Las correcciones – Jonathan Franzen

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Las correcciones - Jonathan Franzen

Las correcciones marcó el despegue de la carrera literaria de Jonathan Franzen en 2001. Y, aunque servidor la haya leído después de otras novelas suyas, no puedo sino constatar que el reconocimiento que obtuvo por ella fue merecido. Al igual que en posteriores obras, el autor estadounidense retrata aquí con maestría apabullante las relaciones familiares y las personalidades individuales de los protagonistas: deseos, miedos, odios, flaquezas y envidias salen a la luz gracias al bisturí literario de Franzen, que, no obstante, es capaz de una sutileza sin par y hace gala de una belleza narrativa poco común.

Las correcciones nos cuenta la vida de una familia del medio oeste de Estados Unidos durante los últimos años del siglo XX. Los Lambert son una familia tradicional y aparentemente unida; pero cuando Alfred
Lambert, el patriarca, comienza a sufrir los estragos de la enfermedad de Parkinson, los lazos entre Enid, su esposa, sus tres hijos, Denise, Chip y Gary, y él mismo comenzarán a mutar, incluso resquebrajarse, de forma ineludible.

La historia central, como se puede ver, es tan antigua como el mundo, y tratada cientos de veces en la literatura universal; las relaciones entre padres e hijos, o entre maridos y mujeres, no son en absoluto novedosas. A pesar de ello, Franzen consigue ofrecer una mirada honesta y cargada de verdad acerca de esos lazos: las correcciones del título hacen referencia tanto a las enmiendas que una esposa pueda hacer a un esposo (o viceversa) como a los errores ancestrales que los hijos tratan de no repetir. Alfred, Enid, Denise, Chip y Gary son personas normales (con las licencias narrativas lógicas, por supuesto), cuyas vidas están marcadas tanto por lo que saben, o creen, de sí mismos, como por lo que no quieren conocer y ocultan consciente o inconscientemente.

La severidad de Alfred para con sus hijos o su mujer, unida a su implacable rectitud moral, marcan de manera indeleble a los tres. Mientras que Gary, el mayor, adopta esos dos rasgos como virtudes para construirse una idílica vida familiar y una envidiable carrera profesional, Chip, el otro hermano varón, las toma como epítome de lo que no quiere ser y, en consecuencia, adopta una existencia diletante y desenfadada; Denise, la única chica, trata de mantenerse fiel a esa educación estricta, pero se ve desbordada por el recuerdo de la relación fría con su progenitor. Enid, además, es una mujer entrometida, orgullosa, fanática del orden y extremadamente puntillosa en lo relativo a la imagen social de su familia, lo cual repercute en cada uno de sus hijos de forma poco agradable. Con estos mimbres, el hecho de que unos y otros crean tener una personalidad coherente, cuando en verdad esconden en su cabeza rasgos de los demás, es una consecuencia forzosa; lo que unos y otros creen ser no se corresponde con la imagen que ofrecen, y mucho menos con lo que son en realidad.

Así pues, asistiremos a un proceso de «corrección» por parte de todos ellos: un proceso que les lleva desde la comprensión de sus faltas, por ejemplo, hasta la aceptación del resto de miembros de la familia de un modo u otro. Ese camino llevará a Gary a cuestionarse su modélica vida familiar; a Chip a dudar de su escepticismo en cuanto a la lealtad hacia los demás; a Denise a revisar el comportamiento de su padre hacia ella; y a Enid a mirarse a sí misma con sus propios ojos, no con los de los demás. Esas correcciones no serán fáciles, ni quizá permanentes, pero nos ofrecen a nosotros, lectores, la oportunidad de ahondar en los recovecos de unos personajes que pueden parecerse a nosotros mismos más de lo que cabe imaginar.

La prosa de Franzen es aquí algo más florida que en obras posteriores, lo que se puede atribuir a un estilo aún en construcción. Eso no le resta un ápice de brillantes a una novela cuyo desarrollo, cohesión y complejidad constatan una obra maestra de este siglo. Las correcciones es una lectura inexcusable para cualquier buen lector, que encontrará en ella los aspectos básicos de la gran literatura: comprensión del prójimo, capacidad de observación y maestría narrativa.

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