Me hubiese gustado tanto llevarte a Nueva York… – Diego Parra Zamora
1 de septiembre de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Con este título tan largo se descubre Diego Parra como narrador, regalando una historia sencilla e íntima que apela al amor por los libros y a la sinceridad vital. Es ésta una novela un tanto atípica (perdonen el adjetivo trillado), no sólo por su concepción formal sino por la manera sencilla y humilde con que se afronta un tema tan solemne como es la muerte.
Dentro del libro tenemos varios niveles de lectura: la historia principal la cuenta un librero, Domingo, enfermo terminal, que rememora las pesquisas que hubo de realizar para saber de la vida de un hombre cuya nota de suicidio encontró entre las páginas de un texto antiguo; sus averiguaciones le llevarán hasta otro librero, Ernesto, que también escribió una suerte de autobiografía antes de morir —también a causa de una enfermedad terminal— y cuya vida tiene sospechosas líneas de conexión con la del propio narrador… Estas diferentes historias se entrecruzan formando un tejido casi onírico, ya que las relaciones entre ambos personajes van más allá de algunas coincidencias. Además, la voz narrativa de Domingo salta en el tiempo mientras rememora esta historia: su presente en el hospital donde se halla ingresado se alterna con el recuerdo de otras vivencias (no sólo la que da cuerpo a la trama principal), y sus apelaciones a su esposa Julia o a otros personajes (a veces, incluso al propio lector) son constantes.
Esta configuración textual hace que Me hubiese gustado tanto llevarte a Nueva York… sea una aventura para el lector, que se enfrenta a cambios de tiempo e interlocutor que interrumpen el flujo convencional de la narración e introducen una agradable y sorprendente variedad en una historia que, hablando en plata, es bastante típica. La prosa de Parra Zamora es hermosa y directa, y el narrador/protagonista, Domingo, tiene una voz trabajada con humor (son curiosas las acotaciones en las que duda sobre la pertinencia de algún término, o aquéllas en las que apela al lector sobre ciertos puntos) y sensibilidad. A pesar de ello, la trama de la novela roza la mera anécdota y hay ocasiones en que el interés del texto es muy reducido, ya que la peripecia del protagonista se muestra de forma vaporosa y abstracta. La enfermedad de Domingo es una excusa para entablar un diálogo (consigo mismo, con otros personajes y, sobre todo, con el propio lector) que reflexiona sobre la muerte, la madurez o el amor; no obstante, esos aspectos han sido tratados demasiadas veces como para que la novela, sin arriesgar en el fondo, se desmarque y construya algo verdaderamente original.
La novela, a pesar de esas pequeñas carencias, es tierna y su honradez sentimental se agradece, ya que huye de cualquier tipo de exceso. La historia de Domingo no es excepcional, pero la sinceridad del narrador y los lazos que su escritura tiende hacen que la intimidad y la empatía hagan de la lectura un placer. La literatura, nuevamente, se convierte en una tabla de salvación y en un vehículo de reflexión sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Cabe esperar más de Diego Parra, pero, como primer intento, Me hubiera gustado tanto llevarte a Nueva York… es más que digno.
El eco de la memoria – Richard Powers
28 de julio de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Es complicado hablar de un libro como El eco de la memoria, en el que tantas cosas se insinúan, pero muy pocas se explicitan. Richard Powers escribió un libro que engancha al lector con una puesta en escena que comienza remedando un thriller de misterio, aunque poco a poco se va desvelando como una enorme reflexión sobre la identidad y la personalidad, haciendo que lo que parecía una historia de intriga bastante convencional adquiera tintes mucho más profundos y humanos.
En los primeros compases la trama parece inclinarse por los secretos y las incógnitas: Mark Schluter sufre un accidente de coche cuando circula por una carretera de Nebraska y queda en coma; su hermana Karin deja su trabajo para hacerse cargo de él, pero cuando despierta no la reconoce, sino que la toma por una impostora, ya que padece el síndrome de Capgras. A esta incómoda situación se añade la aparición de una nota que alguien deja junto a Mark mientras éste aún estaba en coma, y que reza: «No soy nadie, pero esta noche en la carretera North Line Dios me ha conducido a ti para que puedas vivir y traer de vuelta a alguien más.» Semejante mensaje hace que las hipótesis se disparen, aunque la principal obsesión de Karin sea curar a su hermano, para lo cual se pone en contacto con un prestigiosos neurólogo, Gerald Weber.
