El eco de la memoria – Richard Powers

28 de julio de 2010 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

Es complicado hablar de un libro como El eco de la memoria, en el que tantas cosas se insinúan, pero muy pocas se explicitan. Richard Powers escribió un libro que engancha al lector con una puesta en escena que comienza remedando un thriller de misterio, aunque poco a poco se va desvelando como una enorme reflexión sobre la identidad y la personalidad, haciendo que lo que parecía una historia de intriga bastante convencional adquiera tintes mucho más profundos y humanos.

En los primeros compases la trama parece inclinarse por los secretos y las incógnitas: Mark Schluter sufre un accidente de coche cuando circula por una carretera de Nebraska y queda en coma; su hermana Karin deja su trabajo para hacerse cargo de él, pero cuando despierta no la reconoce, sino que la toma por una impostora, ya que padece el síndrome de Capgras. A esta incómoda situación se añade la aparición de una nota que alguien deja junto a Mark mientras éste aún estaba en coma, y que reza: «No soy nadie, pero esta noche en la carretera North Line Dios me ha conducido a ti para que puedas vivir y traer de vuelta a alguien más.» Semejante mensaje hace que las hipótesis se disparen, aunque la principal obsesión de Karin sea curar a su hermano, para lo cual se pone en contacto con un prestigiosos neurólogo, Gerald Weber.

Sobre estos tres personajes gira toda la trama de El eco de la memoria, aunque el desarrollo pronto revelará que Powers no tiene en mente una narración de misterio convencional. Lo que el lector encontrará en esta novela es una sutil puesta en escena que muestra la dificultad de formar un yo coherente y de construir una identidad sólida. El accidente de Mark pone de manifiesto la fragilidad de nuestra personalidad: en su caso se debe a un trastorno neurológico, pero el autor moldea a los otros protagonistas de manera que podamos apreciar las dificultades que tienen para sentirse seguros consigo mismos.

Karin, por ejemplo, se nos revela como una persona obsesionada por la imagen que ofrece a los demás, lo cual la conduce a continuos cambios para satisfacer unos deseos que en realidad no está segura de sentir. Es ella la que se ofrece como contrapunto evidente de su hermano: mientras que él debe formar un yo desde la nada, ella se deconstruye a propósito para encajar en sociedad. El doctor Weber, por su parte, es presentado como la figura estable, como un ser equilibrado y reflexivo; el devenir de las circunstancias, sin embargo, hará que también su propio concepto de sí mismo cambie y se modifique su percepción del entorno, que hasta entonces creía tener bajo control.

Powers ofrece una visión muy interesante sobre nuestros comportamientos para con los demás y la delicada constitución de nuestra personalidad. A lo largo de la novela se confrontan dos actitudes ante la vida: por un lado, la ciencia (que se presenta aquí bajo la forma del neurólogo), que siempre pugna por dar respuesta a todos los misterios de la mente, pero que se ve obligada a reconocer sus limitaciones; por otro, la espiritualidad (cojan el término con pinzas), encarnada en Daniel, el amante ecologista de Karin, que no puede alcanzar soluciones tangibles para todos los problemas, pero que a cambio nos otorga cierta paz o equilibrio. El enfrentamiento entre ambas se salda sin vencedor, ya que todos los implicados en la trama pierden tanto como ganan.

La novela ofrece pocas respuestas, pero la inteligencia con la que trata al lector hace que esos asideros cobren mayor relevancia. El eco de la memoria es un libro profundo y sólido, quizá un tanto extenso (hay episodios que pecan de un lirismo ramplón), pero con un contenido de gran calidad. Merece la pena.

Babbitt – Sinclair Lewis

19 de julio de 2010 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

El retrato que Sinclair Lewis hace en Babbitt de la clase media estadounidense de entreguerras es demoledor. La contundencia con que el escritor denuncia la hipocresía de esa sociedad es brutal, pero es que además Lewis no deja títere con cabeza y arremete contra formas de pensar, convencionalismos y actitudes.

George Babbit, el protagonista que da título a la obra, es un acomodado vendedor de fincas de la imaginaria ciudad de Zenith (guiño del autor) que regenta un pequeño y próspero negocio; su mujer se dedica a esperar a que regrese después de su jornada de trabajo, mientras que sus hijos apenas le prestan atención, dedicados a divertirse y disfrutar. Respetado por colegas y amigos, George hace todo lo que se espera de él en una sociedad donde, sobre todo, importa cómo te ven los demás y el juicio que de ello se deriva. Cuando su mejor amigo, desencantado por la vida que lleva, ingresa en la cárcel por pegarle un tiro a su mujer, Babbitt intentará librarse de algunas de las ataduras que le impone ese mundo asfixiante, aunque las consecuencias no serán muy agradables.

