Memento Mori – Muriel Spark

17 de Febrero de 2010 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

Uno se quedó con ganas de adentrarse de nuevo en la narrativa de Muriel Spark después del maravilloso descubrimiento que supuso La plenitud de la señorita Brodie; con Memento Mori he tenido la oportunidad de hacerlo, si bien después veremos por qué esta experiencia no ha sido en absoluto placentera.

Memento Mori es una novela sobre la muerte; su título, como es lógico, ya da idea de ello. Spark presenta una galería de personajes en los últimos años de su existencia a los que una voz anónima les avisa por teléfono de que deben recordar que la hora de su muerte está cerca; este hecho aterroriza a algunos, importuna a otros e inquieta a la mayoría. Pero en realidad esas llamadas no constituyen el meollo del texto, sino que sólo sirven de piedra de toque para que la autora muestre las personalidades de los protagonistas y ponga en evidencia sus facetas ocultas: envidias, celos, deudas pendientes, temores, secretos… todo lo que va emponzoñando una vida y que parece aflorar en su acabamiento.

Los ancianos personajes del libro se relacionan entre sí dentro de una red social tejida a base de mentiras y poses, manteniendo amistades que tienen más de antagónicas que otra cosa. Parece como si Muriel Spark quisiese enseñarnos la soledad que nos acompaña durante toda nuestra existencia: una soledad fruto del egoísmo, de la mezquindad que subyace en muchos de nuestros tratos con otras personas. En Memento Mori apenas hay un solo personaje que se preocupe de forma desinteresada por otro, puesto que sus relaciones son producto del interés, la casualidad o la dependencia.

Y sin embargo se podría afirmar con rotundidad que este libro celebra la vida. Aunque la peor de los personajes asome con frecuencia y llegue a dictar comportamientos, lo cierto es que la novela rebosa de una vitalidad desbordante. El recuerdo del pasado se utiliza para asomarse al futuro, para continuar elaborando proyectos y sueños: en algunos casos se trata de reuniones para tomar el té; en otros, la escritura de un tratado gerontológico. Incluso la señora Taylor, recluida en un sanatorio para ancianos, es consciente de la necesidad de vivir cada momento con intensidad: «Todos nos parecemos a nosotros mismos frustrados en nuestra vejez», dice, «porque nos agarramos demasiado a todo. Pero en realidad aún estamos completando nuestras vidas.» Spark pone a sus protagonistas ante la certidumbre de su condición mortal, asustándoles y provocando sus dudas; pero a nosotros, lectores, también nos asaltan las preguntas. ¿Se puede vivir con plenitud hasta el último momento? La respuesta dependerá de cada uno, pero lo cierto es que la novela parece indicar que lo más importante es mantener fiel a los principios propios: la rectitud de una vida conduce a una muerte honrosa.

La novela, más allá de los mensajes que cada cual pueda extraer, es magnífica por la pericia con que Spark maneja la psicología de los protagonistas; diálogos chispeantes y personajes con una profundidad encomiable sirven para que la rotundidad del tema escogido parezca liviana. Sin embargo, hay un punto insoslayable que afea la edición en castellano del libro: la traducción. Está repleta de construcciones retorcidas, de frases sin sentido o traducidas de manera literal: «predicción remarcable»; «excepto (por «a no ser») que una lo haga todo por sí misma»; «debo tomar el tema en mis propias manos»; «era curioso que no parecía que…»; «una pierna se colapsase sobre la otra»; «tiró la carta en el buzón». En general, el volcado al castellano es rudimentario y atropellado, fusilando el placer de la lectura y convirtiendo cada párrafo en un ejercicio de paciencia. A pesar de la genialidad de la obra, y del indudable talento de Muriel Spark, sería mejor que los que tengan los conocimientos se atrevan con la lengua original; y esperemos que la editorial tome nota de un hecho que necesita ser corregido de inmediato, por amor a la literatura.

Más de Muriel Spark:

Para leer al anochecer – Charles Dickens

20 de Enero de 2010 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

Para leer al anochecer —sugerentemente subtitulado Historias de fantasmas—, reúne una colección de relatos de temática sobrenatural, fruto de la pluma siempre recomendable de Charles Dickens, algunos de los cuales fueron publicados en su día en la revista All the year round, propiedad del autor.

Una puerta al más allá, a lo extraordinario, se abre en cada relato: sueños premonitorios, habitaciones encantadas, personajes malignos o apariciones fantasmales que claman justicia desde el otro mundo son algunos de los ingredientes con los que están confeccionados estos cuentos para leer en las largas tardes invernales.

