Vida del ahorcado – Pablo Palacio
15 de Marzo de 2010 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Vida del ahorcado es una novela breve que forma parte de la escasa producción literaria del ecuatoriano Pablo Palacio, un escritor adelantado a su tiempo, cuya narrativa se salió de la norma de su época y fue denostada en consecuencia. Frente al costumbrismo indígena, corriente literaria predominante, sus textos vanguardistas, en los que retrata la soledad del individuo frente a la masa, no fueron comprendidos por sus coetáneos.
Publicada en 1932, Vida del ahorcado está formada por lo que parecen textos desordenados, sin una relación aparente entre sí, pero que, insensiblemente, van tejiendo la historia de Andrés Farinango: su enamoramiento y matrimonio con la joven Ana, el deterioro de su relación y el posterior asesinato del hijo de ambos.
Andrés, extraño y extrañado narrador de la historia, describe a retazos un mundo que se ajusta al ritmo marcado por el orden establecido. Sin embargo, las narraciones de Andrés nos demuestran que ese orden, aceptado por puro convencionalismo, no tiene más sentido que cualquier otro que pudiera haberse aceptado. En el universo reina el caos, y el barniz de normalidad y equilibro que parece gobernar a las sociedades humanas no es, en el fondo, sino otro aspecto del desorden primigenio en el que el ser humano tiene que vivir. Las narraciones de Andrés ponen de manifiesto la arbitrariedad de lo que consideramos normal, bueno u honesto.
Como una de esas arbitrariedades se esbozan las perturbaciones producidas por el matrimonio, una institución santificada por la sociedad y que sin embargo es una máquina de deshacer vidas. La individualidad, la libertad, el gobierno de la propia persona se disuelve en el insano vínculo del matrimonio, ejemplo perfecto de ese falso orden con el que camuflamos el caos. Mientras públicamente se encomian las bondades de la felicidad doméstica, en lo recóndito del pensamiento se desea la aniquilación de quien nos roba a nosotros mismos.
No, no pases por encima de mi. No me toques. ¿Qué derecho tienes para tocarme? Mi piel es mía. Somos extraños el uno al otro y de repente estás tú aquí, atisbándome, violando mi intimidad, turbándome.
Tus ojos los tengo en todas partes. Sobre mis espaldas, sobre mis manos, sobre mis cabellos, en mi pensamiento. ¿Qué quieres aquí? Ya sabes todo los mío; conoces mis calzoncillos, Ana.
[...] Sí, yo te amo, Ana. Yo te amo entrañablemente; pero no encuentro comodidad en este cubo; es muy estrecho de mi lado y muy ancho del otro, y también es demasiado ancho de mi lado y demasiado estrecho del otro, y está sucio, oscuro, podrido.
¡PO-DRII-DOO!
Así, Andrés mata a su hijo recién nacido para concederle una gracia: librarle de la vida en un mundo incomprensible, absurdo, violento. Andrés trata de explicarle el mundo de los hombres a su pequeño, pero se sabe incapaz y opta por evitarle el sufrimiento de vivir hipócritamente en un mundo que, mediante arbitrariedades, trata de disfrazar la conveniencia de unos pocos en la ley que rige las vidas de la mayoría.
Pero Andrés pagará caro su acto de insumisión. La mayoría, bien enseñada, pondrá en marcha los mecanismos que deben preservar su continuidad. Ante un crimen que la escandaliza, que no comprende, que achaca a la maldad de un hombre y no a la perversidad de la sociedad, se permite a sí misma infringir sus propias leyes (las mismas que un sólo individuo jamas debe desobedecer), para darle el castigo que merece por el desacato patente del orden establecido.
Pero Andrés ya estaba muerto antes de que la turba clamase por su ajusticiamiento. Y tal vez todo no haya sido más que el sueño de un ahorcado, de quien se excluye a sí mismo de vivir el sueño de los demás.
Función en el colegio – Orio Vergani
12 de Marzo de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
La nueva editorial Libros del Silencio se presenta en sociedad con unos cuantos títulos sacados del cajón del olvido literario. Función en el colegio es una buena muestra de ello: obra de un desconocido escritor y periodista italiano, Vittorio Vergani, y publicada en 1940, apenas se la ha tenido en cuenta dentro del canon de la literatura italiana, como se apunta en el prólogo. Los motivos, como siempre en estos casos, serán de lo más variado, aunque es bien cierto que el libro, siendo como es de una sentimentalidad subyugante, no deja de representar un ejemplo menor dentro de textos de características similares.
