, a través de un contrato que hemos firmado con el distribuidor Leer-e. Pero, al menos actualmente, no creemos ni que la llegada del ebook sea tan inminente (al menos a nivel masivo) ni que el libro en papel corra ningún riesgo que no corriese anteriormente al ebook.
No se trata de una batalla entre el ebook y el papel. Esto es un invento comercial. En este sentido la industria marca los tiempos imponiendo el precio del producto y determina quién puede adquirirlo en un primer momento. Lo mejor de todo es que finalmente la última palabra en este debate la tienen los usuarios del producto en cuestión (en este caso lectores). Si el invento gusta y hay demanda, el ebook dejará de ser un lujo, bajarán los precios y todos podremos adquirirlo. En todo caso los editores no debemos de volvernos locos con esto, debemos de estar preparados para afrontar los cambios que vengan y tener claro que, ya sea en papel, ya sea en formato electrónico, la labor del editor seguirá siendo necesaria.
¿Qué defectos y virtudes tiene la edición en España? ¿Cuáles son sus retos?
Nuestro reto como ya hemos dicho, es conseguir vivir de esto, que no es poco. A partir de este punto, queremos crecer como editorial con buenos títulos y divertirnos con nuestro trabajo.
No se nos ocurre señalar defectos concretos de la edición en España en comparación con otros países. Tampoco creemos que tengamos defectos “españoles” específicos dentro de este sector. Si que quizá existe un mercado bastante saturado de publicaciones. Y todos sabemos lo que pasa si se edita más de lo que se vende, la ecuación falla para alguien. Pero, como te decíamos, al final probablemente terminará por autorregularse.
¿Podéis adelantarnos algunos próximos proyectos?
El siguiente título de Cruzando el Charco será Escenario de guerra de la chilena Andrea Jeftanociv, una gran novela que con una estructura y una prosa poética impresionante. Narra las experiencias vitales de una niña obligada a crecer en un ambiente que no se lo pone nada fácil.
En la colección Caleidoscopias editaremos la primera novela del poeta Óscar Santos Payán. Una novela iniciática que narra la historia de dos adolescentes en un entorno rural y cómo una serie de experiencias, que suceden durante las fiestas homenaje al patrón del pueblo, cambiarán sus vidas para siempre y su manera de concebir el mundo. Una obra que toca la fibra sensible y nos emociona por su sencillez formal y su profundidad intelectual.
Y por último, ¿algún libro que recomendar (a ser posible, uno publicado por Ediciones Baladí y otro que no lo sea)?
De Ediciones Baladí cualquiera de los tres que hemos publicado: El caníbal de Juan Terranova, Los amantes tristes de Eugenia Rico y Anatomía de Caín de Cristina Cerrada. Llevamos poco tiempo y sería como elegir entre uno de tus hijos, con el enfado consiguiente que supondría para el resto de ellos (y ya sabemos todos como son los autores con estas coas). Aunque quizá porque es el último, y sin que ninguno de ellos se lo tome a mal, Anatomía de Caín de Cristina Cerrada.
Fuera de las publicaciones de Baladí, ninguno merece la pena lo suficiente como para ser recomendado. Es broma. El último libro que hemos leído los dos y nos ha encantado, por citarte alguno publicado recientemente y no caer en los consabidos autores de siempre, El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan de Patricio Pron.
Siempre habrá un worstseller
15 de noviembre de 2009 por solodelibros
Categoría: Artículos
En el marco de la pasada Feria del Libro de Madrid dos editoriales canarias, Escalera y Baile del Sol, promovieron un debate que pretendía hacer reflexionar sobre los worstsellers, libros que independientemente de su calidad y del trabajo editorial (casi siempre excelente) que se esconde tras ellos, no parecen cuajar en los puntos de venta. En el debate participaron editoriales independientes como Errata Naturae, Artemisa y Salto de Página.
A continuación os dejamos un texto escrito a posteriori por los responsables de Escalera, en el que se recogen algunas de las conclusiones de aquel debate:
La idea surgió de una suerte de brainstorming cervecero en compañía de nuestros amigos de Artemisa, Mariam y Ulises, quienes a un cierto punto, agotada la veta del boom de las pequeñas editoriales del que se habla a cada tanto desde hace unos años en el panorama editorial español, sugirieron ir más allá para airear el reverso tenebroso de cualquier editorial: los libros menos vendidos.
En años como éste, con bombazos como Millenium, el regreso a los ruedos de Falcones, el filón vampírico abierto por Meyer o la apuesta siempre segura de Follet, venía muy a cuento que en la Feria del Libro de Madrid abriéramos este debate que incomoda más a los grandes que a los pequeños: la escasez de ventas. Así que invitamos a participar en el evento a otras cuatro editoriales amigas (Salto de Página, Errata Naturae, Baile del Sol y la ya nombrada Artemisa). La idea era simple: cada editor escogería de su catálogo el título menos vendido y trataría de analizar su escaso volumen de ventas al tiempo que esgrimiría las razones por la cual en su momento decidió publicar dicho libro. Se trataba de defender la calidad de esas obras, escritas muchas veces por autores desconocidos que, para desgracia de todos, pasan desapercibidas y se cubren de polvo en las naves de los distribuidores a las afueras de esas ciudades donde Follets, Falcones y Zafones maquillan las cifras de un sector altamente desequilibrado.
Una cosa teníamos muy clara, no queríamos otorgar a la iniciativa el más mínimo sentido de queja, de denuncia o de lloriqueo, pues bien sabida es por todos la natural tendencia al llanto de todos los que operamos en este mundillo: desde autores hasta libreros, y nosotros pretendíamos simplemente salvarle la vida a uno de nuestros libros.
En cuanto a resultados podemos decir que quedamos sorprendidos por la repercusión en los medios, y el inmediato incremento, en el entorno ferial, de las ventas de nuestro worstseller, La mujer por la ventana, un magnífico libro de relatos escrito por la autora venezolana Silda Cordoliani.
Las secuelas del worstseller se prolongaron durante todo el mes de junio en forma de asistencia a platós de televisión, como fue el caso de Carlos Jiménez Arribas, el worstseller de Artemisa, o Irene Antón en Las Noches Blancas de Dragó. Todo esto, unido a la generosidad de Eva Orúe en su papel de moderadora y oficial de enlace, hizo que los guarismos de La mujer por la ventana volvieran a lucir en positivo durante el verano y el ritmo de las devoluciones se atenuara para con este título.
Lo bueno es que esta iniciativa nos ha permitido, además de romper una lanza literaria, reforzar la imagen de marca de nuestros sellos y posicionarlos mejor en las librerías, como ha sido el caso admirable de Salto de Página, un infaltable ya en las mesas de novedades de cualquier librería.
También la aquiescencia de los autores con el tema a debatir ha sido fundamental, porque mal entendido, como ha sucedido en algunos blogs temerarios, podría parecer que se estaba haciendo leña del árbol (nunca mejor dicho) caído, justo lo contrario al espíritu de la iniciativa.
