Kanikosen. El pesquero – Takiji Kobayashi
30 de abril de 2010 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Kanikosen. El Pesquero, de Takiji Kobayashi, fue publicado por primera vez en 1929 y ahora, casi un siglo después, reaparece en las listas de los libros más vendidos. Críticos y reseñistas coinciden en la idea de que, en la precariedad laboral que el neoliberalismo ha desatado, las jóvenes generaciones de trabajadores se sienten identificadas con las vicisitudes de los protagonistas de esta novela.
Kanikosen narra la vida en un cangrejero japonés que faena frente a las costas de la península de Kamchatka. Las durísimas condiciones de vida de los trabajadores se describen con un estilo parco que pone de relieve todo el horror de su situación: apaleados, torturados, obligados a trabajar sin descanso, subalimentados, acosados por piojos, pulgas y chinches, desesperados; esos hombres sólo tienen un pasado de hambre y miseria, y su futuro tal vez sea morir en las frías aguas del mar de Ojotsk.
El acierto de Tajiki Kobayashi es convertir a todos los trabajadores del barco en un solo personaje. No importa si un trabajador viene del campo, otro de una fábrica y el tercero de una mina, porque su experiencia es común: jornadas agotadoras, sueldos exiguos, malos tratos y accidentes mortales. Y ese pasado común, que el autor retrata con crudeza cuando da voz a alguno de ellos que narra sus experiencias, aboca a una misma conciencia: la de que hay quien se enriquece a costa del sudor y la sangre de hombres a los que nadie trata como a tales.
Al principio, ese hombre de cuatrocientas caras (tantas como obreros, pescadores y marineros trabajan en el buque factoría) da por sentado que ésa es la vida que le corresponde: vivir miserablemente para que otros puedan hacerlo de forma opulenta. Comprende que no hay justicia en esa realidad, pero ante las duras condiciones de su día a día solo exclama «¡Mierda!». Sin embargo, las condiciones de trabajo empeoran día a día y, como una bestia acosada, los trabajadores del barco se ven obligados a reaccionar.
La ley del terror que gobierna el barco deja de surtir efecto cuando la muerte se convierte en algo deseable, en comparación con la dureza de cada día. Así, el miedo dejará paso a la indignación y ésta a la conciencia de la propia fuerza. ¿Qué pueden el capitán, el representante de la compañía y el patrón de los obreros contra cuatrocientos hombres desesperados? La clave está en la unión, en convertirse en un sólo hombre en la lucha, como lo fueron en la desesperación.
El soberbio planteamiento del libro recoge esa gradación paulatina que convierte a cuatrocientas bestias de carga en cuatrocientos hombres decididos a conquistar una nueva dignidad. La narración sencilla, pero llena de imágenes sugerentes, convierte la lectura en un verdadero placer y acentúa el interés con el que se siguen los avatares de los trabajadores del Hakko Maru.
Takiji Kobayashi murió asesinado por la policía cuatro años después de la aparición de Kanikosen. El pesquero, como consecuencia de sus actividades subversivas en favor del proletariado. Pero los trabajadores del siglo XXI se siguen reconociendo en sus personajes, porque la voracidad del capitalismo devora cada día un pedacito de los derechos que se conquistaron durante años de lucha. Cada paso atrás que los trabajadores damos, cada derecho que perdemos y cada mejora por la que no luchamos, es una traición a la memoria de quienes, como Kobayashi, dieron la vida por nosotros. Por eso no debe bastar con reconocerse en los trabajadores de este pesquero: hay que emularlos.
Sanshiro – Natsume Sōseki
15 de mayo de 2009 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Nuevamente nos acerca Natsume Sōseki a los ambientes estudiantiles del Japón de principios del siglo XX; esta vez de la mano de Sanshiro, un joven recién llegado a Tokio para cursar estudios de literatura desde la provinciana isla de Kyushu. Las nuevas amistades, las clases y la sensación de que el futuro se está haciendo presente con rapidez, son las experiencias que aguardan al joven protagonista.
