El hijo del futbolista – Coradino Vega
5 de Marzo de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Puede que, como reza su contraportada, El hijo del futbolista sea una novela de aprendizaje; no obstante, creo que el libro va un poco más allá y explora el territorio ignorado entre la comprensión (fruto de ese proceso) y la ignorancia inocente. Coradino Vega ha construido un texto de una hermosa simplicidad, en el que los secretos que se revelan son menos importantes que la estabilidad que precedió a su descubrimiento.
Martín, un joven que se prepara para dar el salto del instituto a la universidad, habita en un pequeño pueblo del sur de España, dedicado a la minería desde que una explotación inglesa se instaló en él a finales del siglo XIX. La vida en ese lugar ha girado siempre, de un modo u otro, en torno a ese dominio silencioso: el destino de casi todos los lugareños estuvo en manos de los propietarios de esas minas durante casi un siglo. Para Martín todo eso constituye un pasado remoto; simples historias que escucha de boca de sus abuelos o de los padres de sus compañeros de clase. Pero las preguntas que le asaltan, las sospechas de que la existencia idílica de ese remoto paraje no es lo que parece harán que el muchacho tome partido por primera vez en su vida, escribiendo un artículo para una publicación escolar.
El hijo del futbolista se centra en las consecuencias que tiene para Martín (y, por extensión, para otros personajes) el querer saber; la curiosidad, primer paso del conocimiento, es siempre deseable, pero sus resultados pueden no ser los esperados. La inocencia del protagonista le impide comprender el alcance de la situación social que trata de investigar; una inocencia que no es sólo fruto de su edad, sino de una situación sociocultural cómoda y que no le suscita pregunta alguna. El valor de Martín es auténtico, como lo es su afán por descubrir la verdad, pero esa verdad, inevitablemente, le aparta de su concepción maniquea del mundo.
Vega contrapone así, con una dialéctica directa y clara, la necesidad de revelar secretos frente a la de comprender y contemporizar. Nada es tan sencillo para Martín como acusar de inacción o de pasividad, pero su propio comportamiento rechaza esa facilidad de juicio; no hay héroes o cobardes, pero sí responsables o necios.
Para llegar a esa conclusión, el autor se vale de una narración que, sin modernidades estridentes, profundiza con minuciosidad en Martín y en la vida de ese pequeño pueblo, trasunto de todo un país. Así, las luchas de su padre, entregado a una vida que parece no querer, de su abuelo, aparentemente marchito por culpa de los ingleses, o de sus compañeros, indecisos ante los primeros pasos de su verdadera vida como adultos, van conformando un muestrario de actitudes que ensalzan el valor de afrontar la vida sin ideas preconcebidas. Incluso el primer amor, cliché donde los haya dentro de una novela de aprendizaje, se aborda desde la perspectiva de la duda, la ignorancia y el temor.
Merece la pena adentrarse en El hijo del futbolista por su honradez, tanto en la forma como en sus ideas. Quizá a estas alturas del cuento la etiqueta de autor comprometido sea un sinsentido, pero me parece que a Coradino Vega se le puede aplicar si la entendemos como una expresión de solidez, de honestidad y de entereza. En su sencillez se puede encontrar una historia que sólo tiene de simple su planteamiento inicial, y que nos hará reflexionar a fondo sobre elementos que creemos dar por sabidos en nuestra cotidianidad. Dense un placer y léanla.
Mundo consumo – Zygmunt Bauman
3 de Marzo de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Puede que el título de este ensayo sea algo engañoso respecto de su contenido (el original inglés, de hecho, es ¿Tiene la ética una oportunidad en un mundo de consumidores?), pero la pertinencia de las preguntas que el sociólogo Zygmunt Bauman plantea es sumamente importante.
Ya desde el prólogo, el autor polaco anuncia su intención de señalar las cuestiones que le parecen dignas de discusión, pero reconoce su incapacidad de proponer soluciones; «simplemente aspiro», dice, «a ayudar a que tanto yo mismo como mis lectores afilemos nuestras herramientas cognitivas comunes». Esas herramientas son las que pueden ayudar al hombre a encontrar un sentido ético a su comportamiento social.
