Por qué el mundo está a punto de hacerse mucho más pequeño – Jeff Rubin
15 de febrero de 2010 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Para Jeff Rubin, un reputado economista canadiense, la presente recesión mundial no tiene su origen ni en las hipotecas basura ni el estallido de la burbuja inmobiliaria; a su parecer, esta crisis dio comienzo, al igual que todas las que han sacudido el planeta desde los años cincuenta, con el encarecimiento del combustible que mueve la economía global: el petróleo.
El autor considera que el pico del petróleo —momento en que se alcanzará la máxima producción de crudo, que después descenderá con gran rapidez— está cercano; y mientras tanto, la dependencia de nuestras sociedades de los combustibles fósiles no hace sino crecer. A pesar de los avances en eficiencia energética, el consumo de hidrocarburos en Occidente no ha cesado de aumentar: por ejemplo, la cantidad de energía necesaria para generar una unidad de PIB en EEUU se ha reducido en un 50% en los últimos treinta años, pero su consumo de petróleo ha aumentado en un 20%. A la demanda de los países desarrollados se une ahora la de los países emergentes, como China, India o Brasil, que con sus industrias intensivas en energía, aumentan su consumo de barriles años tras año.
Esa desigualdad entre oferta y demanda solo puede conducir, aplicando las teorías básicas de la Economía, a un encarecimiento del precio del petróleo. Y las consecuencias económicas de un petróleo caro ya las conocemos: basta con echar la vista atrás y recordar el parón que sufrió la economía mundial como consecuencia de las crisis provocadas por la OPEP en la década de los setenta.
De hecho, Rubin nos señala los precios de tres dígitos (casi 150 dólares/barril) que el crudo alcanzó en el primer semestre de 2008 como el origen de la presente recesión. Y si bien los altos precios dan lugar a una inmediata contracción de la demanda, que a su vez provoca una caída de los precios, estos nunca vuelven a estar tan bajos como antes de la subida. Y, desde ese suelo, volverán a elevarse en cuanto la recesión comience a aflojar y la demanda de energía crezca de nuevo.
Un aumento de la producción se considera ya una quimera, pese a las promesas de las compañías petroleras. Cada vez queda menos petróleo convencional (el de fácil extracción) y el no convencional requiere invertir demasiado dinero y, sobre todo, demasiada energía, lo que no lo convertirá en combustible barato. Por otra parte, las energías renovables y los biocombustibles no pueden ser contemplados, hoy por hoy, como una alternativa realista, dadas las enormes necesidades de energía que requiere mover nuestras economías.
En consecuencia, Jeff Rubin apuesta por una vuelta al mundo local que existía antes de la globalización. Si los capitales huyeron hacia aquellos mercados laborales que ofrecían la mano de obra más barata, a la vez que extendían sus mercados por todo el planeta, gracias a la oportunidad que brindaba un transporte barato, basado en un combustible barato, ahora volverán a casa. Ya no tendrá sentido importar acero desde China, o lechuga desde Argentina, porque la ventaja económica que otorgaban los bajos salarios, será absorbida por los costes del transporte.
Sin lugar a dudas, los precios subirán, pues la mayoría de productos ya no se podrán fabricar a bajo coste. Y dejaremos de disfrutar de esos millares de artículos que ahora nos llegan desde el otro lado del globo. Los altos precios de la gasolina nos obligarán a mover menos el coche y a buscar un empleo lo más cercano posible a nuestra casa. Y nuestro ocio, casi siempre intensivo en energía, tendrá igualmente que cambiar.
Ese nuevo mundo local que nos esboza Jeff Rubin parece muy prometedor: más sostenible y más limpio, pero también con mayor tasa de empleo, una vez regresen aquellas empresas e industrias que habían huido en busca de mano de obra barata a la que explotar.
