Bajo el signo de Marte – Fritz Zorn
11 de Enero de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Bajo el signo de Marte es un libro áspero, ingrato en ocasiones e incómodo la mayor parte del tiempo. Fritz Zorn (seudónimo escogido por el autor con clara intención, ya que «zorn» en alemán significa «rabia») realiza un ejercicio de autocontemplación duro y exigente, sin concesión alguna ni al lector ni a sí mismo; si la expresión «desnudar el alma» no estuviese tan gastada sería, sin duda, la que debería aplicarse a este libro.
Zorn nos cuenta una suerte de historia de su vida desde la certeza de que está condenado a morir por un cáncer. Y esa historia se convierte en un proceso reflexivo mediante el cual el autor pone en tela de juicio la educación que ha recibido, el medio social en el que se ha movido, la conducta de sus padres y de sus conocidos, la forma de encarar la vida de toda una sociedad. Aunque la vida de Zorn se desarrolla en Suiza, y es a sus compatriotas a quien se refiere de manera constante, lo cierto es que las ideas del narrador son tan universales como certeras.
Lo cierto es que la exposición de esas ideas y la narración propiamente dicha de algunas situaciones de la vida del protagonista ponen de manifiesto que Bajo el signo de Marte es interesante como lectura, como acumulación de reflexiones, pero no como literatura. Zorn pretendió escribir algo parecido a unas confesiones desde un punto de vista narrativo, pero si bien el fondo es sumamente atractivo, la forma adolece de linealidad, falta de frescura y de ritmo. Apenas hay concesiones al lirismo y el profundo matiz de intimidad que rezuma el texto queda, sin embargo, desdibujado ante la frialdad del narrador, incapaz de exponer con verosimilitud emoción alguna. Con todo, quizá ese demérito juega a favor del libro, ya que la situación del protagonista se contempla desde una posición más fría, más inclemente: lo que le sucede a Fritz Zorn, los hechos que (según él) le han ido conduciendo hasta su estado enfermo, se ven reflejados con una distancia que los hace aún más terroríficos.
Aunque el libro está lleno de cuestiones, Zorn esboza una cuestión esencial para ilustrar su estado: la oposición entre el individuo y la familia; para el narrador, sus padres y la educación que recibió son la causa de su enfermedad, tanto la física (el cáncer) como la moral (Zorn también sufrió depresiones constantes desde muy joven). La actitud de superioridad moral que adoptaba su familia (integrante de la alta burguesía suiza) hizo que el autor viviese la vida «desde fuera», desde una posición meramente contemplativa que le privó de experimentar en carne propia experiencias, frustraciones y miedos. De hecho, la carencia de relaciones sexuales se convierte para Zorn en un hecho trascendental: no sólo carece de afecto y pasión, sino que su incapacidad para atraer o verse atraído por una mujer es un trasunto de su verdadera imposibilidad, el no poder vivir como un auténtico ser humano.
Es interesante reparar en los detalles que el autor va revelando de manera sutil a lo largo del texto. Por ejemplo, su obsesión por la higiene personal y por el aspecto físico acaba por resultar esclarecedora: al igual que no permite que el polvo le manche, así también evita el contacto con los demás y consigue que nada le afecte de forma directa. Ese constante alejamiento que se impone Zorn con los demás hace que sienta el cáncer que le corroe como una respuesta física ante su sufrimiento moral: sus «lágrimas tragadas» —como él dice— sólo le han arrastrado hasta su consunción. Y a pesar de su desesperada situación, encuentra fuerzas para sentirse orgulloso de reconocer cómo ha sido su vida y de mantenerse fiel a sí mismo (en lugar de haber adoptado el modo de vida de sus padres, que en ningún momento flaquearon en su decisión de mantener las apariencias hasta el punto de abandonar cualquier atisbo de humanidad): eso constituye su pequeña victoria dentro de la «inmensa derrota» que es su existencia.
Bajo el signo de Marte es un ejercicio de autocontemplación muy honesto, profundo y desgarrador. No pertenece por su estilo a una “gran” narrativa (como podrían ser otros libros de memorias al estilo de Primo Levi, por ejemplo), pero no hay duda de que su fondo es tan conmovedor como interesante. Es una lectura que nos abofetea, que nos demanda y nos trastorna; y, al fin y al cabo, ése es uno de los objetivos de la literatura, ¿verdad?
Escalada – Ludwig Hohl
5 de Septiembre de 2008 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Ludwig Hohl tardó casi cincuenta años en completar la escritura de “Escalada”, lo que sin duda invita a pensar en la acción del tiempo tallando las cumbres alpinas que describe en este breve relato. Podemos imaginar a Hohl como a un orfebre, tallando y engarzando cada palabra, puliendo cada frase para ajustarla exactamente a aquello que pretendía expresar. Tal vez hoy nadie tendría la paciencia necesaria para realizar un trabajo como éste.