Podría definirse entonces “Sanshiro” como una novela de aprendizaje pero, de alguna manera, el protagonista no parece aprender nada de sus nuevas experiencias. Aunque Sōseki nos lo presenta como un joven reflexivo, ni sus pensamientos ni la narración logran profundizar en los hechos para extraer alguna consecuencia de ellos.
Las vivencias fundamentales del joven provinciano giran en torno del bello sexo. Sanshiro conoce a dos muchachas tokiotas por las que prontamente se siente atraído. Esta atracción se basa principalmente en que ambas jóvenes están muy lejos de ser, con sus actitudes emancipadas, parecidas a las mujeres que conoció en su provincia natal. Sōseki esboza así un apunte de la nueva sociedad que la Era Meiji estaba alumbrando.
La atracción dará paso al amor hacia Mineko, una muchacha que se considera a sí misma una oveja descarriada. Sin embargo, la relación entre ambos jóvenes no aparece claramente perfilada: reflexiones titubeantes y diálogos extraños no logran imprimir a ese sentimiento la fuerza necesaria para conmover al lector. Tal vez es la intención del autor no ser demasiado explícito a la hora de reflejar ese amor, habida cuenta de esa típica circunspección japonesa, pero para el lector occidental la experiencia del primer amor queda así pobremente reflejada.
Por otra parte, es completamente acertada la manera en que Sōseki plasma las elucubraciones que sobre el futuro se plantea Sanshiro. Éste ve abrirse tres mundos ante él: el mundo tranquilo y seguro, pero soporífero, que representa su pueblo natal; el mundo laborioso del estudio y la vida académica, donde el galardón del conocimiento podría estar aguardándole; y, por último, el mundo luminoso y frívolo donde habitan las mujeres y sus galanteadores.
Sanshiro quisiera amalgamar el segundo y tercer mundo, pero poco a poco empieza a comprender que, tras la feliz y despreocupada vida de estudiante, parece aguardar una existencia de sacrificios y responsabilidades. Conquistar a una mujer bella y refinada se le antoja difícil, pero llegar a ocupar una posición preeminente en el mundo académico no lo es menos.
En resumen, las intrigas parecen dominar ambos mundos, y ninguno está hecho para seres vacilantes. Pero esa reflexión debe secretarla el lector, porque Sōseki se limita a narrar hechos, meros acontecimientos, como si fuera un espectador de los mismos sin potestad para penetrar en la mente de sus protagonistas. Y esto, sin duda, resta vivacidad y fuerza a “Sanshiro”.
Más de Natsume Sōseki:
Kokoro – Natsume Sōseki
26 de diciembre de 2008 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Un lento caminar hacia el centro de una espiral, una madeja que pausadamente se va deshaciendo; de esa manera cabría describir la forma en que se desgrana la historia de “Kokoro” y, desde luego, la palabra clave es lentitud. Lentitud en el ritmo, lentitud en los diálogos, lentitud para llegar al desenlace. Y de ahí esa sensación de estar dando vueltas sobre lo mismo, de que la misma historia se podría haber contado de manera más directa y la impresión de que muchas veces el autor se pierde en consideraciones no tanto innecesarias como fútiles: aunque relacionadas con la historia, resultan accesorias y hasta impostadas, precisamente como si se quisiera alargar innecesariamente el relato.
Natsume Sōseki escribe en “Kokoro” una peculiar historia de aprendizaje, de tránsito hacia la madurez. Su protagonista, un joven universitario, entabla amistad con un hombre mayor al que, desde el principio, denomina sensei, termino japonés que podría traducirse como maestro. La relación no deja de ser chocante porque este sensei no sólo es un hombre que vive retirado del mundo, sino que además no parece tener nada que enseñar a su discípulo. Sin embargo, éste presiente algún oscuro secreto en el pasado de sensei y de conocer ese secreto pretende sacar una enseñanza que pueda serle útil en la vida.