No obstante, y dada la evolución económica y social que hemos visto en los últimos cincuenta años, sería pecar de un absurdo optimismo el creer que ese idílico porvenir esté a la vuelta de la esquina. El propio Rubin defiende la globalización como algo positivo, puesto que permitió a los ciudadanos occidentales tener acceso a un montón de productos a bajo precio. Sobre la pérdida de poder adquisitivo de esos mismos ciudadanos, o sobre quién se enriqueció obscenamente con la venta de esos productos que eran baratos gracias a la explotación de los trabajadores, no menciona nada.
Así pues, podemos estar seguros de que, como la globalización, el nuevo mundo que nazca de la escasez de petróleo beneficiará a unos pocos (los mismos de siempre) y perjudicará a la mayoría. Como aperitivo tenemos la presente crisis.
La lira de Orfeo – Robertson Davies
27 de noviembre de 2009 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Con ésta son ya seis las novelas que uno ha leído (y reseñado) de Robertson Davies y no puedo sino seguir insistiendo en la necesidad de leerlo. Por muchas razones, pero quizá la principal sea que Davies consigue que disfrutemos de la experiencia de la lectura con una inocencia olvidada, con una pasión purísima que, al menos a uno, le devuelve a aquellos momentos de la infancia en la que los primeros libros forjaron la compulsiva necesidad de leer.
En La lira de Orfeo se pone punto y final a la Trilogía de Cornish, en la que la historia se centra en la figura del difunto Francis Cornish, un misterioso mecenas canadiense. En los dos libros anteriores la trama giraba en torno al legado del millonario y a su propia (y excéntrica) biografía; sin embargo, en este último libro Davies se inclina más bien por ofrecer una historia acerca del arte y las dinámicas que puede generar en su manifestación más mundana. Aunque los caracteres principales son viejos conocidos (el sobrino de Francis Cornish, Arthur; el profesor Simon Darcourt; la otrora estudiante y ahora esposa de Arthur, Maria), nos encontramos con una plétora de personajes que se embarcarán en el ambicioso proyecto de montar una ópera basándose en una inacabada obra de E.T.A. Hoffmann. Así, el autor nos presenta a una joven y rebelde estudiante, encargado de llevar a cabo el proyecto como trabajo para conseguir el doctorado; a su tutora, una musicóloga sueca de apabullante personalidad; al director de la ópera, Geraint Powell, un escocés apuesto y parlanchín… En fin, a todo un elenco de personas que, con mayor o menor protagonismo, configurarán el reparto no sólo de la obra que pondrán en escena, sino del propio libro.
Como siempre, Robertson Davies hace gala de un estilo desenfadado que, no obstante, tiene la capacidad de encerrar toda suerte de reflexiones acerca de las personas y su comportamiento. La altivez de Powell, por ejemplo, termina por revelarse como una pose artística que le mantiene firme ante su inseguridad acerca de la viabilidad de la ópera; la seguridad de Arthur Cornish en los negocios se contrapone con su incapacidad para comprender a su mujer; Maria, por su parte, contempla de forma pasiva cómo su vida se le ha escapado de las manos al casarse con un hombre inmensamente rico y siente que sus ambiciones han quedado relegadas a un segundo plano. Todo ello aderezado con las peleas, frustraciones y envidias que provoca el montaje de la ópera entre los integrantes del reparto y los encargados de llevarla a cabo.
Davies tiene una capacidad especial para divertir al lector, pero sin perder un ápice de profundidad en sus texto. Puede que el término «profundidad» suene muy ampuloso, aunque en realidad con él me refiero al sentimiento, a la habilidad para poner de relieve los sufrimientos de los personajes sin que por ello el ritmo decaiga o la trama se resienta. La lira de Orfeo divierte, y mucho: los diálogos son chispeantes, los protagonistas son ingeniosos y las situaciones son rocambolescas; sin embargo, todo ello no obsta para que uno termine la lectura habiendo sentido cada emoción de los personajes, sabiendo un poco más acerca de las envidias y los sueños que nos carcomen día a día. Sin necesidad de alharacas literarias, ni de posmodernas formas de narrar, Robertson Davies crea una historia poderosa, de una hondura apenas perceptible, pero muy sólida, y con un envoltorio exquisito.
