El fuego – Henri Barbusse

8 de Marzo de 2010 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

Eso no son soldados, son hombres. No son aventureros, guerreros hechos para la carnicería humana (o carniceros o ganado). Son jornaleros y obreros y se les reconoce a pesar de sus uniformes. Son civiles arrancados de cuajo de su sitio. Están a punto. Esperan la señal para morir o matar, pero se ve, al contemplar sus rostros entre los rayos de las bayonetas, que son simples hombres.

Con el subtítulo Diario de una escuadra, concluyó en diciembre de 1915 Henry Barbusse su novela El fuego, basada en sus propias experiencias como soldado de infantería en la Gran Guerra. Una novela terrible y hermosa a la vez que describe las miserias padecidas por los hombres enviados a morir en las trincheras en nombre de la patria —ese hermoso concepto que unos esgrimen, pero por el que otros mueren.

La vida llena de privaciones del frente es descrita por Barbusse de una forma lírica y tremendista por igual. El hambre, la suciedad, los piojos y el frío atacan a los soldados con la misma ferocidad que los obuses enemigos. No hay un instante de reposo para ellos: en las trincheras duermen en agujeros escavados en el barro, viven pendientes de la entrega irregular de los alimentos o improvisan abrigos con telas y pieles, que los convierten en un inmenso ejército de menesterosos. Un ejército que marcha durante seis horas en la oscuridad para comenzar a construir una trinchera bajo el fuego alemán, o que carga  para conquistar una posición enemiga. Un ejército donde no hay heroísmos, únicamente desesperación, cansancio y necesidad.

Barbusse es un observador atento que describe la vida de su brigada como si de la de un único hombre se tratara. Sin sentimentalismos ramplones, transmite la idea de que ese puñado de hombres que componen la brigada, todos de distintos orígenes y edades y reunidos por el azar de la guerra, se han convertido en algo parecido a una familia fuertemente unida por la necesidad, y sólo separada por la muerte.

La novela, construida en gran parte a base de los diálogos que mantienen los soldados, adquiere un tono vivaz y realista que acerca la verdad cotidiana de la existencia que esos hombres conocieron. Para ellos la muerte está tan presente que apenas piensan en ella, sus preocupaciones se centran en la hora del rancho, en el cuarto de vino que podrán beber o en protegerse del frío. El futuro es algo incierto, improbable, hacer planes no merece la pena. El único deseo es que la guerra acabe y, a veces, brilla por un instante la esperanza de conservar aún la vida cuando eso suceda.

— Y aquí estamos, aguantando —refunfuña Barque.
— Es lo que hay que hacer —dice Paradis.
— ¿Por qué? —interroga Marthereau sin convicción.
— No hace falta ninguna razón, porque es lo que hay que hacer.
— No existe ninguna razón —afirma Lamusse.
— Sí que existe —contradice Cocon—. Y es… Mejor dicho, hay muchas.
— ¡Cállate la boca! Mejor que no haya ninguna, puesto que hay que aguantar.
— Aún así —dice sordamente Blaire, que no deja escapar ninguna ocasión para recitar su estribillo—, aún así, lo único que quieren es nuestro pellejo.
— Al principio —dice Tirette—, pensaba un montón de cosas, reflexionaba, calculaba. Ahora yo ya no pienso.
— Yo tampoco.
— Yo tampoco.
— Yo nunca lo he intentado.

Y no obstante, son vagamente conscientes de que ellos se juegan la vida para que todo siga como está.  Para que los “escaqueados” que permanecen en la retaguardia por enchufe o gracias a triquiñuelas, y los civiles que disfrutan en la retaguardia de las mil comodidades de las que ellos se ven privados, puedan volver a enviar a otros a la muerte si llega el caso. Mientras ello sufren y mueren destrozados por los obuses en el barro (y Barbusse hace gala de una gran destreza descriptiva para presentar los cadáveres mutilados, los heridos, el panorama desolador de la tierra aniquilada), los civiles viven creyendo que el frente tiene el brillo de oropel de un magnífico desfile militar, o bien consideran que su aportación como comerciantes u oficinista tiene el mismo valor que la sangre derramada.

Una reflexión, que sale del pecho de los soldados como un grito, cierra el libro. La guerra sólo merece la pena si de su horror surge la igualdad entre los hombres. Porque si la igualdad nace, no habrá mas guerras: su sacrificio no habrá sido en vano. No quieren la gloria, moneda sin valor con que la sociedad recompensa a sus héroes; quieren el progreso, entendido como la posibilidad de ser hombres, de ser libres e iguales, de que nadie tenga la potestad de enviarles a la muerte. ¿Lo consiguieron?