En esencia, Bauman señala al consumismo capitalista como artífice de un deterioro masivo de los sistemas sociales: «La visión social a gran escala ha quedado dividida en una multitud de baúles de viaje individuales y personales», observa, señalando así la tendencia hacia una sociedad introvertida y egoísta que sólo está pendiente de su disfrute personal. En lugar de ejercer coacción por la fuerza para conseguir algo, el poder (que hoy día se identifica más bien con el mercado económico y no con el Estado) utiliza la estimulación, la seducción y la suscitación de nuevas necesidades y deseos. Esta carrera hacia la satisfacción personal provoca una desafección por lo público y lo social, de manera que el espacio privado se conquista «desahuciando a otros seres humanos y, en especial, a la clase de personas que se interesan por otras o que pueden necesitar la atención de otras». El consumismo afecta a nuestros patrones de comportamiento, que inevitablemente se ven alterados y hacen que, a la larga, nosotros mismos nos tornemos una mercancía más.
Bauman argumenta que esta sociedad global de consumidores es producto de un mercado económico también global, pero enfocado a intereses muy particulares; de ello deduce que la respuesta para empezar a imponer soluciones es la creación de una autoridad global (no ya internacional) que pueda aportar respuestas a problemas que escapan al ámbito local. En este sentido, también acaba el ensayo apelando a la importancia cultural de una Europa unida como factor de cohesión de ese mundo globalizado; en lugar de replegarse dentro de sus fronteras (como hemos visto en los últimos años), el ensayista propone una apertura global, aprovechando la variedad de países y sociedades que componen la Unión Europea. Esta idea es sumamente discutible, dados los intereses económicos obvios que se esconden tras el proceso de unión en Europa, pero podemos tratar de imaginar un esfuerzo político carente de ambiciones económicas; al menos, en pro de la tesis del libro, claro está.
De hecho, Bauman defiende a ultranza el modelo de Estado social que se ha venido aplicando en los países nórdicos, que para él es un símbolo de que la comunidad entre personas puede alcanzarse dentro de un marco de competitividad productiva. Para él, un Estado no puede ser político si no es social, ya que la implicación de las personas en la vida pública pasa porque perciban que los derechos sociales de todos están asegurados: así, sus derechos políticos cobran una relevancia que, de otra manera, no existiría. Por si los neoliberales escuchan, el autor explica que un Estado social no está reñido con la sociedad de consumo (como de nuevo pone de relevancia el ejemplo de las democracias escandinavas); su propósito es «defender la sociedad frente a los “daños colaterales” que el principio rector de la vida ocasionaría de no ser vigilado, controlado y limitado».
En pocas palabras: Zygmunt Bauman apela a nuestras conciencias para hacernos mejores ciudadanos, personas sociales en el más puro y exigente sentido del término: seres que se preocupan del futuro y del devenir de sus sociedades, lo cual entraña también ser conscientes de los comportamientos propios y ajenos. Porque la política que deseamos pasa porque empecemos a comportarnos como ciudadanos respetuosos, conscientes y responsables. La apuesta está sobre la mesa.
Cómo ser el señor Lehmann – Sven Regener
26 de Febrero de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Quizá podríamos decir que Cómo ser el señor Lehmann es una novela “generacional”, entendiendo ese término como la representación de una clase sociocultural determinada en un momento histórico concreto. Quizá podríamos, sí, y no andaríamos muy desencaminados; de hecho, este punto es lo que hace que los méritos de esta novela (que los tiene) queden relegados a un inevitable segundo plano al poner en contraste la pertinencia de ciertas actitudes, valores, referencias culturales o costumbres del año 1989 (en el que se sitúa la obra) en un marco crítico —como lectores— contemporáneo.
El universo narrativo en el que se mueve Frank Lehmann, el protagonista de la novela, nos resulta a la vez desconocido y cercano; el Berlín de la caída del muro está descrito con minuciosidad, con una atención especial sobre su geografía urbana, pero sólo sirve como marco físico para el desarrollo de la narración, sin actuar como personaje secundario. Esa intimidad que Sven Regener trata de alcanzar con sus pormenorizados recorridos por la ciudad es casi folclórica: Berlín aparece como un territorio demarcado y jerarquizado, un lugar perfectamente reconocible en su versión real, pero prescindible como personaje o elemento narrativo.