Sobre estos tres personajes gira toda la trama de El eco de la memoria, aunque el desarrollo pronto revelará que Powers no tiene en mente una narración de misterio convencional. Lo que el lector encontrará en esta novela es una sutil puesta en escena que muestra la dificultad de formar un yo coherente y de construir una identidad sólida. El accidente de Mark pone de manifiesto la fragilidad de nuestra personalidad: en su caso se debe a un trastorno neurológico, pero el autor moldea a los otros protagonistas de manera que podamos apreciar las dificultades que tienen para sentirse seguros consigo mismos.
Karin, por ejemplo, se nos revela como una persona obsesionada por la imagen que ofrece a los demás, lo cual la conduce a continuos cambios para satisfacer unos deseos que en realidad no está segura de sentir. Es ella la que se ofrece como contrapunto evidente de su hermano: mientras que él debe formar un yo desde la nada, ella se deconstruye a propósito para encajar en sociedad. El doctor Weber, por su parte, es presentado como la figura estable, como un ser equilibrado y reflexivo; el devenir de las circunstancias, sin embargo, hará que también su propio concepto de sí mismo cambie y se modifique su percepción del entorno, que hasta entonces creía tener bajo control.
Powers ofrece una visión muy interesante sobre nuestros comportamientos para con los demás y la delicada constitución de nuestra personalidad. A lo largo de la novela se confrontan dos actitudes ante la vida: por un lado, la ciencia (que se presenta aquí bajo la forma del neurólogo), que siempre pugna por dar respuesta a todos los misterios de la mente, pero que se ve obligada a reconocer sus limitaciones; por otro, la espiritualidad (cojan el término con pinzas), encarnada en Daniel, el amante ecologista de Karin, que no puede alcanzar soluciones tangibles para todos los problemas, pero que a cambio nos otorga cierta paz o equilibrio. El enfrentamiento entre ambas se salda sin vencedor, ya que todos los implicados en la trama pierden tanto como ganan.
La novela ofrece pocas respuestas, pero la inteligencia con la que trata al lector hace que esos asideros cobren mayor relevancia. El eco de la memoria es un libro profundo y sólido, quizá un tanto extenso (hay episodios que pecan de un lirismo ramplón), pero con un contenido de gran calidad. Merece la pena.
Mi gran novela sobre La Vaguada – Fernando San Basilio
26 de julio de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Si con Curso de librería Fernando San Basilio se descubrió como un narrador más que solvente, Mi gran novela sobre La Vaguada le consolida como un escritor comprometido, inteligente y observador. Su peculiar (por raro en estos días) instinto para recrear una realidad que de tan cotidiana pasa casi desapercibida es sorprendente, y su habilidad para fijarse en los pequeños detalles, en las pequeñas derrotas, hace de la historia de esta novelita un compendio de anécdotas tan divertidas como desoladoras.
Porque el tono jocoso del libro es palpable, pero tras cada línea y cada escena se intuye algo más: el protagonista se sobrepone a las sucesivas peripecias con formidable brío, pero con cada decepción asistimos a una concesión, a una renuncia. San Basilio expone con humor los contratiempos relacionados con la búsqueda de empleo y los reveses habituales (y no por ello menos decepcionantes), aunque ese humor se tiña de ironía y acedia con cada tropiezo. Las mentiras, las poses, los malentendidos o los abusos están retratados con una mordacidad exquisita y con un verismo atroz; se puede pasar de la carcajada a la tristeza en apenas tres líneas, lo cual es todo un logro por parte del autor. El episodio en el que el narrador recibe el encargo de escribir un libro sobre las vivencias de dos jóvenes emprendedores en Las Rozas es, pura y simplemente, magistral.
Otro gran hallazgo es la voz del protagonista: el innominado narrador es jocundo y hasta inocente, con una franqueza que desarma por su simplicidad y por su pasión vital. San Basilio ha creado un personaje que, pasando casi desapercibido —dado que lo desquiciante de sus desventuras lo relegan a un inevitable segundo plano—, nos conmueve hasta el extremo de padecer con él cada fracaso como si fuese nuestro. El tono narrativo es desenfadado y a ratos puede parecer infantil, pero la crudeza que se adivina detrás de las descripciones de situaciones y personajes es brutal.
