La librería – Penelope Fitzgerald
30 de julio de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
El punto de partida de La librería, hay que reconocerlo, es original y promete una trama, como poco, divertida: Florence Green decide abrir una librería en el pequeño pueblo costero en el que vive, Suffolk, un lugar en el que la cultura no es un elemento demasiado destacado. Las dificultades comienzan pronto, ya que el local que compra para instalar el negocio cuenta con un fantasma juguetón y los vecinos del pueblo no parecen muy interesados en lo que la emprendedora librera pueda ofrecerles; de hecho, algunos de ellos, y en especial Violet Gamart, una rica propietaria, se oponen al proyecto de Florence con ahínco. Sólo la pequeña Christine, a la que toma como ayudante, confiará en la visión de su patrona.
El planteamiento suena interesante, pero Penelope Fitzgerald naufraga enseguida en su puesta en escena y en el desarrollo de la historia. Los personajes, incluida la misma protagonista, están construidos con cierto sentido del humor, pero su planitud es evidente: los comportamientos y las voces parecen impostados, en algunas ocasiones incluso fuera de lugar, ya que todos ellos están faltos de una coherencia interna que los convierte en comparsas; algunos ni siquiera alcanzan la acepción de caricaturas, ya que carecen del sarcasmo y la ironía necesarios para actuar como arquetipos humorísticos.
Por otra parte, el desarrollo de la historia es fragmentario y las escenas se suceden sin cohesión: la trama no logra captar toda nuestra atención porque el libro parece dividirse en momentos puntuales, situaciones que tienen lugar de manera aislada dentro del conjunto de la novela y que no ayudan a situar a los personajes dentro del entramado que se pretende construir. Fitzgerald tiene buena mano para los diálogos y para narrar determinados detalles, pero en general su escritura no tiene la suficiente fuerza como para unir todos los elementos que quiere introducir en su obra. El resultado es un texto tosco, amalgamado, con puntuales arranques de hilaridad y ocasionales escenas divertidas, pero que no consigue despegar del todo.
La sensación general es de falta de hilazón, de incoherencia y de poca premeditación; la novela tiene escenas jocosas, pero son tan escasas que la lectura es más una travesía descorazonadora que un divertimento. El hecho de que los personajes, elemento sobre el que descansa el peso de la historia, no tengan entidad o credibilidad alguna hace que las escenas pierdan la fuerza que la autora pretende imprimir: La librería se queda en una mera anécdota, un libro que no se sostiene en los contados destellos de buena narrativa y que desazona por su falta de fuerza. Los mimbres son interesantes y podrían haber sido explotados con mucha genialidad, pero la cruda verdad es que Penelope Fitzgerald no pasa de la buena idea inicial y se estanca en un desarrollo apático, confuso y anodino. Mi más sincera recomendación es que no pierdan el tiempo.
Babbitt – Sinclair Lewis
19 de julio de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
El retrato que Sinclair Lewis hace en Babbitt de la clase media estadounidense de entreguerras es demoledor. La contundencia con que el escritor denuncia la hipocresía de esa sociedad es brutal, pero es que además Lewis no deja títere con cabeza y arremete contra formas de pensar, convencionalismos y actitudes.
George Babbit, el protagonista que da título a la obra, es un acomodado vendedor de fincas de la imaginaria ciudad de Zenith (guiño del autor) que regenta un pequeño y próspero negocio; su mujer se dedica a esperar a que regrese después de su jornada de trabajo, mientras que sus hijos apenas le prestan atención, dedicados a divertirse y disfrutar. Respetado por colegas y amigos, George hace todo lo que se espera de él en una sociedad donde, sobre todo, importa cómo te ven los demás y el juicio que de ello se deriva. Cuando su mejor amigo, desencantado por la vida que lleva, ingresa en la cárcel por pegarle un tiro a su mujer, Babbitt intentará librarse de algunas de las ataduras que le impone ese mundo asfixiante, aunque las consecuencias no serán muy agradables.
Sinclair Lewis construyó un personaje con cierto encanto, pero que sobre todo provoca rechazo: su comportamiento hipócrita, sus opiniones vulgares y sus maneras patriarcales terminan por dibujarle como un ser adocenado, cobarde y ramplón. La sarta de tópicos que desgrana o que protagoniza, aun cuando se llevan al extremo de la caricatura, contribuyen a forjar una imagen que el autor se esfuerza por cultivar: la de un hombre que no se respeta a sí mismo y que vive sólo para contentar a otros.