El problema es que ahora que La mujer por la ventana ha perdido el farolillo rojo, ha habido verdaderos codazos para ocupar tan codiciado lugar. Al día de hoy, y no sin cierto mérito, la segunda edición de Al margen, un libro que narra la singladura de los dos editores de Escalera, Talía Luis Casado y Daniel Ortiz Peñate, por tierras indias, justo antes de saber que de mayores queríamos ser editores de libros. Al margen se ha vendido muy poco en segunda edición, un poco debido al pudor de promocionar una autopublicación y pese al prologuista Juan Cruz Ruiz, que lo ha aireado todo lo que ha podido, y por lo cual le estaremos siempre profundamente agradecidos. Sin embargo, más allá de la calidad que pueda tener, no deja de ser para nosotros el punto de partida de nuestra actividad como editores y el principio de muchas cosas hermosas vividas desde que peinábamos las calles de La Latina y Lavapiés vendiendo la primera edición (una tiradita de 500 ejemplares en digital) por las terrazas veraniegas de la capital.
Al margen nos recuerda un poco nuestro origen, la esencia de editar libros para estrechar vínculos con lugares o personas que un día influyeron en nuestras vidas: tal ha sido el caso de Silda Cordoliani, que apareció en la vida de Talía en forma de libro en su época universitaria y publicarla ha sido para ella un sueño hecho realidad, como lo ha sido para mí traducir a Kerouac y a John Clellon Holmes, o volver a India de la mano de Baby Halder o aún, invirtiendo el orden, viajar a Zimbabue este verano tras haber publicado Cenando con Mugabe, de Heidi Holland, todos ellos firmes aspirantes a worstsellers, todos ellos libros estupendos.
“Nosotros no editamos para el público, nosotros lo hacemos para los lectores”
3 de octubre de 2009 por solodelibros
Categoría: Entrevistas
En primer lugar, una pregunta muy clásica: ¿por qué -o cómo- se hizo editor? ¿Cómo fueron los inicios de Pre-Textos?
No me cabe la menor duda de que me hice editor por mi pasión por la lectura. No hay editor que no haya sido antes lector.
Los inicios de Pre-Textos fueron maravillosos, como todos los inicios. Creo que fuimos los editores más jóvenes en los anales de la edición en español, lo fuimos siendo universitarios, con poco más de veinte años. Es más, nuestra aventura editorial ha supuesto para los miembros que constituimos nuestra empresa cultural desde el principio hasta el día de hoy una alegría sin fin. Aunque uno es consciente de que para estar en este medio se necesita mucha moral, nosotros no hemos podido disfrutar más nuestro trabajo. Nos consideramos en verdad unas criaturas afortunadas.
¿Qué pretendía ofrecer como novedad? ¿Qué tipo de libros quería editar? ¿Quería ocupar algún nicho en concreto que considerase que no estaba suficientemente explorado?
Nosotros lo que pretendimos es cubrir aquello que nuestros colegas no cubrían con la suficiencia necesaria. Por ejemplo, la recuperación de la memoria del exilio republicano español, también algunas líneas del pensamiento contemporáneo que a nuestro parecer estaban descuidadas, una poesía no suficientemente valorada y otra naciente, que no gozaba del predicamento de los lectores por falta de información de la existencia de la misma: Nadie echa de menos a un desconocido.
En unas pocas palabras, ¿cómo ha sido el desarrollo de la editorial desde su fundación? ¿Han continuado las líneas que se marcaron al inicio?
Creo que en mis dos anteriores respuestas he contestado a esta tercera cuestión. Nosotros seguimos, pese a todos los obstáculos que hemos tenido que sortear y seguimos sorteando, con el mismo entusiasmo que en nuestros inicios.
Pre-Textos tiene, entre otras, dos líneas muy claras: valores jóvenes o desconocidos y autores internacionales igualmente descuidados dentro del panorama editorial español. ¿Qué criterios se sigue para publicar a unos y otros?
El criterio de excelencia que aplicamos para editar a unos y a otros es puramente subjetivo. Ya lo dije en otra ocasión, no somos objetos, luego lo que no se puede pretender es que seamos objetivos. Con todo, nosotros a la hora de leer un texto procuramos ser lo más neutrales posibles, es decir, no pedirle nada previamente a cambio. Uno tiene sus preferencias, pero a veces debe ceder sus posiciones. ¿Por qué? Pues porque por fortuna vivimos una realidad poliédrica que nos obliga a contemplar el mundo de la cultura en su vastedad y complejidad.
¿Es difícil encontrar nuevas voces con “algo que decir”? ¿Es compatible un criterio de calidad más o menos contrastado (con autores tan ilustres como Pessoa, Bataille, Eça de Queirós, Pavese…) con la búsqueda de autores noveles?
Por suerte no es difícil, el continuum de la cultura hace que las voces de calidad, por supuesto con sus altibajos, se sucedan naturalmente. Creo que en el ámbito de nuestra lengua estamos viviendo un momento óptimo, por ejemplo, en lo que a la poesía respecta. Tanto en América como en España se pueden identificar voces de altísima calidad.
Por supuesto que es compatible. Yo diría más, para mí como editor lo que más me pone es descubrir a nuevos autores. Editar lo que parece ya consensuado es fácil, lo complicado es apostar por quien no ha apostado antes nadie. Esa además es la labor esencial de todo editor literario que se precie.
Alguna vez ha comentado que “editar es un modo de hacer pedagogía”. ¿Considera que el editor tiene un papel relevante como creador, como agitador cultural? ¿De qué forma se plasma esa intención en Pre-Textos y los autores que decide editar? ¿Cómo se edita desde esta posición frente a los intereses del mercado y al (¿necesario?) marketing?
Desde luego que para mí editar es uno de los modos posibles de hacer pedagogía. Y para hacer pedagogía, no lo olvidemos, hay que saber seducir a los otros. O lo que es lo mismo, crear estados de sorpresa, de perplejidad en lo otros. El editor no debería olvidar que esa labor pedagógica le obliga a contemplar el horizonte ético al que su tarea de selección obliga. No podemos dar gato por liebre a costa de sacralizar la sociedad de mercado. Hemos hecho del mercado un ídolo y así nos va. Se hablan de falsos valores en la literatura contemporánea, quizá ahí esté la clave del asunto: en el mercado. Nosotros no editamos para el público, nosotros lo hacemos para los lectores. Nosotros no buscamos consumidores, nos alegramos de “encontrarnos” con ciudadanos.
Pre-Textos puede considerarse una “pequeña editorial” o una editorial “independiente”, si bien su enorme y valioso catálogo la convierte en una referencia ineludible dentro del mundo editorial español. ¿Qué dificultades (si las hay) entraña publicar con un mínimo de exigencia, sabiendo que los títulos nunca serán grandes éxitos de venta?
Para editar, tal como entendemos nosotros esa labor, hay que saber esperar. No por precipitar las cosas salen mejor, al contrario. Y para saber esperar hay que tener mucha fe en lo que uno hace, en los libros que somete a la intemperie de los otros, los lectores. Detrás de todo lector se esconde un crítico insobornable. Es a ellos a los que nos debemos y es a ellos a los que sometemos la sanción de nuestro trabajo. Hoy, cuando los críticos literarios independientes escasean, es más importante que nunca contar con la fidelidad y complicidad de tus lectores. Nosotros siempre hemos crecido poco a poco, pero no hemos dejado de crecer en un ritmo ajustado a la naturaleza y singularidad de nuestro trabajo. Nuestro lema: Nada verdaderamente importante en la vida requiere urgencia. Vamos, que lo que queremos conseguir con nuestro gustoso esfuerzo es que se nos quiera y, a ser posible, un poquito mejor cada día.