Y es que la novela de aprendizaje o de formación es difícil de construir sin caer en algunos excesos. En el caso que nos ocupa, Vergani ofrece momentos de una indudable calidad, pero también tropieza en fallos ornamentales que hacen que la novela discurra por los tópicos más arriesgados. Con todo y con eso, los méritos del autor llevan al extremo la introspección psicológica y hay páginas de una belleza indiscutible.
La peripecia de Función en el colegio es tan nimia como engañosa: Mario, un huérfano de catorce años, vive en una pequeña ciudad italiana (Viterbo, nunca nombrada); entre sus compañeros de clase está el acaudalado Giorgio, que le invita a la función teatral que se celebra en el colegio de su hermana Emilia. Mario, en plena efervescencia juvenil, cree enamorarse de la chica y se debate entre su timidez y la impaciencia de su deseo. El desenlace, inesperado, tendrán que averiguarlo en el libro…
La historia es tan sencilla que podríamos pensar que no da para armar toda una novela, pero lo cierto es que Vergani construye una aventura más psicológica que física: tenemos acceso al mundo interior de Mario y es ahí donde recae el peso de la trama. El pensamiento de ese adolescente (narrado, eso sí, desde una perspectiva formal adulta, dando forma y estilo a sus ideas) es el que se desarrolla ante nuestros ojos y convierte las acciones intrascendentes -la función de teatro, la asistencia al carnaval, la reyerta entre dos de sus amigos- en sucesos tan épicos como significativos. El mundo de la adolescencia, repleto de pequeñas heroicidades y fracasos, se expone con una simplicidad que pone de relieve la importancia que Mario otorga a cada uno de esos sucesos, aunque el lector asista a ellos con una sonrisa en los labios.
Sin embargo, lo que destaca en la novela es la belleza de las descripciones: no tanto las geográficas o físicas, sino las impresiones que el joven protagonista capta y que se narran con exquisita minuciosidad, siguiendo una tradición de resonancias proustianas. Las percepciones de Mario, aunque en ocasiones edulcoradas por un exceso de minuciosidad, suelen deparar momentos muy hermosos:
Emilia está encerrada allí, defendida por cien murallas y por cien guardianes, en aquel frío palacio relegado entre una plazuela solitaria y un parque húmedo; vigilada por cien ojos que atisban todos los caminos. Hay que forzar cien cadenas: eludir el avaricioso espionaje del tío, la mirada implacable de los tenderos, la atención cautelosa de las viejas que hacen calceta tras los cristales de los balcones, el silencio de la plazuela, la vigilancia de la portera. ¿Y después? Será una espera inútil; un día, dos, diez, un mes, un año… junto a los muros impenetrables del colegio. Seguramente Emilia no saldrá nunca cuando Mario pueda ir a esperarla.
Los pequeños descubrimientos, los detalles que parecen banales, las visiones fugaces se transforman, gracias a la meticulosa pluma de Vergani, en una fuente inagotable de sentimientos a flor de piel. Bien es cierto que hay momentos en los que ese puntillismo narrativo bordea el límite, coqueteando con la inocencia y el exceso emocional, pero en general el autor mantiene el tipo y la novela transcurre con una fluidez lánguida y hermosa. Función en el colegio no será una revelación narrativa, pero sí es cierto que sorprende por su intensidad emocional y la frescura de su acercamiento a la primera adolescencia.
Anna Karénina – Lev N. Tolstói
10 de Marzo de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Después de leer por segunda vez Anna Karénina uno llega a la conclusión de que el calificativo “novela total” queda empequeñecido ante la magnificencia de una obra que llega a tocar tantos y tantos temas desde una perspectiva tan humana. Quedarse en la independencia de la mujer o la valentía de romper con las convenciones sociales sería quedarse muy corto.
