La soledad de las vocales – José María Pérez Álvarez

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La soledad de las vocales - José María Pérez ÁlvarezHay que empezar diciendo que “La soledad de las vocales” es un libro singular. Singular por su redacción, aunque lo fragmentario de su composición no sea novedoso, y singular también por su concepción, aunque las historias de solitarios alcohólicos tampoco sean nuevas. No obstante, es un libro singular por su aparente fragilidad temática, ya que lo que el lector se encuentra es el monólogo de un solitario que se limita a repasar algunos aspectos de su vida, sin propósito alguno; esa historia es reiterativa, cadenciosa, contundente. Machacona.

José María Pérez Álvarez ha fraguado un libro que, más que una novela, es una obsesión. El ocupante borracho de la habitación número seis de la pensión Lausana va narrando episodios de su vida. Esos episodios se enlazan a través del recuerdo, a través de las conexiones que tejen entre sí, de manera que tenemos una historia que vuelve de forma insistente sobre ciertos puntos, ciertos personajes, ciertos objetos, que avanza y retrocede según el capricho absurdo del narrador, y que no desvela secretos o conduce hacia una conclusión. “La soledad de las vocales” incide sobre algunos motivos con una saña autocontemplativa: el narrador se obsesiona con las mujeres que no ha tenido, con sus compañeros de pensión, con los trenes que ve pasar en el bar de la estación, con las nadadoras olímpicas o con la historia de un joven judío asesinado por los nazis. Más allá de este puñado de anécdotas, algunas inventadas, otras soñadas, no existe nada; la narración se desarrolla con un ritmo lento, perturbador, con la constante (re)aparición de esos cuatro o cinco temas, que son tratados desde el mismo punto de vista, lisérgico y agotado.

El alcohólico narrador de “La soledad de las vocales” es un hombre destrozado, sin esperanzas. No existen medias tintas en la construcción de este personaje: no hay posibilidad de salvación o redención, de mejora de su calidad de vida; él mismo es consciente de su caída y no trata de evitarla, ni de justificarla. Sus obsesiones le proporcionan sustento y llenan el vacío de sus horas. El autor crea, así, un protagonista que encarna la figura del perdedor, pero le proporciona una mirada sobre el mundo muy especial; su narración le otorga personalidad, presencia. Son sus palabras las que le configuran como ser humano, sus ensoñaciones las que le personalizan. La vida de este viejo borracho es mucho más vida gracias a sus obsesiones.

Sin embargo, la novela no es simplemente la recreación de algunos momentos en la vida de un protagonista triste. Lo conmovedor de “La soledad de las vocales” es la fuerza que el autor imprime en la figura de ese hombre derrotado. No se trata de un perdedor, de un paria, sino de un ser humano inmovilizado por su destino; lo implacable de la vida (el lado oscuro de toda existencia) se ceba con este personaje. La fuerza de sus obsesiones es aún mayor cuando el lector comprende que no hay afán de victoria o derrota en su monólogo; este hombre no persigue nada, no ansía nada. No quiere perdón, ni salvación. Su historia no es la acumulación de experiencias, o el deseo de alcanzar determinadas metas: sólo es el recuerdo reiterado de sus dos o tres manías, siempre mantenido en un eterno presente gracias al alcohol y a la perpetua ensoñación en la que vive.

El acierto de Pérez Álvarez al construir el libro ha sido reflejar en su escritura esa obsesión, esa forma de enfrentarse a la nada. La estructura de la novela es fragmentaria: se divide en extractos sin apenas puntuación, lo que proporciona una cadencia rítmica peculiar. El estilo del autor bucea una y otra vez en las perturbaciones del narrador a través de la constante alusión a unos cuantos elementos: los muebles de su habitación, las conversaciones con su vecino de la habitación nueve, las botellas que compra en el supermercado. La prosa se detiene en los detalles con precisión enloquecedora, es parsimoniosa, vuelve sobre sí misma para incidir de nuevo en algún motivo que provoca una nueva reflexión ensoñadora y sofocante… El libro es un desasosiego constante, y en eso radica su belleza. La desesperanza de su narrador se contagia, inunda al lector, pero junto a ella tenemos la belleza de la autodestrucción, la sugestión de esa caída sin retorno. La hermosura de “La soledad de las vocales” reside en el poso que deja, en el sentimiento profundamente vitalista que se desprende de la soledad del antihéroe que la protagoniza, en el cosquilleo interno que se percibe mientras asistimos a los balbuceos perturbadores de su narrador. Es un libro que roza la poesía con su cántico desesperado, y les aseguro que merece la pena acercarse a él; no saldrán defraudados.

5 Comentarios

  1. Encontré un error en el comentario: el protagonista y narrador de la historia de “La soledad de las vocales” es el habitante de la habitación 9 de la pensión Lausana, el de la 6 es su “amigo” el escritor.

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