Camino nocturno – Ludwig Hohl
30 de junio de 2010 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Hace tiempo comenté aquí Escalada, un relato breve del suizo Ludwig Hohl. En él brillaban la escritura preciosista, que se detiene con morosidad en el detalle, a la par que la concisión, que presenta una imagen ante la retina del lector sin necesidad de recursos alambicados.
Las virtudes de Escalada recomendaban la lectura de este Camino nocturno que, por desgracia, no resulta tan delicioso como el primero. Camino nocturno recopila varios relatos de Hohl, escritos a lo largo de la década de los treinta del pasado siglo. Es fácil adivinar en ellos la costumbre del autor de trabajar los textos con increíble meticulosidad, de modo que encontramos relatos como el que da título al volumen —un relato de apenas quince páginas—, cuya escritura se prorrogó a lo largo de cuatro años, entre 1931 y 1934. Aunque desde luego nada comparable a los casi cincuenta años que le llevo escribir Escalada.
Pero a pesar de ello, los relatos de Camino nocturno adolecen de una notoria falta de fuerza, o garra, llámenlo como prefieran. La escritura es correcta, sencilla y elegante, pero lo que se narra no es capaz de atrapar al lector. Empieza el volumen con tres relatos interesantes, “La hoja”, “El erizo” y “El buscador”, en donde se nos presenta la soledad del ser humano, su indefensión ante el destino y, en consecuencia, su tendencia a buscar talismanes que lo protejan del desamparo al que se sabe abocado.
Pero los siguientes relatos carecen en su mayoría de un asidero al que la atención del lector pueda aferrarse. Las historias no parecen tener un desarrollo coherente, lo que no es de por sí un demérito, pero tampoco tocan algún tema (mundano o profundo) de forma que pueda ser aprehendido; evidentemente, el resultado de unir ambas características da lugar a historias faltas de brío. Algunos cuentos se resuelven de forma un tanto brusca como “Laurisa, la esplendorosa”; otros parecen morir precisamente por su falta de vigor, desvaneciéndose poco a poco.
“Camino nocturno”, es un ejemplo de esa tendencia a la divagación que sufren estos textos. En él brillan las descripciones de los parajes nocturnos iluminados por la luna a orillas del Danubio en una nevada noche invernal —en general, las descripciones de paisajes de Hohl son pequeñas joyas en sí mismas, y unas cuantas adornan estos relatos—. Pero poco más saca en claro el lector sobre los paseos del protagonista, que hace y deshace el camino hasta su posada en busca de un misterioso hombre al que ha entrevisto en la oscuridad.
Aunque un relato destaca entre los que componen Camino nocturno: “Tres viejas”, el relato que cierra el volumen como un magistral broche capaz de hacernos cerrar el libro con buen sabor de boca. En él, Hohl demuestra poseer el mismo talento para describir personas que paisajes, presentando a tres ancianas habitantes de un pueblo de montaña en el que el narrador pasa una temporada. La vejez, e incluso la decrepitud y la senilidad, se entreveran con la sabiduría de quien está al final del camino y asume la muerte como una parte más de la vida. Las luces y las sombras de esa última etapa inevitable muestran su contraste en un relato meramente descriptivo, pero que da idea de la talla como observador de Ludwig Hohl.
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Señor Sueño – Robert Pinget
10 de mayo de 2010 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Robert Pinget nos advierte, en una nota preliminar al comenzar la lectura de Señor Sueño, que el volumen está compuesto por historias “garrapateadas” durante los descansos de su trabajo y que, por tanto, sólo deben ser entendidas como un divertimento. Felizmente, lo que supuso un divertimento para el autor, logra serlo también para el lector que se asoma al peculiar universo del señor Sueño.
El señor Sueño es un jubilado que vive retirado en una villa junto al mar en el sur de Francia y que, a modo de entretenimiento o penitencia, se fuerza a escribir todos los días unas líneas en un cuaderno. Y hasta ahí más o menos desvela el autor sobre la realidad de su estrambótico personaje. Porque lo que sabemos del Señor Sueño lo sabemos por sus escritos, pero en estos es imposible distinguir realidad y ficción.