Frente a Babbitt tenemos al personaje de Paul Riesling, su mejor amigo y compañero desde la adolescencia, un hombre que percibe el desencanto que subyace bajo la pátina de esplendor de la ciudad en la que viven. La frustración por no haber seguido sus inclinaciones musicales y haber cedido a la norma de convertirse en un “buen ciudadano” (de los que Lewis se burla a lo largo de todo el libro) hace que su final sea bastante trágico, aunque sirve como detonante para que George reflexione sobre algunas cosas. Es ahí cuando el autor carga las tintas y se ofrecen los retratos más cáusticos de toda la novela, ya que el protagonista cede a sus tentaciones y se dedica a coquetear con otras mujeres, a beber alcohol (recordemos que la acción se sitúa en la época de la Prohibición) y a respaldar la causa de los sindicatos. Todo ello, como es lógico, le granjea la animadversión de personajes importantes e incluso de sus propios amigos, por lo que se verá obligado a claudicar y volver a comportarse como un honrado ciudadano.
Ese cambio de actitud es quizá un tanto simplón, ya que Lewis provoca un viraje en la narración que casa mal con lo que Babbitt va defendiendo desde el comienzo de la novela. A pesar de ello, lo cierto es que sirve para mostrar sin paliativos la absurda moralidad de una sociedad que era capaz de proscribir algo sólo constituir una novedad: algo que se consideraba un desafío al orden establecido, a pesar de que bajo cuerda se rompiesen todas las normas establecidas. A George no le queda más remedio que depositar sus anhelos en la figura de su hijo, que se rebela contra la idea de asistir a la universidad (para convertirse en un nuevo ciudadano ejemplar) y pretende aprender mecánica y montar un pequeño taller. En el joven encontraremos la esperanza de un futuro más libre, aunque la claudicación de su padre no hace presagiar nada bueno, y Sinclair Lewis parece dejarlo muy claro en la conclusión.
Babbitt es un libro fascinante por lo directo de su planteamiento y, además, por la sutileza con que deja entrever comportamientos e ideas que todavía hoy pueden seguir siendo considerados como transgresores. Lewis tramó una novela dura y sincera, con un estilo contenido que acentúa la inmoralidad implícita en ese universo supuestamente perfecto que se recubre con una pátina de respetabilidad para no mostrar su hipocresía y maldad. No mucho ha cambiado desde entonces.
Camino nocturno – Ludwig Hohl
30 de junio de 2010 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Hace tiempo comenté aquí Escalada, un relato breve del suizo Ludwig Hohl. En él brillaban la escritura preciosista, que se detiene con morosidad en el detalle, a la par que la concisión, que presenta una imagen ante la retina del lector sin necesidad de recursos alambicados.
Las virtudes de Escalada recomendaban la lectura de este Camino nocturno que, por desgracia, no resulta tan delicioso como el primero. Camino nocturno recopila varios relatos de Hohl, escritos a lo largo de la década de los treinta del pasado siglo. Es fácil adivinar en ellos la costumbre del autor de trabajar los textos con increíble meticulosidad, de modo que encontramos relatos como el que da título al volumen —un relato de apenas quince páginas—, cuya escritura se prorrogó a lo largo de cuatro años, entre 1931 y 1934. Aunque desde luego nada comparable a los casi cincuenta años que le llevo escribir Escalada.
Pero a pesar de ello, los relatos de Camino nocturno adolecen de una notoria falta de fuerza, o garra, llámenlo como prefieran. La escritura es correcta, sencilla y elegante, pero lo que se narra no es capaz de atrapar al lector. Empieza el volumen con tres relatos interesantes, “La hoja”, “El erizo” y “El buscador”, en donde se nos presenta la soledad del ser humano, su indefensión ante el destino y, en consecuencia, su tendencia a buscar talismanes que lo protejan del desamparo al que se sabe abocado.
Pero los siguientes relatos carecen en su mayoría de un asidero al que la atención del lector pueda aferrarse. Las historias no parecen tener un desarrollo coherente, lo que no es de por sí un demérito, pero tampoco tocan algún tema (mundano o profundo) de forma que pueda ser aprehendido; evidentemente, el resultado de unir ambas características da lugar a historias faltas de brío. Algunos cuentos se resuelven de forma un tanto brusca como “Laurisa, la esplendorosa”; otros parecen morir precisamente por su falta de vigor, desvaneciéndose poco a poco.
