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El astillero - Juan Carlos OnettiHay lecturas que se le cruzan a uno y no sabría definirlas con palabras certeras: no se sabe muy bien por qué han gustado, qué cualidades concretas tenían, qué técnicas, personajes o estilos han calado en su alma de lector, pero es claro que hay algo, un aroma sutil pero aprehensible que consigue dotar a la obra en cuestión de un aura especial.

El astillero ha sido para el que escribe una de esas lecturas. Al principio de adentrarme en sus recovecos no tenía claro hacia dónde me dirigía Juan Carlos Onetti: qué trataba de comunicarme; qué se proponía Larsen, su protagonista, en su estrecho periplo por Santa María y el astillero; cuáles eran las claves que ofrecía el libro para desentrañar sus enigmas. No obstante, seguía pasando las páginas con una creciente delectación: no entendía el propósito final de la novela (ni de su autor, ni de su narrador, ni de su protagonista, ni de los demás personajes…), pero cuanto más leía menos importante me parecía entenderlo. Y quizá en ese punto estribe la calidez de El astillero, su indescifrable hipnotismo.

Permítanme un pequeño aparte para confesar mi poco apego hacia las novelas carentes de historia; uno es un firme creyente de la necesidad de la literatura como mensajera, que no es lo mismo que abogar por una literatura militante, aleccionadora, moralizante o proselitista. Creo que las historias transmiten conocimiento, si bien ese conocimiento no tiene por qué mostrarse de manera explícita en un libro; creo que las tramas ponen en movimiento emociones, ideas y sensaciones, sin que ello signifique dárselo todo hecho al lector. Una postura como otra cualquiera.

Por ese motivo me resultó desconcertante enfrentarme a una novela que, aun teniendo una cierta coherencia narrativa, no «cuenta nada». Claro está, sólo en apariencia. En realidad, bajo esas superficies estériles que aparecen en El astillero como escenarios (el astillero, el jardín con su glorieta, Santa María, la casilla) yace una pulsión evidente: no hay razón posible en una existencia humana; no hay camino que seguir, ni comprensión, ni fraternidad, ni lazos que unan eternamente.

Onetti siembra de personajes El astillero, pero no les dota de una brújula que guíe sus actos de una forma consecuente, o sensata. Tanto Larsen, el protagonista, como Kunz, o Gálvez, o su mujer, o Angélica Inés, parecen indefensos ante un destino que desconocen; más que un destino (una palabra que resulta imposible de aplicar a estos caracteres, ya que Onetti parece renunciar a cualquier concepto de predestinación), una fuerza de la naturaleza, una influencia vital que les impele a realizar sus actos. Larsen vuelve a Santa María quizá sólo con la esperanza de cerrar un círculo, de dotar de cierto sentido a una vida que, es evidente, carece por completo de él. Es muy iluminador el hecho de que el puesto de gerente que le ofrece el viejo Petrus se desarrolle en un despacho desvencijado en mitad de un edificio ruinoso, con los esqueletos de la antigua actividad pudriéndose por los rincones y siendo vendidos de contrabando; el trabajo es infructuoso y carece de sentido, dada la obvia inutilidad de cualquier esfuerzo. La metáfora es tan simple, en apariencia, que puede resultar desconcertante.

Tal vez esa atmósfera de caos o de ignorancia sea lo que dota a la obra de su peculiar atractivo. Lejos de un determinismo radical, siquiera de una aproximación a lo que considera un comportamiento normal, Onetti indaga en la naturaleza humana a través de la perplejidad que suscita el simple hecho de estar vivo. Sus personajes no revelan nada porque no hay nada que revelar; existen, se mueven, piensan, se relacionan, sienten… pero no eligen un rumbo concreto, ya que no existe un camino que les conduzca, de forma consecuente y necesaria, hacia una madurez. En El astillero todo parece contingente, y los protagonistas, aunque no sean conscientes de ello, lo perciben así. Y el mensaje (que en apariencia podría considerarse negativo, incluso desolador) resulta ser tan verdadero como si la historia narrada hubiera tenido un cauce narrativo tradicional, donde los actores tomaran decisiones que les llevaran, mediante un proceso de autoconocimiento y aprendizaje, a un desenlace más o menos feliz.