Ahora que tanto se habla sobre los ebooks y el futuro digital del libro, ¿cuál es su opinión sobre los próximos años? ¿Corre el libro en papel algún riesgo? ¿De qué manera se afronta la edición con la inminente llegada del libro electrónico?
No corre ningún peligro. El que corre, y no sé si nos hemos dado cuenta, peligro es el individuo. Ése al que se le quiere relegar a vivir en cubículos donde las bibliotecas por descontado no tendrán cabida y a viajar en avión colgados de arneses. Al poder, a lo que se ve, lo único que le interesa es favorecer consumidores y no, repito, ciudadanos. Y lo peor es que nos lo hemos creído. Yo creo que España ha dado un paso enorme en su desarrollo económico, pero que ese paso no ha ido ni mucho menos acompañado de un paso adelante en lo cultural.
¿Qué defectos y virtudes tiene la edición en España? ¿Cuáles son sus retos?
Los retos siempre son los mismos: tratar de dar al público lector lo mejor de nosotros mismos. Procurar compartir con ellos aquello que no hemos logrado olvidar, aquello que en definitiva nos ha ayudado a vivir. Tampoco estaría mal que se arriesgase más y que no se fuera tan seguidista de las modas, incluso que se pusiese más en crisis nuestro yo aun a costa de equivocarnos. Para aprender hay que aceptar que podemos equivocarnos. En fin, deberíamos aprender a aprender.
Y por último, ¿algún libro que recomendar (a ser posible, uno publicado por Pre-Textos y otro que no lo sea)?
Yo siempre recomendaría el último pero sin que se olvidaran los primeros, puesto que somos editores de fondo, no exclusivamente de novedades. De ahí quizá destacaría las obras de Ramón Gaya o José Antonio Muñoz Rojas, nuestros seniors, y de los más recientes la obra de un autor italiano con el que no se ha hecho justicia todavía en nuestro país: Mario Rigoni Stern. Eso en lo que a Pre-Textos respecta. Y otro que no lo sea, aprovecharía, ahora que se nos ha ido un amigo y colega querido como Antonio López Lamadrid, para recomendar el catálogo de la editorial Tusquets puesto que, como siempre digo, el catálogo es el mejor libro que puede escribir un editor.
Crónicas, reportajes, periodismo, en un catálogo editorial (Anagrama 1969-2005) II
5 de septiembre de 2009 por solodelibros
Categoría: Artículos
Libros de entrevistas
En los años 70 Anagrama publicó muchos libros de entrevistas, género rigurosamente minoritario, pero que me interesa mucho. Fui un devoto lector de los memorables volúmenes de entrevistas de la Paris Review, que fundó y dirigió hasta su muerte Georges Plimpton, también magnífico periodista. O, como saben los connaisseurs, nadie debería perderse los dos tomos de entrevistas con Nabokov, Opiniones contundentes, y con Gombrowicz, Testamento; ambos pertenecen al género de entrevistas por escrito, en las que el entrevistado tiene el control total. En el polo opuesto, el del descontrol total, figura «El Duque en su dominio», la inolvidable entrevista por sorpresa en la que Truman Capote «cazó» al confiado Marlon Brando, quien nunca se lo perdonó.
Así, siguiendo con mis aficiones, uno de los primeros títulos de Anagrama, en 1969, fue las Conversaciones de Lévi-Strauss, Foucault y Lacan, tres popes del estructuralismo, con Paolo Caruso, también Wilhelm Reich habla de Freud, en 1970, o La Teoría (con la «t» muy mayúscula, los años del fetichismo de la Teoría), en 1971, una amplia colección de entrevistas con figuras ya muy destacadas como Barthes, Bourdieu, Robbe-Grillet o Lévi-Strauss y un entonces joven mosquetero, Philippe Sollers, fundador de Tel Quel, mientras que en 1972 aparecieron las afiladas Conversaciones con Marcel Duchamp, a cargo de Pierre Cabanne, y El Buitre y el Ave Fénix, un ensayo sobre Vargas Llosa del escritor colombiano Ricardo Cano Gaviria, seguido de unas conversaciones con el autor: el primer libro, creo, dedicado al gran escritor peruano. Y en 1977 se transcribieron, con el título Psicoanálisis (Radiofonía & Televisión), unas entrevistas con Jacques Lacan algo menos crípticas que los textos habituales del psicoanalista francés, apodado en su día «le Prince des Ténèbres», el Príncipe de las Tinieblas.
También en la colección «Cinemateca Anagrama» se publicaron no pocos libros de conversaciones. El primer título, en 1972, fue El director es la estrella, formado por 16 entrevistas, con otros tantos jóvenes cineastas que se convirtieron, con los años, en las máximas figuras de su generación. Entre ellos, Cassavetes, Polanski, Bertolucci, Forman, Coppola, Corman, Kubrick y dos iconos como Mailer y Warhol. El perspicaz entrevistador fue Joseph Gelmis. También aparecieron sendos tomos de conversaciones con Joseph Losey, Pier Paolo Pasolini o Ingmar Bergman, mientras que Juan Hernández Les y Manuel Hidalgo se encargaron de El último austro-húngaro, con el subtítulo Conversaciones con Berlanga. Como saben los cinéfilos recalcitrantes, así como en todas las películas de Hitchcock aparece en algún momento la oronda figura del director, en las de Berlanga se escucha en alguna ocasión la palabra austro-húngaro.
Y no habría que olvidar, en este repaso, las Conversaciones íntimas con Truman Capote, a cargo de Lawrence Grobel, que apareció en «Contraseñas».
Recopilaciones de artículos, reportajes monográficos
Abundan también en nuestro catálogo las recopilaciones de colaboraciones periodísticas de grandes escritores españoles. Me limitaré a citar algunos de los títulos más destacados: Libertad, Libertad, Libertad de Juan Goytisolo, Salidas de tono. Cincuenta reflexiones de un ciudadano de Félix de Azúa, El viajero más lento de Enrique Vila-Matas, Alrededores de Álvaro Pombo, Arsenal de balas perdidas de Manuel Vicent, Las razones del antimilitarismo y otras razones de Fernando Savater, Majestades, crímenes y víctimas de Antonio Escohotado. O los perfiles de Sospechosos habituales de Ramón de España, un género en el que este autor brilla especialmente. O el caso de la gran periodista Maruja Torres, que dio el salto a la novela con dos falsos reportajes: ¡Oh, es Él! Viaje fantástico hacia Julio Iglesias y Ceguera de amor. Culebrón del V Centenario.
Y también tres libros latinoamericanos: Manual del distraído, una joya a caballo del cuento y el ensayo, del venezolano-mexicano Alejandro Rossi; Aires de familia, a caballo éste de la crónica y el ensayo, del mexicano Carlos Monsiváis, que ganó nuestro Premio Anagrama de Ensayo; y Loco afán de Pedro Lemebel, unas crónicas que parecen surgidas de un cruce entre el gran maestro Monsiváis, Copi y el primer y más provocador Almodóvar.
Y no puede faltar el gran amigo peruano Alfredo Bryce Echenique, cuya obra, como es bien sabido, es un continuo, con sus novelas, que tienen tanta carga autobiográfica, y sus memorias, a las que, curándose en salud, llama antimemorias. En resumen, todo literatura, incluyendo también los libros más propiamente periodísticos publicados en Anagrama, empezando por A vuelo de buen cubero, un ejercicio de Nuevo Periodismo vía Bryce, en 1977, seguido por Crónicas personales, A trancas y barrancas y Crónicas perdidas.