“Camino nocturno”, es un ejemplo de esa tendencia a la divagación que sufren estos textos. En él brillan las descripciones de los parajes nocturnos iluminados por la luna a orillas del Danubio en una nevada noche invernal —en general, las descripciones de paisajes de Hohl son pequeñas joyas en sí mismas, y unas cuantas adornan estos relatos—. Pero poco más saca en claro el lector sobre los paseos del protagonista, que hace y deshace el camino hasta su posada en busca de un misterioso hombre al que ha entrevisto en la oscuridad.
Aunque un relato destaca entre los que componen Camino nocturno: “Tres viejas”, el relato que cierra el volumen como un magistral broche capaz de hacernos cerrar el libro con buen sabor de boca. En él, Hohl demuestra poseer el mismo talento para describir personas que paisajes, presentando a tres ancianas habitantes de un pueblo de montaña en el que el narrador pasa una temporada. La vejez, e incluso la decrepitud y la senilidad, se entreveran con la sabiduría de quien está al final del camino y asume la muerte como una parte más de la vida. Las luces y las sombras de esa última etapa inevitable muestran su contraste en un relato meramente descriptivo, pero que da idea de la talla como observador de Ludwig Hohl.
Más de Ludwig Hohl:
La historia de mi mujer – Milán Füst
28 de junio de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Insistir a estas alturas en el hecho obvio de que hay libros estupendos que pasan desapercibidos entre la avalancha de novedades y superventas en las librerías es casi una pérdida de tiempo; con todo, La historia de mi mujer es una de esas pequeñas joyas literarias que no despertarán muchos comentarios y al que, sin embargo, merece la pena acercarse. Milán Füst escribió una historia de amor y celos de una complejidad sutil, pero extremadamente hermosa, y todo ello con un estilo que bebe de las fuentes del modernismo de principios del siglo XX.
La historia de mi mujer, como no podía ser de otro modo, cuenta las vicisitudes en primera persona de un capitán de barco holandés que se casa con una jovencita francesa de la que se encapricha casi por casualidad; la chica, desenfadada y jovial, entra como un huracán en la vida metódica y tranquila de Jakab, el narrador protagonista, y éste pronto empieza a sospechar que le es infiel durante sus frecuentes ausencias. El libro lo conforma su diario personal, que escribirá mucho tiempo después para tratar de explicarse a sí mismo las decisiones que tomó y el extraño rumbo que dio a su vida.
La novela habla, sobre todo, de los celos; en este sentido, los ecos de A la busca del tiempo perdido son más que evidentes, pero el libro de Füst toma unos derroteros bien diferentes. El narrador, Jakab, es mucho más autoconsciente de su historia, pues al fin y al cabo las notas que conforman el texto están tomadas como una suerte de discurso expiatorio; los hechos que narra, pasados por el tamiz de su mirada tremendamente subjetiva, son muy directos y, aunque se tome como interlocutor a sí mismo, lo cierto es que sitúa a un hipotético lector como objetivo de su discurso.
Esto hace que la historia tenga lo mejor del diario íntimo y también de la narración convencional. Jakab nos utiliza como excusa para comprenderse mejor, pero no renuncia a contar unos hechos de manera ficcional. De ahí que el estilo de Füst sea el logro más importante del libro, ya que el discurso del viejo capitán es caótico, contradictorio, dubitativo y feroz; elementos todos ellos que se aúnan para dotar al texto de un ritmo curioso y algo demencial: una especie de flujo de conciencia sujeto por las riendas de un sujeto que, pese a todo, no pierde de vista que su mente se dirige a un interlocutor real.
Esa intimidad, no obstante, es muy estrecha; los acontecimientos que rememora Jakab son muchas veces dolorosos, y el diario le ayuda no sólo a recordar, sino a situarlos en un contexto comprensible. Como él mismo dice, «no hice nada ni dije nada en el momento ni el lugar en que hubiera sido apropiado actuar o hablar»; por eso sus notas quizá sirvan «para suplir algo con ellas, puesto que he omitido tanto y de todo en mi vida». No obstante, no busca enmendar errores o subsanar olvidos: el narrador es consciente de que tomó unas decisiones bajo unas determinadas circunstancias y no trata de cambiar su visión del pasado, sino afrontarlo con sagacidad y comprender sus fallos. «¿[...] es que jamás vemos con claridad», se pregunta, «y todo no es sino una completa equivocación, le dé a mi vida las vueltas que le dé?» En esa cuestión se condensa el espíritu del libro: nuestros errores son inevitables, pero sus consecuencias se dilatan en el tiempo para seguir haciéndonos sufrir.