Creo, después de este nuevo adentramiento, que Tolstói se preocupó sobre todo por representar la búsqueda de la felicidad: todos los personajes, desde la propia Anna, pasando por el infeliz Nikolái o Stepán, hasta —sobre todo— Konstantín Levin, sólo tratan de encontrar una forma de acomodarse a la vida sin sufrir demasiado. Y en casi todos los casos sus tentativas terminan en fracaso: bien de modo abrupto, como en el caso de la protagonista homónima, bien de manera atemperada, como ocurre con Levin.
Aunque buena parte de la novela se centra en la relación entre la adúltera Anna y el noble Vronski, lo cierto es que el inocente Levin es el personaje que mejor encarna el objetivo del que hablaba. Konstantín duda continuamente de cualquier cosa: de su papel como propietario y administrador de su hacienda, como marido o como humilde ser humano. Sus preguntas y su desesperación son mostradas por Tolstói con crudeza, pero sin severidad: no hay juicios sobre el personaje (sobre ningún personaje, en realidad), ya que el autor se limita a mostrar su flujo de pensamiento sin cortapisas.
En ese sentido, Anna Karénina es una novela realmente moderna, ya que anticipa en buena medida los elementos técnicos que unos años después explotarían los Joyce, Proust, Woolf, etc. Pero en manos del maestro ruso el flujo de conciencia de sus protagonistas cobra un valor ético: las ideas, las dudas, los deseos y los miedos de Levin, de Kitty o de Anna no sólo se describen con minuciosidad con un propósito literario, sino con un marcado interés antropológico. La obra no es tanto una novela de ideas, de tesis, sino una continua profundización en la moral de los personajes, una serie de preguntas que casi nunca tendrán respuesta, pero cuya formulación ya constituye un proceso de autoconocimiento (también para el lector).
De ahí que el final trágico de Anna, por ejemplo, no sea explicado con claridad meridiana. ¿No era bastante el amor de Vronski?; ¿fue demasiado fuerte la presión social?; ¿sintió la heroína que su amante no renunciaba a tanto como ella?; ¿los acontecimientos acaban por vencer su fortaleza? Puede haber distintas interpretaciones, como es lógico, pero lo importante es la cantidad de dudas que se plantean y que pueden conducir a reflexiones harto diversas. El comportamiento humano, parece insinuar Tolstói, no es susceptible de verse reflejado —y limitado— de manera evidente. Las reflexiones de Levin que dan término al libro son una buena muestra de todo ello. Su duda va más allá de sí mismo; ni siquiera está seguro de que su comportamiento bondadoso sea la respuesta a sus preguntas éticas y metafísicas. Sin embargo, intuye que debe seguir dudando para cobrar conciencia plena de sí y actuar como un auténtico ser humano.
Y es que la imposibilidad de alcanzar la certeza, ya sea en forma de felicidad o de armonía, planea sobre toda la novela. No cabe duda de que Tolstói quiere mostrar que la lucha del ser humano por conseguir la estabilidad está perdida de antemano. Aunque… ¿para todos? Curiosamente, los personajes que no tienen ninguna duda acerca de su comportamiento y que terminan tan desenfadados como al comienzo son los más censurables desde el punto de vista moral o bien, por el contrario, los más desgraciados: Stepán, que engaña a su mujer y que se ahoga en deudas para mantener su disoluto tren de vida; Seriozha, el hijo de Anna, cuyo destino parece estar sometido a los caprichos de otras personas y nunca de él mismo; Dolly, abnegada esposa y madre, incapaz de rebelarse o siquiera llegar a pensar en la posibilidad de plantar cara… Sólo en el dolor o en la despreocupación parece encontrarse el equilibrio. Y, sin embargo, los esfuerzos de Levin por comprender su lugar en el mundo o los desvelos de Anna por alcanzar la felicidad se nos antojan mucho más meritorios, a pesar de ser fallidos. Quizá por eso no arriesgue mucho al decir que Anna Karénina nos hace mejores: el libro corrobora nuestra necesidad de cuestionarlo todo, nuestra constante lucha con nosotros mismos por comprender cuál es nuestro sitio, qué hacemos aquí: las certezas son casi siempre cuestionables y fruto de la ceguera, la mentira o la obnubilación, mientras que en la duda nos hacemos más humanos.
