El papel de mi familia en la revolución mundial – Bora Ćosić
26 de junio de 2009 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
“El papel de mi familia en la revolución mundial” es probablemente el libro más divertido que he tenido el gusto de leer últimamente. Narrado desde la perspectiva del Bora Ćosić niño, relata los años anteriores y posteriores a la II Guerra Mundial, centrándose en la forma en que esa época, histórica pero revuelta, afectó a su familia.
La mirada inocente, irónica e incluso inconsciente del niño Ćosić, desdramatiza la precariedad de una vida marcada por la penuria, por el temor y por los cambios. Pero, además, las características singulares de su familia, personajes todos con un punto de desenfadada originalidad, hace que la narración de sus vicisitudes arranque más de una carcajada al lector.
Al recoger los menudos acontecimientos familiares, Ćosić logra reflejar una imagen completa no solo de la familia como grupo, sino también de cada uno de sus miembros. Así se retratan, por sus acciones y dichos, sin tener que recurrir a descripciones que romperían el ritmo vivaz del relato, una madre tremendista y abnegada, un abuelo semejante a un oráculo sarcástico, un padre borrachín, un tío mujeriego, amigos, conocidos y compañeros de escuela.
Sin caer en sensiblerías, antes al contrario, “El papel de mi familia en la revolución mundial” presenta el recuerdo de una infancia feliz, auspiciada por un entorno que se cuidó de proteger, tanto como de dar alas, al niño que fue Bora Ćosić.
Intenté hacer pompas de jabón. El abuelo preguntó: «¿Con qué me voy a afeitar yo?» Hice aviones con papel de periódico. Papá gritó: «¡Todavía no lo había leído!» Luego hice una serpiente de plastilina. Mamá vio la serpiente de ojos rojos, se desmayó y se cayó sin elegir el sitio. Las tías también se desmayaban por las escenas fuertes de los libros, o por el calor, o a veces por pura pena. También se desmayó el tío, casualmente, cuando se volcó la silla en la que estaba sentado. Tuvo una conmoción cerebral, pero luego se acordaba de todo. Mi padre se desmayó un día cuando intentaban ponerlo sobrio obligándolo a beber vinagre. El abuelo siempre estaba en forma y se enfadaba: «¡Basta ya de tantas sirvengonzonerías!» Yo también quería desmayarme pero no sabía cómo.
La novela se deshace en anécdotas que se narran como si, al recordar, Ćosić tirará de un hilo y comenzara a desovillar sucesos que en su memoria han permanecido unidos, aunque hubieran sucedido en diferentes momentos. Gracias a esa peculiar manera de presentar los acontecimientos y al lenguaje desenfadado, directo y muchas veces jocoso de la narración, ésta se desenvuelve de forma vivificante, llena de destellos de humor que hacen las delicias del lector.
El retorno de Filip Latinovicz – Miroslav Krleža
16 de abril de 2007 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
He terminado este libro encantada. Siempre es un placer toparse con una novela como ésta, en la que se entremezclan las reflexiones acerca de la podredumbre que rodea al ser humano y su posibilidad de redención gracias al pensamiento y al arte.
Miroslav Krleža se sirve de un lenguaje denso y rico, que constituye una auténtica delicia para el lector, mientras desgrana el regreso de un reconocido pintor, Filip Latinovicz, a su Kostanjevec natal. Las deterioradas relaciones con su madre, los recuerdos de una infancia triste llena de humillaciones y la relación que inicia con una extravagante mujer, perturban el retiro de un alma que enseguida se nos descubre como excesivamente sensible.
La causa de ese retiro es la crisis artística que Latinovicz sufre. Una crisis causada por un profundo desencanto fruto de su observación de la ruindad del ser humano, al que la civilización y el progreso cada vez vuelven más mezquino.
Al regresar a Kostanjevec no busca acabar con esa crisis creadora. Al contrario, su abandono de la vida cosmopolita que ha llevado hasta la fecha y su regreso a la paz campestre, son en el fondo una renuncia a toda posibilidad de creación. Profundamente asqueado, quiere que la monotonía y la estulticia de la vida de una zona rural sepulten cualquier atisbo de renacer artístico. Sin embargo, poco a poco irá recuperando el interés por la posibilidad de plasmar los momentos perfectamente plásticos que su entorno le ofrece.
