La inundación – Evgueni I. Zamiátin

21 de junio de 2010 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

Sobrecogedor, hermosamente terrible es este relato de Evgueni Zamiátin. Escrito en 1929, La inundación puede ser considerarado heredero directo de Crimen y castigo, pues como en la novela de Dostoievski se radiografía la mente y la evolución psicológica de alguien que comete un asesinato. La duda, el remordimiento, el temor, el alivio, se desarrollan ante los ojos de un lector ávido, que lee con el alma en un puño y que llega a sentir una brutal conmiseración por la atribulada protagonista.

La protagonista de La inundación es una mujer casada que no ha tenido hijos. Zamiátin logra expresar en pocas pinceladas la desazón de una mujer que siente que no ha logrado llevar a cabo la que debería ser su principal misión en la vida: la maternidad. Ese sentimiento de culpa es sutilmente alimentado por Trofim Ivánich, su marido, quien concibe la vida sin hijos como una existencia vacía. En estas circunstancias la pareja acogerá a una adolescente huérfana con quien Trofim Ivánich entablará una relación sentimental, prácticamente ante los ojos de su esposa.

Con una narración escueta y mediante breves incursiones a los pensamientos de Sofia, Zamiátin logra representar de manera vívida el calvario de una mujer que se vuelve invisible en su propia casa, para su esposo. Porque no son los celos lo que atormenta a Sofia, sino la inmensa soledad a la que se ve condenada; y la seguridad de haber perdido la posibilidad de engendrar un hijo, puesto que su marido ya no duerme con ella.

La muda desesperación, la incertidumbre y el dolor, que atenazan a Sofia son contados de una manera tan sencilla, de hecho tan parca, que sorprende la fuerza con que logran conmover al lector. La sucinta descripción de los gestos de Sofia, que reprimiéndose, enfrenta cada día desde una presunta normalidad, sirven para presentar en toda su amplitud la tensión que atenaza el alma de la mujer.

Esa tensión se resuelva de forma fatal y la empuja al crimen: matará a Ganka, la joven adoptada. Disimulando el asesinato con una ausencia, Sofia reanuda su vida tal como era antes del cataclismo que la asoló. Pero en el fondo de sus pensamientos, de sus sueños, late la certeza del acto terrible que ha cometido. Su mente parece derivar hacia la locura, que no hacia el arrepentimiento. El crimen, que cometió como desligada de sí misma, ha quedado grabado en su memoria como cualquier acto cotidiano que se hace para procurarse comodidad. Y gracias a haberlo cometido, ha recuperado el afecto de su esposo y quedado en estado.

Sin embargo, la certeza de lo terrible de su acto irá creciendo en ella a la vez que la criatura que gesta. El temor a ser descubierta deja paso a un intermitente sentimiento de horror ante la truculenta realidad del crimen, que vuelva a ella una y otra vez y cada vez con más fuerza. Y a la presciencia de que, de alguna manera, su tiempo se agota y una fatídica hora de la verdad está a punto de sonar para ella.

Muchos son los puntos fuertes de esta historia magistralmente contada: el ritmo continuado de la narración; las descripciones, sucintas pero certeras; el uso del lenguaje y las imágenes que nos traslada. Pero sobre todo llama la atención la robusta construcción del personaje de Sofia y la forma en que Zamiátin consigue que empaticemos con ella. Con cada frase, el autor nos encierra, de forma casi claustrofóbica, en su mente y nos hace padecer su angustia, su soledad, su miedo. La hace tan perfecta en su infortunio que logra atenazar nuestro corazón.

Una lectura inolvidable.

Más de Evgueni I. Zamiátin:

Zoo o Cartas de no amor – Viktor Shklovski

11 de junio de 2010 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

En Zoo o Cartas de no amor se presenta, a pesar de su título, una historia de amor. Del amor no correspondido, pero porfiado, que Viktor Shklovski albergó por la también escritora Elsa Triolet, y que fue el origen de estas cartas que Elsa consintió recibir, siempre y cuando en ellas no se le hablara de amor.

Como consecuencia de dicha prohibición, las cartas que integran el volumen adquieren una riqueza que catapulta el libro por encima de la mera historia de amor (o desamor), para convertirlo en un caleidoscopio que, con cada giro, forma una nueva imagen. Así, se van sucediendo imágenes del Berlín recién salido de la Gran Guerra, de los exiliados rusos que pueblan la ciudad, de los artistas rusos entre los exiliados; pero también se forma una imagen, y esta sea quizá la más valiosa, de las corrientes literarias del momento y de la concepción de la creación literaria del propio Shklovski.

