Retrato de una dama – Henry James

11 de Diciembre de 2009 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

Retrato de una dama - Henry JamesSi hace poco hablábamos de Los papeles de Aspern y decíamos que constituía un ejemplo bellísimo de construcción de personajes, se agotan los adjetivos para definir lo que Retrato de una dama constituye dentro de la obra de Henry James, en particular, y de la literatura universal. Una obra como esta es inagotable en todas sus vertientes, porque (como todos los grandes libros) su lectura no se limita al tiempo que uno emplea pasando las páginas, sino que se extiende después en el pensamiento.

El argumento, como muchos sabrán, es de una sencillez bastante equívoca: Isabel Archer, una joven norteamericana que ha perdido recientemente a su padre, es invitada por un tía a pasar unos meses viajando por Europa. Después de unas cuantas peripecias, acaba conociendo en Florencia a un compatriota exiliado, Gilbert Osmond, de una personalidad tan magnética que la mujer, pese a su férreo deseo de saborear el mundo y vivir experiencias, termina por casarse con él. Por supuesto, entreveradas con todo ello hay otras múltiples subtramas que introducen a unos cuantos personajes secundarios que son tan importantes como el de la propia protagonista.

El personaje de Isabel es, desde luego, el pilar fundamental de Retrato de una dama. Una mujer de compleja personalidad, con facetas oscuras y luminosas, con defectos evidentes y con una sensibilidad a flor de piel. Su intención al dejar Estados Unidos es formarse «una impresión general de la vida» para evitar cometer errores, aunque el posterior desarrollo de ciertas circunstancias hará que su actitud orgullosa le haga pagar un alto precio por sus desmanes. Lord Warburton, un noble inglés que la pide en matrimonio —al que rechaza por un anhelo indeterminado de saborear las experiencias que aún le quedan por vivir—, dice de ella que «sólo juzga por la externo y no le importa nada». En efecto, James construye el personaje de Isabel no desde la admiración, sino desde la rigurosidad: la joven se deja guiar por sus instintos, por sus pasiones, pero la mayor parte de las veces se equivoca y juzga de forma incorrecta a la gente con la que se relaciona. Su primo Ralph, que ejerce en cierto modo de conciencia para la joven (si bien nunca llega a tener éxito en su empeño), se lo expresa de forma contundente:

Tómate las cosas con más calma. No te preguntes tanto si esto o lo de más allá es bueno para ti. [...] No te empeñes tanto en forjar tu carácter, es igual que tratar de abrir de golpe una rosa joven y prieta. Vive como más te agrade, y ya se encargará tu carácter de forjarse él solo.

Esa obsesión por formarse como persona acaba llevando a Isabel a una situación que considera inasumible: su matrimonio con Osmond, en principio muy deseado, se convertirá en una negación total de sí misma. Para el diletante exiliado representa una ofensa «el hecho de que ella tuviese una mente con ideas propias»; el anhelo de Osmond es en realidad deslumbrar a un mundo que aparenta desdeñar, adoptando una pose estudiada y falaz, y para ello no duda en casarse con Isabel por su dinero.

Uno de los puntos más interesantes de la novela es, de hecho, el narrar una historia tan manida como ésa haciendo que todos sus elementos (personajes, trama) aparezcan como novedosos gracias a la habilidad de James para capturar la psicología de sus creaciones y exponerlas al lector con sus inevitables claroscuros. Por ejemplo: Henrietta Stackpole, la mejor amiga de Isabel, se perfila como el prototipo de la nueva mujer estadounidense, decidida y obstinada, pero acabar por revelarse como un ser sensible y emocional.