Sinclair Lewis construyó un personaje con cierto encanto, pero que sobre todo provoca rechazo: su comportamiento hipócrita, sus opiniones vulgares y sus maneras patriarcales terminan por dibujarle como un ser adocenado, cobarde y ramplón. La sarta de tópicos que desgrana o que protagoniza, aun cuando se llevan al extremo de la caricatura, contribuyen a forjar una imagen que el autor se esfuerza por cultivar: la de un hombre que no se respeta a sí mismo y que vive sólo para contentar a otros.

Frente a Babbitt tenemos al personaje de Paul Riesling, su mejor amigo y compañero desde la adolescencia, un hombre que percibe el desencanto que subyace bajo la pátina de esplendor de la ciudad en la que viven. La frustración por no haber seguido sus inclinaciones musicales y haber cedido a la norma de convertirse en un “buen ciudadano” (de los que Lewis se burla a lo largo de todo el libro) hace que su final sea bastante trágico, aunque sirve como detonante para que George reflexione sobre algunas cosas. Es ahí cuando el autor carga las tintas y se ofrecen los retratos más cáusticos de toda la novela, ya que el protagonista cede a sus tentaciones y se dedica a coquetear con otras mujeres, a beber alcohol (recordemos que la acción se sitúa en la época de la Prohibición) y a respaldar la causa de los sindicatos. Todo ello, como es lógico, le granjea la animadversión de personajes importantes e incluso de sus propios amigos, por lo que se verá obligado a claudicar y volver a comportarse como un honrado ciudadano.

Ese cambio de actitud es quizá un tanto simplón, ya que Lewis provoca un viraje en la narración que casa mal con lo que Babbitt va defendiendo desde el comienzo de la novela. A pesar de ello, lo cierto es que sirve para mostrar sin paliativos la absurda moralidad de una sociedad que era capaz de proscribir algo sólo constituir una novedad: algo que se consideraba un desafío al orden establecido, a pesar de que bajo cuerda se rompiesen todas las normas establecidas. A George no le queda más remedio que depositar sus anhelos en la figura de su hijo, que se rebela contra la idea de asistir a la universidad (para convertirse en un nuevo ciudadano ejemplar) y pretende aprender mecánica y montar un pequeño taller. En el joven encontraremos la esperanza de un futuro más libre, aunque la claudicación de su padre no hace presagiar nada bueno, y Sinclair Lewis parece dejarlo muy claro en la conclusión.

Babbitt es un libro fascinante por lo directo de su planteamiento y, además, por la sutileza con que deja entrever comportamientos e ideas que todavía hoy pueden seguir siendo considerados como transgresores. Lewis tramó una novela dura y sincera, con un estilo contenido que acentúa la inmoralidad implícita en ese universo supuestamente perfecto que se recubre con una pátina de respetabilidad para no mostrar su hipocresía y maldad. No mucho ha cambiado desde entonces.

Eugene Pickering – Henry James

5 de julio de 2010 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

Eugene Pickering es un relato corto que Henry James publicó en 1874 en la revista Atlantic Monthly y que incluyó más tarde en la primera de sus recopilaciones de historias breves. Como en casi todas sus primeras obras (aunque son motivos recurrentes en toda su literatura) el relato se sitúa en un marco extranjero —Alemania— y muestra las diferencias casi antagónicas entre norteamericanos y europeos, si bien muy matizadas y, en algunas ocasiones, caricaturizadas.

El protagonista que da nombre al cuento es un joven inteligente y apocado que ha vivido toda su vida bajo la severa vigilancia de su padre, que le ha educado para convertirse en un perfecto caballero y ha evitado que se sumerja en el “gran mundo” para evitar que se contamine de vicios o ideas malsanas. Su control llega hasta el punto de concertar el matrimonio del muchacho con la hija de un comerciante amigo suyo, por lo que, a la muerte de su progenitor, Eugene se ve obligado a mantener ese acuerdo y viajar hasta Esmirna, lugar de residencia de la chica. En Homburgo, donde se detiene unas semanas antes de arribar a su destino, se reencuentra con el narrador del relato, un antiguo amigo de la infancia que asiste al desarrollo de esta peculiar historia. Eugene se ve seducido por los encantos de una viuda excéntrica, la señora Blumenthal, y empieza a considerar la posibilidad de contradecir los deseos de su difunto padre para contraer matrimonio con ella, pero, como en casi todas las obras de James, nada es lo que parece y la trama se complicará hasta una resolución con cierta sorpresa.

