Mi Marruecos – Abdelá Taia
8 de enero de 2010 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Mi Marruecos, primera novela de Abdelá Taia, recoge el relato autobiográfico de la infancia y adolescencia del escritor. Como documento vital no está exento de interés, al permitir atisbar la vida de un muchacho de clase humilde que se crió en las últimas décadas del pasado siglo, pero en un país y una cultura islámicos. Las diferencias no pasan, sin embargo, de ser superficiales, pues la esencia de la infancia siempre es la misma: el colegio, la familia, los amigos con los que corretear por las calles, el primer amor y, sobre todo, el deseo de crecer, de aprender.
Pero Mi Marruecos es, principalmente, un lamento nostálgico que apunta no sólo a la infancia perdida, sino también al país abandonado. Taia, que escribe desde Francia, se sirve de esta narración para recorrer de nuevo su barrio, su casa, la imagen de su madre e incluso sus comidas preferidas. La añoranza marca las páginas de la novela, de cada historia que se cuenta, y es fácil adivinar que ponerlas en palabras es la manera de la que se sirve el autor para fijarlas en su memoria.
De esta manera, asistimos a un desfile de parientes, amigos, compañeros de clase… cada uno de ellos ligado a una historia que se entrelaza con la del escritor: un niño fascinado por Bruce Lee y, más tarde, por Paul Bowles. Y es que la literatura, los libros (entre los que su padre, funcionario de la Biblioteca General de Rabat, le paseaba cuando sólo era un bebé), se presentan como la gran pasión de Abdelá Taia. Una pasión que se describe con el mismo gozo con el que se habla del primer amor, si éste además durase para siempre.
Como la de cualquier niño, la infancia del niño Abdelá giró alrededor de su madre: M’Barka, una mujer enérgica, abnegada, imbuida de una gran religiosidad; pero a la vez, algo anacrónica, aferrada a un modo de vida que no puede ser ya el del tiempo de su hijo. Y, en el fondo, esa relación con M’Barka no es sino un trasunto de la relación de Taia con el propio Marruecos. El vínculo que lo une a su madre, pero también a su país, es puramente emocional —y, desde ese punto de vista, muy vigoroso—; pero, intelectualmente, Taia y M’Barka, Taia y Marruecos, se encuentran a siglos de distancia, en posiciones casi siempre opuestas, aunque no irreconciliables.
Mi Marruecos es un libro que destila honradez y sinceridad; para el lector resulta evidente que el autor se ha volcado en él tal y como es. Es en consecuencia un libro que rebosa sentimiento, e incluso fuerza. Sin embargo, se reconoce también en él la candidez balbuceante de una primera obra. El apasionamiento, la sensibilidad de Abdulá Taia se muestran en bruto, sin ningún tipo de refinamiento literario, de manera que a veces se tiene la sensación de estar leyendo las páginas de un diario escolar. Encauzar esa pasión, distanciarse para que la escritura sea más madura es, supongo, una cuestión de trabajo y tiempo. Mi Marruecos no es un mal punto de partida.
Intimidades congeladas – Eva Illouz
14 de marzo de 2008 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Eva Illouz trata, en “Intimidades congeladas”, de definir el papel de las emociones en la sociedad capitalista que se ha venido formando desde principios del siglo XX hasta nuestros días. La autora trata de situar la emoción en el campo de la sociología para poder estudiarla con rigor; como ella misma dice: «La emoción no es acción per se, sino que es la energía interna que nos impulsa a un acto […]. La emoción, entonces, puede definirse como el aspecto “cargado de energía” de la acción […]. Lejos de ser presociales o preculturales, las emociones son significados culturales y relaciones sociales fusionados de manera inseparable.»
Para conseguir su objetivo, Illouz divide el libro en tres apartados, referentes a ciertos puntos concretos. En el primero se centra en exponer el auge del psicoanálisis a comienzos del siglo XX, hecho que revolucionó la concepción social de la psique humana y que abrió las puertas a la implantación de terapias psicológicas en terrenos como el empresarial. Lo que la autora llama homo sentimentalis no es sino el fruto de la implantación del psicoanálisis en nuestra vida cotidiana; con un propósito terapéutico al principio, pero con objetivos mucho más materiales y económicos después. La utilización de tests psicológicos de evaluación para nuevos empleados, o de terapias emocionales para mejorar la disciplina y la productividad, se convirtió en algo común. Todo ello contribuyó a ensalzar la imagen del psicoanálisis entre la población y difundió una cierta racionalización del yo: es decir, se situó el yo privado, íntimo, en un primer plano social y público; se intelectualizaron las emociones para promover una comunicación sobre los propios sentimientos, valores y objetivos. Las emociones se empezaron a considerar objetos independientes que podían ser evaluados y controlados por las personas.
En el segundo apartado del libro, la autora expone el concepto de capital emocional: la utilización de las emociones como forma de generar dinero, poder o estatus. Como ejemplo, Illouz utiliza el concepto de «inteligencia emocional», acuñado a finales del siglo XX por Daniel Goleman, y que contribuyó a la generación de estudios que probaban que personas competentes emocionalmente rendían mejor (producían más) en sus trabajos que otras igual de preparadas, pero peor dotadas en cuanto a capacidad emocional. La autora advierte acerca de la evidente tautología que suponen los libros de autoayuda —y, por extensión, muchas terapias psicológicas—; se definen estados saludables que marcan una pauta estricta y que invalidan cualquier otro comportamiento: todos los estados que no se ajustan a ese ideal son considerados, por definición, problemáticos y necesitados de tratamiento. Si, tal y como se explica en el libro, las desviaciones psicológicas cada vez se amplían más, las posibilidades de encuadrarse en una de esas categorías aumentan sin cesar, llegando al absurdo de que una mayoría de población pueda ser considerada psicológicamente inestable.
En el tercer y último apartado, Illouz estudia el fenómeno de Internet y las diferentes formas de socialización que ha generado; en concreto, pone especial atención en las redes de citas. En pocas palabras, se puede decir que la socialización de nuestros yo íntimos ha provocado una disolución de las formas tradicionales de amor: mientras que antes primaba lo íntimo en la formación del sentimiento amoroso (las parejas debían conocerse para ir descubriendo, poco a poco, aspectos privados del otro), ahora las tornas han cambiado y las relaciones se inician con un conocimiento casi total de la otra persona; un conocimiento gradual e intuitivo pasa a ser integral y premeditado. De esta forma, nuestras relaciones emocionales se convierten en ponderadas transacciones comerciales, convirtiendo el sentimiento en una moneda de cambio más: la emoción convertida en un bien.
Illouz concluye con una reflexión muy acertada: esta mercantilización de las emociones nos ha convertido en lo que ella denomina «tontos hiperracionales», personas incapaces de seguir sus instintos y que dan primacía a la rentabilidad de sus pasiones. Pocas conclusiones habrá tan acertadas.