El único detalle que desmerece un tanto la obra es la propensión al discurso del narrador, que en ocasiones ofrece parrafadas extensas que apenas aportan información al texto; no sólo eso, sino que tampoco sirven como interludios dramáticos, o embellecen la narración con esas maravillosas descripciones que puede llegar a dar la pluma de Henry James. El hecho de que se publicase en forma de serial en las revistas The Atlantic Monthly y Macmillan’s Magazine posiblemente hizo que algunos extractos necesitasen de retoques para su adecuada “comercialización”. No osbtante, el talento del autor es innegable y el ritmo de la obra consigue mantenerse a pesar de esos tropiezos. No cabe duda de que Retrato de una dama es un ejercicio narrativo de una perspicacia casi sin igual, con unos personajes de una entidad asombrosa y con una protagonista inolvidable. Una auténtica delicia.

No Impact Man – Colin Beavan

4 de Diciembre de 2009 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

No Impact Man - Colin BeavanA lo largo de 2007 el escritor Colin Beavan trató de vivir en la ciudad de Nueva York generando el menor impacto ecológico posible. El proyecto, en el que involucró a su mujer e hija, se desarrolló a lo largo de varias fases en las que sus acciones para minimizar su huella de carbono se fueron radicalizando hasta llegar a vivir sin energía eléctrica. No Impact Man recoge la motivación de Colin para iniciar este proyecto, el devenir del mismo con sus satisfacciones y frustraciones, los problemas que fueron surgiendo y sus soluciones, datos acerca de los daños que nuestro modo de vida infringen al planeta y las conclusiones a las que llegó, una vez concluido el periodo No Impact.

Antes del proyecto, Beavan había llegado a lo que podríamos llamar una crisis existencial: sentía que nuestro mundo no funciona correctamente, pero que él no hacía nada para cambiarlo, excepto criticar a políticos y entidades por su nulo esfuerzo para solventar los problemas. Entonces decidió poner en práctica aquello de “si quieres cambiar el mundo, empieza por cambiarte a ti” y de resultas de ello decidió dedicar un año a vivir de manera sostenible en pleno Greenwich Village, y contarlo.

La primera fase del proyecto No Impact pasaba por reducir la basura que generaba en su hogar. A pesar de ser adictos a la comida para llevar y tener una hija que usaba pañales, y por tanto generar kilos de basura, esa primera etapa era la más sencilla. A continuación vendría no usar ningún transporte que arroje dióxido de carbono a la atmósfera (incluidos los ascensores), comer productos cultivados de manera ecológica y que no provinieran de una distancia superior a 400 km., no comprar nada nuevo (se admitían compras de productos de segunda mano) y, finalmente, bajar los plomos de la casa y vivir sin electricidad (sin lavadora, nevera y, por supuesto, sin luz).

Al avanzar en el proyecto, y casi desde el primer momento, Colin Beavan comprendió algo que, en el fondo, todos sospechamos: el modo de vida occidental, con su acumulación de bienes de consumo y sus afanes para conseguirlos, no consigue hacer felices a las personas. Trabajamos sin descanso para comprar cosas. Cosas para cuya fabricación se destruyen numerosos recursos naturales. Cosas que no suelen durar y que a veces dañan nuestra salud. Cosas que nos satisfacen apenas una fracción de segundo.  Es decir, dejamos que nos gobierne la lógica del mercado, no la del ser humano.

Gracias a los cambios de rutina que el proyecto instauró en su vida, Beavan disfrutó de pronto de más tiempo libre para dedicar a su familia y amigos, mejoró su salud y tuvo tiempo para implicarse en otras acciones emprendidas en su ciudad. En general, se sintió más satisfecho con su vida y un miembro más activo de su comunidad. Comprendió que vivimos rodeados de muchas cosas superfluas, cuya necesidad nos han creado artificialmente, pero que lo verdaderamente esencial lo tenemos bastante descuidado.

Por otra parte, el proyecto No Impact pronto llamó la atención de los medios de comunicación. Colin Beavan vio así su vida repentinamente expuesta en un escaparate y a la opinión pública pendiente de cuál era el método que usaba para sustituir el papel higiénico. No obstante, logró aceptar en la medida de lo posible la presencia de reporteros en su vida a cambio de poder difundir su mensaje, siendo consciente en todo momento de que probablemente habría otros más capacitados para hacerlo.