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¡La libertad o el amor! – Robert Desnos

24 de Febrero de 2010 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

¡La libertad o el amor!: un título por igual hermoso y sugerente, para una obra original, surreal, divertida, extraña. Robert Desnos tituló así este enorme poema en prosa dedicado a la fuerza salvaje del amor, entendido como una energía primigenia que dota de verdadero sentido a la vida. Dedicado a la cantante Yvonne George, de la que el autor estuvo enamorado, sus páginas son por igual un reclamo amoroso a la amante esquiva, a la vez que un pasatiempo al que el autor se aplica a la espera de que ese huidizo amor repare por fin en él.

Corsaire Sanglot es el protagonista de esta singular obra. Trasunto del propio Desnos, a veces actúa como un simple enamorado anhelante por unirse a la amada; otras, es un ser cuasi mitológico, investido de raros poderes y al que le acaecen extrañas peripecias. En cualquier caso, siempre es posible vislumbrar entre líneas la silueta de un hombre (escritor) enamorado, sentado ante una cuartilla en la que vierte —Desnos fue un importante representante y experimentador de la escritura automática—, una miríada de pensamientos, historias y recuerdos que giran en torno al júbilo del amor.

Porque ¡La libertad o el amor! no es sino la concreción del destello imaginativo de una mente brillante, fecunda, sin duda única; la expresión de una manera distinta de comprender la realidad. Sobre la grisura de lo cotidiano Desnos tiende un colorido telón, para a continuación disfrazar a los personajes comunes que pueblan el día a día con vistosos trajes: así, convierte a una portera en sirena, funda el Club de los Bebedores de Esperma, o hace que un leopardo legendario se despoje de su piel, voluntaria pero dolorosamente, para que la bella Lousie Lame se confeccione con él un abrigo.

¡La libertad o el amor! es un delirio desencadenado, una narración que parece ir por delante del autor (y esto no es un defecto), quien se limita a dar testimonio de los fuegos de artificio que estallan en su cabeza. Es un viaje sorprendente, donde un paisaje asombroso sucede a otro. Es un alud de imaginación, que crece gracias a su propio movimiento: las frases se encadenan tejiendo historias, las historias se encadenan dibujando el deambular de Corsaire Sanglot por un extraño mundo donde cabe la fantasía, el erotismo y el amor, pero también los anuncios publicitarios, París, la muerte o dios. Un laberinto en el que Desnos actúa como visionario guía.

Levanta la mano y habla. Dice que, a sus espaldas, lleva las treinta esponjas que fueron empapadas con hiel y tendidas a la sed de Cristo. Dice que, desde hace mil novecientos años, esas esponjas han venido sirviendo para lavar a las mujeres fatales, y que poseen la propiedad de volver más diáfanas sus adorables carnes. Dice que esas treinta esponjas han secado muchas lágrimas de dolor y de amor, y que han borrado para siempre el rastro de tantas noches de batallas y muertes. Muestra, una por una, esas esponjas que tocaron los labios del endiablado masoquista. ¡Oh, Cristo!, amante de las esponjas, Corsaire Sanglot, el comerciante y yo, somos los únicos en conocer tu amor por las voluptuosas esponjas, por las tiernas, elásticas y refrescantes esponjas cuyo sabor salado resulta reconfortante para las bocas torturadas por besos sanguinarios y resonantes palabras.

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El jardín de los suplicios – Octave Mirbeau

10 de Febrero de 2010 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

El jardín de los suplicios puede tomarse como el delirio de una imaginación voluptuosamente sádica, con unas pinceladas de novela de aventuras; pero bajo esa apariencia que puede despistar al lector, se esconde una dura crítica a la sociedad de su tiempo que, sorprendentemente (o no), se parece mucho a la del nuestro.

Octave Mirbaeu se sirve de una trama que en principio puede parecer un ensueño libertino y decadente para tratar el tema de la corrupción política, de los excesos del colonialismo o de la corrupción de los hombres de negocios que son el alma de la burguesía francesa. A través de su protagonista, el hombre que se mancha las manos para un respetable ministro francés, Mirbeau nos narra el juego sucio de la alta política: donde el dinero y las prebendas cierran bocas, donde las intrigas bullen para situarse un puesto por delante del rival y donde la vileza y la falta de integridad son las cualidades que aseguran el éxito.

