La armadura del capitalismo – Alejandro Teitelbaum
2 de julio de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
A estas altura parece una obviedad decir que estamos a merced del capitalismo, pero lo cierto es que es así, y libros como La armadura del capitalismo nos muestran algunos de los entresijos que no podemos ver, pero que existen y hacen de nuestras vidas algo mucho más complicado de lo que podrían ser. Y, por si hubiese alguna duda acerca del carácter depredador y peligroso de las multinacionales que se estudian en este ensayo, valgan estas palabras de Percy Barnevik, un director ejecutivo de Asea Brown Boveri: «Yo definiría la mundialización como la libertad para mi grupo de invertir donde quiere, el tiempo que quiere, para producir lo que quiere, aprovisionándose y vendiendo donde quiere, teniendo que soportar el mínimo de obligaciones en materia de derecho laboral y de convenios sociales.»
Básicamente, lo que Alejandro Teitelbaum trata de poner de relieve en este libro es que las sociedades transnacionales, con el auspicio de los gobiernos, intentan someter el funcionamiento de la economía a su estrategia, que no es otra que maximizar sus beneficios «apropiándose por cualquier medio del fruto del trabajo, de los ahorros y de los conocimientos tradicionales y científicos de la sociedad humana». Para lograr ese propósito no dudan en ejercer todo el poder que tienen, que es mucho, en detrimento de cualquier clase de derecho social, incluso humano, que puedan considerar como obstáculo. Buena prueba de ello es el enorme negocio que se genera (que ellas mismas se esfuerzan por generar, con la inestimable aquiescencia de los gobiernos de turno —y olviden las siglas, porque cualquier gobierno está siempre de su parte, como pueden comprobar en Europa últimamente—) cuando acaece algún desastre natural o se pone en marcha un conflicto bélico: lo que Joseph Schumpeter denominó con cruel ironía «destrucción creativa», ya que se dan oportunidades de cambio económico que las empresas aprovechan con voracidad sin par.
Además, otro error extendido consiste en pensar que estas grandes corporaciones son creadoras de empleo y, por tanto, de riqueza para una mayoría de población. En realidad, casi todas las grandes corporaciones son empresas “fantasma” que concentran la actividad financiera y subcontratan o controlan la actividad productiva que realizan otras empresas más pequeñas; es decir, que lo único que hacen es apropiarse del valor creado por la economía real, generando dividendos para los accionistas. Con esa apropiación, además, se produce un empeoramientos de las condiciones de trabajo en las empresas subcontratadas y un reparto desigual entre el capital productivo y el capital financiero; por supuesto, en beneficio del segundo.
El poder político, que en teoría debería velar por el bienestar de la ciudadanía, sirve ahora a las grandes transnacionales, de manera que la mayor parte de la población queda desamparada ante los atropellos que se llevan a cabo de manera continua a lo largo y ancho del globo. No sólo los gobiernos nacionales, sino que las grandes instituciones internacionales, tales como la ONU, la Organización Mundial del Comercio, por no hablar del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional, están por completo al servicio de los intereses de un puñado de corporaciones que rigen los destinos del mundo con la mente puesta únicamente en los beneficios que pueden obtener. Un par de datos de muestra: en 2008, la reina Isabel II de Inglaterra, una de las mujeres más ricas del mundo, recibió 523.000 euros en concepto de subvención del Fondo Europeo para la Agricultura. Por su parte, la Organización de las Naciones Unidas incorporó a su cúpula de toma de decisiones en el año 2000, mediante un acuerdo conocido como Global Compact, a 44 multinacionales (entre las que se encuentran Shell, Nike o Novartis, todas ellas conocidas por haber infringido derechos humanos, laborales o medioambientales) como representantes de la sociedad civil.
Este panorama desolador sirve al autor para aventurar unas cuantas propuestas legales para poder llevar a juicio o tratar de poner trabas a algunas medidas que estas empresas llevan a cabo en detrimento del bienestar general. El alegato final de Teitelbaum es bastante elocuente: cada persona debe comprender que «la solución no es individual, defendiendo su estatus de consumidor o tratando de alcanzarlo —el espejismo de la “movilidad social”—, sino que es colectiva, y que consiste en transformar radicalmente el sistema». Pueden empezar por aquí. Y después, por favor, sigan.
El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan – Patricio Pron
22 de febrero de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Con este título tan curioso se edita una recopilación de relatos que el argentino Patricio Pron ha ido publicando en los últimos años en diferentes medios y antologías. Los textos, por tanto, no tienen una continuidad más o menos reconocible, si bien todos ellos se ubican en la Alemania que el escritor conoce de primera mano y toman como protagonistas a personas que, de un modo u otro, se sienten ajenas al lugar donde están.
Definir la narrativa de Pron en unas pocas líneas es difícil (siempre lo es con cualquier autor, por otro lado): su escritura basa buena parte de su fuerza en la presentación de situaciones y personajes de una hondura muy intensa, casi dolorosa, y en realidad el texto explicita muy poco sobre ellos. De ahí que sea complicado dar una idea de la profundidad de sentimientos que se pueden despertar leyendo algunos de estos relatos. Las tramas son evanescentes y, a decir verdad, tienen una importancia muy relativa dentro de la estructura dramática: no esperen finales sorprendentes, revelaciones inesperadas o siquiera descubrimientos inopinados; en estos relatos hay hombres y mujeres que ignoran cosas fundamentales acerca de sí mismos, o acerca de los demás, y esa tesitura implica la imposibilidad de acercarse a los otros.
“Las ideas”, relato que abre el volumen, expone este concepto con una simplicidad desconcertante. De hecho, uno de los personajes lo ilustra de forma palmaria con sus palabras: «más o menos, todos los hijos, imaginarios o no, eran sólo una idea de los padres y, como las ideas, podían olvidarse o ser dejadas de lado cuando otra idea mejor llegaba». La relación entre padres e hijos aparece en varios relatos, ya que parece que es el lazo más fuerte y, sin embargo, también el más endeble que podemos encontrar; “Tu madre bajo la nevada sin mirar atrás” o “Una de las últimas cosas que me dijo mi padre” atestiguan la importancia que para el escritor tienen los lazos familiares. La incomprensión y el rencor se mezclan con el amor incondicional, con el respeto y con el anhelo de seguridad que palpita en cualquier corazón.
El estilo de Patricio Pron se adapta a las circunstancias de estos relatos: frío, adecuado a la ambientación nórdica, preocupado por crear una poesía urbana que impacte por la fuerza de su disposición más que por su profundidad psicológica. El poder de las palabras hace que la ausencia de caracterización psicológica se vea compensada de alguna manera: «y pensarás en tu madre como ella misma pensaba acerca de sí misma en sus últimos años, alguien mirando un paisaje, su espalda curvándose ligeramente hacia adelante como si se sintiera atraída por el paisaje, como si el paisaje fuera el futuro y estuviera a punto de devorarla y ella lo supiera y se lanzara hacia adelante». La lírica sustituye a la evidencia de los sentimientos, haciendo que los personajes cobren una profundidad sin la cual los relatos quedarían inevitablemente huérfanos.
El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan apela a la intuición, a la emoción, a partes de nosotros mismos que nos solemos ocultar por miedo, vergüenza o temor. Precisamente a causa de esta apuesta por lo inmaterial, el libro resbala en ciertas partes y la propuesta de Pron queda en ejercicio de estilo sin más; algunos relatos adolecen de una planitud que quizá sea producto del despojamiento sentimental que el argentino utiliza como parte de su estilo. El lector queda a merced de sus elucubraciones, algo que siempre entraña riesgo y que no siempre (de hecho, raras veces) significa que el autor ha hecho bien su trabajo. A pesar de ello, el libro es una muestra más que digna de una literatura que puede olvidar adornos sin renunciar al diálogo íntimo con el lector.
El caníbal – Juan Terranova
12 de febrero de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
El caníbal es una obra de ficción, desde luego, pero podría ser leído como un ensayo sobre literatura sin perder en absoluto su interés y pertinencia. Quizá, de hecho, sea mucho más interesante leerlo de esta segunda manera, ya que la literariedad del texto es muy secundaria si la comparamos con el trasfondo que Juan Terranova aborda en el libro; como si de una suerte de novela de tesis se tratara, el autor plantea una situación que se resuelve no por la acción, sino por la reflexión de sus personajes.
En El caníbal tenemos a dos escritores que entablan una peculiar amistad y que les conduce hasta el punto de casi intercambiar sus carreras. Por un lado está el narrador y protagonista, trasunto del mismo Terranova, un autor con su primera novela bajo el brazo y tratando de hacerse un hueco en el panorama editorial argentino; por otro, y como un serio contrapunto, está Francisco Villegas, un enfant terrible de las letras, un escritor maduro, irónico y desengañado, que imparte lecciones literarias desde su inalcanzable posición de superioridad ideológica. ¿Superioridad? He aquí la clave de esta novela discursiva y atípica: Villegas imparte lecciones a su joven acompañante sobre cómo es la nueva literatura, sobre cómo afrontar la siempre compleja relación entre realidad y ficción y sobre cómo escribir un texto que supere la obsoleta ficción tradicional. Y lo hace a través de las charlas que ambos mantienen en un Buenos Aires solitario y con el ejemplo de decenas de recortes de prensa que le sirven para exponer la superioridad de los sucesos del día a día frente a las invenciones literarias.
En realidad, en la novela se nos ofrece una visión sobre la dificultad de poner límites a la ficción; Villegas utiliza las noticias como fuente de su escritura porque la realidad, ya saben, supera todo lo imaginable. Juan Terranova confronta así una concepción tradicional de la literatura con la inevitable asunción de que ambos conceptos se entreveran por necesidad; y lo hace mediante un juego de diálogo sarcástico e inteligente, sobre todo gracias al personaje del viejo Villegas, facundo y vitriólico, que enuncia grandes verdades a lo largo de un discurso desenfrenado. Otro tanto ocurre con el propio narrador, como por ejemplo durante la charla con un editor en la recta final de su carrera al que trata de endosar su primera obra y que tiene momentos de una lucidez terrible:
Las editoriales grandes se están achicando simplemente porque la gente no compra libros. Y están publicando lo que podríamos llamar “libros de emergencia”, autoayuda, new age, viejos autores eruditos con trayectoria que ya no escriben [...], en definitiva, libros cargados de expectativas, libros que en otras circunstancias habrían vendido mucho o podrían vender mucho pero que hoy día lo único que hacen es mostrar la poca capacidad regenerativa de esas editoriales. Autores nuevos no, porque no venden, nada de correr riesgos, pero los libros que tienen que vender tampoco venden. Excelente paradoja: ante la crisis, no innovar.
El caníbal rebosa humor e inteligencia, aunque es difícil tomársela como novela por su falta de continuidad y la ausencia de elementos estrictamente narrativos. Puede servir, por tanto, como muestra ejemplar de lo que el personaje de Villegas sostiene: «La literatura no se inventó para ser catalogada, clasificada, ordenada», dice en un momento del libro; «nace ahí donde está el deseo». Frente a propuestas contemporáneas que alardean de novedosas, pero que aportan muy poco a la narrativa, el libro de Terranova, sin ser literario en el más puro sentido de la palabra, sí que enriquece nuestra visión de la literatura merced a su agudeza.
Es difícil encontrar novedades que ofrezcan algo más que collages narrativos sin propósito aparente. El caníbal, siendo un libro poco rompedor en lo formal, sí que consigue transmitir la sensación de que la literatura todavía tiene cosas que proponer, ideas que aportar; y ademas lo hace con inteligencia y humor. No creo que haga falta más para recomendar su lectura.
Era el cielo – Sergio Bizzio
17 de agosto de 2009 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Era el cielo es una novela curiosa y en apariencia puede resultar deslavazada: avanza con saltos narrativos que no parecen proporcionar demasiada información y su estructura formal es frágil. A priori, un libro poco trabajado y con algunas carencias estructurales. Sin embargo, la incoherencia de la obra es quizá su mejor baza a la hora de presentar a su narrador y protagonista. Y es que este personaje es la gran creación de Bizzio en todos los sentidos. No es sólo que constituya una figura verosímil y sólida, sino que su construcción está llena de aristas, de dobleces que lo acercan al lector y le dotan de una profundidad insólita en un carácter de ficción.
El libro tiene un comienzo que puede llevar a error en la valoración del texto: el protagonista llega a casa y contempla la violación de su esposa a manos de dos desconocidos. Esta escena, que tendrá su relevancia hacia el final, parece diluirse poco a poco en la historia que de sus vivencias va desgranando el narrador. No hay morbo gratuito, ni tampoco intrigas trasnochadas. La violación le sirve al autor para definir, casi en su totalidad, al personaje que está creando.
Un personaje que no podemos describir sino como espectador. Un espectador de su propia vida, un hombre maduro y responsable, pero incapaz de afrontar las distintas situaciones por las que va pasando (la separación de su esposa, su inminente despido, la relación con una mujer más joven) y que se deja llevar por el fluir de acontecimientos. Un personaje que se limita a observar y registrar lo que sucede —no parece azaroso el que su trabajo sea el de guionista—, que no se involucra en ningún sentido y que evita las confrontaciones directas. Una personalidad con virtudes y defectos, con claroscuros que lo hacen muy humano y que permiten al lector reconocerse en algunas decisiones, en algunos comportamientos. Un hombre que tratará de redimirse encarando, quizá por vez primera, su responsabilidad como ser humano gracias al suceso que da inicio a la novela.
Era el cielo parece no detenerse en los detalles y se diría, a ratos, que la trama avanza a empujones, con escenas traídas a colación con aparente desenfado y que no terminan de conformar una auténtica historia, un relato coherente. Sin embargo, ese texto se cohesiona en la parte final para ofrecer una imagen completamente diferente a lo esperado. La trama cobra una relevancia inesperada, revelada con un olfato narrativo espléndido y con una sutileza desconcertante. Lo que hasta entonces parecía un cúmulo de desventuras, una relación deslavazada de las experiencias de un hombre extraviado en su madurez, se torna una fábula hermosa y cruel sobre la responsabilidad. La novela nos sitúa ante un personaje que transita desde la soledad de su apatía moral hacia un estado de aceptación: un viaje hacia la comprensión de nuestros límites y de nuestras obligaciones para con los demás.