Las anotaciones del anciano, ¿se ciñen a sus vivencias cotidianas, o por el contrario son invenciones con las que el jubilado entretiene sus horas? Pinget nos mantiene en la incertidumbre, juega con nosotros, nos señala que no todo lo que el señor Sueño escribe es auténtico, siembra la duda y parece burlarse a medias de quien le lee y de su propio personaje. De hecho, lo que leemos es una narración que versa de las anotaciones del señor Sueño y, a través de ellas, sobre sus vivencias y pensamientos (¿reales, imaginarios?), sirviéndose para ello de la fórmula «el señor Sueño dice». Pero el narrador nos sume en la incertidumbre, ¿son él y el señor Sueño la misma persona?:
El señor Sueño que es presumido pero no muy astuto añade un dice a esas palabras muy personales que se le caen de la pluma, creyendo con ello dar el pego, hacer creer que tales palabras no son suyas si parecieran débiles o discutibles. Cae en la trampa, al tomar sus distancias respecto de un señor Sueño narrador cuando él sabe muy bien que es él quien habla, al menos en este caso.
Lo cierto es que, al avanzar en la lectura, cada vez sabemos menos de las circunstancias del señor Sueño. Pero eso carece de importancia, porque cada vez comprendemos mejor la esencia de su personaje: el señor Sueño es un ciudadano respetable. Un hombre al final de su vida que, al principio de la misma, se vio obligado a domesticar su alma, a desingularizarla, para adaptarse a lo que la sociedad exige y tolera de aquellos que la forman. Con los años, se ha convertido en un hombre tan acostumbrado a guardar las apariencias que ese es precisamente el rasgo más reseñable de su carácter.
De ahí que las notas del señor Sueño sean para él la rutina que le salva de la desesperación pero, a la vez, incómodos testigos que mensuran la insignificancia de una existencia vivida con el prurito de no desentonar. Una existencia en la que se ha ahogado la propia personalidad hasta el punto de llegar a considerar la vida como un acto de supervivencia, como un adaptarse al medio continuo.
Tengan valor estas mínimas notas suyas marginales o no tengan ninguno, sin ellas dejaría de tener incluso con qué medir la insignificancia de su supervivencia.
De hecho, la costumbre le obliga a mantener su pose hasta el final: el señor Sueño se descubre en ocasiones impostando sus pensamientos con el objeto de hacer una buena frase que anotar.
Escritas como un entretenimiento en sus ratos de ocio, con las historias del señor Sueño logra Robert Pinget dibujar a un personaje un tanto nebuloso pero, a la vez, increíblemente sólido. El señor Sueño puede ser cualquiera de nosotros, que con frecuencia renunciamos a lo más genuino de nosotros mismo para obtener no sabemos qué lejanas promesas. Y, aunque puedan ser impostadas, muchas veces sus reflexiones son tan certeras que la lectura de Señor Sueño deja un excelente sabor de boca.
Jakob von Gunten – Robert Walser
31 de marzo de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
La lectura de Jakob von Gunten es una aventura onírica de connotaciones muy personales. La novela de Robert Walser es inclasificable en el sentido estricto de la palabra, ya que nos traslada a un universo íntimo muy difícil de compartir, y del cual cada lector puede extraer impresiones diferentes. Lo cierto es que es un texto difícil en cuanto a su racionalización, ya que su trama es vaporosa y más bien sirve como muestra de una narrativa sensualista y simbólica.
El libro está narrado en forma de entradas de diario por el protagonista homónimo. Jakob cuenta algunos de los sucesos que van ocurriendo en el Instituto Benjamenta, una institución de enseñanza peculiar en la que él mismo decidió ingresar después de marcharse de su hogar. En sus páginas da cuenta de todo lo que va aconteciendo: las relaciones con sus compañeros, los anhelos de futuro que van surgiendo, sus pensamientos acerca de su familia, sus deseos o la extraña relación que los alumnos mantienen con Herr Benjamenta, el fundador del colegio, y su hermana, de la cual todos parecen quedar prendados sin remedio. Poco a poco, la figura insoslayable del Instituto se convierte en un personaje más, dejando así el papel de escenario para ocupar toda la mente del joven narrador y, por extensión, del lector.
La carga simbólica de la novela es evidente, pero también ambigua. Se puede interpretar como una historia onírica, salpicada de interrogantes producto del carácter subjetivo que implica la narración en primera persona; también como una suerte de gigantesca metáfora que alude a la clásica novela de formación, pero abordándola desde la poesía; o incluso puede verse como un clásico libro de memorias de adolescencia, si bien teñidas de una pátina mágica o fantástica que convierte la trama en un ejercicio de imaginación. La opción de la metáfora puede ser muy válida, ya que en varios momentos se alude a la formación del protagonista con imágenes repletas de ironía y lucidez («Nos quieren formar y modelar, ya me doy cuenta, no atiborrarnos de conocimientos», dice el propio narrador).
