Anna Karénina – Lev N. Tolstói

10 de Marzo de 2010 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

Después de leer por segunda vez Anna Karénina uno llega a la conclusión de que el calificativo “novela total” queda empequeñecido ante la magnificencia de una obra que llega a tocar tantos y tantos temas desde una perspectiva tan humana. Quedarse en la independencia de la mujer o la valentía de romper con las convenciones sociales sería quedarse muy corto.

Creo, después de este nuevo adentramiento, que Tolstói se preocupó sobre todo por representar la búsqueda de la felicidad: todos los personajes, desde la propia Anna, pasando por el infeliz Nikolái o Stepán, hasta —sobre todo— Konstantín Levin, sólo tratan de encontrar una forma de acomodarse a la vida sin sufrir demasiado. Y en casi todos los casos sus tentativas terminan en fracaso: bien de modo abrupto, como en el caso de la protagonista homónima, bien de manera atemperada, como ocurre con Levin.

Aunque buena parte de la novela se centra en la relación entre la adúltera Anna y el noble Vronski, lo cierto es que el inocente Levin es el personaje que mejor encarna el objetivo del que hablaba. Konstantín duda continuamente de cualquier cosa: de su papel como propietario y administrador de su hacienda, como marido o como humilde ser humano. Sus preguntas y su desesperación son mostradas por Tolstói con crudeza, pero sin severidad: no hay juicios sobre el personaje (sobre ningún personaje, en realidad), ya que el autor se limita a mostrar su flujo de pensamiento sin cortapisas.

En ese sentido, Anna Karénina es una novela realmente moderna, ya que anticipa en buena medida los elementos técnicos que unos años después explotarían los Joyce, Proust, Woolf, etc. Pero en manos del maestro ruso el flujo de conciencia de sus protagonistas cobra un valor ético: las ideas, las dudas, los deseos y los miedos de Levin, de Kitty o de Anna no sólo se describen con minuciosidad con un propósito literario, sino con un marcado interés antropológico. La obra no es tanto una novela de ideas, de tesis, sino una continua profundización en la moral de los personajes, una serie de preguntas que casi nunca tendrán respuesta, pero cuya formulación ya constituye un proceso de autoconocimiento (también para el lector).

De ahí que el final trágico de Anna, por ejemplo, no sea explicado con claridad meridiana. ¿No era bastante el amor de Vronski?; ¿fue demasiado fuerte la presión social?; ¿sintió la heroína que su amante no renunciaba a tanto como ella?; ¿los acontecimientos acaban por vencer su fortaleza? Puede haber distintas interpretaciones, como es lógico, pero lo importante es la cantidad de dudas que se plantean y que pueden conducir a reflexiones harto diversas. El comportamiento humano, parece insinuar Tolstói, no es susceptible de verse reflejado —y limitado— de manera evidente. Las reflexiones de Levin que dan término al libro son una buena muestra de todo ello. Su duda va más allá de sí mismo; ni siquiera está seguro de que su comportamiento bondadoso sea la respuesta a sus preguntas éticas y metafísicas. Sin embargo, intuye que debe seguir dudando para cobrar conciencia plena de sí y actuar como un auténtico ser humano.

Y es que la imposibilidad de alcanzar la certeza, ya sea en forma de felicidad o de armonía, planea sobre toda la novela. No cabe duda de que Tolstói quiere mostrar que la lucha del ser humano por conseguir la estabilidad está perdida de antemano. Aunque… ¿para todos? Curiosamente, los personajes que no tienen ninguna duda acerca de su comportamiento y que terminan tan desenfadados como al comienzo son los más censurables desde el punto de vista moral o bien, por el contrario, los más desgraciados: Stepán, que engaña a su mujer y que se ahoga en deudas para mantener su disoluto tren de vida; Seriozha, el hijo de Anna, cuyo destino parece estar sometido a los caprichos de otras personas y nunca de él mismo; Dolly, abnegada esposa y madre, incapaz de rebelarse o siquiera llegar a pensar en la posibilidad de plantar cara… Sólo en el dolor o en la despreocupación parece encontrarse el equilibrio. Y, sin embargo, los esfuerzos de Levin por comprender su lugar en el mundo o los desvelos de Anna por alcanzar la felicidad se nos antojan mucho más meritorios, a pesar de ser fallidos. Quizá por eso no arriesgue mucho al decir que Anna Karénina nos hace mejores: el libro corrobora nuestra necesidad de cuestionarlo todo, nuestra constante lucha con nosotros mismos por comprender cuál es nuestro sitio, qué hacemos aquí: las certezas son casi siempre cuestionables y fruto de la ceguera, la mentira o la obnubilación, mientras que en la duda nos hacemos más humanos.

No cerraré la reseña sin dedicar un par de líneas a elogiar el espléndido trabajo que Víctor Gallego ha llevado a cabo con la traducción de la novela (con motivo del centenario de la muerte de Tolstói). Aun sin tener conocimientos de ruso, es evidente que su esfuerzo nos sirve una novela brillante, ejemplarmente volcada al castellano y con una prosa serena. Una auténtica joya literaria que nadie debería echar en falta.

Más de Lev N. Tolstói:

Petersburgo – Andréi Biely

27 de Enero de 2010 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

Petersburgo, del ruso Andréi Biely, es una de las novelas cumbres del siglo XX: la expresión «obra maestra», tantas veces usada a la ligera, cobra verdadero sentido con novelas como esta. La obra de Biely es un claro ejemplo de cómo se puede producir una renovación formal en la literatura, sin descuidar la impecable calidad y sin abdicar de la responsabilidad de reflejar la realidad histórica del momento, con la que siempre está comprometida la mejor literatura.

La narración de Petersburgo transcurre en el lapso de unos pocos días, durante el mes de octubre del año de la Revolución rusa de 1905, preludio de la Revolución de 1917. En ella se desarrolla la intriga para atentar contra un senador zarista, en la que se ve mezclado su propio hijo, pero en la que las pasiones personales tienen mucha más fuerza que cualquier ideal revolucionario.

Petersburgo, como una elipse, tiene dos focos: la propia ciudad de San Petersburgo y la bomba con la que se debe cometer el atentado contra el senador Apolón Apolónovich Ableújov. Ambos focos actúan alternativamente como puntos atractores de los personajes que orbitan a su alrededor. La bomba, actuando como foco, da lugar a la elíptica de la intriga revolucionaria que recorre la ciudad; pero también a la historia del apasionamiento de Nikolái, el joven hijo del senador, por una mujer casada, o del enfrentamiento soterrado entre Ableújov padre y Ableújov hijo.

Por su parte, San Petersburgo actúa como foco de las reflexiones acerca del ser humano como ser sensible que sufre una ciudad. San Petersburgo, como trasunto de cualquier gran ciudad, es una enfermedad que sufren sus habitantes: es la soledad, la deshumanización del individuo fagocitado por la masa, que contamina su capacidad para ser independiente. Biely describe a los ciudadanos de Petersburgo como a un miriápodo que se pasea por las avenidas, insensible e indiferente.

Pues los personajes que Biely presenta son, absolutamente todos, antihéroes: débiles, agotados, en ellos la reflexión es un vicio que ha acabado por conducirlos al delirio o al caos. Los sueños de su razón han producido monstruos que los atormentan, o bien los ha convertido a ellos mismos en engendros morales o psicológicos de los que su conciencia trata de huir inútilmente.

No obstante, el fino humor de Biely impregna de ironía una obra de profunda hondura, creando un equilibrio entre lo terrible y lo cómico. Precisamente, el equilibrio es una pieza fundamental de la obra, que Biely consigue mediante la repetición de frases y párrafos (a veces con ligeros cambios en su composición), como si del estribillo de un poema se tratara. Porque, en el fondo, Peterburgo no es sino un enorme poema simbolista; juzguen ustedes:

A la ventana de su habitación se adherían los enjambres verdosos de las nieblas de octubre: y Aleksánder Ivánovich Dudkin sintió entonces el irreprimible deseo de que aquella niebla le atravesara también a él, que atravesara sus pensamientos para ahogar aquel parloteo estúpido que traqueteaba en su cerebro y apagar las llamaradas de sus delirios, que surgían como bolas de fuego (que luego explotaban); de ahogarlos y apagarlos con la gimnasia de sus piernas andarinas; tenía que andar, andar, andar otra vez; de una avenida a otra, de una calle a otra; andar hasta enmudecer por completo su cerebro; andar hasta derrumbarse en la mesa de cualquier taberna para quemar sus entrañas con vodka. Sólo con aquel vagabundeo sin rumbo por calles y retorcidos callejones, bajo las farolas, las cercas de madera y las chimeneas, podía ahogar los pensamientos que se pudrían en su cerebro.

Más de Andréi Biely:

Veladas en un caserío de Dikanka – Nikolái Gógol

15 de Enero de 2010 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

Nikolái Gógol inició su carrera literaria con la publicación de los relatos que se reúnen en este libro; unos relatos de corte folclórico, basados en la tradición oral y que ponen en escena a personajes muy característicos de la sociedad rusa.

En general, todos los textos se pueden englobar dentro de una temática fantástico-humorística. Gógol presenta unos protagonistas humildes, casi siempre campesinos, que tienen una vida normal y que en una determinada circunstancia hacen frente a algún acontecimiento fuera de lo común: un encuentro con el diablo (“La Nochebuena”), con una bruja (“La noche de San Juan”) o con un espíritu maligno (“Terrible venganza”); un par de cuentos tratan hechos más normales: un pequeño engaño para conseguir seducir a una mujer (“La feria de Soróchinets”) o la historia de un hombre maduro apocado e inocentón (“Iván Fiódorovich Shponka y su tía”).

Los relatos de corte fantástico apenas hacen concesiones al terror o se regodean en la maldad de los personajes; Gógol trata de poner de relieve la picardía de los protagonistas, que de un modo u otro se sobreponen a los trucos y hechizos para lograr su objetivo. Así, el carácter sobrenatural de los textos queda en un segundo plano, ya que el eje sobre el que se plantean las tramas es el de la capacidad humana para hacer frente a situaciones complejas. Todo ello teñido con un humor bonachón, de carácter marcadamente ruso y que aligera el trasfondo de algunas historias que, de otra manera, serían auténticas narraciones de horror.

Como se puede extraer de todo esto, lo cierto es que la altura literaria de los relatos que componen Veladas en un caserío de Dikanka es limitada: Gógol crea un fresco que refleja una cierta idiosincrasia nacional, pero cuyos méritos narrativos están lejos de lo conseguido en otras obras posteriores. En estos cuentos hay ternura, socarronería y aventuras, pero los personajes quedan como meros arquetipos en favor de una folclorización de la trama y las historias apenas tienen profundidad, ya que el objetivo del autor es mostrar rasgos muy marcados, sin entrar en detalles. De ahí que la lectura sea divertida, pero nos deje un pequeño amargor al constatar que los relatos se quedan en lo más superficial, en el aspecto más inocente de las tramas sin profundizar más allá.

Por otro lado, ése es también el lado positivo de los relatos de este libro. Gógol no bucea en los entresijos emocionales porque prefiere describir a unos personajes que actúan movidos por sentimientos muy básicos. Siguiendo la tradición de los cuentos clásicos, lo que se nos ofrece no es un retrato profundo de la naturaleza humana, sino un muestrario de situaciones y personas que ilustran algunos comportamientos extremos que se pueden encontrar en casi cualquier persona. Así, el herrero Vakula de “La Nochebuena” somete al mismísimo diablo y logra que le lleve volando a presencia de la zarina para conseguir unos chapines que le granjearán el amor de Oxana; no hay mucha penetración psicológica, pero es indudable que las peripecias del rudo protagonista escenifican un esquema muy característico de las narraciones folclóricas (la consecución de un objetivo —por amor— por medios fantásticos) y que sus acciones son comprensiblemente “humanas”.

En pocas palabras: Veladas en un caserío de Dikanka es una obrita menor, pero que rezuma el encanto de los cuentos al amor de la lumbre y en la que ocasionalmente brilla el genio de Gógol con descripciones bellísimas y caracterizaciones magistrales. Entretenido e hilarante.

Más de Nikolái Gógol:

Las tinieblas – Leonid Andréyev

16 de Noviembre de 2009 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

Leonid Andréyev - Las tinieblasUn hombre y una mujer. Un revolucionario y una prostituta. La pureza y la perdición. Lo ideal y lo soez. Dos antagonistas encerrados en una misma habitación, obligados por las circunstancias a repasar ante el otro su existencia, sus valores y sus creencias; esa es la situación que desarrolla Leonid Andréyev en Las tinieblas, un relato en el que se pone de manifiesto lo inseguro que está el hombre aún de aquello en lo que con más fervor cree.

Alexéi, un revolucionario al que persigue la policía se refugia en un burdel para pasar la noche. Encerrado con Liuba, una prostituta de aspecto inocente, en una habitación, pronto surgirán entre ellos los primeros encontronazos debido a la absoluta disparidad de sus caracteres. Virgen aún, el hombre no desea manchar su espíritu en vísperas de un importante acto terrorista que debe llevar a cabo en pro de la revolución. Por su parte, Liuba es incapaz de comprender que un hombre pase con ella la noche si no es para mantener relaciones sexuales.

Y ese es sólo el primer chispazo de discordia entre dos seres que han visto siempre el mundo desde distintas perspectivas. Porque mientras Alexéi representa la pureza, el ardor de la juventud puesto al servicio de un ideal al que se han sacrificado las pasiones, los afectos y hasta los lazos familiares, Liuba es aquella que se ha visto obligada a sacrificar su inocencia y cuanto podía haber en ella de elevado para sobrevivir.

Sin piedad, la mujer hará comprender al revolucionario que si él se ha podido preservar libre de culpa, entregado únicamente al sueño de hacer realidad sus aspiraciones de igualdad en la tierra, es gracias a los millones de seres que, como ella, viven inmersos en la miseria física y moral. La bajeza de la mayoría es la que permite elevarse a unos pocos sobre ellos, quienes inmediatamente creen tener el derecho a alardear ante los caídos de su superioridad. Una superioridad que exhiben con modestia, casi con pudor, intentando con cautela no ofender a aquellos por quienes luchan, pero que consideran inferiores en todos los aspectos.

Con el transcurrir de la noche, Liuba va convenciendo a Alexéi de la veracidad de sus pensamientos. Y persuadiéndole de que el único rescate que quienes son como ella aceptarán de quienes son como él es que se rebajen igualmente a la ignominia; que vivan en la inmoralidad para no puedan sentir jamás la tentación de, por su pureza, sentirse jueces o salvadores de los caídos.

Bebo a la salud de los ciegos de nacimiento. Saquémonos los ojos porque da vergüenza mirar a aquellos que no ven. Si nuestros ojos no pueden servirnos de linternas para iluminar las tinieblas de la vida, arranquémoslos y ¡viva la noche! Si todo el mundo no puede entrar en el paraíso, no lo quiero para mí. ¡Abajo la luz, vivan las tinieblas!

Alexéi accederá a mancharse, y sólo entonces comprenderá Liuba la grandeza de la vida austera y limpia que el revolucionario había llevado hasta esa noche, deseando unirse a él en esa lucha por devolver a los miserables a un estado de virtud. Sin embargo, el desenlace de Las tinieblas devolverá a cada uno de ellos al papel que había desempeñado hasta la fecha, interrumpiendo la escalada dramática en que se han visto envueltos ambos protagonistas. Sera la sociedad, que aguardaba ajena fuera de la habitación, quien devuelva a Liuba y Alexéi al lugar que les había asignado, pues para que existan héroes debe siempre haber villanos.

Memorias de la casa muerta – Fiodor M. Dostoievski

11 de Septiembre de 2009 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

Memorias de la casa muerta - Fiodor M. DostoievskiProfundamente autobiográfica, Memorias de la casa muerta recoge las experiencias de Fiodor M. Dostoievski durante los ocho años que pasó en Siberia como preso político, condenado a trabajos forzados. No obstante, y para evitar posibles represalias, el autor se vio obligado a burlar la censura escondiendo su identidad bajo la del noble Alexánder Petróvich Goriánchicov, el protagonista de estas memorias.

A pesar de haber sido condenado y de la prohibición de publicar obra alguna que pesó sobre Dostoievski durante casi diez años, el autor trabajó en la composición de una obra que, más allá de reflejar sus vivencias como presidiario, diera a conocer las condiciones de vida en las cárceles, señalando de forma implícita los yerros de la justicia y los abusos de quienes detentaban el poder en los presidios. Ya que, como el propio autor recalcaba «quien tiene una palabra que decir, debe decirla», idea que refleja el loable compromiso del escritor con su país, su sociedad y su época.

En estas Memorias de la casa muerta pueden distinguirse tres planteamientos que se imbrican entre sí, creando un todo conmovedor. Por un lado, encontramos las reflexiones acerca del propio destino del narrador: Goriánchikov sufre un choque brutal al ingresar en prisión. A la idea descorazonadora de los largos años de prisión que le aguardan, a las incomodidades materiales del presidio, se une el hecho de que, como noble, ha sido privado de todos sus derechos y, sin embargo, sus compañeros jamás podrán, por su origen, verle como a un igual.

El pulso de Dostoievski para recoger el doble aislamiento del protagonista y la amargura de los primeros meses del prisionero es soberbio. La gradación hacia la aceptación de la situación hasta alcanzar un punto de equilibrio entre la resignación y la esperanza está de igual modo magistralmente trazada. Goriánchikov se hace real gracias a la capacidad del autor para recoger hasta los más recónditos pensamientos de un hombre que está aprendiendo de nuevo a vivir.

Otra dimensión de la novela se refiere a la descripción de las condiciones de vida en el presidio. Siendo estas horribles, es evidente que Dostoievski no quiso cargar las tintas en un intento de espantar al lector. A pesar de las descripciones del ambiente pestífero de los barracones, de la suciedad y los insectos, de los grilletes y de los castigos físicos, el autor pone el acento en otros aspectos que verdaderamente hacían dura la existencia en el penal.

La queja del autor se dirige hacia el modo en que, en presidio, los hombres dejan de ser hombres para ser únicamente criminales. Desde todas las instancias se les recuerda que han sido expulsados del seno de la sociedad y, en consecuencia se les trata con excesiva dureza. El preso, al que se quiere someter por la fuerza, se rebela necesariamente. Por el contrario, Dostoievski señala como, cuando son tratados con algo de afecto, cuando se les demuestra confianza, los forzados son los primeros en velar por no defraudar a quien en ellos ha confiado.

Por último Memorias de la casa muerta es una inmejorable galería de tipos y caracteres, de anécdotas e historias de presidiarios que dan color a la novela sin caer en un tipismo que repugnaría al escritor. Para Dostoievski, su estancia en presidio fue la oportunidad de acercarse al pueblo llano y comprender que un hombre puede estar dotado de las mejores cualidades independientemente de su cuna. En ese sentido, estas memorias son un reflejo del descubrimiento de esa realidad.

Una única frase puede ser el mejor resumen de estas Memorias de la casa muerta:

Sí, denostado, degradado… ¡el hombre sobrevive! El hombre es un ser que se acostumbra a todo; ésa es, pienso, su mejor definición.

Más de Fiodor M. Dostoievski:

Siguiente página »