Función en el colegio – Orio Vergani

12 de marzo de 2010 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

La nueva editorial Libros del Silencio se presenta en sociedad con unos cuantos títulos sacados del cajón del olvido literario. Función en el colegio es una buena muestra de ello: obra de un desconocido escritor y periodista italiano, Vittorio Vergani, y publicada en 1940, apenas se la ha tenido en cuenta dentro del canon de la literatura italiana, como se apunta en el prólogo. Los motivos, como siempre en estos casos, serán de lo más variado, aunque es bien cierto que el libro, siendo como es de una sentimentalidad subyugante, no deja de representar un ejemplo menor dentro de textos de características similares.

Y es que la novela de aprendizaje o de formación es difícil de construir sin caer en algunos excesos. En el caso que nos ocupa, Vergani ofrece momentos de una indudable calidad, pero también tropieza en fallos ornamentales que hacen que la novela discurra por los tópicos más arriesgados. Con todo y con eso, los méritos del autor llevan al extremo la introspección psicológica y hay páginas de una belleza indiscutible.

La peripecia de Función en el colegio es tan nimia como engañosa: Mario, un huérfano de catorce años, vive en una pequeña ciudad italiana (Viterbo, nunca nombrada); entre sus compañeros de clase está el acaudalado Giorgio, que le invita a la función teatral que se celebra en el colegio de su hermana Emilia. Mario, en plena efervescencia juvenil, cree enamorarse de la chica y se debate entre su timidez y la impaciencia de su deseo. El desenlace, inesperado, tendrán que averiguarlo en el libro…

La historia es tan sencilla que podríamos pensar que no da para armar toda una novela, pero lo cierto es que Vergani construye una aventura más psicológica que física: tenemos acceso al mundo interior de Mario y es ahí donde recae el peso de la trama. El pensamiento de ese adolescente (narrado, eso sí, desde una perspectiva formal adulta, dando forma y estilo a sus ideas) es el que se desarrolla ante nuestros ojos y convierte las acciones intrascendentes -la función de teatro, la asistencia al carnaval, la reyerta entre dos de sus amigos- en sucesos tan épicos como significativos. El mundo de la adolescencia, repleto de pequeñas heroicidades y fracasos, se expone con una simplicidad que pone de relieve la importancia que Mario otorga a cada uno de esos sucesos, aunque el lector asista a ellos con una sonrisa en los labios.

Sin embargo, lo que destaca en la novela es la belleza de las descripciones: no tanto las geográficas o físicas, sino las impresiones que el joven protagonista capta y que se narran con exquisita minuciosidad, siguiendo una tradición de resonancias proustianas. Las percepciones de Mario, aunque en ocasiones edulcoradas por un exceso de minuciosidad, suelen deparar momentos muy hermosos:

Emilia está encerrada allí, defendida por cien murallas y por cien guardianes, en aquel frío palacio relegado entre una plazuela solitaria y un parque húmedo; vigilada por cien ojos que atisban todos los caminos. Hay que forzar cien cadenas: eludir el avaricioso espionaje del tío, la mirada implacable de los tenderos, la atención cautelosa de las viejas que hacen calceta tras los cristales de los balcones, el silencio de la plazuela, la vigilancia de la portera. ¿Y después? Será una espera inútil; un día, dos, diez, un mes, un año… junto a los muros impenetrables del colegio. Seguramente Emilia no saldrá nunca cuando Mario pueda ir a esperarla.

Los pequeños descubrimientos, los detalles que parecen banales, las visiones fugaces se transforman, gracias a la meticulosa pluma de Vergani, en una fuente inagotable de sentimientos a flor de piel. Bien es cierto que hay momentos en los que ese puntillismo narrativo bordea el límite, coqueteando con la inocencia y el exceso emocional, pero en general el autor mantiene el tipo y la novela transcurre con una fluidez lánguida y hermosa. Función en el colegio no será una revelación narrativa, pero sí es cierto que sorprende por su intensidad emocional y la frescura de su acercamiento a la primera adolescencia.

Verano en el lago – Alberto Vigevani

13 de enero de 2010 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

Alberto Vigevani dedica Verano en el lago, un relato corto pero de increíble intensidad narrativa, al sugerente momento en que nos despedimos imperceptiblemente de nuestra niñez para entrar en ese estado confuso de la adolescencia, de la turbulenta primera juventud. Sin un rito iniciático evidente que marque el antes y después de ese difuso cambio, la transformación se irá gestando casi imperceptiblemente a lo largo de todo un verano.