El mensaje de Beavan relaciona el ecologismo con el sentido de la vida. Puede no ser muy ortodoxo, pero la lectura del libro invita a reflexionar sobre ello. La cuestión es: estamos destruyendo el mundo, quemando las naves; ya que pagamos tan alto precio ¿lo estamos disfrutando al límite, somos a cambio increíblemente dichosos? La respuesta es no. Todos sabemos que (atención, tópico) las cosas que nos hacen verdaderamente felices, no las anuncian en televisión. Y que, además, hay quienes carecen de lo imprescindible.

Colin Beavan cree que de poco sirve quejarse “del sistema”. El sistema lo formamos cada uno de nosotros, y nuestras acciones cuentan. Podemos esperar a que sean otros quienes vengan a solucionar el problema, a que alguien nos señale a partir de qué día tenemos que empezar a cambiar las cosas. O podemos empezar a cambiarlas desde ya, cada uno en la medida de sus posibilidades. Podemos no hacer nada, o formar parte de quienes, al menos, lo intentan.

Si estas Navidades regalan libros, tengan éste presente. Por un lado, está hecho con papel reciclado posconsumo, de manera que apoyarán la producción editorial sostenible. Por otro, tal vez alguna persona más se decida por caminar hasta su trabajo, no coger el ascensor (al menos de bajada) o llevar una bolsa de tela cuando vaya al mercado. Y cada vez seamos más quienes lo intentamos.

Grendel – John Gardner

2 de Diciembre de 2009 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

Grendel - John GardnerGrendel es una obra sorprendente en varios sentidos: su planteamiento es sencillo hasta el desconcierto, su estructura opta por una linealidad bastante poco utilizada y su protagonista es, en realidad, un ilustre secundario del conocido poema anglosajón Beowulf. John Gardner decidió escribir una obra que se inclina por la reflexión, por la autocontemplación, más que por la acción, y en la que las ideas priman sobre los hechos.

Como bien dice Jon Bilbao en el prólogo, Grendel es una obra «intensamente posmoderna», si bien sus formas se acercan más al clasicismo, muy lejos de los experimentos metaliterarios que otros contemporáneos del autor (Pynchon, Barth) estaban realizando en las décadas de los setenta y los ochenta. Sin embargo, el discurso del protagonista alude de manera constante a sus dudas, a su búsqueda de un lugar en el mundo; Grendel expresa sus discrepancias con lo que ve y lo que cree todo el tiempo, haciendo del discurso una suerte de flujo de conciencia filosófico. Es cierto que el estilo de la narración es muy conservador, pero la audacia de Gardner hay que buscarla en lo que hay tras las palabras.

La novela se puede resumir con rapidez. Grendel es un monstruo que habita con su madre en una gruta y que se dedica a atemorizar al poblado danés que dirige Hrothgar. Sus ataques contra los hombres le llevan a observarles con detenimiento y tratar de comprender las razones que se ocultan tras su —en apariencia— desconcertante comportamiento. Al igual que en la obra original, la llegada de un guerrero de más allá de las mares (el propio Beowulf) pondrá fin a las peripecias del monstruo-narrador. La trama en sí, a decir verdad, apenas reviste importancia; como decía antes, el meollo de la obra son las reflexiones de ese monstruo acerca del comportamiento humano y la posición que él ocupa respecto a lo que conoce.