Cabe destacar los autores que practican lo que puede llamarse reportaje de ideas: Oliver Sacks y sus reportajes sobre la psique, como Un antropólogo en Marte y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, las pesquisas del filósofo José Antonio Marina, autodenominado «detective privado al servicio de la sociedad», los reportajes sociológicos de Vicente Verdú, como El planeta americano (también Premio Anagrama de Ensayo) y El estilo del mundo, o las investigaciones de Pascal Bruckner y Alain Finkielkraut que cristalizaron en El nuevo desorden amoroso, un libro leído en su tiempo con fervor.
Por último, en este apartado, mencionar a los miembros de la Internacional Situacionista que publicaron en los años 70 sus agudísimos análisis en la revista del mismo título, exceptuando dos libros fundamentales: La sociedad del espectáculo de Guy Debord y Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones de Raoul Vaneigem, este último publicado por Anagrama al igual que otros textos de Debord. En los «Cuadernos Anagrama» aparecieron también varios títulos procedentes de la revista, desde Crítica de la vida cotidiana hasta el célebre panfleto Sobre la miseria en el medio estudiantil, texto precursor del malestar social que desembocó en el Mayo del 68. Y, siguiendo con textos teóricos radicales, los «Cuadernos» albergan asimismo Lucha de clases y clases de lucha de Santi Soler, ideólogo del Movimiento Ibérico de Liberación, el MIL, cuyo militante más conocido fue el infamemente ajusticiado Salvador Puig Antich.
La colección «Crónicas»
El primer título de la colección, Cabeza de turco de Günter Wallraff, apareció en 1987. En dicho reportaje, el polémico reportero se disfrazó de inmigrante turco, dispuesto a hacer los trabajos más duros, más insalubres, más peligrosos para poder sobrevivir, y así investigar el trato infligido a los numerosos inmigrantes turcos en Alemania. El libro tuvo un enorme impacto en su país (fue el mayor bestseller de la posguerra), y también un éxito muy considerable en España, ha sido uno de los títulos más vendidos de la colección. Dicho esto, debo aclarar rápidamente que muchos de los excelentes títulos de la colección han sido minoritarios y que ésta ha conseguido mantenerse gracias sobre todo a Ryszard Kapu´sci´nski, a quien dejaré para el final, y a un libro de Nigel Barley, El antropólogo inocente. Este libro tiene una historia bien curiosa. Su autor se doctoró en antropología en la Universidad de Oxford, y decidió dedicarse a hacer trabajo de campo en Camerún, estudiando una tribu poco conocida, los dowayo. Pero entre la teoría y práctica en el seno de aquella sociedad escurridiza se produjeron notorios sobresaltos y el resultado fue El antropólogo inocente, una crónica desternillante pero a la vez un estudio muy respetado por exigentes antropólogos. Tras sus peripecias, Barley regresó a Inglaterra y se incorporó al Museo Británico, cuyo departamento de publicaciones editó el libro como curiosidad, con un tiraje confidencial. Un editor avispado le echó el ojo y se publicó en Penguin, donde sigue cosechando incontables ediciones, un clásico amenísimo. La edición de Anagrama siguió derroteros similares, con 19 ediciones desde 1989, y se ha convertido en el libro más vendido de la colección. En la faja correspondiente resplandecen comentarios elogiosos de colegas tan severos como el ahora difunto Alberto Cardín y Manuel Delgado, así como una cita de David Holloway, tan exacta como resultona: «Nigel Barley hace con la antropología lo que Gerald Durrell hizo con la zoología.»
En la colección abundan los reportajes políticos, una línea roja que enlaza con la combativa colección «Documentos» de los años 70. Así, Juicio a Kissinger de Christopher Hitchens, Israel-Palestina de Alain Gresh, ¿Por qué estamos en guerra? de Norman Mailer, Soñando la guerra y La invención de una nación de Gore Vidal, o El álgebra de la justicia infinita y Retórica bélica de Arundhati Roy, dos libros de la autora de El dios de las pequeñas cosas, quien, después del enorme éxito de esa novela, se ha convertido en una activista justiciera, con análisis impecables e implacables del neoliberalismo y sus secuelas.
Como aportación hispánica, en un registro más sosegado, cabe destacar El día que acabó el siglo XX de J. M. Martí Font, corresponsal de El País en Alemania durante años y que presenció en directo el imprevisto y aceleradísimo derrumbe.
Asimismo, varios rescates de libros publicados en los 70, como El periodista indeseable de Wallraff, Política y delito de Enzensberger, el libro de Román Gubern sobre el mccarthysmo que en esa nueva edición ampliada se llamó La caza de brujas en Hollywood, La revuelta del Poder Negro de Floyd B. Barbour (ed.), Chile bajo Pinochet de Claude Katz. Y cabe destacar el trabajo que efectuaron tres jóvenes periodistas, José Antonio Sorolla, Georgina Cisquella y José Luis Erviti, con el título La represión cultural en el franquismo. Diez años de censura de libros en España. Un libro instigado, poco después de la muerte de Franco, por cinco editoriales, entre ellas Anagrama, a las que se unieron luego bastantes más, para hacer una coedición colectiva. Al no estar en ningún catálogo, este texto de referencia a los pocos años era inencontrable, por lo que parecía valioso recuperarlo. Y, naturalmente, el rescate de las excepcionales Conversaciones con Marx y Engels de Enzensberger y las Conversaciones con Bakunin de Lehning.
En el ámbito de los reportajes culturales figuran La ciudad de los arquitectos de Llàtzer Moix, un excelente trabajo acerca del cambio urbanístico y arquitectónico de la Barcelona olímpica. Del propio Moix publicamos Wilt soy yo, un libro de conversaciones con Tom Sharpe, cuyo humor salvaje es tan apreciado en nuestro país. Y, en un registro más arqueológico, los periodistas Carles Geli y J. M. Huertas Claveria en Las tres vidas de «Destino» dedican una valiosa indagación a una revista semanal barcelonesa de gran significación cultural y ciudadana en las tres primeras décadas de la posguerra.
También figuran en la colección varios textos consagrados al cine, como Moteros tranquilos, toros salvajes de Peter Biskind, con el subtítulo La generación que cambió Hollywood, un incisivo y nada autorizado recorrido por la carrera de los Coppola, Scorsese, Spielberg, Lucas…, un retrato salvaje. También Cassavetes por Cassavetes, con un exhaustivo montaje de entrevistas al «padrino» del cine independiente y a sus más cercanos colaboradores y actores, mientras que Esteve Riambau y Casimiro Torreiro estudiaron el fenómeno de La Escuela de Barcelona: el cine de la «gauche divine», un imaginativo grupo de jóvenes cineastas que realizaron un cine muy distinto del que podía verse en nuestras pantallas, bajo el lema, diríamos, de su ideólogo Joaquín Jordá: «Ya que no podemos hacer Victor Hugo, haremos Mallarmé.» Es decir, el rechazo al cine resistente pero alicorto, debido a las presiones de la censura, del llamado cine mesetario, para optar por un cine más libre y vanguardista, onírico, descreído y a menudo sarcástico, bajo las influencias de Godard y Truffaut, el Mayo francés, la contracultura. Y también aquí reapareció Michael Herr, desaparecido después del meteórico Despachos de guerra, que dedicó el librito Kubrick a quien fue su amigo y con quien colaboró en Apocalypse Now y La chaqueta metálica.