Fiel a su estilo, el autor construye una historia donde lo que importa es el carácter de los personajes y su forma de actuar: de hecho, y como es habitual en otros de sus textos, el narrador que James utiliza no es demasiado confiable y proporciona su personal punto de vista. Así, Eugene se dibuja como un hombre culto e inteligente, pero bobalicón e inocente, lo cual (al menos a ojos del narrador) constituye un peligro para su educación social. Los cambios que irá sufriendo a lo largo de la narración, pasando de la inopia casi pueril («Estoy lleno de impulsos», afirma cuando se encuentra con el narrador, «pero, no sé por qué, no estoy lleno de fuerza.») hasta la comprensión cabal de su entorno y de la sociedad en la que se desenvuelve, harán que su entidad como personaje aumente hasta dotarle de complejidad. Eugene será el ejemplo de que el universo social en el que se mueven los protagonistas del texto es tan estricto como voraz, inclemente con aquellos que se convierten en depredadores.

La libertad que ansía Pickering es necesaria (al menos para hacerle madurar), pero también ilusoria, ya que en realidad no le permite apartarse de los caminos que otros marcan para él, ya sea su padre o la señora Blumenthal; la posibilidad de actuar sin constricciones es —parece insinuar James— casi imposible, ya que de un modo u otro estamos obligados a claudicar antes normas, imposiciones, costumbres o tópicos. La ironía del asunto, como ocurre en muchas obras del autor, es que Eugene cree alcanzar una sabiduría especial, aunque no deja de ser una marioneta dentro de ese inmenso teatro que es la sociedad: el hecho de contemplar su peripecia a través de los ojos del sagaz narrador hace que nos demos cuenta de los dobleces de toda la situación, ya que su ironía nos permite entender lo que se oculta tras la apacible apariencia de normalidad.

Eugene Pickering no deja de ser una obra menor dentro de la producción de Henry James; un relato en el que se prefiguran varias características que más adelante explotará con maestría (la visión sesgada, el narrador poco confiable, los escenarios cosmopolitas…), pero que aquí se perfilan con inseguridad y poca maña. Con todo y con eso, el texto es delicioso a ratos y la historia no deja de ser interesante: James es un maestro de la prosa y eso es algo que enaltece cualquiera de sus obras. La cuidada edición de Contraseña hace el resto. Un pequeño placer.

Más de Henry James:

Once maneras de sentirse solo – Richard Yates

23 de junio de 2010 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

Richard Yates sentó los precedentes de una línea narrativa que posteriormente cultivarían otros grandes maestros del género breve: concisión estilística, perspicacia en la mirada y una honestidad casi brutal en su visión de las historias. Sin embargo, y a diferencia de mucha de la literatura que vino después, el escritor norteamericano introduce un profundo matiz de ternura y sentimiento en sus relatos, de manera que los protagonistas siempre se antojan mucho más humanos, más cercanos, siendo así mucho más fácil establecer cierta empatía con ellos.

Con todo y con eso, el punto flaco de los cuentos de Once maneras de sentirse solo es, precisamente, esa sentimentalidad; en algunos momentos (es el caso de “¿Dolor? Ninguno” o “Sobel al habla”) los personajes aparecen revestidos de una pátina de inocencia que resulta ramplona, haciendo que sus acciones pierdan interés y credibilidad. Yates opta por dibujar protagonistas que se enfrentan a situaciones complicadas, pero su infantil actitud (o quizá sería mejor hablar de idealismo irrefrenable) hace que las resoluciones, amargas las más de las veces, no causen desazón, sino que queden como una suerte de moraleja descafeinada. La entusiasta actitud vital de algunos protagonistas (el taxista de “La construcción”, por ejemplo) les acerca más a un arquetipo caricaturizado, haciendo así que algunos de los textos pierdan mucho vigor.

Por lo demás, la sensación general es de nobleza y hondura; la ternura simplona queda en ocasiones en segundo plano gracias al planteamiento de unas tramas que exponen con llaneza y sinceridad momentos de una intensidad sorprendente a pesar de su apariencia banal e intrascendente. “Lo mejor de todo”, uno de los mejores relatos del libro, expone con claridad palmaria los titubeos de dos jóvenes a punto de contraer matrimonio; con sutilezas mínimas, Yates nos pone frente a dos criaturas desamparadas, empujadas hacia algo que desconocen por razones que se les escapan: las decisiones que tomamos, las elecciones que hacemos, parece decirnos el narrador, nos sitúan siempre ante el error, ante la conciencia de ser desdichadamente falibles.
Algo similar se advierte en “El placer de la derrota”, un relato que nos abofetea por la crudeza con que describe la caída de un hombre nacido para perder; la maestría del autor se pone aquí de manifiesto al construir un personaje de profundos matices, de idiosincrasia sólida y compleja. El final del cuento se intuye casi desde la primera línea, pero lo único que realmente importa es asistir al progresivo desmoronamiento del protagonista, narrado con una economía de medios digna de aplauso, aunque de demoledor efecto.