Y es que Grendel es una criatura profundamente existencial. El hecho de que sea un monstruo y se vea rechazado por cualquier otro ser hace de él una figura solipsista, un narrador introspectivo y curioso que bucea en su mente y observa sin cesar lo que acontece a su alrededor. El caos que desata a su paso no es fruto de una naturaleza bestial sin más, sino que nace de su concepción confusa del mundo; Grendel trata de encontrar un sentido a las cosas que suceden, a su existencia, a las acciones de los otros, pero se topa una y otra vez con una vacuidad desoladora. En el bardo del palacio de Hrothgar cree descubrir una razón para la esperanza: el arte del poeta enaltece los corazones y saca lo mejor de los hombres. No obstante, pronto descubre que esa belleza es ficticia y efímera, que todo lo que le rodea «es mecánico e irracional». Pero Grendel no se rinde: continúa inquiriendo, dudando, porque la fuerza vital que le posee es más impetuosa que cualquier otra pasión. La vida —parece decirnos el monstruo— está constituida por una infinidad de incógnitas, de callejones existenciales sin salida, pero el ansia de experimentar y vivir es demasiado poderosa. Es muy significativo el episodio en el que el protagonista observa trepar a una cabra y trata de echarla abajo lanzándole piedras: el animal, moribundo, persiste obstinado en su empeño. Nuestros actos, nuestras vidas, son inasequibles a la razón. De ahí que Grendel trate de aprender cosas acerca de sí mismo y de los humanos, pero su lucha termina de forma baldía: la comprensión se torna algo demasiado inaprensible.

La novela expone estas y otras tesis con una solidez textual digna de admiración. Gardner crea un personaje tan contradictorio como sugerente, con un apetito desmedido por el conocimiento. Su periplo vital será el reflejo de la imposibilidad de alcanzarlo, y una suerte de trasunto de la existencia humana, entendida como una lucha sin fin en pos de lo inalcanzable. Se disfruta muchísimo la lectura de Grendel, por el sentimiento que encierra y por la hondura de su búsqueda. No les defraudará.

Los papeles de Aspern – Henry James

18 de Noviembre de 2009 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

Los papeles de Aspern - Henry JamesLos papeles de Aspern se cuenta entre las más exquisitas nouvelles de Henry James por lo sutil de su trama y la variedad de matices que el escritor introduce en sus personajes. Y es que el libro es una auténtica maravilla en lo que a introspección psicológica se refiere, ya que James consigue construir tres protagonistas sublimes con unas pinceladas sencillas, pero plenas de inteligencia y profundidad.

La historia de la novela es muy sencilla: el narrador, un innominado editor, viaja hasta Venecia para tratar de hacerse con el legado de Jeffrey Aspern, un ilustre poeta. Allí, en una mansión decadente y aislada de la sociedad, habita una antigua amante del poeta, la señora Bordereau junto con su sobrina de mediana edad. El editor confía en conseguir los papeles que cree que la dama aún tiene en su poder ganándose su confianza, o bien la de su sobrina. Con estos mimbres tan escasos el escritor da forma a una obra mayúscula, en la que la relación entre el narrador-protagonista y la más joven de las señoras se convierte en eje de toda la novela.

La habilidad de Henry James para la penetración psicológica es llevada aquí a cotas inconmensurables. La sobrina de la señora Bordereau, una mujer que ha dejado atrás la juventud pero que no ha disfrutado de ninguno de sus placeres, ve en la llegada del editor una oportunidad para disfrutar de la vida que se le está escapando mientra cuida de su tía. Su carácter tímido y contradictorio va conformando el retrato de un ser humano vencido por el compromiso adquirido, por la devoción que debe a la persona que se ocupa de su bienestar; una mujer con unas terribles ganas de vivir, como el desenlace (sutil, pero contundente) de la obra sugiere, pero que observa el paso de su existencia desde el margen en el que se ha visto arrinconada. El editor, por el contrario, encarna la figura de un hombre dominado por una pasión muy poco sensual: poseer el material que Aspern dejó tras de sí, sin reparar en gastos ni caer en la cuenta del mal que puede causar con su anhelo.

El tramo final de la obra pondrá frente a frente esas dos concepciones vitales, diferentes en lo accesorio pero coincidentes en lo fundamental: la necesidad de tener una pasión que nos haga sentir vivos. James retrata a sus protagonistas como víctimas de sus deseos, si bien el romanticismo de la señorita Bordereau se opone de manera radical a los intereses mundanos del narrador; de hecho, el final de la novela así lo confirma. Lo grandioso de estos personajes es su construcción minuciosa, su complejidad humana, su hondura psicológica: la trama sólo sirve como excusa para poner de relieve las contradicciones mundanas y las miserias cotidianas que padecen. Incluso la propia anciana Bordereau, casi incapacitada para moverse, vive dominada por la pasión de un amor que no ha dejado morir y que la enajena hasta el extremo de idolatrar la figura del poeta Jeffrey Aspern. Los tres protagonistas, de un modo u otro, verán desvanecerse sus sueños de forma inexorable, aunque el autor nunca deja entrever si es el destino o su propio fervor lo que les consume.