Giacomo es el protagonista de ese cambio y del relato. Y que ambos transcurran durante los meses de verano no es casual: el verano es la estación predilecta de Giacomo, que la entiende como un periodo de libertad, de ruptura con la rutina gris del año escolar en Milán. Sin capacidad para hacer amigos y sin ser un estudiante brillante, los inviernos en la ciudad son como una niebla pesada que atenaza al muchacho. Esa niebla se disipa en los meses de vacaciones cuando, escapando al control familiar, puede olvidarse de las expectativas que pesan sobre él durante el resto del año.

Sin embargo, el verano que la familia pasa a orillas del lago Como será absolutamente diferente de otros veranos anteriores. Al desprenderse de su niñez como de una piel ya muerta, la sensibilidad de Giacomo queda al descubierto: todo le hiere o le llena de júbilo, lo bello como lo atroz. Y a la vez, vive esa nueva realidad absolutamente solo, abandonado a sí mismo: mientras dure su metamorfosis el muchacho es un apestado que no pertenece al mundo de los adultos, pero tampoco al de los niños. De modo que, abandonado a sí mismo, deberá aprender a acostumbrarse a su nueva realidad y lo que ésta representa.

Dos hitos vitales jalonan además el recorrido espiritual de ese verano: el descubrimiento del deseo y el descubrimiento del amor. El deseo, dirigido hacia la joven criada de la casa, aparece como un sentimiento extraño y oscuro, un anhelo físico que involucra no obstante a lo anímico. La fuerza de ese sentimiento desconcierta a Giacomo y le hace sentir culpable, seguro de que nadie más alberga ese tumultuosos sentimiento que le empuja hacia el cuerpo de otra persona con una fuerza inimaginable.

Sus precarios escarceos con la sirvienta hacen sin embargo madurar al pequeño Giacomo. Esa experiencia inexplicable, hermosa y dolorosa a un tiempo, será para él una pasarela que le conduce a un nuevo estado emocional, del que es consciente. Y esa consciencia es precisamente la que le permite avanzar hacia el segundo descubrimiento del verano: el amor.

Pero atención, Verano en el lago no es el relato del primer amor, de un amor de verano. Verano en el lago es el descubrimiento primero de la capacidad de amar inherente al ser humano, con su mezcla, nunca exacta, de egoísmo y abnegación.

El amor se concreta para Giacomo en la figura de una hermosa mujer que conoce en la playa y de cuyo hijo se hace amigo. Pero, gradualmente, el muchacho comprenderá que el amor es un sentimiento con muchos más matices que el deseo. Se ama la belleza de un cuerpo, se ama lo que la propia imaginación achaca a esa belleza, se ama todo cuanto la rodea, e incluso se acaba por amar la realidad concreta del objeto de nuestro amor (realidad que rara vez coincide con nuestras ensoñaciones). Pero, y esta es la verdadera sorpresa para Giacomo, una vez que se aprende, se descubre uno amando el universo entero: el lago, el final del verano, el amigo compañero de juegos, y hasta la familia que nos abandonó a nuestra suerte mientras crecíamos.

Dissipatio humani generis – Guido Morselli

30 de diciembre de 2009 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

La editorial Laetoli, en su colección Maestros del siglo XX, ha publicado media docena de títulos de lectura imprescindible; tan buen hacer, tan exquisita selección, puede explicar la demora entre la aparición de un título y el siguiente, que espolea los anhelos del lector. Para cerrar el año, nada mejor por tanto que una joya como Dissipatio humani generis, en la que Guido Morselli narra la odisea, de tipo más bien intelectual, del último hombre sobre la tierra tras la desaparición del género humano.

Escrita en el tono de una reflexión ininterrumpida, como un diario que el superviviente anotase en su memoria, la narración se centra en las causas, consecuencias y contingencias de lo que el narrador y protagonista pasa a llamar el Acontecimiento. Y precisamente el enfoque especulativo de la historia, que la aleja de la ciencia ficción para acercarla a la filosofía, es el máximo acierto de una obra sorprendente.

Morselli no deja de lado en la narración aspectos de índole pragmática: la búsqueda de otros supervivientes por parte del único, su abastecimiento en las cocinas de hoteles desiertos, su merodear por calles abandonadas; tampoco obvia, aunque no se detenga especialmente en ello, el estupor y el terror que embargan a un hombre que una mañana descubre que todos los seres humanos han desaparecido; pero sobre todo se centra en la cogitación de un hecho asombroso, abordándolo desde diferentes perspectivas. Y ese es precisamente el punto fuerte de Disspatio humani generis: que donde otros autores se hubieran ceñido a lo anecdótico, Guido Morselli deja patente que el ser humano, esa criatura inquieta, curiosa, casi siempre amante de lo metafísico, no podría evitar rendirse a la necesidad de especular.

De este modo, el superviviente se plantea en primer lugar el sentido del Acontecimiento como hecho que, en cuanto no tiene explicación, debe carecer consecuentemente de significado. Evidentemente, también juega a dar explicación al suceso, representándoselo como una sublimatio o dissipatio de toda la raza humana, que habría sufrido una suerte de angelización. Pero esta explicación lleva a un nuevo dilema: él, como único superviviente,  ¿ha sido elegido o excluido? ¿Disfruta ahora la humanidad en masa de algún tipo de beatitud, mientras él pena en la tierra; o han sido todos aniquilados de alguna manera, siendo él el único indultado?

Pero aún se abren más posibilidades, como la de haberse visto obligado a permanecer en la tierra abandonada como representante elegido al azar de la mediocridad humana. Morselli realiza una crítica —nada despiadada, antes comprensiva e incluso afectuosa—, de la sociedad y de las individualidades que la componen. Como ejemplo, el cenotafio que el superviviente levanta en honor a ellos: una pirámide de coches, aparatos de televisión, cajas de botellas de coca-cola y, coronándolo todo, el anuncio incitador de una playa paradisíaca a la que escapar. Un monumento que resulta una síntesis perfecta tanto de la realidad cotidiana como de los anhelos del hombre moderno. Una raza que el superviviente vuelve a sembrar simbólicamente, usando como semilla los calmantes encontrados en las mesillas de noche, para originar una nueva, más tranquila, menos pendenciera.

Dissipatio humani generis puede ser entendido como una suerte de testamento razonado por el heredero de una Humanidad que, por virtud o por vileza —como acertadamente expresa Morselli—, ha sido borrada de la faz de la tierra.

Lo desconocido pesa sobre mí, y estoy solo, sin escapatoria. No tengo ayuda ni consejo. ¿A quién pediré un exorcismo? La ciencia y la filosofía permanecen tal vez. En mí, sea en grado ínfimo o bien como atisbo. Pero no han previsto nada de lo que sucede y no saben nada. Soy yo quien sabe que, de algún modo, lo que sucede no es imaginable, va más allá.

El piloto ciego – Giovanni Papini

24 de junio de 2009 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

El piloto ciego - Giovanni PapiniGiovanni Papini es bien conocido por su magnífica novela “Gog”, monumento cuasi-surrealista y sarcástico. No obstante, escribió muchas otras obras, entre ellas esta temprana colección de relatos que ya prefiguran al escritor corrosivo y mordaz que el italiano acabaría por ser.

Los relatos de “El piloto ciego” entroncan con la tradición fantástica más canónica: Hoffmann, Maupassant, Poe… No obstante, Papini se concentra más bien en los aspectos psicológicos de lo fantástico, como puedan ser el desconcierto, la duda o el terror.

Son éstos cuentos escépticos, con un punto surrealista que juega con el lector y, por supuesto, con los personajes; cuentos que coquetean con el absurdo y con el escepticismo más socarrón. Papini era un hombre apegado a la realidad y consciente de los cambios que se producían en su tiempo, por lo que determinadas ideas o teorías filosóficas se dejan entrever también en algunos de los relatos.

Así, por ejemplo, el texto que cierra el volumen, ‘453 cartas de amor’, es un alegato entre materialista y nihilista, un recuento de historias sentimentales que, lejos de conformar una pasión verdadera, sólo sirven al narrador como refrendo de su pasado y testigos de su antigua relación con una mujer. Es un texto muy breve, pero demoledor en su concepción, con una voz narrativa elusiva y mecánica que sorprende por su inhumanidad.

Aunque algunos relatos se pueden encuadrar dentro del más genuino género fantástico, Giovanni Papini siempre se las ingenia para que entre líneas asomen otras muchas cuestiones (algo que, por otra parte, es característico de la buena literatura fantástica); es el caso de ‘El día no devuelto’ o ‘Dos imágenes en un estanque’. En el primero de ellos aparece el tema del pacto con el diablo y el ansia por la eterna juventud; incluso, de manera tangencial, el del vampirismo. Pero también podemos encontrar, gracias a la sutil y bella prosa del italiano, un canto a la fugacidad de la vida, una añoranza por las ilusiones perdidas en la juventud y un pesar infinito por la soledad inherente a nuestra existencia. En el segundo relato asoma el tema del doble (con un tratamiento muy a la manera de Borges —admirador de Papini, por cierto—), ya que el narrador se encuentra con su «yo» de unos años atrás al regresar a su ciudad natal; ambas personalidades conviven durante unos días, pero el narrador pronto abomina de su «yo» anterior, al que considera pretencioso, ingenuo y ridículo. El final, terrible, no hace sino confirmar que el texto de Papini nos pone frente a nuestra personalidad, siempre mutable, y a la necesidad de conocernos a nosotros mismos para entender nuestra permanente evolución.

Similares circunstancias se dan también en otros cuentos, como por ejemplo ‘Historia completamente absurda’ (en el que un hombre descubre que toda su vida está contenida en un libro escrito por un desconocido), ‘¿Quién eres?’ (relato en el cual al narrador parecen olvidarle de repente todos sus conocidos, como si jamás hubiese existido) o ‘Los mudos’ (donde asistimos a la revelación, por parte de un supuesto mesías, de la verdad absoluta que nadie, sin embargo, puede transmitir o comunicar).

En “El piloto ciego” también hay algunos textos que tienden más hacia la prosa poética, hacia la reflexión o el lamento casi metafísico, como son ‘El reloj detenido a las siete’ o ‘Más deprisa’. Son cantos a la muerte, a la soledad o a la angustia que se apoderan de cualquiera al afrontar lo inconmensurable del universo. Escritos con una elegancia exquisita, son estos los relatos más bellos del volumen, aunque también los más solipsistas y oscuros.

“El piloto ciego” es un libro lleno de facetas y de múltiples registros, aunque su leitmotiv esté bien claro. La escritura de Papini se empapa de la tradición para dar una vuelta de tuerca a motivos y temas, creando así un conjunto de relatos de asombrosa factura. Una lectura inquieta, profunda y hermosa.

Diario del primer amor – Giacomo Leopardi

20 de mayo de 2009 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

Diario del primer amor - Giacomo LeopardiEn este “Diario del primer amor” se recogen seis anotaciones que el poeta italiano Giacomo Leopardi tomó entre el 14 y el 23 de Diciembre de 1817, cuando contaba diecinueve años, para recoger la inefable experiencia de la primera pasión amorosa.
En la primera de esas anotaciones, y como introducción, el poeta explica que, desde hacía tiempo, era consciente de que se despertaba en él la atracción por hablar y compartir sonrisas con hermosas mujeres, aunque pocas habían sido las ocasiones encontradas para dar rienda suelta a ese capricho. Así pues, por ello y por su juventud, su corazón era terreno abonado para sucumbir ante los encantos de Gertrude Cassi, una prima de su padre que rindió una breve visita a la familia. La visita fue corta y durante ella el rendido enamorado pudo compartir con la encantadora dama poco más que una partida de naipes; sin embargo, tan escaso estímulo fue suficiente para encender la llama de la pasión.
“Diario del primer amor” es entonces una reflexión inteligente, hermosa y alejada de todo sentimentalismo acerca de los turbulentos sentimientos que atenazan a todo enamorado: ese recuerdo que no cesa, esa imagen de la persona amada siempre presente, el deseo absurdo de volver atrás para poder disfrutar de nuevo de cada momento al lado del objeto de nuestro de amor y la sensación extraña de que mientras se pudo, no se saboreó con suficiente fruición su presencia, todo lo trata Leopardi. A la vez que recoge esas conocidas contradicciones que padecen siempre los enamorados: como esa sensación de que, de tanto evocarla, la imagen del amado se vuelve desvaída, lo que causa un tremendo pesar; pero también cierta alegría, porque amar es un trabajo cansado para el alma, y el enamorado desea, en momentos de lucidez, recuperar la serenidad que otrora conoció.
Si el lector ha estado alguna vez enamorado, identificará en estas brillantes anotaciones de Leopardi la gradación de sentimientos que ascienden ligeros hasta la cumbre del amor, para descender pesadamente hasta la fosa del olvido. La pasión se apaga, y el enamorado vuelve a encontrar placer en las rutinas que por un tiempo desdeñó.
Sin embargo, las anotaciones de este “Diario del primer amor” poseen una característica especial que las hace notables: a pesar del apasionamiento, Leopardi es capaz de distanciarse de sí mismo lo suficiente para tomar notas de sus sentimientos con algo semejante al rigor científico. Así, consciente de estar viviendo un momento único en la vida del ser humano, y determinante en la vida de un artista, el poeta toma nota cuidadosamente de la evolución de sus sentimientos; como si, de alguna manera, los viviera desde fuera.
Sin duda, es esa mezcla de pasión y distanciamiento lo que le da su peculiar sabor a estos escritos. Una pequeña delicia a tener en cuenta.

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