También figuran, en el apartado de la literatura de viajes, un par de autores a los que conocí, en los 80, gracias a la revista Granta, dirigida con gran energía y creatividad por Bill Buford: Lugares no recomendables de James Fenton, con sus crónicas de la caída de Saigón, las grandes manifestaciones antes del derrocamiento del presidente Marcos en Filipinas o las interminables luchas callejeras que precedieron a los Juegos Olímpicos de Seúl; por otra parte, como es sabido, Fenton es un grandísimo poeta. De los dos enloquecidos reportajes En el corazón de Borneo y Entre el Orinoco y el Amazonas, el responsable es Redmond O’Hanlon, no menos enloquecido, como demostró sobradamente en su visita promocional a Barcelona. Y publicamos al propio Bill Buford con su primer y hasta ahora único libro: Entre los vándalos, que recoge sus viajes, como un hooligan más entre la temible horda de los hooligans, acompañando a su equipo en sus desplazamientos ingleses y europeos. El fútbol es también, naturalmente, el tema de Barça: la pasión de un pueblo, un documentadísimo trabajo de Jimmy Burns Marañón, con motivo del centenario del club.
Quisiera destacar, ahora, algunos títulos. Dany Cohn-Bendit, el famoso Dany el Rojo del Mayo del 68, en La revolución y nosotros, que la quisimos tanto, entrevistó en diversos países y continentes durante dos años, mucho tiempo después, a los protagonistas de las revueltas de finales de los años 60 y sus diversos destinos. Y así comparecen los Yippies, los Black Panthers, las mujeres del Women’s Lib, los Provos holandeses, los miembros de las Brigadas Rojas italianas, los guerrilleros latinoamericanos o los militantes de la Gauche Prolétarienne. Un documento único por el entrevistador y los entrevistados.
En cuanto a Hans Magnus Enzensberger, recogió en ¡Europa, Europa! una serie de reportajes efectuados en distintos países europeos —Suecia, Italia, Hungría, Portugal, Noruega, Polonia y España— y publicados —y éste era el máximo riesgo— en periódicos de gran difusión de los respectivos países; en España por El País. Como me dijo el propio autor, muy gráfica y sintéticamente: «Es el trabajo de un no especialista (o sea un extranjero) escribiendo para especialistas (los nativos).»
En el ámbito en castellano, Raval (Del amor a los niños) de Arcadi Espada, es un apasionante trabajo en torno a casos de pedofilia en el Barrio Chino de Barcelona, ahora conocido con el aséptico nombre de Raval, y las colusiones mediáticas, policiales y políticas que se produjeron. Una tenaz indagación «que hurga en los hechos», afirma Arcadi Espada, «núcleo y esencia del único relato periodístico posible». El cineasta Joaquín Jordá, vecino del Raval, se interesó también en el tema y dirigió De nens, un documental también imprescindible. La conocida feminista Lidia Falcón nos proporciona en La vida arrebatada un testimonio lúcido y estremecedor sobre su educación sentimental y social en la Barcelona de la posguerra, efectuando un implacable análisis de la represión —política, económica, sexista— de aquellos ásperos tiempos. El mexicano Sergio González Rodríguez en Huesos en el desierto relata su tenaz y valerosa (casi suicida) investigación de la cadena de asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, que se producen desde hace años con total impunidad y salvajismo, pese a las crecientes campañas de protesta. Una tenebrosa trama de poderosos intereses: políticos, policiales, judiciales, bajo la poderosa sombra de los narcotraficantes. Publicado en 2002, fue el primer libro sobre el tema y ahora preparamos su tercera edición, actualizada. Como es sabido, en 2666, la gran novela compuesta de cinco novelas de Roberto Bolaño, los asesinatos de Ciudad Juárez (llamada Santa Teresa en el libro) son el telón de fondo de cuatro de ellas, mientras que la restante, La parte de los crímenes, está dedicada, monográficamente, a los mismos. Y para Roberto fueron muy útiles las informaciones de Sergio, con quien estuvo muy en contacto a propósito del tema y que aparece en la novela como un joven periodista, empeñado, contra todos, en llevar adelante su investigación, cuyo fruto fue precisamente Huesos en el desierto.
Y llegamos por fin al gran Kapuściński. Aunque todavía no, porque quiero mencionar un fichaje de Anagrama, Jon Lee Anderson, el gran reportero norteamericano, de quien publicamos La caída de Bagdad, un libro que obtuvo el Premio Reporteros del Mundo, y cuya monumental biografía del Che Guevara, la más completa editada hasta la fecha, rescataremos próximamente. Jon Lee Anderson es colaborador asiduo del New Yorker, donde ha publicado impagables perfiles de Pinochet, Castro, Chávez y también del rey Juan Carlos. Su método es instalarse en el lugar del reportaje —Irak, Cuba o Venezuela—, ver a mucha gente, no sólo altos cargos y funcionarios sino también, y sobre todo, a gente común, y escuchar y observar sin apriorismos. Y permanecer durante el tiempo necesario, hasta «empaparse», hasta que surja un relato con sentido. Como hemos visto, dedicar tiempo, la inmersión, era fundamental para Tom Wolfe, como también lo es para Kapuściński, un faro para tantos reporteros, como lo es para el propio Jon Lee Anderson. Esta imprescindible inmersión es el secreto de Polichinela, un secreto a voces. Ponerlo en práctica con obstinación, y de forma competente, es bien distinto.
Empecé a publicar a Ryszard Kapuściński en 1987. Los dos primeros títulos fueron dos obras maestras, El Sha o la desmesura del poder, el relato de cómo los revolucionarios toman el poder en Irán, en 1980, y la caída del último Sha, a la que siguió, en 1989, El Emperador, quizá mi libro preferido entre los suyos, un libro fascinante sobre un personaje no menos fascinante: el emperador Haile Selassie de Etiopía, el Rey de Reyes, el Elegido de Dios, el Muy Altísimo Señor, Su Más Sublime Majestad, que gobernó su país como monarca absoluto durante casi cincuenta años, hasta que fue derrocado por un Consejo Revolucionario. Más adelante, en la década de los 90, otros dos títulos, La guerra del fútbol (y otros reportajes) y El Imperio, sobre la Unión Soviética: un extraordinario relato de recuerdos y exploraciones que el autor realizó entre 1989 y 1991, cuando el imperio presentaba ya signos inequívocos del derrumbe estrepitoso que siguió. La acogida de la crítica y la opinión de sus colegas fue, desde el principio, extraordinaria (la consigna de que era «el mejor reportero del mundo» estaba ampliamente respaldada), pero sus lectores seguían siendo escasos, hasta que en el año 2000 se produjo el milagro de Ébano, que se convirtió en un bestseller y consiguió que muchos de los neolectores de Kapuściński buscaran sus libros anteriores, que han ido reeditándose regularmente, hasta convertirse en el autor fundamental de la colección. En 2006 publicamos su último libro, Viajes con Heródoto, el historiador a quien Kapuściński consideraba el padre del periodismo moderno.