No cerraré la reseña sin dedicar un par de líneas a elogiar el espléndido trabajo que Víctor Gallego ha llevado a cabo con la traducción de la novela (con motivo del centenario de la muerte de Tolstói). Aun sin tener conocimientos de ruso, es evidente que su esfuerzo nos sirve una novela brillante, ejemplarmente volcada al castellano y con una prosa serena. Una auténtica joya literaria que nadie debería echar en falta.
Más de Lev N. Tolstói:
El fuego – Henri Barbusse
8 de Marzo de 2010 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Eso no son soldados, son hombres. No son aventureros, guerreros hechos para la carnicería humana (o carniceros o ganado). Son jornaleros y obreros y se les reconoce a pesar de sus uniformes. Son civiles arrancados de cuajo de su sitio. Están a punto. Esperan la señal para morir o matar, pero se ve, al contemplar sus rostros entre los rayos de las bayonetas, que son simples hombres.
Con el subtítulo Diario de una escuadra, concluyó en diciembre de 1915 Henry Barbusse su novela El fuego, basada en sus propias experiencias como soldado de infantería en la Gran Guerra. Una novela terrible y hermosa a la vez que describe las miserias padecidas por los hombres enviados a morir en las trincheras en nombre de la patria —ese hermoso concepto que unos esgrimen, pero por el que otros mueren.
La vida llena de privaciones del frente es descrita por Barbusse de una forma lírica y tremendista por igual. El hambre, la suciedad, los piojos y el frío atacan a los soldados con la misma ferocidad que los obuses enemigos. No hay un instante de reposo para ellos: en las trincheras duermen en agujeros escavados en el barro, viven pendientes de la entrega irregular de los alimentos o improvisan abrigos con telas y pieles, que los convierten en un inmenso ejército de menesterosos. Un ejército que marcha durante seis horas en la oscuridad para comenzar a construir una trinchera bajo el fuego alemán, o que carga para conquistar una posición enemiga. Un ejército donde no hay heroísmos, únicamente desesperación, cansancio y necesidad.
Barbusse es un observador atento que describe la vida de su brigada como si de la de un único hombre se tratara. Sin sentimentalismos ramplones, transmite la idea de que ese puñado de hombres que componen la brigada, todos de distintos orígenes y edades y reunidos por el azar de la guerra, se han convertido en algo parecido a una familia fuertemente unida por la necesidad, y sólo separada por la muerte.
La novela, construida en gran parte a base de los diálogos que mantienen los soldados, adquiere un tono vivaz y realista que acerca la verdad cotidiana de la existencia que esos hombres conocieron. Para ellos la muerte está tan presente que apenas piensan en ella, sus preocupaciones se centran en la hora del rancho, en el cuarto de vino que podrán beber o en protegerse del frío. El futuro es algo incierto, improbable, hacer planes no merece la pena. El único deseo es que la guerra acabe y, a veces, brilla por un instante la esperanza de conservar aún la vida cuando eso suceda.
— Y aquí estamos, aguantando —refunfuña Barque.
— Es lo que hay que hacer —dice Paradis.
— ¿Por qué? —interroga Marthereau sin convicción.
— No hace falta ninguna razón, porque es lo que hay que hacer.
— No existe ninguna razón —afirma Lamusse.
— Sí que existe —contradice Cocon—. Y es… Mejor dicho, hay muchas.
— ¡Cállate la boca! Mejor que no haya ninguna, puesto que hay que aguantar.
— Aún así —dice sordamente Blaire, que no deja escapar ninguna ocasión para recitar su estribillo—, aún así, lo único que quieren es nuestro pellejo.
— Al principio —dice Tirette—, pensaba un montón de cosas, reflexionaba, calculaba. Ahora yo ya no pienso.
— Yo tampoco.
— Yo tampoco.
— Yo nunca lo he intentado.
Y no obstante, son vagamente conscientes de que ellos se juegan la vida para que todo siga como está. Para que los “escaqueados” que permanecen en la retaguardia por enchufe o gracias a triquiñuelas, y los civiles que disfrutan en la retaguardia de las mil comodidades de las que ellos se ven privados, puedan volver a enviar a otros a la muerte si llega el caso. Mientras ello sufren y mueren destrozados por los obuses en el barro (y Barbusse hace gala de una gran destreza descriptiva para presentar los cadáveres mutilados, los heridos, el panorama desolador de la tierra aniquilada), los civiles viven creyendo que el frente tiene el brillo de oropel de un magnífico desfile militar, o bien consideran que su aportación como comerciantes u oficinista tiene el mismo valor que la sangre derramada.