Quizá en estos tiempos que corren el hecho de recomendar a un escritor (entre otras cosas) por el hecho de que leer sus libros es divertido sea considerado una frivolidad, cuando menos. Y, sin embargo, es lo que pienso hacer: lean a Robertson Davies; léanlo porque, por encima de su indudable talento para contar historias, de sus ingeniosos y facundos personajes, de sus tramas inteligentes, van a encontrar a un autor entretenido como pocos. No les defraudará.
Más de Robertson Davies:
- Ángeles rebeldes
- Lo que arraiga en el hueso
- Mantícora
- El mundo de los prodigios
- El quinto en discordia
Lo que arraiga en el hueso – Robertson Davies
29 de junio de 2009 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Si con “Ángeles rebeldes” Robertson Davies nos introducía en el fascinante e inmisericorde universo de los cenáculos universitarios, en “Lo que arraiga en el hueso”, segunda parte de su Trilogía de Cornish, opta por dar un paso atrás en el tiempo para narrar la vida y milagros de Francis Cornish, protagonista indiscutible de este libro e indirecto del primero, como recordarán.
Como ya ocurría en su Trilogía de Deptford, el escritor canadiense utiliza personajes y circunstancias para remontarse en el tiempo, aprovechando para iluminar ciertos aspectos de la personalidad de alguna de sus creaciones, o bien para poner en primer plano acontecimientos que tendrán una importancia capital en el devenir del conjunto narrativo. En este caso, Francis Cornish vuelve a la vida para convertirse en centro de una novela plagada, como es habitual en Davies, de intelectualismo, sabiduría y aventuras, todo ello mezclado con una prosa directa y hermosa, sin demasiadas concesiones a la poesía, pero eficaz como pocas. En esta ocasión, el autor introduce un recurso insólito para mostrar la historia de Cornish sin tener que remontarse directamente al pasado: su daimon Maimas y un ángel llamado Zadkiel evocan las peripecias del humano al que velan, formando así la narración que nosotros leemos.
Sí, sí, como lo oyen. Ángeles contando cuentos. Si no fuese porque, en realidad, ese detalle apenas tiene importancia para el desarrollo de la trama, cualquiera podría echarse las manos a la cabeza, y con razón. Porque el recurso de echar mano de un narrador externo para contar una historia es tan viejo como el tiempo, e incluso se han utilizado narradores de todo tipo y condición (hasta muertos), pero en este caso esa opción es tan inverosímil, tan absurda, tan superflua, que casi podría uno avergonzarse de Davies como escritor. No sólo por el hecho de utilizar a esos dos entes como observadores, sino porque su inclusión no aporta nada al texto: se limitan a comentar las acciones de Cornish desde una posición que podríamos calificar —de forma benévola— como inocente y banal; sus apariciones en ciertos momentos de la narración son anodinas, exasperantes y no introducen elementos que puedan enriquecer la historia, o bien interpretarla. Parece mentira que un autor como Davies, que tan bien urde la trama y sabe hilvanarla con la sucesión de acciones de sus personajes, haya errado de manera tan clamorosa en este libro.
Afortunadamente, si el lector obvia las apariciones estelares (quizás nunca mejor dicho) de estos dos seres se encontrará con una novela muy hermosa que muestra de forma contundente la historia de un hombre hecho a sí mismo por medio de su inteligencia y perseverancia. El personaje de Francis Cornish va cobrando una entidad inusitada conforme avanza el texto, y hacia la mitad del libro su periplo artístico y vital se convierte en una auténtica metáfora del esfuerzo humano por la superación personal y en un bello canto al poder del ideal creador. Con su estilo vigoroso y sugerente, Robertson Davies construye una figura casi heroica, aunque aquejada de debilidades, que se sobrepone en muchas ocasiones a un destino que parece ineludible para construirse un porvenir brillante a base de ingenio e inteligencia. Es destacable, sobre todo, la parte que se dedica a la formación como restaurador del joven Cornish, en la que a la habitual capacidad del autor para la aportación de una gran cantidad de detalles sobre algún tema concreto se une, en esta ocasión, la sensibilidad que muestra para narrar las relaciones humanas y su infinidad de matices. Y no hay que olvidar las digresiones de los diferentes personajes (en especial las de su meister Tancred Saraceni, una de las creaciones más brillantes salidas de la pluma de Davies) acerca del mundo del arte y las pasiones y teorías que desata.
“Lo que arraiga en el hueso” es una muy digna segunda entrega para la Trilogía de Cornish; no está a la altura de “Ángeles rebeldes” en cuanto a composición, aunque la trama sea mucho más colorista y alambicada. Con todo, uno ya ha expresado su admiración por la capacidad novelística de Robertson Davies y este libro sólo corrobora esa impresión. Sólo cabe esperar que aparezca lo más pronto posible la tercera entrega.
Más de Robertson Davies:
Ángeles rebeldes – Robertson Davies
21 de enero de 2009 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Ya cantamos alabanzas en su momento al canadiense Robertson Davies al hablar de su Trilogía de Deptford (“El quinto en discordia” —sin duda el mejor de los tres—, “Mantícora” y “El mundo de los prodigios”), diciendo de él que era un magnífico escritor. Reconozco que desde conocí la noticia de la publicación de “Ángeles rebeldes”, que da inicio a la llamada Trilogía de Cornish, ansiaba embarcarme en su lectura y refrendar así, si era posible, la bonísima impresión que me había dejado la anterior serie.
Y si están esperando un juicio de valor, ahí va: Robertson Davies es un escritor mayúsculo, capaz de reunir en un solo libro introspección psicológica, excursos humanistas y cientifistas, tramas plenas de intriga, personajes inolvidables de puro humanos y todo lo que su imaginación dé de sí. Con un estilo sencillo, pero sutilmente trabajado (sirvan como ejemplo las cenas de profesores que se reúnen en la residencia universitaria de uno de los protagonistas, repletas de diálogos ingeniosos, mordientes y con un alarde de erudición asombroso), el autor conduce la novela a través de una historia de celos profesionales, amores correspondidos… en parte y autoconocimiento: y todo ello con una naturalidad que recuerda a los folletines decimonónicos, cual si de una aventura dickensiana por entregas se tratara.
Narrada en primera persona por dos de sus protagonistas, “Ángeles rebeldes” sitúa al lector en el centro de una pequeña comunidad universitaria canadiense, la Universidad de San Juan y el Espíritu Santo, conocida por sus miembros como “la Entelequia” (primer y genial guiño de Davies, y preludio de lo que vendrá después). En esta institución imparten clases Simon Darcourt, reverendo profesor de griego, Clement Hollier, medievalista, y Urquhart McVarish, experto en el Renacimiento; unidos por la amistad o por la rivalidad, los tres son nombrados coalbaceas de Francis Cornish, un extravagante mecenas que atesoraba miles de antigüedades suculentas para los estudiosos. Entre ellos se bandea Maria Magdalena Theotoky, alumna doctoranda de Hollier, enamorada de él y pendiente no sólo de ser correspondida, sino de recibir un manuscrito inédito de Rabelais que le valdrá el reconocimiento académico. A estos cuatro curiosos personajes se les suma John Parlabane, antiguo alumno de la Entelequia, filósofo superdotado e incorregible trotamundos que pondrá patas arriba la tranquila comunidad universitaria.
Esta trama inocua y que recuerda a las historias de David Lodge no es más que la excusa de Robertson Davies para lanzarse a construir un minúsculo universo donde las venganzas, las envidias y los amores se cruzan sin cesar. La grandeza del escritor canadiense, su mayor logro, es dibujar unos protagonistas rebosantes de humanidad, en debate constante consigo mismos (algo que el lector puede observar de primera mano gracias al uso de los narradores en primera persona, pero que también se aprecia en los precisos perfiles que se trazan del resto de personajes de la novela) acerca de lo que ansían. Maria pretende el amor de Hollier, mientras éste anhela tener en su poder unas cartas privadas de Rabelais; McVarish aspira a la gloria universitaria (pasando por el éxito universal) y Darcourt se conforma con hacer de su vida un trayecto sosegado hacia la sabiduría. Como se puede suponer, todos estos objetivos se trastocarán o se frustrarán a lo largo del libro, pues el autor se encarga de revolver las vidas de sus creaciones hasta colocarles a todos en posiciones inverosímiles.
Amén de estos entrañables protagonistas, a los que se llega a conocer de una forma tan íntima que parece imposible que en realidad sean creaciones de ficción, la otra gran baza de “Ángeles rebeldes” es el no siempre soterrado sentido del humor. De nuevo se puede pensar en los escarnios de Lodge hacia los profesores y la comunidad universitaria, pero el humor de Davies es mucho más sutil, mucho más serio. En esas cenas de las que hablaba más arriba, en las conversaciones entre personajes (y aquí McVarish se lleva la palma como creación suprema: rozando la caricatura, pero con un fondo de crueldad y cinismo palmariamente humanos), en las descripciones de los estudios que se llevan a cabo o en las relaciones entre profesores y alumnos, en todo ello deja el autor entrever un conocimiento profundo no sólo del entramado social de la institución universitaria, sino del funcionamiento —tan complejo y tan simple— del alma humana. Davies nos ofrece un retrato fidedigno de cómo los deseos entorpecen el placer de vivir, de cómo el afán de sabiduría puede cegar el conocimiento de los demás y de cómo la vida sólo tiene sentido si perseguimos la felicidad.
Sólo cabe terminar esta reseña rogando a los responsables de la editorial que no hagan esperar más a los que somos devotos admiradores de Robertson Davies y que saquen lo antes posible las dos siguientes novelas de la trilogía… (se anuncia para esta semana la segunda, “Lo que arraiga en el hueso”) y todo el resto de la producción del canadiense.
Más de Robertson Davies:
- La lira de Orfeo
- Lo que arraiga en el hueso
- Mantícora
- El mundo de los prodigios
- El quinto en discordia
Sabotaje cultural – Kalle Lasn
19 de marzo de 2008 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
A veces me pregunto si es necesario leer ciertos libros; libros de divulgación como este “Sabotaje cultural”, por ejemplo. Me lo pregunto porque algunas de las ideas que se exponen parecen tan evidentes, tan de Perogrullo, que parece mentira que sea necesario publicarlas y difundirlas para que alguien las lea. En el caso concreto de este libro, esta evidencia tiene una doble lectura: por una parte, las tesis de Kalle Lasn son certeras y apuntan a una degradación intelectual que existe y puede observarse a nuestro alrededor; por otra, esas tesis se basan en un profundo optimismo que roza la ingenuidad y que el autor defiende con un ardor naif y exultante.
Lasn es fundador de la revista Adbusters, cabeza visible de un movimiento que utiliza la contrapublicidad como medio de información de masas para contrarrestar la manipulación que la publicidad tradicional (y, por extensión, la capacidad mediática de las grandes empresas) ejerce sobre la inmensa mayoría de la población. En “Sabotaje cultural” presenta la influencia nociva que la sobreabundancia de publicidad y de información tergiversada tiene sobre una población acostumbrada desde hace mucho tiempo a dejarse conducir por los caminos del consumismo desaforado. Dividido en cuatro partes, el autor se dedica a mostrar la degradación que las grandes empresas han causado en nuestra forma de ver el mundo mediante la sobrecarga de información, las agresivas (a veces, inmorales) campañas publicitarias, la manipulación intencionada (cuando no la mentira más directa) y la sobreexplotación de recursos. Después trata de ofrecer alternativas a esta degradación masiva que provoca lo que él denomina «contaminación mental», para finalmente esbozar un futuro donde esas alternativas pudieran ejercerse con libertad y valorar los resultados.