Este argumento, que puede parecer poco interesante, está atravesado por las reflexiones desencantadas del protagonista sobre la vida del hombre occidental, con su pretendida civilización, bajo cuya superficie late un animal depredador y sucio, enemigo hasta de sí mismo. Todo el progreso, todos los refinamientos de los que este animal bípedo se ha rodeado desde el principio de los tiempos y cuya búsqueda le lleva a hacinarse en ciudades malolientes, no hacen sino resaltar lo miserable de su verdadera condición.
No obstante, su huida de la ciudad y su retorno al campo, no hace sino ponerle delante de otra triste realidad: el atraso, la indiferencia, la sordidez que caracterizan la vida rural donde el hombre tampoco es bueno. Si carece de los vicios propios del hombre refinado de la urbe, es porque a cambio lleva siglos desarrollando otros tipos de mezquindad: la codicia, la envidia, la maledicencia y el servilismo más rastrero.
Junto a estos dos elementos, y en oposición a ambos, introduce Krleža un tercero en discordia: la Naturaleza. La Naturaleza intuida como una fuerza primigenia, eterna, hermosa, poderosa. Pero siempre indiferente ante el hombre, ese ser patético y molesto, independientemente de si elige hacer su vida en una ciudad, entre el hollín que el mismo arroja, o inclinado sobre una tierra de labor.
En la narración del retorno de Filip Latinovicz a Kostanjevec, y a su encuentro con los fantasmas de su niñez desdichada, se entrelazan las historias de los personajes que se reúnen en el salón de su madre, así como las de los extravagantes amigos que forman el círculo de su amante. El lenguaje, rico y extremadamente sensitivo, es un aliciente más en esta novela sorprendente y original.
Un castillo en la Romaña – Igor Štiks
24 de julio de 2006 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Hay ocasiones en las que un libro ve la luz por razones un tanto peregrinas. Por ejemplo, y hablando acerca de “Un castillo en la Romaña”, porque su autor gana el premio Slavic a la mejor primera novela en croata; o porque está nominado al IMPAC Dublin Literary Award. En fin…
El caso es que hay novelas cuya única razón de ser es la de haber sido publicadas en algún país lejano, por un autor desconocido, y cuyo agente se encarga de colocarlo como una de esas clásicas ‘nuevas promesas’ que de vez en cuando aparecen en el horizonte literario, sobre todo el europeo. Igor Štiks es bosnio, escribe en croata y vive en París; aparte de eso, como escritor no es que valga demasiado. Si su único mérito es el de ganar un premio literario minoritario, cualquiera podrá entender que no estamos ante ninguna obra maestra.
“Un castillo en la Romaña” es una novelita que narra dos historias de amor: la de un poeta italiano del Renacimiento y la de un joven fraile, refugiado croata, que en el presente cuenta su historia al propio narrador del libro. Estas historias naufragan al poco de comenzar la novela por dos motivos principales (y algunos secundarios). El primero, que la conexión entre ambas es inexistente, aun cuando en ella se basa buena parte de la carga sentimental de la trama; nada tienen en común salvo el destino trágico de los amantes, pero ni siquiera ese detalle está resuelto con pericia. El segundo, que la narración es inconexa, destrabada, se pierde en vericuetos verbales inútiles; el fraile se expresa con un desapego absurdo, dado que se supone que él mismo es el protagonista de su narración, y la historia del poeta italiano adolece de rigor lingüístico. Los capítulos alternos, que deberían proporcionar al lector un crescendo narrativo, lo único que logran es confundir y aturullar, no aportan nada a la construcción de un clímax. Además, los protagonistas de ambas historias, Enzo, Catarina, Petra, el mismo narrador, carecen por completo de sustancia, de interés; sus peripecias resultan tan ajenas que no conmueven en absoluto.
Todo ello es fruto de una escritura correcta, pero insípida. Štiks construye la novela con mañas de arquitecto literario, pero carece de recursos para rematarla convenientemente. El libro se cae de las manos en cuanto se leen las primeras páginas, y no consigue remontar el vuelo pese a las vueltas y revueltas de esos amantes desdichados.
Como conclusión, absolutamente desaconsejable.