En Zoo o Cartas de no amor, Shklovski se desdobla para ser el enamorado que escribe las cartas —y que es un escritor ruso exiliado en el Berlín de los primeros años veinte, de modo que esas circunstancias quedan reflejadas en sus textos—, a la vez que actúa como recopilador.

El recopilador ha seleccionado las treinta y tres cartas incluidas en el volumen, las glosa someramente al inicio de cada una de ellas e incluso indica el orden en que deben ser leídas, que no se corresponde con el orden cronológico bajo el que se estructuran. Entre las cartas se incluyen algunas escritas por Alia, nombre con el que se designa a Elsa Triolet, que ayudan a poner en contexto la realidad de la relación epistolar: Alia vive al margen del amor que Shklovski le profesa.

Pero el recopilador, y las notas introductorias de cada carta dejan constancia de ello, parece observar el asunto de esta extraña correspondencia forzosamente no amorosa desde una perspectiva diferente a la del enamorado. Conserva la distancia suficiente como para ironizar sobre la insólita situación y parece haber comprendido que Alia acepta las cartas, pero jamás amará a quién las escribe.

Además, la edición de Ático de los Libros incluye cinco prefacios que el autor incluyó en las sucesivas ediciones del volumen, los cuales esbozan la forma en que los sentimientos de Shklovski con respecto al libro fueron variando, pero también la manera en que varió su sentimiento respecto a Elsa Triolet y los días del exilio.

Por su parte, el enamorado se vuelca por entero en cada carta. Aunque muchas veces incumple la promesa de no escribir de amor, incluso cuando la mantiene las cartas traslucen su pasión, porque cualquier tema que se trate alude de forma velada a ese otro tema que no se puede tocar. Y para no hablar de amor, Shklovski habla de Berlín desde la perspectiva de un exiliado ruso, que no acaba de encajar del todo en una ciudad en efervescencia. Describe episodios de las vidas de artistas rusos, amigos suyos y también exiliados, de la talla de Andrei Bely o Boris Pasternak. Apunta reflexiones sobre creación literaria y los movimientos de vanguardia o hace paralelismos entre situaciones cotidianas y escenas de los grandes clásicos de la literatura rusa.

La riqueza de temas, y el interés de los mismos, se ve realzada por la sencillez con la que Shklovski da cuenta de ellos. En sus cartas, el autor se muestra como un enamorado nada pretencioso, a pesar de ser uno de los intelectuales más reconocidos de su tiempo. Y esa mezcla de humildad y erudición otorgan un especial sabor a esta novela epistolar.

Pobre gente – Fiodor M. Dostoievski

31 de mayo de 2010 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

Pocas veces se ha retratado la miseria humana con la maestría con la que lo ha hecho Dostoievski; es un elemento presente en casi todas sus obras y que el ruso abordó desde ópticas muy diferentes, pero siempre con resultados espléndidos. Pobre gente fue su primera novela publicada y en ella ya se aprecia con claridad su interés en esa miseria, tanto moral como social, que rodea a muchos de sus protagonistas.

En el libro, escrito en forma epistolar, se cuenta la historia de dos personas, Makar Devushkin y Varvara Alekséievna, parientes lejanos que sobreviven malviviendo en unos cuartuchos destartalados en San Petersburgo. Se escriben casi diariamente para intercambiar impresiones sobre su día a día, teñido a menudo de contratiempos y reveses de una fortuna que parece darles la espalda. La situación complicada de Varvara, huérfana y antaño supuestamente deshonrada por un caballero que reaparece por sorpresa, hará que la relación entre ellos tome un rumbo diferente y desemboque en un final no catastrófico, pero sí muy amargo.

A lo largo de esta sencilla trama aparecen otros personajes aún más miserables que los dos protagonistas: el funcionario Gorshkov, vecino de Makar, un pobre hombre que ha perdido todo su dinero en un pleito injusto y que lucha por sacar adelante a su familia; Rataziáiev, un escritor de segunda que se aprovecha de los que le rodean y se pavonea sin descanso; o Pokrovski, un antiguo instructor de Varvara cuya inteligencia no le bastará para salir adelante. La miseria que estos personajes revelan no siempre es literal: Dostoievski no se recrea en la pobreza económica o en el desclasamiento social (aunque la novela enfoque esos conceptos como algo inevitable; como dice uno de los personajes, «la desgracia es una enfermedad contagiosa»), sino que profundiza también en los dobleces del alma para mostrarnos la decadencia: el ejemplo más evidente es el de la propia protagonista, cuyo final revela su falta de escrúpulos, aun cuando se ampare en la necesidad de sobrevivir a costa de lo que sea para justificarse.