Como decía al comienzo, los problemas que Lasn presenta son tan reales (aún más hoy día, ya que el libro fue publicado en 1999) que es casi imposible sustraerse a ellos: la publicidad que guía nuestros hábitos y nos crea necesidades inexistentes; las corporaciones que mueven cantidades ingentes de dinero, fruto de sus (por no utilizar otro adjetivo) cuestionables prácticas empresariales; el deterioro del medio ambiente, que avanza sin cesar pese a las advertencias y las continuas evidencias…; la lista puede ser casi interminable. Y los problemas están ahí para cualquiera que se detenga y observe, para cualquiera que tenga un mínimo interés y preste algo de atención. Es casi un problema en sí el hecho de que alguien deba expresar (sea en forma de libro, como éste, o mediante otro sistema) estas cuestiones para que otros —por desgracia, una mayoría— se aperciban de ellas.
Lasn ofrece ejemplos concretos y actuaciones puntuales que ayudan a formarse una idea cabal de lo que sucede y de las formas de oposición que propone. No obstante, hay dos puntos que enturbian un tanto las posiciones del escritor y que rebajan el propósito del libro: el primero, como dije, la inocente actitud que Lasn adopta para encarar el problema. Entre un espíritu sesentayochista trasnochado y un entusiasmo juvenil, su postura toma a veces una senda tan cándida que parece casi una broma: convencer a un grueso de ciudadanos para que envíen cartas a las emisoras de radio, o exigir la producción autóctona (en forma de pequeños huertos) en mitad de Chicago o Los Ángeles, son ideas que mueven a la hilaridad. No por malas, o ineficaces, sino por ingenuas. Lasn parece contagiado de un fervor optimista, muy típico del ciudadano medio estadounidense, que le lleva a considerar como viables vías de actuación que son inverosímiles; insisto: vías lógicas hasta cierto punto, pero impracticables en una sociedad como la de hoy. Prueba de ello es que él mismo expresa, en la última parte del libro, su esperanza de que al cabo de unos años (en 2002, dice) la gente, al ver pasar una limusina por la calle, exprese su descontento por la contaminación que causa un vehículo de tales dimensiones, en lugar de inclinarse hacia las ventanillas tratando de ver al personaje que viaja en su interior.
El segundo punto al que hacía referencia es la machacona insistencia en hacer del ejemplo norteamericano un espejo en el que el resto de mundo deba mirarse. Ese optimismo recalcitrante que tanto gusta al autor es también fruto de una determinada mentalidad que, aplicada fuera de las fronteras de ese país concreto, no tendría efecto alguno; de hecho, parece que tampoco tenga ningún efecto allí. El mensaje que puede leerse entre líneas es que, pese a que «América®» (en terminología de Lasn) se ha corrompido y ha caído en las garras del consumismo más voraz, los mismos valores que hicieron que se convirtiera en el gran país que llegó a ser —y que, a tenor del discurso, continúa siendo— la salvarán y conseguirán que se redima: «El pueblo americano experimenta un gran despertar», dice en algún momento. Como es obvio, este discurso pseudoimperialista sólo provoca incredulidad, mofa y algo de hastío.
Por todo ello, y a pesar de las buenas intenciones y de los certeros mensajes, “Sabotaje cultural” no aporta casi nada a la lucha antiglobalización y al movimiento contracultural. Su mensaje es demasiado ingenuo y con una carga ideológica que no contribuye a derribar barreras culturales. Aunque la labor de Adbusters sea interesante, la posición de Lasn es localista y excluyente en su fondo, algo que desmerece el propósito último de un movimiento que, creo, debiera ser más neutral y en sus postulados.