Otro libro de la colección es La contracultura a través de los tiempos. De Abraham al acid-house de Ken Goffman, un tema que ha ido serpenteando en la editorial desde sus inicios, desde Los hippies: una contra-cultura de Stuart Hall, un Cuaderno Anagrama de 1970, que fue uno de los títulos pioneros publicados en España al respecto, pasando por Filosofías del underground de Luis Racionero en 1977 y tantos títulos de la colección «Contraseñas», o los textos sobre las drogas de Antonio Escohotado, empezando por Aprendiendo de las drogas, uno de los longsellers de la editorial. Y también hemos publicado Nosotros los malditos de Pau Malvido, una recuperación de las crónicas de la contracultura en nuestro país, y en especial en la Barcelona efímeramente libertaria de los primeros años de la transición, que en su día publicó Star, una revista de referencia. Y también Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído de J. Benito Fernández, que es a la vez la biografía de uno de los primeros freaks españoles y la crónica del underground madrileño antes, durante y después de «la movida».
A modo de colofón
Cabe mencionar, por último, los estudios teóricos sobre el tema. Elementos de una teoría de los medios de comunicación (1972) de Hans Magnus Enzensberger, durante muchos años un texto de referencia, o los libritos de Armand y Michèle Mattelart, aparecidos en la colección «Cuadernos Anagrama». Últimas noticias sobre el periodismo (1997) de Furio Colombo, uno de los miembros del rompedor Gruppo 63, con Eco, Balestrini, Manganelli, entre otros. Sobre la televisión (1997) y los dos tomitos de Contrafuegos (1999 y 2001) de Pierre Bourdieu, en su faceta más militante y radical, como indica el subtítulo de ambos: Reflexiones para servir contra la invasión neoliberal, y Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo (2002) de Ryszard Kapuściński.
Y aunque los cínicos no sirvan para este oficio, como afirma Kapuściński, y quizá no sirvan para el buen periodismo, los directores de determinados medios de comunicación sí que se sirven de los periodistas cínicos, con gran regocijo mutuo. Y no menor irresponsabilidad histórica. Pero aparquemos las politiquerías españolas tan actuales.
Como resumen de este largo recorrido, el catálogo de Anagrama ha proporcionado a los lectores en lengua española una amplia, rigurosa y a menudo amena información, sirviéndose de las armas del mejor periodismo, acerca de las numerosas y variadas convulsiones políticas y culturales de las últimas décadas. Y podría quizá añadirse que buena parte de los títulos de Anagrama posiblemente no se hubieran publicado, por la sencilla razón de que eran minoritarios; prueba de ello es que la competencia con otros colegas era escasa. No sucede como con los bestsellers, que acostumbran a ser novelas, y se publican siempre rápidamente, en general por el mejor postor.
Y, por otra parte, el catálogo de Anagrama, es decir la identidad de Anagrama, quedaría seriamente mutilado sin tantas aportaciones periodísticas de tan excelentes autores como los que han desfilado en este repaso.
Jornadas «Literatura Sin Ficción», organizadas por la Universidad Autónoma de Barcelona y el Círculo Lateral,
Barcelona, 10 de noviembre de 2005
Crónicas, reportajes, periodismo, en un catálogo editorial (Anagrama 1969-2005) I
9 de junio de 2009 por solodelibros
Categoría: Artículos
A modo de preámbulo
Como quizás recuerden los más ancianos del lugar que estén exentos aún de deterioros neuronales en la zona alta, durante la primera década de la editorial, los 70, el espacio lo ocupó de forma muy destacada la no-ficción, ensayos de todo tipo, reportajes, libros de conversaciones, diseminados en diversas colecciones. En 1977 empezó la colección «Contraseñas», la colección estandarte del Nuevo Periodismo. A partir de 1981, la narrativa conquistó la hegemonía en nuestro catálogo, aunque en 1987 se inició una colección con el inequívoco rótulo de «Crónicas».
Desde hace ya bastantes años, la programación de Anagrama se reparte del siguiente modo: dos tercios dedicados a la narrativa (fundamentalmente de ficción) y un tercio a la no-ficción (ensayos, reportajes, textos memorialísticos).
Así pues, el reto es cómo ordenar y concentrar y resumir una crónica a partir de los muchos centenares de títulos «sin ficción» del catálogo, es decir cómo hacer un editing plausible, manejable y, a ser posible, no demasiado indigesto de este alud de publicaciones.
La década de los 70
Un recordatorio del primer título de cada una de las tres colecciones de Anagrama. En «Argumentos», dedicada al ensayo y las ciencias sociales, fue Detalles, una compilación de ensayos y reportajes culturales de Hans Magnus Enzensberger, un maestro genial en esos y otros registros. En «Documentos», la colección más directamente política, fue Los procesos de Moscú, una investigación del historiador trotskista Pierre Broué, una crítica del estalinismo desde la izquierda, documentadísima y feroz. Y en «Textos», una colección en catalán de efímera existencia, L’ofici de viure, considerado su obra maestra, los diarios del novelista italiano Cesare Pavese, uno de los autores de culto de la época. Tres ejemplos premonitorios de tres áreas muy presentes en nuestro catálogo: los reportajes culturales, las investigaciones histórico-políticas, el memorialismo.
En la colección «Documentos» (1969-1982), con 37 libros publicados, pese a los muchos títulos prohibidos por la censura, aparecieron varios significativos reportajes políticos, empezando por el ya citado Los procesos de Moscú, donde se da cuenta de los tres procesos públicos de Moscú en los que la casi totalidad de los viejos bolcheviques, los protagonistas de la revolución de Octubre, fueron acusados de conspiración permanente, animada por Trostki, para ocupar el poder con el apoyo del capitalismo. Todos ellos «confesaron» su culpabilidad y fueron condenados y ejecutados, y se inició una gigantesca depuración que costó millones de muertos, una de las experiencias más traumáticas que la experiencia soviética deparó en primer lugar a su propio país, y también a la izquierda internacional. Pierre Broué seleccionó amplios fragmentos de las actas estenográficas de las audiencias públicas entre las que destaca la confesión de Bujarin, el más brillante de los acusados, con su célebre teoría de la «conciencia desdoblada».
En la colección se publicaron, por ejemplo, Crónica de Marx de Maximilien Rubel, Crónica de Trotski de Heinz Abosch y Crónica de Lenin de Gerda y Hermann Weber, en los que de forma escueta se llevaba un amplio repaso de las peripecias de esos protagonistas de la historia del siglo XX. La gran escritora norteamericana Mary McCarthy recogió sus reportajes sobre el desenmascaramiento y la caída de Nixon en sus Retratos de Watergate. También aparece el Che Guevara con sus célebres Pasajes de la guerra revolucionaria, la crónica de Sierra Maestra, mientras que Enzensberger nos brinda en El interrogatorio de La Habana varias aproximaciones a la revolución cubana, primero de forma entusiasta pero luego abiertamente crítica, lo que le valió la consecuente excomulgación. En uno de ellos acuñó el concepto de «turismo revolucionario», donde se estudia el fenómeno de los «delegados», toda persona que visita un país socialista procedente de un país amigo o, preferentemente, el comunista que viene de un país no comunista. Una visión de dicho «turismo» inevitablemente irónica y crítica.
Enzensberger aparece de nuevo con una obra muy ambiciosa: Conversaciones con Marx y Engels, que no son tales conversaciones sino un erudito y esclarecedor montaje de los testimonios escritos sobre ellos por los contemporáneos de ambos pensadores, seguido de un astuto y exacto apéndice que recoge las opiniones (muy a menudo devastadoras) del propio Marx acerca de dichos contemporáneos que tanto le adularon.
El gran historiador del anarquismo Arthur Lehning llevó a cabo una operación similar con sus Conversaciones con Bakunin (aunque sin epílogo maligno). Dos interesantes testimonios sobre los convulsos tiempos en Estados Unidos durante la guerra de Vietnam fueron La revuelta de Berkeley de Hal Draper y La revuelta del Poder Negro de Floyd
B. Barbour. Y también publicamos en la editorial, por primera vez, a Günter Wallraff con una antología de sus reportajes de investigación con el significativo (y «merecido») título de El periodista indeseable.
El dramático proceso chileno aparece en Chile bajo Pinochet de la mano del periodista francés Claude Katz, quien en 1975 realizó una incursión clandestina en Chile que desembocó en la colección de entrevistas recogidas en este volumen. Una pequeña anécdota: enterado de que Pinochet visitaría Madrid, para honrar debidamente el funeral de Franco, aceleré la publicación del volumen para que estuviera en las librerías madrileñas durante su visita. Tan elogiable proyecto quedó truncado por la censura, que secuestró el libro, un secuestro que duró sólo unas semanas, hasta la partida de Pinochet.
Pero, haciendo marcha atrás, hubo otro libro, Los Tupamaros, de los periodistas uruguayos Antonio Mercader y Jorge de Vera, que tuvo un peor destino. A lo largo del reportaje dieron la palabra a los imaginativos guerrilleros urbanos en el apartado «Hablan los tupamaros», pero también había otro titulado «Habla la policía». En su cauteloso prólogo a la edición uruguaya de Alfa, en 1969, los autores afirman que «este libro se coloca bajo la advocación de la objetividad periodística»; si se olvida, el lector «corre el riesgo de descubrir a la vuelta de una página o tras cualquier adjetivo, una intención política que no estaba en nuestros cálculos». Dicha cautela no resultó eficaz para la censura franquista de 1970. Y debo confesar que con razón, con las razones suyas, claro: se trataba de jugar al límite de las posibilidades de sortearla y, por lo visto, traspasé dicho límite. El libro fue secuestrado, tuve que pagar una multa de 100.000 pesetas, si bien recuerdo, bastante cuantiosa para la época, fui procesado por el temible TOP, el Tribunal de Orden Público, y estuve en libertad bajo fianza hasta que hubo una suerte de amplia amnistía, el llamado «indulto Matesa», para salvar las trapacerías de una empresa con vinculaciones con el régimen y el Opus Dei. Sin embargo, el libro no pudo ser distribuido hasta después de la muerte de Franco, cuando el interés por el tema era ya muy escaso.
Dejando atrás estos títulos que hoy pertenecen, muchos de ellos, al ámbito de la arqueología política, quisiera destacar dos excelentes reportajes culturales aparecidos en una colección llamada «Serie Informal».
Historia personal del «boom», de 1972, es un libro del escritor chileno y buen amigo José Donoso, entonces residente en Barcelona, donde acababa de publicar con gran éxito su novela El obsceno pájaro de la noche. Dicho reportaje es, por una parte, una autobiografía literaria; por otra, la crónica, desde dentro, del famoso boom latinoamericano, entonces en todo su esplendor. Un panorama informadísimo y juguetón y, pese a su brevedad, un texto desenfadadamente fundamental. Hubo una presentación sonadísima en la librería Cinc d’Oros de Barcelona, ahora desaparecida, pero entonces imprescindible, y luego un fin de fiesta mientras los cuerpos aguantaron, y aguantaron hasta la madrugada, en el ineludible Bocaccio.
Alberto Arbasino, uno de los escritores más brillantes y polémicos de la vanguardia italiana, nos obsequió con off-off en 1971, un viaje informadísimo y amenísimo sobre las peripecias de la vanguardia literaria, estética y sociopolítica en variadas geografías y múltiples registros. Un libro que fue como un curso de doctorado para los modernos más o menos enterados, mientras que supuso una inmersión total para los más ignorantes. Arbasino, con este libro, se convirtió en algo así como un primo hermano europeo de Tom Wolfe, entonces un escritor casi desconocido en España, cuyos primeros títulos en dicha colección fueron La Izquierda Exquisita & Maumauando al parachoques, en 1973, y La banda de la casa de la bomba y otras crónicas de la era pop, en 1974, seguido por La palabra pintada (1976) y ¿Quién teme al Bauhaus feroz? (1982), dos insolentes aproximaciones (o panfletos) sobre la pintura y arquitectura modernas, respectivamente. Y con Tom Wolfe entramos en el siguiente apartado.
El Nuevo Periodismo y la colección «Contraseñas»
Para los interesados en el tema, en el catálogo de Anagrama pueden encontrarse dos antologías. Una es la muy célebre El Nuevo Periodismo, prologada y antologada por Tom Wolfe, con textos de autores como Norman Mailer, Terry Southern, John Gregory Dunne, Joe McGinnis o Rex Reed. Una antología que tiene desde hace décadas, incluso en nuestro país, rango académico, con ocho ediciones desde la primera en 1977.
En su extensa introducción a la antología El Nuevo Periodismo, devastadoramente divertida (dicho sea de paso), Tom Wolfe cuenta cómo la novela daba la espalda a las muchas cosas que pasaban en la América de los 60, «los locos años sesenta, obscenos, tumultuosos, mau-mau, empapados en droga, rezumantes de concupiscencia», consagrándose a estériles especulaciones en los dominios de la fabulación, la metaficción, etc., etc., cuando irrumpieron, de sopetón, los periodistas del lumpenproletariado, que publicaban en periódicos y revistas sin prestigio, sin aura literaria, y empezaron a escribir reportajes vívidos, diferentes, contagiosos. La etiqueta empieza a consolidarse cuando el prestigioso crítico literario Seymour Krim, que ya había sido uno de los impulsores de la generacion beat, escribe, en 1965, un artículo sobre este extraño fenómeno, el Nuevo Periodismo. Y cuando podía pronosticarse que los nuevos periodistas o «paraperiodistas», como también se les llamó, desdeñosamente, se iban a extinguir «por sí solos, como una bengala», escribe Tom Wolfe, reciben de forma inesperada dos apoyos portentosos: el de Truman Capote con A sangre fría (aunque su autor se apresura a etiquetarla como novela de no-ficción) y el de Norman Mailer con Los ejércitos de la noche (que también se desmarca tácticamente con el subtítulo: La Novela como Historia, la Historia como Novela). A partir de entonces, 1969, afirma Tom Wolfe, «no existía nadie en el mundo literario que se permitiese desechar llanamente el Nuevo Periodismo como un género literario inferior».
Y también dictamina: «El genio de todo escritor —tanto en ficción, como en no-ficción— se verá gravemente coartado si no puede dominar o si abandona las técnicas del realismo.» Y enumera los cuatro procedimientos que pueden estimular la memoria del lector, una operación fundamental. Dichos cuatro procedimientos, el Evangelio según Tom Wolfe, son bien conocidos: la construcción escena-porescena; registrar el diálogo en su totalidad; el punto de vista en tercera persona; el registro de los estatus, de la categoría social de las personas. Y concluye que la unidad fundamental de trabajo es la escena, y el problema fundamental del reportero es estar el máximo de tiempo con la persona con la que se quiere escribir para que las escenas pasen ante sus ojos.