Precisamente el protagonista es de aquellos que han dejado a un lado su probidad para lanzarse a una vida de engaños que debe proporcionarle una fortuna que, sin embargo, se muestra esquiva. Mirbeau nos muestra a un hombre que conoce la medida de su bajeza, pero para quien la infamia es su medio: ni sabe, ni quiere salir de ella. Pese a ello, es dolorosamente consciente de la suciedad del mundo en el que vive, donde las apariencias de eso que se ha dado en llamar civilización, apenas si logran tapar la inmundicia que segrega el alma humana.

Este protagonista anónimo, al que el escritor niega un nombre —tal vez para que nos represente a todos—, sale de Francia con destino a Ceilán encabezando una expedición científica, labor para la que no está cualificado y que debe a la generosidad de su amigo el ministro. Durante el viaje conoce a Clara, una sensual mujer que le abre la puerta de todos los placeres, y a la que el dolor ajeno provoca éxtasis eróticos.

De la mano de Clara viajará hasta China y conocerá un extraño y hermoso jardín, ubicado en el centro de un presidio, donde expertos verdugos se dedican a torturar y ejecutar a los condenados de todas las maneras imaginarias: masturbándolos hasta la muerte o haciéndoles sucumbir mediante el tañido de una campana. La muerte y el dolor, ocultos entre las flores y los estanques, crean un contraste que, si bien provoca raptos orgásmicos en Clara, son capaces de repugnar a ese hombre envilecido, capaz de cualquier villanía.

Y es que ese fantástico jardín que Mirbeau nos propone no es sino una metáfora de nuestra sociedad, en la que hermosos conceptos (felicidad, libertad, amor, democracia) ocultan o distraen nuestra atención de los sufrimientos que se esconden en ella, esos que todos vislumbramos entre la floresta, pero a los que preferimos no mirar. E incluso  toleramos o alentamos esos sufrimientos, sabedores de que de ellos surge la hermosura del jardín, como si la sangre de quien los padece, avivara el color de nuestras rosas.

¡Ah, sí, el jardín de los suplicios!… Las pasiones, los apetitos, los intereses, los odios, la mentira; y las leyes, y las instituciones sociales, y la justicia, el amor, la gloria, el heroísmo, las religiones son las flores monstruosas de ese jardín y los horrendos instrumentos del eterno sufrimiento humano… Lo que hoy he visto, lo que he oído, existe y grita y aúlla más allá de este jardín, que para mí no es más que un símbolo, en toda la tierra… Por más que busque un alto en el crimen, un descanso en la muerte, no los encuentro en parte alguna…

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Relatos sombríos. Historias mágicas – Remy de Gourmont

5 de Febrero de 2010 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

La editorial El Nadir recoge en el presente volumen dos colecciones de relatos del francés Remy de Gourmont: Relatos sombríos e Historias mágicas. Ambas colecciones, sin embargo, se prestan a ir de la mano por su similitud en cuanto a temas y recursos; y son además muestra perfecta de la voz de Remy de Gourmont, en la que se aúnan la voluptuosidad, la fantasía y el misterio, formando un sutil velo que en ocasiones se rasga para permitirnos entrever jirones de la más descarnada realidad.

Pero no todos los cuentos reunidos en Relatos sombríosHistorias mágicas tienen igual atractivo. En algunos, bien sea por su brevedad —relatos de diez o veinte líneas, verdaderos ejemplos de microrrelato—, o por el desarrollo poco claro de las tramas, el lector llega al final un tanto desconcertado. Algunos de ellos son poco más que ensoñaciones o ecos de reflexiones, casi siempre de gran hermosura formal, pero de poca trayectoria.

No obstante, la mayoría de estos cuentos son verdaderas joyas del género, en los que el autor hace un verdadero alarde de fecundísima imaginación. Que nadie espere encontrar temas triviales o aventuras de andar por casa, pues Remy de Gourmont se revela como un maestro en aunar el misticismo y la sensualidad en historias exóticas e incluso misteriosas. Esto, unido al uso de un lenguaje alusivo, donde las palabras señalan sin nombrar, ayudando a crear atmósferas de sutil erotismo, hace de estos relatos piezas únicas.

Existe en el francés una tendencia a introducir en sus narraciones personajes de la mitología clásica e incluso de la Historia Sagrada, pero transponiéndolos al siglo XIX y poniéndolos en contacto con las costumbres de ese siglo. Así, entre los cuentos reunidos en Relatos sombríos e Historias mágicas encontramos por ejemplo una revisión del mito de Dánae, donde Danaette, una mujer infiel pero que se encuentra ya aburrida de las fatigas del adulterio, vive una alucinación erótica en la que la nieve hace las veces de la lluvia de oro del mito clásico. O un intenso encuentro, al amor de una chimenea, entre un fauno y una mujer hastiada de la hipócrita ternura de su marido. O la narración de la posesión de su propia hija por Loth (el que huyo de Sodoma).

Mención especial merecen la serie de brevísimos relatos protagonizados por Primary, un perverso donjuán que goza infringiendo dolor a sus amantes; pero en absoluto al modo de un marqués de Sade, pues Primary no busca que mane la sangre, sino las lágrimas:

[...] No soy tan malo como dicen, ¡oh, no!, puesto que me conformo con hacerlas sangrar metafóricamente, ¡pobres angelitos!

En resumen, el estilo tan personal, la capacidad para crear ambientes donde se amalgaman lo místico y lo sensual; y por supuesto el talento para transmitir los innumerables sentimientos que giran en torno al amor y al erotismo, con sus mil matices, hacen que los cuentos de Remy de Gourmont se presenten como una lectura obligatoria para los amantes del género.

La literatura como bluff – Julien Gracq

28 de Diciembre de 2009 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

La literatura como bluff - Julien GracqLa literatura como bluff se publicó por vez primera en una revista a comienzos del año 1950. Mucho ha llovido desde entonces y las circunstancias bajo las que se redactó este texto han variado de forma considerable; sin embargo, casi todas sus tesis aún pueden ser aplicadas, de un modo u otro, a nuestra actual industria cultural y al moderno mundo del libro. Julien Gracq cargó contra un determinado conglomerado de personas y actitudes, pero la claridad de sus ideas y la indudable verdad de sus tesis hace de este opúsculo una lectura muy clarificadora.

Aunque el librito (a pesar de su brevísima extensión) recoge varias ideas específicas, el asunto central es el del estatus del escritor y su posición dentro de un sistema cultural que lo entroniza una vez que ha publicado; para Gracq es incomprensible que la literatura tenga un statu quo garantizado por la publicación de una —o varias— obra, sin cuestionar posteriormente la calidad de un autor y dejándose guiar por todo el marketing que rodea a la industria del libro. (Piensen en el agravamiento de esta última situación hoy día, cuando las campañas promocionales son capaces de vender millones de copias del más deplorable pastiche.) Una situación que el autor no sólo achaca a la crítica o al establishment literario, sino a los propios lectores: «Cuando ya nos “hemos hecho una idea” acerca de un escritor», dice, «nos da pereza cambiar».

En ese mismo sentido, Gracq habla sobre un concepto que llama «placer-reflejo»: la literatura se aleja del placer en solitario y la reflexión tranquila para socializarse al máximo; así, el «placer-reflejo» pone en contacto al lector con toda una colectividad (de lectores, claro) que sanciona aquello que debe gustar. De esta manera, un escritor ocupa una determinada posición en la jerarquía literaria no tanto por la obra que produce cuanto por su reconocimiento social. El hecho de que hablar de literatura sea un acontecimiento insoslayable en la sociedad francesa (y de nuevo se puede hacer extensible el razonamiento de Gracq a otras partes del mundo, ya que la valoración social de la literatura —como depositaria de ciertos saberes— está muy extendida) hace que el prestigio de un autor sea algo independiente de su genio o compromiso.

El autor achaca esta situación, en parte, a la evolución que ha sufrido la recepción de información. El público acepta de forma muy pasiva los datos que se le suministran (Gracq advierte de que el volumen de conocimientos crece de manera tan brutal que es imposible estar al tanto de muchos de ellos, pero también señala que se ha llegado a un punto de «esclavitud consentida de la mente»), de modo que pone su propio juicio en manos de los críticos o especialistas. El autor francés ironiza diciendo que el público culto francés está tan al tanto de los avances en literatura como en ciencia atómica, ya que, a pesar de las charlas y opiniones, nadie parece querer saber de verdad. De ahí que la figura del escritor sea una construcción social, producto del marketing. Gracq señala con acierto que un autor existe de forma determinante como estrella entre la gente que no lee, aunque consiga cierto rango entre el círculo de los que sí lo hacen. Los best-sellers de hoy en día, los escritores que andan de feria en feria, de presentación en presentación, de entrevista en entrevista, son la consecuencia obvia de esta concepción.

La literatura como bluff nos sitúa frente a un hecho que viene ocurriendo desde hace mucho tiempo: la mercantilización de la literatura y el deterioro de la figura del intelectual. Julien Gracq analizó ese hecho con acierto, inteligencia y humor. Una lectura deliciosa y muy recomendable.

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