El androide y las quimeras – Ignacio Padilla
12 de noviembre de 2008 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
A veces, encontramos libros que nos subyugan por una cualidad misteriosa y casi inefable, que nos transportan con facilidad a los universos que ha creado el escritor y que nos hacen sumergirnos en la lectura con la avidez y la pasión de la adolescencia. “El androide y las quimeras” es uno de esos libros. Ignacio Padilla pergeña en estos doce relatos un mundo mágico que atrapa y seduce, que embelesa por su frescura, su imaginación y su cuidado.
Se perciben influjos borgianos en todas las piezas del volumen, ecos del gusto por el ajedrez, por la acumulación de datos eruditos, por la anglofilia; son huellas leves, pero que asoman a la superficie enseguida. Sin embargo, esto no supone un demérito. Padilla ha sabido partir de una tradición y un caudal de lecturas enorme (o así lo parece) para construir un imaginario propio cargado de malignidad, guiños metaliterarios (y metaculturales), personajes estrambóticos e historias inauditas. Mientras que otros autores naufragan debido al lastre de sus influencias o admiraciones, el mexicano hace de ellas un elemento más de su riqueza verbal y narrativa.
Lo primero que habría que decir sobre estos cuentos es que están maravillosamente escritos. No es que Padilla ostente una prosa magnífica y exuberante, ni mucho menos (de hecho —quizá otro detalle borgiano— es quirúrgicamente cerebral): es, simplemente, que ha utilizado los recursos idóneos, en los momentos idóneos, para provocar las sensaciones idóneas. Tal vez esto parezca una banalidad, pero no creo que sea nada sencillo jugar con los ánimos del lector, plantearle misterios o incitarle a deducciones erróneas sin caer en florituras verbales que arruinarían el objetivo. El autor recrea en cada relato un hecho concreto, parte de una situación determinada y conduce al que lee hacia un desenlace, muchas veces sorpresivo, sin hacer la más mínima concesión narrativa: cada adjetivo está en su lugar, cada descripción tiene un objeto, cada elemento está ahí porque debe estar. Nada falta y nada sobra.
Por otra parte, cada pieza de este entramado literario abre la puerta a un universo fantasioso y hechicero, donde lo mismo podemos encontrar a un Lewis Carroll senil intentando enmendar su obra maestra, como asistimos al desalmado proyecto de Edison de crear una muñeca parlante. Casi todas las tramas se apoyan en elementos reales, como el autómata de Kempelen o la niña salvaje de Chalons; la genialidad de Padilla transforma esos sucesos, esas lecturas y relecturas, en fabulosas narraciones que llevan siempre el barniz de lo ilusorio, de lo mágico. Siempre entendiendo esto último como una concesión a nuestra parte infantil, a nuestro lado lector más crédulo, inocente e impresionable. No es tanto que los relatos de “El androide y las quimeras” busquen el K.O. cortazariano, el final sorprendente y explosivo, a toda costa; se trata, más bien, de que estas historias apelan a esa suspensión de incredulidad primigenia, como debían hacer los primeros narradores orales que congregaban a un público a su alrededor para hablar de héroes legendarios y monstruos inconcebibles.
Además, el autor tiene el fino olfato del narrador que introduce pistas, detalles en sus cuentos sin que el lector tenga la sensación de que están jugando con él. Padilla maneja el tempo con sutileza y maña, y es capaz, incluso, de insertar referencias en apariencia banales que, vistas en perspectiva, son auténticas denuncias sociales: me remito, sin hablar de las tramas, a los relatos ‘Las furias de Menlo Park’ y ‘Antes del hambre de las hienas’. Quizá hoy día la función pública de la literatura sea poco valorada, pero creo que merece mención especial; sobre todo en un caso como éste, en el que su aparición no hace desmerecer (todo lo contrario, de hecho) el entramado narrativo-fantástico que Padilla levanta.
Poco más se puede decir para recomendar la lectura de un libro. Padilla no será el próximo premio Nobel, pero les aseguro que refresca mucho leer a alguien que tiene una concepción tan clara de lo que la literatura puede dar de sí.