Esa supervivencia se sublima, en parte, a través de la correspondencia entre los dos protagonistas. La literatura se convierte en una tabla de salvación, una forma de enfrentarse a la realidad y superar la tragedia que representa el subsistir en un entorno miserable. «La literatura es una cosa magnífica.», le confiesa Makar a Varvara, «Sirve para fortalecer el corazón de las personas.» Y así es en este caso, en efecto, ya que parece que ese intercambio epistolar entre ellos actuase como catalizador de su esperanza y de sus sueños; en la escritura de sus cartas encuentran ambos personajes, especialmente Makar, un respiro frente a la crudeza de la realidad que les rodea. Algo que ejemplifica a la perfección el extracto del diario que la propia Varvara envía: los hechos que ahí relata son una suerte de expiación de su sufrimiento, un medio de exorcizar a sus demonios y continuar con su pacífica existencia.

Pobre gente es una novela intensa y entrañable, aun cuando las habilidades de Dostoievski como escritor estén aún lejos de lo que después daría de sí en sus obras de mayor enjundia. A pesar de ello, el libro es conmovedor en extremo y no defraudará a ningún amante de la buena literatura, ya que la profundidad de sus protagonistas alcanza unas cotas magistrales. Una lectura breve, pero de maravillosa factura.

Más de Fiódor M. Dostoievski:

El Don apacible – Mijaíl Shólojov

14 de mayo de 2010 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

El Don apacible es la primera entrega de la tetralogía que, con el mismo título, Mijaíl Shólojov dedicó a narrar las primeras décadas del siglo XX, siguiendo los avatares del cosaco Grigori Mélejov. Este primer volumen repasa los años anteriores al estallido de la I Guerra Mundial en la aldea cosaca en la que vive el joven protagonista; y los primeros meses de la contienda, cuando Mélejov es incorporado a filas.

Lleno de tipismo, la mayor parte de este volumen recoge la sencilla vida de los cosacos en su aldea a la orilla del Don. Las faenas del campo, los paisajes, las relaciones sociales y familiares son descritas con una minuciosidad exquisita y ligera. La existencia transcurre en el jutor según el ritmo que imponen la siembra y la cosecha, un ritmo que ha permanecido invariable durante siglos.

Sin embargo, la plácida vida de la aldea esconde un turbio enredo de pasiones: Grigori establece relaciones con Axinia, una mujer casada, a la que dejará para contraer matrimonio a su vez con la joven Natalia. Sin embargo, pronto comprenderá su error y se fugará con su amante, abandonando a su esposa en la casa paterna. Más tarde tendrá que despedirse también de Axinia para incorporarse a filas.

El apasionado amor adúltero de Grigori y Axinia, el amargo amor despechado de Natalia y la forma en que sus historias se trenzan y destrenzan a lo largo de El Don apacible, le dan sabor a una novela que logra ir más allá del relato meramente folclórico. Gracias a los sucesos que les acontecen a los protagonistas, y con ellos a la miríada de personajes que les acompañan, el autor logra trascender el localismo que podría volver la narración pesada; al centrar el interés sobre lo humano —porque el amor, los celos, el despecho o el deseo de venganza son igual a la orilla del Don que a la orilla de cualquier otro río—, logra superar la estrechez del localismo.

Grigori es el guerrero, el hombre rudo; no parece corresponde por entero a la pasión desatada de Axinia, ni compadecerse del todo de Natalia. Axinia es la mujer que ha roto de forma súbita los lazos que la ataban a los convencionalismos sociales y una vida gris. Natalia es la esposa fiel, que parece dispuesta a esperar hasta la muerte el regreso del marido díscolo.

Sin embargo, Shólojov hace que los acontecimientos primen sobre los personajes: el narrador describe cuanto pasa sin abismarse demasiado en la psicología de los protagonistas. Conocemos sus reacciones, pero la reflexión interna que las provoca es contada escuetamente. Esto no debe ser entendido como un defecto, porque precisamente las respuestas de Mélejov, de Axinia o de Natalia a los hechos van dibujando de forma precisa cada personaje. Y no hay que perder de vista que sus respuestas vienen dictadas muchas veces por lo que su entorno espera de ellos, con lo que el individuo vuelve a enlazarse sabiamente con la cultura cosaca que Shólojov quiso reflejar.

Pero con el comienzo de la Gran Guerra la da vida da un vuelco. Los horrores que presencia en el frente hacen meditar a Grigori Mélejov sobre a quién beneficia que él vaya a dar muerte a unos hombres que no son sino campesinos como él. La patria, el zar, el honor del soldado cosaco, parecen conceptos vacíos de significado ante la inmensa añoranza del hogar y el medio permanente a morir. Cuando Grigori regrese convaleciente a su aldea a orillas del Don, la duda sobre la justicia de verdades que ya no parecen inmutables se habrá instalado para siempre en él.

Estrella roja – Alexander Bogdánov

5 de mayo de 2010 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

Casi una década antes de que la Revolución de Octubre diera lugar al primer estado comunista de la historia, Alexander Bogdánov escribió Estrella roja, una novela utópica en la que se recoge cómo sería la existencia en una sociedad en la que las ideas socialistas hubieran sido llevadas a cabo.

Esa sociedad, sin embargo, la sitúa Bogdánov en Marte, el planeta rojo; pero en ello no hay que ver únicamente un guiño al color de la bandera revolucionaria, sino también una necesaria toma de distancia, imprescindible para describir ese nuevo mundo ideológico desde la perspectiva de alguien totalmente ajeno a él.

Leonid, el protagonista de Estrella roja, será por tanto un terrícola ruso; un hombre que trabaja por el triunfo de la revolución y que, precisamente por sus ideas, ha sido elegido por los marcianos para que conozca su mundo. Un mundo, el marciano, que en el pasado sufrió los mismas problemas y tensiones que las sociedades del planeta Tierra, pero que, gracias a una revolución pacífica, abandonó las premisas del capitalismo y trabajó en la consecución de una sociedad más justa y más feliz.

Así pues, la narración de Estrella roja recoge fundamentalmente las impresiones de Leonid acerca del modo de vida marciano: sus casas, ciudades, vehículos, relaciones sociales o descubrimientos en ciencia y tecnología; aunque se ocupa fundamentalmente de los medios de producción y de las formas de trabajo. En esta utopía Bogdánov magnifica ese maquinismo que sería después tan del gusto soviético: enormes factorías donde millares de obreros manejan impresionantes máquinas dedicadas a la producción intensiva. Sin embargo, esos obreros han logrado, gracias a la tecnificación, un considerable aumento de la calidad de vida y un descenso de las horas de jornada laboral.

Sorprende la capacidad de Alexander Bogdánov para adelantarse a su tiempo, al introducir en su relato elementos que hoy son una realidad, pero que a principios del siglo XX apenas comenzaban a estudiarse, como la antimateria, la radioactividad o el uso de la energía nuclear. A pesar de ello, Estrella roja no es una novela de ficción científica al uso, pues se ocupa más bien de ficcionar sobre el modo de organizarse de una sociedad; y en ese sentido, los avances técnicos se describen precisamente como fruto propio de la particular ordenación de esa sociedad.

En otra cosa se adelantó Bogdánov a su tiempo, al incluir como línea argumental en la novela los problemas derivados del fin de los recursos naturales y del exceso de población con el que se enfrentan en Marte. La resolución de estos problemas provoca un dilema entre los líderes del planeta: ¿tienen derecho a invadir otros planetas ricos en aquellos recursos que necesitan para mantener su modo de vida y producción y privar a quienes lo habitan de esa riqueza, aun cuando no esté siendo explotada?

La respuesta a esta cuestión se puede encontrar de alguna manera en el excelente prólogo de la edición de Nevski Prospects, a cargo de Edmund Griffiths, de la Universidad de Oxford. Griffiths habla del género de la novela utópica como aquel que se atreve a imaginarse un mundo mejor, en el que los seres humanos (o en este caso, los marcianos) intentan que prevalezca la justicia y la bondad. Ese género, idealista y soñador, ha sido desbancado en los últimos tiempos por la distopía: ya sólo podemos imaginar el futuro bajo la forma de algún cataclismo que lo arrasará todo. Pero en el momento en que Alexander Bogdánov escribía Estrella roja, el optimismo aún era capaz de imaginar un futuro lleno de promesas.

Siguiente página »