Bizzio lleva a cabo este giro con una escritura directa y con algunas fisuras; un monólogo con altibajos, como los que sufre el protagonista que narra. Nada se da por sentado, no hay pontificaciones ni verdades absolutas. Pero ojo: tampoco hay insinuaciones y no se abusa de la capacidad de sugerencia de la literatura. El autor sabe hacia dónde se encamina el texto, pero no le regala información al lector. Era el cielo contiene respuestas, pero no están explicitadas en la novela: el escritor busca no sólo la complicidad del lector, sino su competencia. De ahí que el comportamiento de su protagonista huya de estereotipos y maniqueas posturas: en la fragilidad del ser humano, parece decirnos el autor, se encuentra su valor, su entereza.
La novela merece la pena por lo desusado de su sinceridad. Sin personajes planos, sin mediocres y efectistas tramas, Era el cielo se centra en ahondar en nuestra naturaleza con una mirada inteligente y actual. No crean que eso es poca cosa.
El mar de todos los muertos – Javier Argüello
1 de diciembre de 2008 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Es difícil hablar sobre “El mar de todos los muertos”: difícil porque es una novela etérea, evanescente, que se difumina en el horizonte de la memoria como el oleaje en el horizonte.
Esta frase, que podría ser (salvando las distancias) propia de un texto de contraportada, no sirve aquí como acicate para la lectura del libro ni como encomio para exaltar sus virtudes. “El mar de todos los muertos” es una obra vacía, insustancial, que se pierde en lagunas estilísticas y en vericuetos narrativos absurdos, sin trama reconocible y sin personajes que sustenten la historia. Javier Argüello es un buen narrador y tiene solvencia para estirar una situación tan extraña como la que da origen al libro: un escritor aquejado de un tedio irremediable se marcha a una casa solitaria en Mallorca; allí empieza a relacionarse con una serie de personajes extraños, algunos reales y otro producto de su mente, su memoria y su imaginación. Este argumento tan endeble, aunque con un encanto insoslayable, es lo que da pie al autor para poner en pie una historia que se desmorona por la falta de enjundia; y es que tal vez Proust pueda convertir acontecimientos nimios en pasajes cargados de emoción, pero Argüello no es Proust.
La novela se lastra debido al esfuerzo del escritor por convertir detalles sin importancia en acontecimientos trascendentes y cargados de emoción: uno termina la lectura sin tener claro si había algo que Argüello desease contar, o desease mostrar. Hay momentos bellos, es cierto, y pasajes que consiguen reflejar la soledad del escritor y su lucha con la fuerza de la creación artística. No obstante, un libro de más de doscientas páginas se resiente si no existe un planteamiento que lo sustente, alguna idea (o ideas) que pueda entreverse en su lectura. “El mar de todos los muertos” no deja de ser una frivolidad, a ratos exquisita, pero en su mayor parte tremendamente monótona. La historia de Joaquín, el escritor que se retira hastiado de todo para encontrarse a sí mismo (o quizá perderse), no parece mala base para construir un relato de autodescubrimiento, o plantearse dudas razonables sobre el impulso creativo y su perduración en el tiempo. Por ahí parecen ir los tiros al comienzo de la novela, de hecho, pero Argüello se desnorta pronto y comienza a relatar, con un alarde ingente de pormenores, episodios accesorios que, lejos de contribuir a la formación de la imagen del personaje, no hacen sino confundir, enturbiar y, lo que es peor, aburrir.
Así, el libro se construye mediante una sucesión de instantes, o escenas, sin demasiada ilación y que apenas aportan nada al conjunto narrativo. En algunas de ellas Argüello da lo mejor de sí, como por ejemplo en la particular “bajada a los infiernos” de Joaquín, que descubre a una tía suya viviendo en un espacio subterráneo bajo la casa que él habita. Las metáforas se acumulan con la intención de crear una historia que oscile entre la especulación onírica y la ensoñación estética, pero el resultado, insisto, es un abigarrado conjunto de momentos poco dramáticos y sin sentido.
Más allá de algunos destellos ocasionales, “El mar de todos los muertos” es una novela árida y banal, que se pierde en insustancialidades y que desbarra en su planteamiento original. La prosa de Javier Argüello hace de esta prestidigitación literaria un entretenimiento ocasional, pero no consigue que el libro embelese y que la trama progrese hasta un punto interesante. El consejo de uno, como podrán figurarse, es que dediquen su tiempo de lectura a cualquier otra cosa.