Mentiras contagiosas – Jorge Volpi
6 de agosto de 2008 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Se agrupan en este libro de Jorge Volpi varias piezas breves, todas ensayísticas, dedicadas a diversos temas; todos, eso sí, relacionados con la literatura. Quizá los más interesantes se agrupen en las dos secciones que abren la obra: la primera, llamada ‘Libros, escritores, lectores’, plantea la duda, en tono metafórico, sobre el futuro de la novela como forma de ficción y su pertinencia como género; la segunda, ‘Experimentos’, ofrece unas reflexiones sobre el desarrollo de la ficción literaria.
Mientras leía algunas de las afirmaciones de Volpi me preguntaba por el sentido último de la crítica literaria. Creo que la esencia no es utilizar la crítica (en un sentido lato) como instrumento para marcar distancias, para crear escuela o para sentar cátedra; se trata, simplemente, de exponer juicios que sirvan de referencia para otras personas que leen. No siempre se consigue, es cierto, pero ése es el propósito: crear y fomentar la pasión lectora. Y esta reflexión me venía a la cabeza cuando leía estas palabras de Volpi hablando acerca de Juan Rulfo:
Desconcertados y alarmados, los críticos sólo se pusieron de acuerdo en una cosa: Juan Rulfo escondía algo. […] De modo que cuando terminaron de leer “Pedro Páramo”, decidieron que no era suficiente. Que ese libro, ¡qué decir libro!, que ese librito de menos de ciento cincuenta páginas, era demasiado breve. Y pensaron en añadirle más palabras, millones de palabras. […] pergeñaron libros que explicaban lo que en verdad había querido decir Rulfo (como si pudieran saberlo) y libros sobre los libros que trataban de explicar lo que había querido decir Rulfo. […] Nunca tantos dijeron tanto de tan poco.
Porque uno no concibe la crítica literaria como un medio autónomo: la crítica se supedita al libro por necesidad (casi por definición). Es ilógico fraguar un discurso teórico que, en lugar de hablar sobre la obra, se utilice como forma de expresión autónoma y autosuficiente. La crítica actual se basta por sí misma, parece eludir al libro como objeto de estudio para regodearse en sus planteamientos internos, en sus luchas de poder y en sus cosmovisiones. Hubo una época en que la crítica literaria que se practicaba en los periódicos servía, amén de para el lucimiento del crítico, para ilustrar a los futuros lectores, para servirles de guía en sus elecciones, para ofrecerles información acerca de los libros que podían leer. Si se examina la crítica que hoy en día se da a nuestro alrededor, tanto en los medios tradicionales como en los más modernos, no es difícil darse cuenta de que la motivación de los críticos está por encima del simple análisis del libro: hablamos de prestigio social, de lustre intelectual y de poder. Ya no importa aconsejar, u opinar; lo que importa es afianzarse como figura relevante, como crítico intocable o como banderillero verbal. De ahí que la simple lectura, la que se hace con ánimo de compartir experiencias, se considere superflua o poco erudita.
Estas consideraciones (perdonen si he desbarrado un poco) me parecían pertinentes mientras pasaba por la segunda de las secciones del libro, en la que se pueden leer pasajes como éste:
Un crítico literario es un lector que, gracias a la amplificación que le otorga su prestigio o el de su medio, transmite sus opiniones sobre un libro con altas probabilidades de que se reproduzcan. Cuando un crítico valora una novela, lo único que le importa es defender sus propias ideas y trata de que lleguen al mayor número posible de lectores. Si su prestigio o su medio están suficientemente extendidos, puede contribuir al triunfo o a la ruina de una novela, a su supervivencia o a su extinción. En cualquier caso, es mejor una crítica negativa que el silencio […]. Sólo la indiferencia es mortal.
Eso es lo que hace de “Mentiras contagiosas” un estupendo libro sobre literatura: Volpi no alecciona, no pontifica (…casi nunca), sino que «transmite sus opiniones» con franqueza, sencillez y un saludable sentido del humor. Tanto si habla del “Quijote” como de las novelas de Roberto Bolaño, lo que se extrae de sus textos es que su autor es un apasionado de la literatura, y ese entusiasmo se contagia con facilidad. Lejos de sentar cátedra desde su púlpito, Volpi echa mano de sus impresiones acerca de obras y autores, y las comparte con el lector de igual a igual, intentando inflamarle con su visión.