Sobre funestas señales premonitorias trata la primera historia de “Para leer al anochecer”, el relato que da título al volumen: en ella, una joven se obsesiona con el rostro de un personaje desconocido que la persigue en sueños y que acabará desempeñando un aciago papel en su vida. Una vuelta de tuerca a ese tema presenta “El guardavías”, donde un empleado ferroviario encargado de vigilar un tramo de vía, recibe la visita de un espectro que le avisa de accidentes mortales, pero cuyas apariciones, precisamente, serán la causa de un incidente fatal.

Las apariciones fantásticas de quienes vienen a anunciar una muerte (a veces la propia, a veces una ajena), también tienen cabida en estos relatos, así como la de quienes regresan del mundo de ultratumba para resolver un asunto pendiente. Ese es el caso de “La historia del retratista”, un relato que aparece esbozado brevemente en “Cuatro historias de fantasmas” y se desarrolla en detalle en el cuento que nos ocupa. En él, una hermosa y misteriosa joven visita varias veces a un pintor de retratos con un misterioso objetivo, que curiosas circunstancias se encargarán de esclarecer.

Los relatos de los que hemos hablado hasta ahora pretenden ser únicamente una muestra de lo que encontrará quien se embarque en la lectura de Para leer al anochecer. El volumen es muy homogéneo ,no sólo por la temática de los cuentos reunidos, sino también por la calidad de los textos. Son mayoría entre estos las narraciones en primera persona, fiel reflejo de esa tradición oral que siempre ha sentido una morbosa inclinación a contar historias macabras y sucesos sobrenaturales para amenizar las veladas.

Y precisamente, por romper con esa uniformidad que mencionábamos, cabe destacar dos relatos: “El letrado y el fantasma” y “Pálpitos confirmados”, en los cuales se sirve Dickens de todos los elementos que dan cuerpo a las historias anteriores: atmósferas opresivas, personajes misteriosos, extrañas apariciones e, incluso, el narrador en primera persona como recurso para dotar de verosimilitud a la historia; sin embargo, en ambas ocasiones el autor, en un guiño al lector, construye una risible parodia de las historias de misterio en la mejor tradición gótica.

En resumen, una agradable colección de relatos que hará las delicias de los incondicionales del género.

Más de Charles Dickens:

Tom Jones – Henry Fielding

13 de Noviembre de 2009 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

Tom Jones - Henry FieldingQuizá suene un poco exagerado, pero hay que reconocer que Tom Jones es a la literatura inglesa lo que el Quijote a la española: un hito. Aunque hayan pasado más de dos siglos y medio desde su publicación, lo cierto es que hay que reconocer que su lectura divierte y seduce como si ese abismo temporal fuera inexistente. (Si es que la distancia en el tiempo puede enturbiar el buen hacer de un gran escritor y de una obra maestra, asunto poco menos que cuestionable.) No hay duda de que Henry Fielding logró con esta creación perdurar por siempre en el Olimpo de los autores.

Tom Jones es una obra de una magnitud casi inabarcable. Al estilo de las mejores novelas, en ella se puede encontrar de todo, desde las (inevitables) reflexiones del autor hasta las aventuras más desquiciantes, pasando por parlamentos llenos de humor, peleas, persecuciones y, por supuesto, amores y desamores. Todo ello, claro está, narrado con la parsimonia y prosodia de un autor del siglo XVIII, características que no constituyen un peso para la lectura, sino todo lo contrario. Fielding fue uno de los primeros escritores en darse cuenta del inmenso campo de pruebas que era la novela y, al estilo de lo que haría poco después Laurence Sterne en su Tristram Shandy, explotó muchas de las posibilidades que se le ofrecían. Él mismo lo enuncia en uno de los capítulos-prólogo que componen la obra: «Como soy el fundador de un nuevo género de escritura, soy libre de dictar las leyes por las que se ha de regir.»

Así, el libro es un prodigioso artefacto narrativo, con una historia central (los amores desventurados entre Sophia Western y Tom Jones) que se desarrolla con una continuidad exquisita y que, sin embargo, da lugar a multitud de subtramas que complementan a aquélla y que enriquecen el todo. Cada elemento añadido aporta algo sustancial a la aventura sin que el lector tenga la sensación de perderse (algo meritorio en un libro de más de setecientas páginas) y sirve al autor para presentar nuevas tesis. Fielding configuró el texto con un esquema muy estricto que funciona a la perfección, construyendo así una novela total —que sería una manera de decir «novela perfecta», creo— que evoluciona con precisión de relojero y embelesa casi desde la primera línea.

Por supuesto, el humor está presente a lo largo de todo el libro y es uno de los pilares del mismo. Hay personajes realmente hilarantes, como Partridge, el criado de Jones (una suerte de Sancho Panza británico), que se dedica a quebrar la paciencia de su compañero con su verborrea desbordante y sus inagotables citas en latín; o el señor Western, padre de la inocente Sophia, un compendio de malos modos, borrachín y aficionado a la caza, que protagoniza algunas de las escenas más desopilantes de la obra. La capacidad para la sátira de Fielding es inagotables: todas las clases sociales salen malparadas de su aparición y apenas hay personaje al que en un momento u otro no se ponga en la picota.

De hecho, las imperfecciones de los personajes (sobre todo de los protagonistas, y más en concreto de los masculinos) constituyen uno de los elementos que convierten a Tom Jones en una novela realmente moderna. El autor supo sacar mucho jugo de la doble moral del ser humano, de la inevitable tendencia a la contradicción y de la debilidad ante la tentación; los héroes de esta historia ceden a impulsos censurables (al menos desde el punto de vista moral de la época) y no siempre actúan como cabría suponer. Fielding pone de relieve la inconstancia del alma a través de unas aventuras cómicas, sí, pero con un fondo de sátira inteligente nada desdeñable. Es relevante, además, el hecho de que sean las mujeres de esta historia las que aparezcan como modelo de conducta y que se las juzgue con una mirada muy adelantada. El tutor de Tom, el señor Allworthy (su apellido indica ya muchas cosas), pondera sabiamente la conducta de la madre del joven, a la que se acusa de concebir un hijo de soltera; asimismo, convence al padre de Sophia para que le permita casarse con quien crea conveniente; la propia tía de Sophia se enfrenta a su hermano para defender la posición social de la mujer como un miembro más de la sociedad, con los mismos derechos y deberes que los hombres.

Sería imposible comentar aquí todas las virtudes de una novela como Tom Jones. Valga como resumen el hecho de que es un libro divertidísimo, que no ha perdido ni un ápice de su frescura y que deparará muchos ratos de diversión a cualquiera que se acerque a él. Toda una obra maestra.

Las vírgenes sabias – Leonard Woolf

7 de Septiembre de 2009 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

Las vírgenes sabias - Leonard WoolfLas vírgenes sabias es una novela en clave con la que Leonard Woolf planteó una crítica severa, e implacablemente mordaz, a la clase media británica, que a principios del siglo XX apenas comenzaba a sacudirse de encima los prejuicios victorianos.

La novela causó profundo revuelo en la época, al ser sus personajes remedos de personas del entorno familiar del autor, a las que no les agradó el verse retratadas de manera tan poco favorecedora en la obra. El propio Harry Davis, protagonista de la novela, es un trasunto de Leonard Woolf; mientras que Camilla Lawrence representaría a su esposa, la celebérrima escritora Virginia Woolf.

Leonard Woolf buscó representar la vaciedad de una sociedad inculta, prejuiciosa, poco laboriosa y acomodaticia, a través de la mirada incisiva de Harry Davis, un joven desencantado, incapaz de cerrar los ojos a una realidad marcada por la estulticia, pero seguro de disponer de la fuerza moral para vivir su vida de una manera distinta, escapando a los trillados caminos de lo convencional.

Harry Davis vive asfixiado por su ambiente familiar y social. Su deseo es vivir la vida con intensidad, con vigor, desde una consciencia que debe ser tanto intelectual como física. Y es aún lo suficientemente joven para pensar que puede lograr escapar al corsé de los convencionalismos. Así, el amor por la hermosa Camilla Lawrence se le presentará como una fuerza arrolladora capaz no sólo de dar sentido a la existencia, sino también de actuar como portal de esa realidad, plena en todos los sentidos, que anhela.

En general, a lo largo de toda la novela se plantea una reflexión sobre esa idea de la necesidad humana de vivir con intensidad, referida no únicamente a tener experiencias extraordinarias, sino, simplemente, a tomar conciencia de lo irrepetible de cada día y, como consecuencia, elegir el camino que deseamos tomar, sin atender a imposiciones sociales. En ese sentido, cada personaje representa una manera de perseguir ese ideal o haberlo abandonado: Harry Davis parece el hombre fuerte dispuesto a no doblegarse; Gwen Garland, recién despierta a la idea de tomar las riendas de su vida, también parece dispuesta a presentar batalla; su hermana Ethel ha asumido con resignación las imposiciones de una existencia que no tiene fuerzas para cambiar; mientras las señoras Garland y Davis jamás se han planteado el que las cosas pudieran ser de otro modo.

Pero, por encima de la crítica social que encierra, Las vírgenes sabias interesa sobre todo por la reflexión que presenta sobre la condición femenina. El ambiente opresivo que rodea al joven Davis es en parte consecuencia de sus relaciones con mujeres que han amoldado su carácter a los estereotipos de la época, lo que convierte sus vidas en existencias cuasi vegetativas. Madres, vecinas, hermanas, jóvenes o viejas, se doblegan a las imposiciones sociales, hasta el punto de que sus vidas parecen intercambiables. El matrimonio y el nacimiento de los hijos marcan su existencia de manera que en la joven prometida se adivina ya a la venerable matrona.