No sería éste un punto a tener en cuenta si no fuese porque Cómo ser el señor Lehmann plantea una historia con profundas raíces culturales: Berlín es importante no tanto como lugar, sino como actor. La caída del muro sirve de clímax a la novela, por ejemplo, porque también sirve como punto de inflexión en la vida de Frank; aunque evidente, ese paso hacia la madurez (escenificada con humor en todo el texto) debe corresponderse con el marco en el que Regener sitúa su trama. Sin embargo, la ciudad queda relegada a un segundo plano ramplón, sirviendo más como mapa de las correrías de los personajes que como escenario metafórico de sus andanzas.
Con todo y con eso, la novela tiene dos méritos claros: en primer lugar, un sentido del humor fresco y muy irónico; en segundo, un protagonista que, aunque no perfilado con excelencia, provoca una empatía digna de tener en consideración. Frank Lehmann es un clásico personaje “desgraciado”, un perdedor en el más puro sentido de la palabra, pero también un ser entrañable por su fragilidad. Su aparente desenvoltura y su desprecio por la responsabilidad se ven comprometidos por los sucesivos cambios que experimenta unas pocas semanas antes de cumplir los treinta, momento que Regener parece señalar al hacerlo coincidir con el acontecimiento antes mencionado. Pero la importancia de ese cambio (más insinuado que descrito o mostrado) queda diluida por el sarcasmo con el que tanto Frank como otros personajes, en particular su amigo Karl, encaran cualquier suceso. Ese humor, que se refleja sobre todo en los diálogos (hay conversaciones hilarantes que suscitan la carcajada), aligera la tensión implícita en el desarrollo de la historia, pero también remarca la inevitable asunción de nuevos retos que debe hacer el protagonista. Cómo ser el señor Lehmann oscila así entre la ironía y el desconsuelo, entre la libertad sin ataduras y la responsabilidad necesaria. Sven Regener contrapone dos modos de vida (o, al menos, el modo de vida de Frank con otros posibles) para conducir la historia hacia unos interrogantes disfrazados de chiste, de broma, pero cuya importancia es insoslayable.
Una novela divertida, amable y con una intención subyacente meritoria, pero fallida. Aun con todo, no creo que nadie pueda aburrirse con ella.
El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan – Patricio Pron
22 de Febrero de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Con este título tan curioso se edita una recopilación de relatos que el argentino Patricio Pron ha ido publicando en los últimos años en diferentes medios y antologías. Los textos, por tanto, no tienen una continuidad más o menos reconocible, si bien todos ellos se ubican en la Alemania que el escritor conoce de primera mano y toman como protagonistas a personas que, de un modo u otro, se sienten ajenas al lugar donde están.
Definir la narrativa de Pron en unas pocas líneas es difícil (siempre lo es con cualquier autor, por otro lado): su escritura basa buena parte de su fuerza en la presentación de situaciones y personajes de una hondura muy intensa, casi dolorosa, y en realidad el texto explicita muy poco sobre ellos. De ahí que sea complicado dar una idea de la profundidad de sentimientos que se pueden despertar leyendo algunos de estos relatos. Las tramas son evanescentes y, a decir verdad, tienen una importancia muy relativa dentro de la estructura dramática: no esperen finales sorprendentes, revelaciones inesperadas o siquiera descubrimientos inopinados; en estos relatos hay hombres y mujeres que ignoran cosas fundamentales acerca de sí mismos, o acerca de los demás, y esa tesitura implica la imposibilidad de acercarse a los otros.
“Las ideas”, relato que abre el volumen, expone este concepto con una simplicidad desconcertante. De hecho, uno de los personajes lo ilustra de forma palmaria con sus palabras: «más o menos, todos los hijos, imaginarios o no, eran sólo una idea de los padres y, como las ideas, podían olvidarse o ser dejadas de lado cuando otra idea mejor llegaba». La relación entre padres e hijos aparece en varios relatos, ya que parece que es el lazo más fuerte y, sin embargo, también el más endeble que podemos encontrar; “Tu madre bajo la nevada sin mirar atrás” o “Una de las últimas cosas que me dijo mi padre” atestiguan la importancia que para el escritor tienen los lazos familiares. La incomprensión y el rencor se mezclan con el amor incondicional, con el respeto y con el anhelo de seguridad que palpita en cualquier corazón.
