La Calera – Thomas Bernhard

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La calera - Thomas Bernhard Thomas Bernhard publicó “La Calera” en 1970, año en que recibió el premio Georg Büchner de la Academia Alemana de Lengua y Literatura. Con varias novelas y relatos publicados desde comienzos de los sesenta, Bernhard había alcanzado ya para esa época ese estilo propio, inconfundible, que le convierte en un autor necesario pero controvertido.

En “La Calera”, Bernhard aborda de nuevo el tema de la futilidad del esfuerzo intelectual, la obsesión que deriva en locura, la tenacidad que aboca al hombre al desastre y la incapacidad humana para sustraerse a sus propias obcecaciones. Y lo hace naturalmente a través de un personaje estrafalario ofuscado en la plasmación de un estudio genial y único sobre el oído humano. Una vez más, la concentración intelectual del personaje le impide la acción.

El viejo Konrad ha matado a su mujer y la descripción de las circunstancias del crimen por diversos vecinos entrevistados por un corredor de seguros, sirve para describir su vida en “La Calera” la propiedad donde el matrimonio residía.

Konrad es un viejo demente, que ha dedicado casi la totalidad de su vida a desarrollar un estudio que ha de resultar único en su género, titulado ‘El oído’. El estudio está completo en su cabeza, le ha llevado una vida entera de trabajo y reflexión, que ha dado lugar al más elaborado de los tratados. Para ponerlo por escrito, Konrad necesita sin embargo de unas condiciones óptimas de tranquilidad y silencio que sólo pueden darse en “La Calera”, una propiedad que perteneció a su familia.

He aquí su primera obsesión, adquirir “La Calera”, único lugar en el que su trabajo intelectual de años podrá materializarse. Cuando tras veinte años de lucha obtiene la propiedad y logra trasladarse a ella, continúa trabajando en su estudio experimentando con su mujer, postrada en una silla de ruedas. Atormenta sin cesar a su esposa repitiéndole sílabas, palabras o frases que ella debe comentar, ya que considera que cuanto más investigue, más perfecto será su trabajo. El posponer su escritura importa poco, pues en el fondo cada día que pasa el estudio se enriquece más.

No obstante los años van pasando y la decrepitud acecha a nuestro protagonista, que comprende que ya no tiene fuerzas para poner por escrito la obra a la que ha dedicado su vida. Arruinado, en medio de una casa abandonada y al cargo de una mujer enferma, entiende que ha perdido sus mejores años y que ya no hay oportunidad para él.

El desasosiego de creer, por un lado, que su estudio mejora cada día gracias a sus continuas reflexiones, pero al mismo tiempo comprender que si dilata más su escritura puede desaparecer de su cabeza. El no encontrar el momento adecuado para comenzar su escritura, que se imagina capaz de llevar a cabo de una sola vez, y al mismo tiempo imaginar que ese momento acecha en cada movimiento de las manecillas del reloj, mantienen a Konrad en un estado de tensión nerviosa que sólo le puede abocar a la locura. Sin embargo, el personaje parece perfectamente cuerdo: es consciente de su decrepitud, de haber perdido los mejores años de su vida. Ve a su mujer consumirse por la enfermedad. Se preocupa porque ha gastado todo su dinero.

El personaje se mueve entre dos extremos de continuo: cuida a su mujer impedida con esmero, pero la obliga a someterse a descabellados ejercicios durante horas. Cree aún poder llevar a cabo la escritura de su escrito, o es consciente de que el momento de hacerlo pasó ya o jamás ha llegado ni llegará. Vive entregado al esfuerzo intelectual, pero a veces desearía ir al bosque junto a los leñadores. Piensa que la Calera es el único lugar en donde realizar su trabajo científico, o piensa que hace tiempo comprendió que la Calera es precisamente el único lugar donde jamás podría escribir su estudio.

Y esa dicotomía del personaje, esa división entre locura y sensatez, optimismo y frustración, se desarrollan mediante la escritura ejemplar de Bernhard. Una escritura reiterativa, insistente, que se detiene en el detalle con minuciosidad obsesiva, que avanza un paso y retrocede para volver sobre lo mismo, recreando a la perfección la atmósfera obsesiva en la que se mueve su personaje, la desesperación que le embarga. Un personaje que, sin embargo y como en otras obras de Bernhard, habla a través de un narrador anónimo que a su vez cuenta la historia basándose en los testimonios de quienes conocieron al protagonista y cuentan su historia.

En resumen, una escritura muy peculiar la de Bernhard, de ésas que es siempre mejor experimentar por uno mismo.

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4 Comentarios

  1. puede que te angustie o puede que te salve de la angustia, es un escritor que posee el don de hacer intervenir todo el tiempo el humor y la filosofía, te lleva mediante lo que parece juegos de palabras o juegos de lógica a un estado mental que semeja al de ver una buena comedia, una áspera, intrincada y obsesiva comedia, no más desesperante que la vida misma. un gran maestro sí

  2. Esa oposición entre el “kropotkin” y el “ofterdingen”(Novalis)que lee Konrad a su mujer ¿corresponde así mismo a una dicotomía del personaje- konrad- o responde a la propia ideologia de Beernhard entre el anarcocomunismo y el romanticismo de estos autores?
    Me gustaria tener una respuesta. Gracias.

  3. Mira que sois malos!, si, si, purita envidiaaaaaa.

    Autor a tener en cuenta, aunque creo que me estresaria mucho leer esta obra en concreto, ya que esa paradoja entre todo lo que tienes en la cabeza y como sacarlo, ese cansancio…en fin pasa un poco por estos lares. Esa desesperación del pensador, eso es una angustia, que acabaría angustiándome. Como cada vez que entro aquí y veo la de libros que lleváis por delante.

  4. Me ha gustado el comentario sobre este libro, quizá porque los libros de Bernhard no son muy reseñados y a mí este autor me parece uno de los grandes de verdad. Una pequeña sugerencia: yo empezaría por comentar algún otro libro suyo (estoy pensando en los tomos de la autobiografía, Sí, El sobrino de Wittengstein, El malogrado), tan buenos como La Calera y menos ásperos, pero como todos los suyos: un puñetazo con los ojos cerrados al mundo, que no le rinde cuentas.

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