Y aunque el resultado es brillante, no se adivina en él el trabajo exhaustivo que lo engendró: “Escalada” es un relato fluido, sencillo, casi banal. Pero mientras el protagonista asciende trabajosamente por el hielo traicionero de un glaciar, el lector se eleva sin sentirlo, paso a paso como quien da un paseo, y sólo al concluir la lectura comprende hasta qué cumbres se ha alzado.
La clave está precisamente en ese paso a paso, que define también la manera en que Hohl relata la subida a la cumbre de Ull. Desde el valle, donde Ull inicia la ascensión con Johann, se narra de manera pormenorizada cada avance hacia la cumbre, pasando por el momento en que Johann decide abandonar el ascenso mientras Ull se obstina en continuar solo y, alcanzada la cresta, iniciar el descenso.
Casi como si de un documental se tratara, en el que la cámara nos muestra el paisaje que va apareciendo conforme nos elevamos, para después detenerse en las dificultades del camino y por último recoger la manera en que el alpinista se enfrenta a ellas, así la prosa de Hohl va desgranando los pormenores de la ascensión:
Esa concavidad de la pared sur contrastaba con la estructura de la cara norte del glaciar, que era convexa, lo cual significaba que la cresta ofrecía en esa dirección una pendiente nevada que se precipitaba lentamente, y de cuyo final a penas se vislumbraba un indicio. No, no se distinguía nada más hasta que, a enorme distancia y profundidad, aparecían bosques y prados verdes, valles floridos con pueblecitos, y más bajo también, confusamente, la divisoria de los dos valles, donde ambos habían esperado el autobús tres días antes.
Cada accidente del terreno, cada peligro o ventaja, las opciones que se abren ante el escalador y las decisiones que éste toma, se narran meticulosamente pero, al mismo tiempo, con sorprendente sencillez. Y de esta manera el lector acompaña, como un espíritu vigilante, el ascenso del protagonista, examinando con él cada saliente del que penderá su vida.
Pero, más allá del preciosismo con que Hohl relata cada instante de la ascensión, y que podría circunscribir el relato a una mera curiosidad para amantes del montañismo; y por encima del tópico de la soledad de un hombre solo, criatura frágil, enfrentándose a las fuerzas de la naturaleza hechas piedra -tópico que para nada empaña la pureza del escrito-. Por encima de ambos aspectos, “Escalada” es un texto que invita a pensar en el Destino, con mayúscula.
La suerte que corren ambos escaladores, el que continúa hacia la cumbre, y el que abandona para regresar al valle, corre pareja, a pesar de que ambos se separan. Y esto incita a pensar en que su destino estaba escrito, y ninguna decisión podría haberles apartado de él. Excepto, tal vez, la de permanecer juntos.
Imago – Carl Spitteler
30 de Julio de 2008 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
“Imago” es una novela sorprendente en la que, a la vez que se desarrolla una historia banal (aunque narrada de forma extraordinaria), se permite al lector penetrar en el mundo interior del artista, allí donde la esencia creadora se convierte en una potencia que lo domina todo, sojuzgando vida y pensamiento. Y aunque es una obra en parte autobiográfica, Carl Spitteler sabe alejarse de su protagonista a fuerza de ironía y de una total falta de sentimentalismo o piedad a la hora de tratar los sentimientos, algo exaltados, del joven Viktor.
En Viktor se enfrentan, a veces de manera harto cómica, el artista y el hombre. El primero renunció al amor de una hermosa joven, Theuda, en aras de una obra de la que la muchacha tendría el honor de ser musa; pero el segundo, al reencontrarse con la mujer de carne y hueso convertida en esposa de otro, siente la imperiosa necesidad de obligarla a reconocer que él es un ser excepcional: el creador, el genio que debe ser admirado.
De esa confrontación entre el artista y el hombre surgen una serie de enfrentamientos reflejos: entre la musa, a la que Viktor ha bautizado como Imago, y la mujer real, a la que denomina Pseuda; pero también entre el artista y Pseuda, y entre el hombre e Imago. El artista quiere rendir a Pseuda, haciéndole reconocer que el sacrificio de su amor tuvo sentido, en cuanto favoreció el florecimiento de un ser excepcional destinado a grandes obras. Por su parte, el hombre menosprecia a Imago, pues como ser intangible no puede satisfacer las necesidades reales del amor, sean estas carnales o espirituales.
Evidentemente, de esa multitud de personajes ideales y reales brota una historia complicada, en medio de la cual Viktor se debate como sólo puede hacerlo un ser de doble naturaleza. Ahora el hombre se enfrenta al artista, reclamándole su derecho a la felicidad terrenal y burguesa; ahora el artista muestra todo su desprecio al hombre, quien, débil, sacrifica la gloria por unas enaguas.
Spitteler nos presenta así a un hombre de sensibilidad exacerbada, que se encuentra dividido entre la juvenil exaltación que cree debe acompañar al poeta y que le obliga a renunciar a todo aquello que pueda interferir con su espíritu creador, y el hombre que descubre que está enamorado y debe deshacerse de un montón de ideas falsas acerca de sí mismo, del amor y de la mujer.