En resumidas cuentas: una obra de perfección casi total, con unos personajes elaborados con primor envidiable. Los papeles de Aspern es, sin duda, una de las más grandes obras de Henry James; una novela que alcanza cotas altísimas de exploración psicológica y que constituye una lectura obligada para cualquier enamorado de la buena literatura.

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Redburn, su primer viaje – Herman Melville

11 de Noviembre de 2009 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

Redburn, su primer viaje - Herman MelvilleWellingborough Redburn es el original nombre de un muchacho sin fortuna que, buscando ganar algún dinero y conocer el mundo, se enrola en un barco mercante con destino a Liverpool. Basada en gran parte en las experiencias del primer viaje como marinero del propio Melville, la novela narra las peripecias de un joven bisoño en su primer salida al mundo, pero logra ir más allá de lo anecdótico para presentar no sólo las duras condiciones de la vida en el mar, sino también la miseria de la cosmopolita ciudad de Liverpool y de los emigrantes que ponían rumbo a Norteamérica como hacia una tierra de promisión.

Redburn es un chico de buena familia, aunque venida a menos, que se embarca en el Highlander no tanto por la necesidad de tener un oficio, como por satisfacer un prurito aventurero herencia de su padre, un comerciante neoyorquino que cruzó varias veces el Atlántico, y fruto de sus lecturas de guías de viajes. Narrando sus vivencias en primera persona, a modo de memorias, el muchacho hará gala de grandes dotes de observador, además de un carácter cándido, que le valdrá un rudo estreno en el mar.

La ironía caracteriza la narración de Redburn, en la que se desgranan anécdotas de novato —como su intento frustrado de presentar sus respetos al capitán una vez en alta mar, o la primera vez que hubo de trepar por el aparejo—, a la vez que se describen los tipos de los marineros que faenan con él. Éstos son hombres curtidos que rápidamente harán saber al grumete cuál es su puesto en el barco, enseñándole los rudimentos del código de comportamiento que todo marinero debe seguir.

Precisamente Redburn compondrá en estas memorias de su primer viaje un fervoroso alegato a favor de los marineros. Para ello recuerda que, esos seres entregados al vicio en los puertos, a los que la sociedad decente señala con horror, realizan una dura e importante tarea en beneficio de la misma sociedad que les vuelve la espalda. Sin su esfuerzo, las mercancías no recorrerían el orbe, y el comercio (y las fortunas que de él se nutren), desaparecería.

Esa sensibilidad hacia los menos favorecidos aflora nuevamente en la descripción de la miseria que encuentra en las calles de Liverpool. Mientras deambula maravillado por una ciudad extranjera, comparando lo que ven sus ojos con las descripciones de las viejas guías heredadas de su padre, Redburn tiene ocasión de conocer la pobreza de quienes mueren de hambre en una ciudad rica y próspera.

Precisamente huyendo del hambre embarcan en el Highlander varios centenares de inmigrantes. Éstos resultan una carga rentable para el barco mercante en su viaje de vuelta: hacinados en la antecámara, diezmados por una epidemia desatada por la insalubridad de su alojamiento y hambrientos por no llevar suficiente comida al haber sido engañados por los agentes sobre la duración del viaje; Redburn  da cuenta de las durísimas condiciones de su travesía y el desamparo en que los gobiernos, tanto del país de acogida como de los países de origen, les condenan.

Con estos ingredientes construyó Melville una novela que logra ir más allá de las aventuras de un joven grumete, para plantear una mirada a la realidad de quienes de alguna manera se relacionaban con los barcos que cruzaban el Atlántico.

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