Tom Wolfe ridiculiza la obsesión por la novela, lo único que valía la pena: «La Novela no era una simple forma literaria. Era un fenómeno psicológico. Era una fiebre cerebral.» Irónicamente el propio Wolfe, después de su extraordinario reportaje sobre los astronautas Lo que hay que tener, se sintió impelido a escribir una Novela con muchas mayúsculas y mucho énfasis. Y no fueron una sino tres: la primera (y única publicada por Anagrama), La hoguera de las vanidades, brillante; la segunda, Todo un hombre, aceptable; la tercera, Soy Charlotte Simmons, un fracaso sin paliativos. En El Nuevo Periodismo Tom Wolfe había escrito: «La novela parecía el último de uno de aquellos fenomenales golpes de suerte, como encontrar oro o extraer petróleo.» Y Wolfe encontró oro y petróleo con los anticipos de sus novelas. No así los editores de la tercera novela, que sufrieron un severo descalabro.
La otra antología se tituló Reportajes. (El Nuevo Periodismo en «Rolling Stone»), a cargo de Paul Scanlon, director de la célebre revista, iniciada en 1967, en la que aparecieron, como es sabido, muchos de los más rompedores reportajes norteamericanos. Por ello se acuñó el cliché de que dicha antología era la auténtica novela norteamericana contemporánea. Rolling Stone empezó orientada a la música rock, en una época en la que «la mayoría de las publicaciones (tanto revistas como periódicos)», escribe Paul Scanlon, «no sólo no se tomaban en serio la música sino que no entendían su significado cultural», y al poco tiempo amplió notable y atrevidamente el área de sus intereses. En cuanto al presunto estilo Rolling Stone, Scanlon responde que se trata «de conseguir un espacio para quince mil palabras, o dejar al escritor desarrollar libremente una idea nueva, o desafiar lo que uno considera la actitud de su público». En suma, que «el Nuevo Periodismo, como el estilo Rolling Stone, es una cuestión de actitud más que de forma. Muchos de los artículos y trabajos incluidos en este libro tratan de acontecimientos que también abordaron la prensa diaria y otras publicaciones periódicas. Y la mayoría de esos otros artículos se vieron limitados por fórmulas consagradas y precisas o por falta de espacio suficiente, o empañados por la incapacidad de la publicación para sacrificar una o dos vacas sagradas. Algunos de los trabajos incluidos aquí son estilísticamente audaces; otros consisten básicamente en periodismo de información, convencional y directo. Pero todos son, a su manera, únicos. Y esto nos lleva a la cuestión definitiva: ¿Qué es el estilo Rolling Stone? Es, literalmente, la suma de sus partes».
En la antología aparecen Joe Eszterhas, el luego multimillonario guionista de Instinto básico, Hunter S. Thompson, el inventor y sumo sacerdote del periodismo gonzo, que hace poco se suicidó con estrépito (y nunca mejor dicho), o Howard Kohn con el estremecedor repor-taje «El terrible poder de la industria nuclear y cómo silenció a Karen Silkwood», sobre el misterioso y mortal accidente automovilístico de Karen Silkwood cuando llevaba consigo pruebas de fraude y violaciones a la seguridad en la fábrica de plutonio donde trabajaba. Un caso famoso que fue luego llevado al cine. Consagrar, pues, el máximo de tiempo al reportaje, según Tom Wolfe, y el máximo de espacio, como el que ofrece Rolling Stone: el periodista no debe ahorrar tiempo ni la revista espacio, una fórmula sólo aparentemente sencilla.
Con el típico movimiento de péndulo, el éxito del Nuevo Periodismo y los abusos de sus epígonos, o el concepto mismo, han provocado el consabido rechazo, en especial por parte de los severos jansenistas del periodismo sin adjetivar, el periodismo de los hechos. Así, Arcadi Espada califica al autor de A sangre fría de «el maldito», «el abyecto», y cita a Álvaro Pombo, quien afirma: «Cuando la ficción se mezcla con la historia la convierte en ficción.»
Aparte de estas antologías, en «Contraseñas» aparecieron las obras más significativas del Nuevo Periodismo, empezando por las del propio Tom Wolfe, que brilló a su mayor altura en Lo que hay que tener, el reportaje sobre los astronautas (llevado al cine con el título de Elegidos para la gloria), y Ponche de ácido lisérgico, en el que acompañaba a Ken Kesey, el autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, y su banda de los Merry Pranksters (los Alegres Pillastres), en su viaje por América repartiendo ácido lisérgico a bordo de un auto-bús conducido por el legendario Neal Cassady, el mismo que con Burroughs y Kerouac formó el núcleo duro de los beatniks, y a quien este último inmortalizó en su novela En el camino con el nombre de Dean Moriarty, quien atraviesa frenéticamente el país junto a Sal Paradise (Jack Kerouac), su gran amigo. Neal Cassady, pues, como el enlace simbólico entre la generación beat de los años 50 y la contra-cultura de los 70.
Hunter S. Thompson, el más enloquecido de todos los Nuevos Periodistas, acuñó la expresión de «periodismo gonzo», aquel en que el narrador es el protagonista y desencadenante de la acción. Su obra más célebre es Miedo y asco en Las Vegas, pero antes escribió Los Ángeles del Infierno. Una extraña y terrible saga, en la que narra sus peripecias con la temible banda, rodando en la carretera con ellos durante dieciocho meses, hasta que lo dejan tirado, medio muerto de una paliza. Como escribió Tom Wolfe: «Mientras estaba allí tumbado en el suelo escupiendo sangre y dientes, la frase que perseguía le llegó como un relámpago desde el corazón de las tinieblas: “¡Exterminad a todos los brutos!”» Hace poco Thompson se suicidó, descerrajándose un tiro, para no asistir a su propia decrepitud, y se organizó, según sus deseos escritos, un sonoro funeral: de un cañonazo se esparcieron sus cenizas por el bosque, ante la presencia de sus muchos amigos.
Otra joya de la colección es Despachos de guerra de Michael Herr, el libro que mejor captó los horrores de la guerra de Vietnam y sus secuelas físicas y psíquicas entre los soldados norteamericanos que sobrevivieron. «Yo fui a cubrir la guerra y la guerra me cubrió a mí», escribió Herr, «una vieja historia a menos que aún no la conocieras.» El propio Herr apenas escribió después de este libro extraordinario. Otro reportaje delirante fue Ciego de nieve. Traficando con cocaína de Robert Sabbag. Y finalmente, para terminar con textos periodísticos de la colección, y a la vez muy significativos del espíritu de la misma, el cineasta John Waters, el rey del trash, de la basura, reunió una serie de sus extravagantes y chiflados artículos con el título de Majareta. Las obsesiones del autor de «Pink Flamingos». Una curiosidad: desde hacía años yo le insistía a Pedro Almodóvar, sin éxito, para que recuperase sus escritos de la época de la revista La Luna, que era algo así como el Boletín Oficial de la movida madrileña. Le envié el libro de su idolatrado John Waters y eso le decidió: al poco tiempo publicamos Patty Diphusa y otros textos.
Y aunque aparecieron en otra colección, «Panorama de narrativas», por motivos editoriales, deben figurar aquí títulos tan imprescindibles como Los perros ladran, A sangre fría, Música para camaleones y Retratos de Truman Capote y Los ejércitos de la noche y La Canción del Verdugo de Norman Mailer.