A través de la mirada crítica de Harry Davis, el autor pone en evidencia la vacuidad de una existencia donde la aspiración más sublime es la de conseguir esposo. No obstante, no deja de ser peculiar el que presente a la joven Camilla Lawrence, una joven con inquietudes artísticas e intelectuales, como una mujer fría, incluso frígida, incapaz de albergar aquellos sentimientos que se suponen femeninos: amor, pasión, deseo de entrega. Así, si por una parte la obra reivindica el derecho de las mujeres a ser más que esposas y madres, parece dar a entender que aquellas que no eligen ese camino poseen alguna tara física o moral.

Pero, en definitiva, y como el propio Davis comprobará, tampoco a los hombres les resulta sencillo escapar a las convenciones sociales que aplastan tantas vidas.

Un grupo de nobles damas – Thomas Hardy

26 de Agosto de 2009 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

Un grupo de nobles damas - Thomas HardyAl estilo del Decamerón o de los Cuentos de Canterbury, Thomas Hardy emplaza a una serie de narradores en el marco de un museo municipal, en una tarde desapacible, para que cuenten diversas historias relacionadas con la mejor o peor fortuna de damas nobles que vivieron en su condado. La diferencia, no obstante, con los ejemplos citados es que las anécdotas que narran los personajes de Hardy no pasan de ser eso mismo, anécdotas, sin llegar a adquirir entidad sólida.

La excusa de reunir a un variado grupo de oradores no actúa en esta ocasión como motor estilístico para Un grupo de nobles damas: los distintos relatos son muy uniformes, sin apenas distinción entre los narradores que los exponen al resto de compañeros. El estilo descriptivo y ornado de Hardy irrumpe en cada texto de forma evidente, impidiendo que la idiosincrasia de cada cuentista salga a relucir; lo único que el lector sabe de ellos es la escasísima información que se aporta en las primeras o últimas líneas de los relatos, momentos en los cuales el hilo global de la trama sale a la luz. Los comentarios son escasos y no sirven para que los narradores cobren entidad alguna, por lo cual sus historias carecen de individualidad. No se entiende, pues, la utilización de un recurso que puede dar mucho más de sí.

En cuanto a los relatos en sí, en general dan una idea de descuido o abandono: algunos de los textos (“La marquesa de Stonehenge” o “Lady Mottisfont”) parecen más bien esbozos de historias mayores; son líneas argumentales que se truncan en un momento inconveniente, dejando la sensación de que podrían haber dado más de sí. Hardy se centra en resolver una trama concreta (un abandono, una adopción, un romance) de forma rápida, dejando a un lado la personalidad de sus protagonistas y haciendo de la acción el motivo principal; las motivaciones y las dobleces de sus personajes quedan en un segundo plano que les convierte en marionetas sin capacidad de emocionar. De ahí que muchas de estas nobles damas nos parezcan similares: sus caracteres apenas están desarrollados y algunas de ellas podrían intercambiarse sin que las historias se resintiesen lo más mínimo. Además, la planitud de sus personalidades trunca la empatía del lector con sus desgracias: son personajes tan desdibujados, tan impersonales, que sus desventuras se tiñen de un aire de irrealidad abúlica.

Las historias, como decía, apenas se distinguen entre sí; no sólo por las similares características estilísticas y temáticas de los narradores, sino por su tratamiento, que se encorseta en un tradicional esquema muy del gusto decimonónico: un planteamiento conservador, un descubrimiento insólito que marca el punto de inflexión de la trama y una resolución cándida. Apenas hay relatos que se aparten de este diseño; “Barbara de la casa de Grebe”, que coquetea con la herencia romántico-gótica, al igual que “La honorable Laura”: noches oscuras y tormentosas y protagonistas envueltos en misterios tenebrosos. No obstante, casi todas las historias se atienen a un patrón muy definido y que deja poco espacio para la improvisación. Eso sí, el humor “inglés” de Hardy asoma en las descripciones de las damas y algunos personajes secundarios, así como en la descripción de costumbres y modos de la vida de nobles y caballeros. Un soplo de aire fresco dentro de la rigidez formal de estas narraciones.

En pocas palabras: unos textos deliciosos de leer, pero que saben a muy poco. La mano maestra de Hardy, que tan buen urdidor de tramas es, no aparece más que en contadas ocasiones y deja estas historias a merced de la imaginación del lector, que debe rellenar los abundantes vacíos que el escritor deja, bien por omisión o (lo más probable) por desidia. Con todo, un pequeño placer para el paladar literario.

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