Una reflexión, que sale del pecho de los soldados como un grito, cierra el libro. La guerra sólo merece la pena si de su horror surge la igualdad entre los hombres. Porque si la igualdad nace, no habrá mas guerras: su sacrificio no habrá sido en vano. No quieren la gloria, moneda sin valor con que la sociedad recompensa a sus héroes; quieren el progreso, entendido como la posibilidad de ser hombres, de ser libres e iguales, de que nadie tenga la potestad de enviarles a la muerte. ¿Lo consiguieron?
Más de Henri Barbusse:
El hijo del futbolista – Coradino Vega
5 de Marzo de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Puede que, como reza su contraportada, El hijo del futbolista sea una novela de aprendizaje; no obstante, creo que el libro va un poco más allá y explora el territorio ignorado entre la comprensión (fruto de ese proceso) y la ignorancia inocente. Coradino Vega ha construido un texto de una hermosa simplicidad, en el que los secretos que se revelan son menos importantes que la estabilidad que precedió a su descubrimiento.
Martín, un joven que se prepara para dar el salto del instituto a la universidad, habita en un pequeño pueblo del sur de España, dedicado a la minería desde que una explotación inglesa se instaló en él a finales del siglo XIX. La vida en ese lugar ha girado siempre, de un modo u otro, en torno a ese dominio silencioso: el destino de casi todos los lugareños estuvo en manos de los propietarios de esas minas durante casi un siglo. Para Martín todo eso constituye un pasado remoto; simples historias que escucha de boca de sus abuelos o de los padres de sus compañeros de clase. Pero las preguntas que le asaltan, las sospechas de que la existencia idílica de ese remoto paraje no es lo que parece harán que el muchacho tome partido por primera vez en su vida, escribiendo un artículo para una publicación escolar.
El hijo del futbolista se centra en las consecuencias que tiene para Martín (y, por extensión, para otros personajes) el querer saber; la curiosidad, primer paso del conocimiento, es siempre deseable, pero sus resultados pueden no ser los esperados. La inocencia del protagonista le impide comprender el alcance de la situación social que trata de investigar; una inocencia que no es sólo fruto de su edad, sino de una situación sociocultural cómoda y que no le suscita pregunta alguna. El valor de Martín es auténtico, como lo es su afán por descubrir la verdad, pero esa verdad, inevitablemente, le aparta de su concepción maniquea del mundo.
Vega contrapone así, con una dialéctica directa y clara, la necesidad de revelar secretos frente a la de comprender y contemporizar. Nada es tan sencillo para Martín como acusar de inacción o de pasividad, pero su propio comportamiento rechaza esa facilidad de juicio; no hay héroes o cobardes, pero sí responsables o necios.
Para llegar a esa conclusión, el autor se vale de una narración que, sin modernidades estridentes, profundiza con minuciosidad en Martín y en la vida de ese pequeño pueblo, trasunto de todo un país. Así, las luchas de su padre, entregado a una vida que parece no querer, de su abuelo, aparentemente marchito por culpa de los ingleses, o de sus compañeros, indecisos ante los primeros pasos de su verdadera vida como adultos, van conformando un muestrario de actitudes que ensalzan el valor de afrontar la vida sin ideas preconcebidas. Incluso el primer amor, cliché donde los haya dentro de una novela de aprendizaje, se aborda desde la perspectiva de la duda, la ignorancia y el temor.
Merece la pena adentrarse en El hijo del futbolista por su honradez, tanto en la forma como en sus ideas. Quizá a estas alturas del cuento la etiqueta de autor comprometido sea un sinsentido, pero me parece que a Coradino Vega se le puede aplicar si la entendemos como una expresión de solidez, de honestidad y de entereza. En su sencillez se puede encontrar una historia que sólo tiene de simple su planteamiento inicial, y que nos hará reflexionar a fondo sobre elementos que creemos dar por sabidos en nuestra cotidianidad. Dense un placer y léanla.