Gracias a estas peculiaridades, El astillero se revela como una lectura intensa y descarnada. Sin concesiones de ningún tipo, Onetti fraguó una novela que desconcierta tanto como ilumina, que no ofrece asideros al lector, pero que lo recompensa con una sabiduría mucho más íntima. A uno, desde luego, le ha encandilado lo suficiente como para seguir descubriendo más de ese universo tan particular.

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El discurso vacío - Mario LevreroUno llega a los libros de muy diferentes maneras: las más de las veces, unas lecturas arrastran hacia otras; en algunas ocasiones se hace caso de las reseñas o las contraportadas; en otras (menos), de las recomendaciones. Un buen amigo me recomendó “El discurso vacío” (no así otros libros de Levrero) y, confiando en su criterio, me embarqué en su lectura.

Hay algo que debo admitir, y es que, si bien el libro no ha resultado tan impresionante como esperaba, deja un muy buen sabor de boca por dos motivos: el primero, porque es una obra honesta y directa; el segundo, porque es humana y visceral. Que sea honesta puede parecer poca cosa, pero se agradece que Mario Levrero se haya desnudado para escribir un libro que oscila entre el diario personal y la autoficción; obviamente, el «personaje» Levrero no se corresponde con el autor real (o, al menos, eso supongo; si alguien sabe a ciencia cierta que no es así, se agradecen aclaraciones), pero escribe desde su punto de vista y hace que el lector se sumerja en los hechos con una confianza que pocas veces se alcanza si no es gracias al uso de esa primera persona tan cercana.

¿Qué se cuenta en “El discurso vacío”? Pues casi nada, en realidad, como el propio título sugiere desde antes de abrir el libro. Hay un párrafo —con bellas resonancias de Jorge Manrique— que define bastante bien el espíritu de la obra y que encierra algunos de los secretos que el escritor utiliza para desgranar su historia:

La gente incluso suele decirme: «Ahí tiene un argumento para una de sus novelas», como si yo anduviera a la pesca de argumentos para novelas y no a la pesca de mí mismo. Si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, avivar el seso y descubrir sus caminos secretos; mis narraciones son en su mayoría trozos de la memoria del alma, y no invenciones.

Son palabra inmejorables para definir la tensión interna de “El discurso vacío”. La excusa que pone en marcha la trama es la realización de unos ejercicios caligráficos que el autor practica con el fin de provocar un cambio a nivel psíquico mediante la modificación de la conducta (es decir, el cambio de su caligrafía); ese entrenamiento servirá para que Levrero —o el trasunto de Levrero— se desnude y nos muestre su más íntimo lado, su faceta más personal y humana, que en ocasiones es egoísta, déspota o, directamente, cruel. Es decir: hablando de su propia experiencia, el autor nos habla de las experiencias de todos; gracias a su peripecia privada (y hecha pública merced a la escritura), todos aprendemos algo más acerca de nosotros mismos, siquiera que el ser humano es frágil y está sujeto a todo tipo de emociones, nobles o no.
Porque cuando decía que la obra me había parecido honesta y humana lo hacía pensando en la desnudez con que Levrero se ofrece a ojos del lector; sin tapujos, sin miedos. Y ojo, no es que sea un diario personal en el sentido más íntimo de la palabra: el escritor no profundiza en temas privados, sino que sus palabras traslucen la sinceridad con la que afronta la historia (los ejercicios que se marca día tras día), la implicación de la persona en el proceso de autoconocimiento en el que se embarca.

Si bien esa honestidad narrativa es agradable —el pacto tácito de entendimiento entre el autor y el lector se logra a las pocas páginas—, no es menos cierto que la reiteración casi obsesiva de los pormenores psicológicos del narrador termina por resultar aburrida. Parece evidente que el escritor utiliza esa recursividad ex profeso, pretendiendo crear una imagen de sí mismo (del «personaje» Levrero) neurótica, cínica y temperamental; no obstante, es también la excesiva reiteración de temas y recursos lo que hace que “El discurso vacío” se deshinche hacia sus últimas páginas, malogrando una historia que bulle con una vida muy poco común en literatura. Da la impresión de que la obra encaja en un todo (que bien pudiera ser el corpus literario del autor) que el lector desconoce, y en el que tiene una significación mucho más profunda que, por sí sola, es casi imposible de captar.

Como excepción en una mar de tramas idénticas y estilos repetitivos, “El discurso vacío” es una estupenda opción. Tratar de ir más allá es, quizá, apostar muy fuerte con unas cartas mediocres en la mano.

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