La Sexta Avenida estaba en el kilómetro 10 de la carretera de La Coruña, era un centro comercial donde las cosas costaban el doble que en cualquier otro sitio. Al otro lado de la autopista había urbanizaciones donde nadie se tomaba el trabajo de vivir por menos de un millón de euros.
La novela se desarrolla mediante una sucesión de escenas que, eso sí, nunca dan demasiada sensación de unidad, si bien el tramo final esboza un contexto temporal en el que ubicarlas y que trata de dotar de cierta cohesión al conjunto. Aunque no es un demérito en sí mismo, lo cierto es que parece claro que el autor se siente cómodo con ese estilo deslavazado y que sus escenas casi constituyen pequeños relatos por sí solas. En cierto modo, y a pesar de esa fragmentación, el tono del texto y lo unitario de los temas a los que se refiere hacen que el libro tenga una consistencia más que aceptable, haciendo de su lectura un trayecto completo y sin fisuras. La eterna aspiración literaria del narrador (de ahí el título) y su progresivo e inapelable desmoronamiento hacen que todas las pequeñas aventuras converjan en un clímax final sencillo, pero elocuente. La asunción de la derrota puede llegar a ser dolorosísima, y así lo refleja el autor, sin concesión alguna.
Mi gran novela sobre La Vaguada es una novela estupenda y rica, con una mirada tierna y despiadada sobre una realidad que, nos guste o no, forma parte de nuestro día a día. Fernando San Basilio se descubre como un observador sagaz e inmisericorde, un registrador de la miseria moral que acumulamos y que hace de nuestro mundo lo que es, aunque su ironía siempre está teñida de la nota de esperanza que proporciona el humor, como si de la única salida posible al caos se tratase. Sumérjanse en ello y disfruten.
Más de Fernando San Basilio:
Los acasos – Javier Pascual
21 de julio de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Qué sorpresa constituye la lectura de Los acasos; qué satisfacción hallar en mitad de la desidia actual una narración poderosa, firme, imaginativa, brillante, cuidada y pergeñada con inteligencia. No duden que pasará desapercibida y que poco se hablará de ella, pero me da la impresión de que Javier Pascual irá consolidándose con el tiempo como uno de nuestros mejores narradores; una voz exigente y con una calidad incuestionable, aborde el género que aborde.
Los acasos puede considerarse muchas cosas, incluso una novela de aventuras. Que hay algo más detrás de las peripecias del teniente Moisés Mújica y Clavijo es evidente, pero podemos quedarnos en esa superficie para poner de relieve algunas de las características del estilo de Pascual, que afronta el reto de escribir un texto de carácter histórico con una maestría que ya querrían para sí todos los bestselleros de la editorial Planeta. La trama nos lleva al México de finales del siglo XVIII, colonizado por los españoles que tratan de asentarse en sus territorios inhóspitos enfrentándose a las tribus indias que han habitado la región durante siglos. Un escribano recibe un legajo de documentos de puño y letra del teniente Mújica con los que debe confeccionar una escritura funeral para su familia en Cádiz; cuál no será su sorpresa al recibir la notificación de que la madre a la que envía los papeles no tiene hijo alguno. ¿A quién pertenecen, entonces, los documentos, y por qué ha falseado el autor su identidad?
Como decía, uno de los elementos que hacen del libro una lectura mayúscula es la capacidad de Javier Pascual para construir su historia con verosimilitud y credibilidad. El discurso del narrador está lleno de términos y giros que nos retrotraen a una literatura pretérita, con un estilo sobrio y noble, donde la información se desgrana con morosidad. Los entresijos de Los acasos van más allá, desde luego, pero la habilidad del autor para recrear un escenario distante (en el espacio y el tiempo) y unos personajes redondos es más que soberbia.
Sin embargo, el meollo de la novela se centra en ese engaño que conocemos desde el principio. ¿Quién es el narrador de las cartas que recibe el escribano?; ¿a quién suplanta?; o, aún más: ¿a quién inventa? La solución nos llega sólo en las últimas líneas, pero Los acasos no se plantea como un libro de intriga en ese sentido. Pascual pone en pie todo un universo para ofrecernos una reflexión sutil y sagaz sobre nuestra realidad, sobre cómo moldeamos la historia (la nuestra y la que se escribe con mayúscula) con palabras y cómo podemos ser diferentes según quién nos escuche. En varias ocasiones a lo largo del texto el narrado, apelando a la hermana a la que dice escribir, repite que sólo gracias a ella (a su papel como oyente o interlocutora pasiva) entiende lo que le pasa, o al menos lo dota de algún sentido. ¿Es necesario que ese interlocutor sea real para que la historia, nuestra historia, lo sea también? Quién sabe, aunque el escolio final parece apuntar otra idea: la de la narración como engaño, como excusa, como intermediario de otra cosa. La literatura sería una máscara que serviría para ocultarnos ante los demás, pero que también puede proporcionarnos un conocimiento (de nosotros, del mundo, del otro) al que de otra manera quizá no tuviésemos acceso.