Entre el resto de piezas encontramos algunas de altura reseñable (“Divertirse con un desconocido”, “Hombre de B.A.R.”) y otras que, haciendo gala de esa sentimentalidad que mencioné, se quedan en buenos intentos, pero poco más (“Jody aprovecha la ocasión”, “Un pianista de jazz estupendo”); y es que el nivel general se ve rebajado por el lastre que suponen historias como “Al hoyo”, un relato que adolece de ñoñería y que presenta unos personajes sacados de un mal telefilm navideño. Los personajes de Yates suelen hacer gala de personalidades sutiles, pero en algunos casos se hunden por un exceso de emotividad que les convierte en maniquíes sensibleros.

Once maneras de sentirse solo da idea de lo que Richard Yates puede dar de sí como narrador, aunque también muestra de forma palmaria algunos deméritos de su escritura. A pesar de estos últimos, el libro tiene momentos espléndidos y relatos que por sí solos engrandecen el conjunto. Prueben y juzguen ustedes mismos.

Cosas que los nietos deberían saber – Mark Oliver Everett

18 de junio de 2010 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

Cosas que los nietos deberían saber es un libro triste, muy triste; pero, por curioso que parezca, también es profundamente esperanzador y, en ocasiones, alegre. Mark Oliver Everett (conocido como “Mr. E” o “E” a secas, líder de la banda Eels) no tiene, desde luego, un enorme talento como escritor, pero su sinceridad cruda y descarnada, su humildad a la hora de poner negro sobre blanco sus experiencias vitales hace de este libro un texto único, emocionante y muy intenso.

La vida de E ha sido, sin duda, un rosario de desgracias que a cualquiera le borran la sonrisa: un padre fulminado por un ataque cardíaco, una hermana drogadicta que termina suicidándose o una madre con un cáncer terminal son acontecimientos que pueden amargar una vida. Sin embargo, todas estas vivencias le sirven al autor para crear un texto de una singular belleza, de una honestidad que apabulla en su brutalidad y de una sencillez casi desarmante. Repito, además, que Cosas que los nietos deberían saber es un libro narrativamente flojo, algo deslavazado; en un sentido literario, es un texto que roza la banalidad y coquetea con el sentimentalismo.

Y, pese a ello, es muy difícil no acabar su lectura con una profunda sensación de bienestar. E suple su carencia de habilidades narrativas con un estilo que va directo al lector, le apela sin concesiones y le golpea en lo más íntimo. Puede que el relato que hace de las muertes de sus familiares sea un tanto esquemático, pero se aprecia la hondura de una emoción real, un sentimiento que cualquiera puede compartir aunque no lo haya experimentado y que, de alguna forma, con inexplicable sencillez, nos llega sin más.

Porque la dureza del libro es también su piedra angular. A lo largo de la obra el autor hace un repaso somero a distintos acontecimientos de su vida, desde sus primeros acercamientos a la música hasta su traslado a Los Ángeles para hacerse un hueco en la industria; no obstante, lo que realmente parece haberle forjado como ser humano, lo que hace de este texto algo distinto y sugerente es la transición por el sufrimiento que rodea todo el tiempo al narrador. Esas cosas a las que hace referencia el título no son tangibles: E pone de relieve el durísimo proceso que vive una persona al ir perdiendo a sus seres queridos, de ahí que la importancia de encontrar la felicidad en nosotros mismos sea la clave.

Todo esto puede sonar a Paulo Coelho y a refrito de manual de autoayuda, pero la esencia es mucho más diáfana y honesta. El protagonista es una persona frágil e insegura, un hombre con una vocación muy clara que va sobreponiéndose a sus limitaciones para lograr alcanzar su objetivo: crear música y transmitirla a los demás. Pero a medida que consigue su propósito también pierde a su familia, un apoyo casi fundamental, y su asunción de la soledad, la indefensión y la mortalidad será la clave para no volverse loco y acabar, como insinúa al comienzo del libro, despeñándose por un puente. Ese aprendizaje, sutil, pero apreciable, sirve a E para narrar una historia que tiene mucho más de universal de lo que pudiera parecer. (Echen una ojeada al capítulo dedicado a la muerte de su madre y traten de seguir siendo los mismos.)

En pocas palabras: Cosas que los nietos deberían saber es un libro que aspira más a emocionar que a convencer; puede que no fuese el objetivo de Mark Oliver Everett, pero así ha sido en verdad. Y esa emoción que nos suscita es necesaria y humana, algo que no se suele encontrar hoy día en literatura. Quizá su vocación de músico y compositor facilite la tarea en este aspecto; sea como fuere, el resultado ha sido una obra repleta de oscura luminosidad, que merece la pena leer para aprender siquiera un poquito más de eso tan inaprensible que nos hace humanos.

Siguiente página »