Sea como sea, lo cierto es que la imaginería de Jakob von Gunten es variada y lírica, por lo que el fondo del texto queda relegado a un justo segundo plano: una vez atrapados por la prosa asfixiante y seductora de Walser no nos importará demasiado si la señorita Benjamenta es un personajes de carne y hueso o un producto de la fantasía adolescente del narrador, o si el Instituto es un lugar físico o una quimera más. El estilo del escritor, repleto de imágenes de una fuerza visual demoledora, se basta para conducir una historia que coquetea con la realidad más cercana (como puede observarse en los pasajes en los que Jakob habla de su familia y de su posición social) y con la fantasía más descabellada (y el ejemplo perfecto es el mundo del Instituto Benjamenta, aislado de su entorno y descrito siempre como si de un mero ensueño se tratase). No hay posibilidad de interpretación unívoca, aunque tampoco necesidad: la musicalidad de la prosa y lo sensual de la historia son suficientes para que la trama, vaporosa y frágil, avance con seguridad.
No hay duda de que la lectura de Jakob von Gunten es de ésas que no dejan indiferente: puede gustar o no, pero no hay duda de que el estilo personal de Robert Walser es magnífico y sumamente original. Quizá hay que dejar a un lado prejuicios literarios y convencionalismos narrativos para dejarse seducir por un texto que, a fuer de indescifrable, se torna magistral.
Bajo el signo de Marte – Fritz Zorn
11 de enero de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Bajo el signo de Marte es un libro áspero, ingrato en ocasiones e incómodo la mayor parte del tiempo. Fritz Zorn (seudónimo escogido por el autor con clara intención, ya que «zorn» en alemán significa «rabia») realiza un ejercicio de autocontemplación duro y exigente, sin concesión alguna ni al lector ni a sí mismo; si la expresión «desnudar el alma» no estuviese tan gastada sería, sin duda, la que debería aplicarse a este libro.
Zorn nos cuenta una suerte de historia de su vida desde la certeza de que está condenado a morir por un cáncer. Y esa historia se convierte en un proceso reflexivo mediante el cual el autor pone en tela de juicio la educación que ha recibido, el medio social en el que se ha movido, la conducta de sus padres y de sus conocidos, la forma de encarar la vida de toda una sociedad. Aunque la vida de Zorn se desarrolla en Suiza, y es a sus compatriotas a quien se refiere de manera constante, lo cierto es que las ideas del narrador son tan universales como certeras.
Lo cierto es que la exposición de esas ideas y la narración propiamente dicha de algunas situaciones de la vida del protagonista ponen de manifiesto que Bajo el signo de Marte es interesante como lectura, como acumulación de reflexiones, pero no como literatura. Zorn pretendió escribir algo parecido a unas confesiones desde un punto de vista narrativo, pero si bien el fondo es sumamente atractivo, la forma adolece de linealidad, falta de frescura y de ritmo. Apenas hay concesiones al lirismo y el profundo matiz de intimidad que rezuma el texto queda, sin embargo, desdibujado ante la frialdad del narrador, incapaz de exponer con verosimilitud emoción alguna. Con todo, quizá ese demérito juega a favor del libro, ya que la situación del protagonista se contempla desde una posición más fría, más inclemente: lo que le sucede a Fritz Zorn, los hechos que (según él) le han ido conduciendo hasta su estado enfermo, se ven reflejados con una distancia que los hace aún más terroríficos.
Aunque el libro está lleno de cuestiones, Zorn esboza una cuestión esencial para ilustrar su estado: la oposición entre el individuo y la familia; para el narrador, sus padres y la educación que recibió son la causa de su enfermedad, tanto la física (el cáncer) como la moral (Zorn también sufrió depresiones constantes desde muy joven). La actitud de superioridad moral que adoptaba su familia (integrante de la alta burguesía suiza) hizo que el autor viviese la vida «desde fuera», desde una posición meramente contemplativa que le privó de experimentar en carne propia experiencias, frustraciones y miedos. De hecho, la carencia de relaciones sexuales se convierte para Zorn en un hecho trascendental: no sólo carece de afecto y pasión, sino que su incapacidad para atraer o verse atraído por una mujer es un trasunto de su verdadera imposibilidad, el no poder vivir como un auténtico ser humano.