El estilo de Patricio Pron se adapta a las circunstancias de estos relatos: frío, adecuado a la ambientación nórdica, preocupado por crear una poesía urbana que impacte por la fuerza de su disposición más que por su profundidad psicológica. El poder de las palabras hace que la ausencia de caracterización psicológica se vea compensada de alguna manera: «y pensarás en tu madre como ella misma pensaba acerca de sí misma en sus últimos años, alguien mirando un paisaje, su espalda curvándose ligeramente hacia adelante como si se sintiera atraída por el paisaje, como si el paisaje fuera el futuro y estuviera a punto de devorarla y ella lo supiera y se lanzara hacia adelante». La lírica sustituye a la evidencia de los sentimientos, haciendo que los personajes cobren una profundidad sin la cual los relatos quedarían inevitablemente huérfanos.
El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan apela a la intuición, a la emoción, a partes de nosotros mismos que nos solemos ocultar por miedo, vergüenza o temor. Precisamente a causa de esta apuesta por lo inmaterial, el libro resbala en ciertas partes y la propuesta de Pron queda en ejercicio de estilo sin más; algunos relatos adolecen de una planitud que quizá sea producto del despojamiento sentimental que el argentino utiliza como parte de su estilo. El lector queda a merced de sus elucubraciones, algo que siempre entraña riesgo y que no siempre (de hecho, raras veces) significa que el autor ha hecho bien su trabajo. A pesar de ello, el libro es una muestra más que digna de una literatura que puede olvidar adornos sin renunciar al diálogo íntimo con el lector.
Amarillo – Félix Romeo
19 de Febrero de 2010 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Amarillo, la tercera y, por el momento, última novela de Félix Romeo (aunque publicada ya en 2008) es un ejercicio literario absolutamente distinto de las otras dos obras del zaragozano; acercarse a ella buscando algo similar a Discothéque o Dibujos anuimados, como confieso que me sucedió, es equivocarse.
Para empezar, porque Amarillo no es exactamente una novela. Es un canto fúnebre y, a la vez, un monólogo introspectivo para tratar de comprender el suicidio de un amigo —el escritor Chusé Izuel—; como también es un recorrido por los escritos de éste y una reflexión sobre la literatura y la necesidad de escribir; y, sobre todo, es (o parece) un intento por limpiar la herida que provoca una ausencia, emponzoñada por años de no poder comprender la razón que lleva a un joven a saltar desde una ventana, o cómo quienes se tenían por sus mejores amigos fueron incapaces de ver cómo se fraguaba ese salto.
Félix Romeo plantea en Amarillo un diálogo con ese Chusé Izuel perdido; un diálogo desigual, sin réplicas, donde nadie contesta a los mil interrogantes que acosan al autor. El silencio del interpelado convierte así la obra en un largo monólogo, en el que se intercalan fragmentos de las reseñas publicadas por Izuel en sus colaboraciones con distintos medios, de los relatos que sus amigos se encargaron de publicar como tributo póstumo, de textos inéditos y de sus cartas. Con todo ello, se va dibujando la silueta de un joven que fumaba mucho, amaba la literatura, admiraba a Carver y arrastraba una personalidad inestable; y que volcaba todo ello en unos relatos marcadamente autobiográficos, como los de cualquier joven escritor.
Cierta tristeza emanaba de Chusé Izuel desde la infancia, cierta fragilidad que empujaba a sus amigos a protegerlo. Y esa tristeza se solidificó cuando la novia de juventud dio por terminada su relación. Desde ese momento y hasta el momento de su suicidio, dos años más tarde, la idea de la muerte rondó a Chusé Izuel: en sus cartas y textos, muy influenciados por Emil Cioran, el suicidio aparece como un gesto final de rebeldía e independencia, como la única salida de escena elegante. Parece que la idea de quitarse en la vida ya maduraba en su mente a lo largo de ese tiempo.
Sin embargo, en Amarillo Félix Romeo desnuda a su amigo en cierta manera. Romeo arranca el velo y Chusé Izuel aparece desnudo e incapaz ya de hacer ningún gesto para cubrirse, de modo que el lector llega a sentir cierto sonrojo. Pues la escritura de este texto ha actuado sin duda como catarsis para su autor, pero también ha desvelado la vida y la intimidad de un hombre que tal vez nunca las hubiera expuesto en esa forma. De modo que es inevitable preguntarse si tenemos derecho a adueñarnos de la existencia que los muertos dejaron atrás, por mucho que duela su pérdida o por mucho que necesitemos explicarnos su vida y su muerte para lograr asumirla. Cuando la única realidad es que hay quienes se abrazan a la muerte para dejar de verla.
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