De esta manera, la primera y segunda parte de la novela se limitan a narrar los encuentros entre nuestro joven y sensei, en los que cada palabra pronunciada por el maestro es tomada, sopesada y analizada como indicio de ese misterio que se oculta en su pasado y que el protagonista pretende desvelar. Sólo en la tercera parte de la novela, y transcurridos dos tercios de la misma, sensei contará los hechos que, siendo él mismo un joven universitario, marcaron su vida y cambiaron su carácter, convirtiéndole en el ser taciturno y desengañado del presente. Esta narración pone punto final a la novela, por lo que resulta imposible estimar si los hechos que en ella se recogen satisficieron el ansia de saber de nuestro joven, como tampoco es posible saber qué enseñanza pudo sacar de ellos. Lo que sí es claro es que lo acontecido tuvo fuerza para conmocionar a un hombre y alterar para siempre su existencia.
En definitiva, las dos primeras partes de la novela sirven como preparación para los hechos decisivos que se recogen en la última. Sin embargo, el ritmo lento que caracteriza a todo el libro lastra lo que debería ser un crescendo de la tensión que apuntara hacia la gran revelación final. La falta de resolución del protagonista para interpelar a sensei cuando éste alude a esos misteriosos acontecimientos de su pasado, y las mil conjeturas en que el muchacho se pierde por tanto, lejos de ser un acicate para el lector (que debería también entrar en el juego de la especulación) acaban por resultar cansados.
Otro tanto ocurre con la narración de la última parte de la novela, cuando sensei cuenta en primera persona cuáles fueron los hechos que enturbiaron su vida. Falto de resolución, da vueltas en torno a las acciones que debería emprender, sin decidirse a hacerlo y sufriendo por ello. Ahora bien, puede que el carácter irresoluto de ambos jóvenes se deba contemplar realmente como una seña de la identidad y la cultura japonesas anteriores a la época Meiji, en la que un carácter avasallador o resuelto son más bien síntoma de una educación deficiente.
En cualquier caso, “Kokoro” es una novela aceptable, que, dejando de lado la lentitud de su ritmo, se puede interpretar como una parábola sobre la capacidad para obrar mal latente siempre en el ser humano y lista para desarrollarse en cuanto se presenta la ocasión.
Más de Natsume Sōseki:
Kojiki. Crónica de antiguos hechos de Japón
24 de noviembre de 2008 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
A finales del siglo VII d.C., el emperador Temmu ordenó la confección de unas crónicas que recogieran los hechos y datos del pasado, en un intento de fijarlos de manera fidedigna y veraz. En la recopilación de estos anales se trabajó durante tres décadas y en el año 712, tras la muerte del propio Temmu, fueron presentados a la emperatriz Gemmei.
El “Kojiki” responde entonces a una intención historiográfica, pues el emperador mandó realizar esta compilación preocupado porque muchas de las historias que versaban sobre el pasado remoto del Japón se estaban desvirtuando. En parte, evidentemente, porque su trasmisión era oral, y en parte porque eran leyendas que variaban de una localidad a otra.
Sin embargo, el “Kojiki” responde también, y sobre todo, a una intención política: la de legitimar a la línea dinástica en el poder, evitando así posibles alzamientos en una etapa de tensiones entre los distintos clanes que ocupaban cargos en la corte imperial.
Estas “Crónicas de antiguos hechos” corresponden entonces a ese tipo de literatura mitológica que otras culturas también poseen, donde las historias acaecidas a dioses y héroes míticos sirven para explicar el origen del mundo y sus fenómenos. En ese sentido, la historicidad que buscaba recoger Temmu está bastante poco justificada, en cuanto el “Kojiki” reúne mayoritariamente leyendas y sólo de algunos de los emperadores que figuran al final de las crónicas puede verificarse su existencia histórica.
La obra recopila una serie de leyendas que justifican la ascensión al poder del clan de Yamato, la expansión de sus territorios y la manera en que sometieron a otros clanes, anexionándose sus provincias. Es importante señalar la habilidad con la que los compiladores supieron servirse de las leyendas de otros clanes para forjar nuevas historias en las cuales, tanto sus dioses tutelares como sus héroes, acaban sometiéndose, por fuerza o de grado, al clan de Yamato. De esta manera la primacía del linaje imperial quedaba explicada, no pudiendo ponerse en duda la legitimidad de su gobierno. El clan de Yamato se aseguró muy especialmente esa primacía gracias sobre todo a la leyenda del origen divino del emperador, según la cual, éste era descendiente directo de Amaterasu, la diosa del sol.