Es interesante reparar en los detalles que el autor va revelando de manera sutil a lo largo del texto. Por ejemplo, su obsesión por la higiene personal y por el aspecto físico acaba por resultar esclarecedora: al igual que no permite que el polvo le manche, así también evita el contacto con los demás y consigue que nada le afecte de forma directa. Ese constante alejamiento que se impone Zorn con los demás hace que sienta el cáncer que le corroe como una respuesta física ante su sufrimiento moral: sus «lágrimas tragadas» —como él dice— sólo le han arrastrado hasta su consunción. Y a pesar de su desesperada situación, encuentra fuerzas para sentirse orgulloso de reconocer cómo ha sido su vida y de mantenerse fiel a sí mismo (en lugar de haber adoptado el modo de vida de sus padres, que en ningún momento flaquearon en su decisión de mantener las apariencias hasta el punto de abandonar cualquier atisbo de humanidad): eso constituye su pequeña victoria dentro de la «inmensa derrota» que es su existencia.
Bajo el signo de Marte es un ejercicio de autocontemplación muy honesto, profundo y desgarrador. No pertenece por su estilo a una “gran” narrativa (como podrían ser otros libros de memorias al estilo de Primo Levi, por ejemplo), pero no hay duda de que su fondo es tan conmovedor como interesante. Es una lectura que nos abofetea, que nos demanda y nos trastorna; y, al fin y al cabo, ése es uno de los objetivos de la literatura, ¿verdad?
Escalada – Ludwig Hohl
5 de septiembre de 2008 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Ludwig Hohl tardó casi cincuenta años en completar la escritura de “Escalada”, lo que sin duda invita a pensar en la acción del tiempo tallando las cumbres alpinas que describe en este breve relato. Podemos imaginar a Hohl como a un orfebre, tallando y engarzando cada palabra, puliendo cada frase para ajustarla exactamente a aquello que pretendía expresar. Tal vez hoy nadie tendría la paciencia necesaria para realizar un trabajo como éste.
Y aunque el resultado es brillante, no se adivina en él el trabajo exhaustivo que lo engendró: “Escalada” es un relato fluido, sencillo, casi banal. Pero mientras el protagonista asciende trabajosamente por el hielo traicionero de un glaciar, el lector se eleva sin sentirlo, paso a paso como quien da un paseo, y sólo al concluir la lectura comprende hasta qué cumbres se ha alzado.
La clave está precisamente en ese paso a paso, que define también la manera en que Hohl relata la subida a la cumbre de Ull. Desde el valle, donde Ull inicia la ascensión con Johann, se narra de manera pormenorizada cada avance hacia la cumbre, pasando por el momento en que Johann decide abandonar el ascenso mientras Ull se obstina en continuar solo y, alcanzada la cresta, iniciar el descenso.
Casi como si de un documental se tratara, en el que la cámara nos muestra el paisaje que va apareciendo conforme nos elevamos, para después detenerse en las dificultades del camino y por último recoger la manera en que el alpinista se enfrenta a ellas, así la prosa de Hohl va desgranando los pormenores de la ascensión:
Esa concavidad de la pared sur contrastaba con la estructura de la cara norte del glaciar, que era convexa, lo cual significaba que la cresta ofrecía en esa dirección una pendiente nevada que se precipitaba lentamente, y de cuyo final a penas se vislumbraba un indicio. No, no se distinguía nada más hasta que, a enorme distancia y profundidad, aparecían bosques y prados verdes, valles floridos con pueblecitos, y más bajo también, confusamente, la divisoria de los dos valles, donde ambos habían esperado el autobús tres días antes.
Cada accidente del terreno, cada peligro o ventaja, las opciones que se abren ante el escalador y las decisiones que éste toma, se narran meticulosamente pero, al mismo tiempo, con sorprendente sencillez. Y de esta manera el lector acompaña, como un espíritu vigilante, el ascenso del protagonista, examinando con él cada saliente del que penderá su vida.
Pero, más allá del preciosismo con que Hohl relata cada instante de la ascensión, y que podría circunscribir el relato a una mera curiosidad para amantes del montañismo; y por encima del tópico de la soledad de un hombre solo, criatura frágil, enfrentándose a las fuerzas de la naturaleza hechas piedra -tópico que para nada empaña la pureza del escrito-. Por encima de ambos aspectos, “Escalada” es un texto que invita a pensar en el Destino, con mayúscula.
La suerte que corren ambos escaladores, el que continúa hacia la cumbre, y el que abandona para regresar al valle, corre pareja, a pesar de que ambos se separan. Y esto incita a pensar en que su destino estaba escrito, y ninguna decisión podría haberles apartado de él. Excepto, tal vez, la de permanecer juntos.
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