Como dije, las dos primeras secciones son las más interesantes en tanto son, también, las más generales; algunos de los textos sobre escritores que pueblan el resto del volumen quedan como meras reflexiones menores. Con todo, “Mentiras contagiosas” consigue hacer honor a su título e inficionar al lector con esa pasión por el engaño que encierra la literatura. Sin pomposidades, sin cánones autoritarios y sin dogmatismos: si nos gusta leer, disfrutaremos con este libro. Como, de hecho, disfrutamos con todos los que leemos.
Huesos en el desierto – Sergio González Rodríguez
26 de abril de 2006 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Morena, pelo largo, joven, delgada… esas son las características de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, Chihuahua.
Pero sobre todo son mujeres pobres, trabajadoras de las maquilas (fabricas de montaje pertenecientes a empresas internacionales arraigadas en México para servirse de mano de obra barata y en pésimas condiciones sociales: maravillas de la globalización). Mujeres desprotegidas, que caminan por la noche hacia su puesto de trabajo, a través de calles sin pavimentar, sin luz, sin vigilancia, en una ciudad sin infraestructuras, tomada por el nercotráfico, gobernada por hombres corruptos.
Desde 1993 han aparecido casi 400 cadáveres de mujeres jóvenes. Golpeadas, torturadas y en la mayoría de las ocasiones, violadas.
La actitud de las autoridades consistió primero en quitar importancia a esas muertes, que juzgaban dentro de la categoría de crímenes pasionales, o consecuencia de la violencia intrafamiliar. Más tarde, y cuando diversos grupos civiles comenzaron a llamar la atención sobre los crímenes, las autoridades buscaron sospechosos sobre los que hacer recaer las culpas. Estos sospechosos, de los que se consiguieron confesiones en muchos casos mediante torturas y amenazas, aún siguen en la cárcel. A pesar de ello, continúan apareciendo mujeres brutalmente asesinadas.
Me interesé por el caso de las muertas de Ciudad Juárez a raíz de leer “2666″, de Roberto Bolaño. El tema es escalofriante, propio de una novela de terror. Y lo que más horror produce es, no sólo lo verídico de los acontecimientos, sino el que estos se produzcan dentro de la más absoluta impunidad.
‘Impunidad’ es la palabra que nos grita Sergio González Rodríguez en este libro. Como además se ha atrevido a señalar a los culpables ha sido amenazado, golpeado, puesto en la lista negra de las autoridades mexicanas.
Porque son las autoridades mexicanas, que en muchos casos sufragan sus campañas políticas con fondos provenientes del narcotráfico, las que encubren y protegen a los culpables de estos atroces asesinatos. Procuradores, gobernadores, altos cargos de la policia federal y judicial, encubren y amparan a narcotraficantes, pero también a empresarios, a hijos de familias prominentes, que han encontrado su diversión en el asesinato y la tortura de jóvenes y niñas.
Dos gobiernos de dos partidos políticos distintos (PAN y PRI) han velado por los intereses de los ricos y poderosos, despreciando la vida de las mujeres juarenses sólo por que son eso: mujeres (y además, mera mano de obra barata). Han mentido de forma pública y notoria, han eliminado pruebas y evidencias, han amenazado o eliminado a aquellos que se atreven a indagar y a revelar la verdad. Han, en definitiva, mantenido abierta la veda para los cazadores de mujeres de Ciudad Juárez.
“Huesos en el desierto” nos revela todo eso. Habla de las conexiones de las grandes familias del estado de Chihuahua con los cárteles de la droga. Y de estos con ciertos ritos satánicos, que incluyen el asesinato de mujeres durante orgías de hermanamiento. Habla de policías corruptos que sirven a los capos. Y de fiscales que inculpan a inocentes para acallar a la opinión pública.
Recomiendo vivamente la lectura de este libro. A pesar de lo horrible de la cubierta y del título que recuerda a Stephen King y aunque no es ninguna joya del periodismo, por la temática que toca se hace imprescindible. Hay que saber lo que ocurre en el mundo, y dejar oír nuestras voces en contra.
Si os interesa el tema, visitad la página Nuestras hijas de regreso a casa.