Pues sin duda el epicentro de “Imago” es el camino que Viktor recorre, casi siempre luchando a brazo partido consigo mismo, hasta comprender que Imago y Pseuda pueden reunirse sin dilema —y de hecho lo hacen— en la identidad de Theuda, satisfaciendo a un tiempo al Viktor hombre y al Viktor artista.
Pero, sin duda, el rasgo de mayor excelencia de “Imago” está en la manera en que Spitteler construye la narración mediante un relator desenfadado en tercera persona, que cede inopinadamente la palabra al propio Viktor para que éste debata consigo mismo a dos voces, mediante la personificación de su razón, su corazón, sus recuerdos o su fe. También a Imago, Pseuda y Theuda les concede voz el narrador, creando una polifonía que presta una extraordinaria vivacidad al conjunto de la obra.
“Imago” es una representación de la que Viktor es director, actor y espectador a un tiempo y de la cual, a la caída del telón, habrá sacado una valiosa enseñanza que, como de costumbre, llegará tarde y sólo le quedará la esperanza de que le sirva en el futuro. Mientras, el lector disfruta sinceramente de esa mixtura de personajes que se reúnen en una obra que describe, no sin ironía, esa idea que el artista tiene de sí mismo y que, por lo general, le conviene destruir.
Montauk – Max Frisch
25 de Julio de 2008 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
“Montauk” nació como consecuencia de un fin de semana de la primavera del 1974 que Max Frisch pasó en un paraje con ese nombre, situado en el extremo este de Long Island; y siendo la historia de ese fin de semana, es también la historia de la vida de Frisch, un recorrido por sus principales capítulos, escrita a los 63 años, cuando ya comenzaba a imaginarse su muerte.
[...] la pequeña localidad donde ayer decidí relatar este fin de semana: de manera autobiográfica, sí, autobiográfica. Sin inventar personajes; sin inventar acontecimientos que fueran más ejemplares que su realidad; sin desviarse con invenciones. Sin justificar su escritura en virtud del compromiso frente a la sociedad; sin mensaje. No tiene ninguno y, sin embargo, vive. Él sólo quiere contar (con todo respeto hacia las personas que cita por su nombre: su vida.
Al narrar lo que acontece ese fin de semana que comparte con Lynn, una mujer a la que conoce durante un viaje de promoción en Norteamérica y con la que más tarde viviría, Frisch pretende dejar constancia de cómo se siente en ese momento presente, precisamente gracias a Lynn; a la vez que dejar constancia de cómo se siente con respecto a su pasado, ejercicio que sólo puede emprender gracias al regalo que de su presente le hace su compañera. En sus propias palabras, Frisch alberga una «necesidad demencial de tiempo presente por medio de una mujer».
El repaso de su pasado es concienzudo, pero no cronológico. Por eso sin duda ayuda la brevísima sinopsis biográfica de la vida de Max Frisch que acompaña esta edición de Laetoli, y que permite situar las diferentes vivencias narradas en el período en que acontecieron.
Frisch dedica rememora la relación con el amigo adinerado que le pagó sus estudios de arquitectura, por el que sentía una gran admiración y un profundo respeto, aunque con el tiempo la relación se fue enfriando. También analiza las relaciones con los hijos habidos en su primer matrimonio: unas relaciones extrañas, e incluso incómodas, con unos hijos adultos con los que apenas tiene nada en común.
Hay también lugar en “Montauk” para una reflexión sobre la fama, el éxito y el dinero que el reconocimiento de su obra acarrearon a Max Frisch. El éxito le llevó a pensar que hay quien juzga los triunfos ajenos como ofensas personales. Por el contrario, la fama no vuelve a los demás envidiosos, sino que procura un reconocimiento que resulta reconfortante y no exige tomar una actitud de falsa modestia. En cuanto al dinero, Frisch narra la anécdota de como se compró una bicicleta, en lugar de la moto que deseaba, para descubrir más tarde que tenía miles de marcos en su cuenta corriente.
Pero, sobre todo, Frisch hace un recorrido por sus relaciones sentimentales, del que se desprende la idea de su -casi podría llamarse- obsesión por la mujer. Frisch reflexiona sobre el impulso, o la necesidad, que le ha conducido a tratar de entender a las mujeres, en lugar de simplemente amarlas. Por delante del ser humano, el autor antepone la idea de lo femenino, tratando desesperadamente de descifrar algo que no sabe a ciencia cierta que es, y granjeándose de esa manera únicamente dolor e insatisfacción.
La escritura franca, consecuencia de la decisión de su autor de mirar hacia atrás sin cólera y sin autocompasión, hacen de “Montauk” un libro cuya escritura debió suponer una experiencia en cierta medida catártica y gratificante; y esa sensación de gratificación todavía se filtra hasta el lector.