La historia de mi mujer es una novela de factura excelente, con un protagonista seductor, tierno y lleno de humanidad. Como les decía al comienzo, es un libro que puede pasar desapercibido, pero que tiene todos los elementos necesarios para conmover y divertir: inteligente, agudo y de una profundidad sutil, merece la pena buscarlo y leerlo. No se arrepentirán de la elección.
La casa del mirador ciego – Herbjørg Wassmo
25 de junio de 2010 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Publicada en 1981, La casa del mirador ciego es la primera parte de la Trilogía de Tora. En ella, Herbjørg Wassmo da cuenta de la vida en un pueblo noruego, años después de finalizada la ocupación alemana y la guerra, desde la perspectiva de Tora, una niña que está entrando en la pubertad.
La vida es difícil para los habitantes del pueblo, que Wassmo sitúa en un paraje al norte de Noruega. A las duras condiciones climáticas, se une la precariedad laboral de hombres y mujeres, que trampean en la pesca, las factorías de pescado y la cría de algunos animales.
Pero la vida es especialmente difícil para Tora. Fruto de la relación que mantuvo su madre durante la ocupación con un alemán muerto en la guerra, la niña lleva sobre sí el estigma del deshonor, que la convierte en el blanco de las burlas de la vecindad. Sin embargo, las mayores tribulaciones de Tora provienen de su hogar: de un lado, las obligadas ausencias de una madre que trae el sustento a casa, y su silencio inquebrantable sobre cualquier tema relacionado con el padre de Tora, pesan sobre ésta como una pesada losa; de otro lado, la niña se ve sometida a abusos sexuales por parte de su padrastro, un hombre violento que nada aporta a la vida familiar.
En este clima de pobreza, frío y miseria moral, la muchacha desarrolla sus propias armas para luchar con un entorno hostil, en el que apenas hay lugar para la felicidad. Pero observadora de todo cuanto sucede a su alrededor, Tora arranca respuestas a la vida, caminando hacia la madurez por un camino sembrado de espinas.
La psicología de la muchacha, y los cambios que en ella se producen, va siendo dibujada a retazos, pero con nitidez. De una forma sencilla se nos trasmite el terror de Tora a las manos que la aferran en las noches en que su madre trabaja. La idea de que eso le ocurre a ella merecidamente, tal vez por ser hija de un alemán. El sentimiento de soledad al que el silencio de su madre la condena. La vergüenza y extrañeza por los cambios que se producen en su cuerpo.
Pero el indudable acierto de Herbjørg Wassmo consiste en hacer crecer a Tora ante nuestros ojos. La niña atemorizada, abandonada a su suerte y con complejo de culpa de las primeras páginas, va poco a poco comprendiendo el porqué de las horribles circunstancias de su corta vida. Aprende a discernir a los verdaderos culpables (su padrastro), pero también a quienes como ella no son sino víctimas (su madre) y con ello se hace más fuerte. Ese cambio es paulatino, lo que contribuye a su verosimilitud, porque cada acontecimiento narrado va dejando su huella en el carácter de la niña. Tora no siempre avanza, en ocasiones retrocede y renacen los temores y la incomprensión. Pero cada vez ve más claro.
Se puede decir que La casa del mirador ciego es una novela de personajes femeninos. La enseñanza de Wassmo es que, allí donde la vida es dura, se hace doblemente dura para las mujeres. A las duras jornadas de trabajo, en condiciones aún más precarias que las de los hombres, se unen el cuidado de la casa y de los hijos, los embarazos, los maltratos, las vejaciones… Pero así como Tora va despertando de su existencia de pesadilla, otras mujeres van tomando poco a poco conciencia de sí mismas, de su valor y de su fuerza.
En resumen, un libro de una gran sencillez narrativa, pero absolutamente conmovedor. Nos deja a la espera de su segunda parte.