El mundo de los dioses, el mundo de los héroes y el mundo de los hombres desfilan a lo largo de estas crónicas de una manera ordenada, presentando un mundo lleno de colorido donde lo épico es un elemento de cohesión que contribuye a la creación de la identidad cultural de una nación que comienza a formarse. Una nación que busca ya reconocerse en unos orígenes remotos e identificarse con unos ritos que, viniendo del pasado, van a perpetuarse en el futuro con el que enlazan.
Especial mención merece la cuidadísima edición de Trotta, preparada por Carlos Rubio y Rumi Tani Moratalla, quienes han traducido los textos directamente desde el japonés. La enjundiosa introducción y las innumerables notas al pie, que demuestran la erudición de los traductores, hacen las delicias de quienes queremos saber más de la milenaria cultura nipona.
El cortador de cañas – Junichirō Tanizaki
3 de octubre de 2008 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
“El cortador de cañas” resulta una novela de una belleza extraordinaria que, inevitablemente, hace pensar al lector en la delicadeza de obras como el “La historia de Genji” o “El libro de la almohada”. Junichirō Tanizaki se muestra así como heredero de una singular tradición literaria y, más aún, como taciturno testigo de la desaparición de un estilo de vida y el fin de una época.
Así pues, “El cortador de cañas” es el reflejo de una sociedad que se aleja cada vez más de la sofisticación que los libros clásicos recogen. De este modo, el narrador se nos presenta como un erudito obsesionado con la refinada vida de la corte nipona, antes de la llegada del shogunato. Si bien, esa obsesión no procede meramente de un gusto por lo antiguo, si no que es consecuencia natural de la inclinación de un alma sensible hacia una existencia dedicada tanto a la serena contemplación de la belleza de la naturaleza, como a la sosegada reflexión que ésta provoca.
Nuestro hombre es rara avis en una sociedad que se occidentaliza sin cesar. Así lo prueba el hecho de que sea él la única persona que decide permanecer en un islote en medio de un río, dedicado a contemplar la luna llena de otoño y recitar versos antiguos, mientras un transbordador no deja de transportar gente entre una y otra orilla.
Para su sorpresa, otro hombre se unirá a él entre las cañas en la noche de luna llena. Y este personaje le contará una historia de amor protagonizada por alguien que también gustaba de creer que en los tiempos antiguos la belleza era el ingrediente que daba sabor a una existencia donde cualquier vivencia parecía conmovedoramente intensa.
Esa historia de amor es en realidad la de un extraño triangulo amoroso, integrado por un hombre que se enamora de una hermosa viuda, pero se casa con la hermana de ésta. Enamorado de Oyū, a la que no puede dejar de imaginar como una refinada dama de la época heian y que, por tanto, encarna su ideal de mujer, llegará a un acuerdo con su esposa para permanecer castos en atención al amor que ambos profesan a la joven.
Oyū encarna así a a gran señora, a una especie de emperatriz o divinidad, a quien veneran todos cuantos la conocen. Su belleza, su encanto, todo en su manera de ser recuerda a las grandes damas de antaño, incluso la despreocupación con que acoge las muestras de devoción de quienes la rodean. El trato que recibe no le es indiferente, simplemente no concibe que pueda ser de otra manera. Mientras, Shinnosuke y su esposa, representan a los leales vasallos dispuestos a cualquier sacrificio por su señora. Rendidos ante su encanto, su vida sólo puede emplearse en complacerla y servirla.
Sin embargo, en una sociedad que se aleja cada vez más de los ideales de culto a la belleza, espiritualidad y lealtad, la realidad acabará por irrumpir groseramente, rompiendo el delicado equilibrio de esa relación a tres bandas.
A pesar de lo inverosímil que pueda parecer la historia que recoge “El cortador de cañas”, Tanizaki sabe dibujar con maestría el carácter de sus personajes, presentando sus motivaciones de forma que lo que sucede no resulte sorprendente para el lector. De esta manera, construye una historia llena de emoción y tensión contenida, donde se plasma el ocaso de un mundo donde aún podían darse grandes pasiones.