Los acasos es una novela espléndida, técnica y emocionalmente; un libro exigente, sabio y de factura impecable que juega con nosotros y nos ofrece casi tantas respuestas como preguntas. Tan innovador como un clásico, Javier Pascual nos lleva de la mano con tranquilidad, con sutileza, pero con una rotundidad narrativa que se valora en su totalidad finalizada la lectura, cuando nos damos cuenta de que el libro es una genialidad pintoresca y hermosa. No lo duden: corran a por esta novela y descubran, si no lo han hecho ya, el verdadero futuro de la narrativa.
Todo lo que tengo lo llevo conmigo – Herta Müller
16 de julio de 2010 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
En enero de 1945, la mayoría de alemanes de entre 17 y 45 años que vivían en Rumanía fueron deportados a campos de trabajo rusos, obligados a colaborar en la reconstrucción de la Unión Soviética tras la guerra como revancha por los excesos del régimen nazi. Basándose en conversaciones con el poeta Oskar Pastior y otros supervivientes de aquellos acontecimientos, Herta Múller ha construido un libro soberbio, inteligente, sutilmente emotivo y absolutamente hermoso.
La novela está dividida en fragmentos muy breves, representando así los recuerdos de Leopold Auberg, protagonista y narrador en primera persona de los mismos. Estos fragmentos dibujan con nitidez la penuria de la vida en el campo, donde los deportados sufrían hambre, frío, enfermedad y maltratos mientras eran obligados a trabajar durísimas jornadas en peligrosas labores. Pero sobre todo reflejan, en oposición o como contraste a esa miseria colectiva, la manera particular en que un ser humano se enfrenta al horror y la propia degradación cuando estos se vuelven cotidianos.
Todo lo que tengo lo llevo conmigo es una muy personal visión de un infierno compartido por muchos, pero convertido para siempre en el universo vital de un individuo. La narración pone de manifiesto la ignominia de la vida en el campo, pero sobre todo evidencia cómo esa realidad afecta a un sujeto concreto: a su pasado, a su futuro, a su cuerpo y a su mente.
La idea de esa individualidad precisa la remarca Müller con una prosa llena de símbolos que aluden a una personalidad nada vulgar, irreductible aun cuando se la encierre en un campo de concentración y se la designe con un número. Cada frase de la novela bien podría ser un verso, y la poesía es capaz de alterar la faz de la realidad. Ese es el mérito de Todo lo que tengo lo llevo conmigo: a pesar de las atrocidades que nos plantea es un texto de una hermosura inconmensurable e inquietante, de modo que el horror pasa ante nuestras retinas mientras estamos embelesados por la forma en que Leopold nos lo narra.
De ahí el definir éste como un libro inteligente: a pesar de su temática no es un libro duro, descarnado, sino una novela que rezuma poesía. En ella se envuelve el amargor de cinco años de hambre y trabajos forzados en imágenes sorprendentes que no restan un ápice de crudeza, pero derriten la frialdad de lo que de otra manera podría convertirse en un mero listado de monstruosidades.
Pero Müller consigue que la voz de Leopold Auberg preste un timbre único a la narración: la hace atractiva en cuanto la vuelve singular, al describir un modo concreto de enfrentarse (y evadirse) de la realidad del campo; un modo concreto de comprender cómo esa realidad marcó de por vida una existencia; un modo concreto de nombrar cada objeto, sujeto, sentimiento y pensamiento que el campo albergó o generó.
Y por esa prosa cautivadora y la manera de tratar una (otra) de esas horribles páginas que el ser humano se empeña en escribir, Todo lo que tengo lo llevo conmigo merece una especial atención. Una atención que estoy segura de que perdurará en el tiempo, convirtiendo esta obra en un referente.
Más de Herta Müller:
